Consejos envenenados 3
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La llave gira en la cerradura a las siete de la tarde.

Levanto la cabeza desde la cocina.

No esperaba que Javier volviera tan pronto.

Durante unos segundos pienso que algo ha ocurrido en el trabajo. Quizá un problema con un compañero. Quizá una discusión.

Siempre intento encontrar una explicación que no sea la peor.

La puerta se abre.

Javier entra y cierra detrás de él.

No me saluda.

Eso es lo primero que noto.

Normalmente, aunque esté cansado, aunque tenga mal día, dice algo.

Hoy no.

Deja las llaves encima del mueble de la entrada y se queda quieto.

Demasiado quieto.

—¿Qué pasa?

Pregunto.

No responde.

Me mira.

Esa mirada que conozco demasiado bien.

La mirada que usa cuando ya ha decidido algo antes de hablar.

—¿Quién es Marta?

Siento un vacío en el estómago.

Intento que mi cara no cambie.

—¿Qué?

—No me hagas perder la paciencia, Elena.

Su voz es baja.

—Te he preguntado quién es Marta.

—Es una chica de la panadería.

—No.

Niega con la cabeza.

—No me tomes por estúpido.

Da un paso hacia mí.

—He visto cómo la mirabas.

Me quedo callada.

—Una mujer que no conoces de nada, sonriéndote, hablándote como si os conocierais de toda la vida.

Aprieto los labios.

—Solo estaba siendo amable.

Javier suelta una risa seca.

—Claro.

Se pasa una mano por la cara.

—Siempre tienes una explicación para todo.

—Porque no he hecho nada.

La frase sale antes de poder detenerla.

Javier me mira sorprendido.

Como si no esperara que respondiera.

—¿Nada?

Repite.

—¿Después de veinte años intentando ayudarte?

No entiendo la frase.

Aunque en realidad sí.

—Javier...

—No.

Me corta.

—Estoy cansado de escuchar mentiras.

Camina por el salón.

Mira la casa.

Como si estuviera buscando pruebas.

—Tus padres me avisaron.

Me quedo inmóvil.

—¿De qué?

—De ti.

Silencio.

—Ellos sabían cómo eras.

La palabra me duele.

Cómo eras.

Como si fuera un defecto.

—No sabían nada.

—Sabían que tenías un problema.

Niega con la cabeza.

—Me dijeron que con el tiempo se te pasaría.

Siento que la garganta se me cierra.

—Nunca tuve ningún problema.

Javier me mira con rabia.

—Ahí está.

Señala hacia mí.

—Eso es lo que te han metido en la cabeza.

—No me han metido nada.

—¿Entonces qué?

Su voz sube.

—¿Ahora resulta que después de veinte años casada conmigo descubres que te gustan las mujeres?

No respondo.

Porque por primera vez no tengo una respuesta que pueda protegerme.

—Dilo.

Me mira fijamente.

—Dilo de una vez.

El silencio dura unos segundos.

Y entonces lo digo.

—Soy lesbiana.

La cara de Javier cambia.

No parece sorprendido.

Parece ofendido.

Como si acabara de escuchar algo imperdonable.

—No puedo creerlo.

Se ríe.

—Después de todo lo que he hecho por ti.

—Yo no te pedí que me arreglaras.

Eso lo enfurece.

—¿Arreglarte?

Golpea la mesa con la mano.

—Sí, Elena. Porque alguien tenía que hacerlo.

Me quedo mirándolo.

—No estoy enferma.

—Para mí sí es un problema.

Su respuesta es inmediata.

—Mi mujer no va a ir por ahí haciendo el ridículo.

La palabra "mi" pesa más que cualquier otra.

Mi mujer.

No Elena.

No una persona.

Algo que le pertenece.

—No soy tu propiedad.

Por primera vez lo digo en voz alta.

Y sé que algo cambia.

Javier me mira durante unos segundos.

Después camina hasta el dormitorio.

Saca una bolsa.

La deja encima de la cama.

—Recoge tus cosas.

No entiendo.

—¿Qué?

—Te vas.

Mi cuerpo se queda frío.

—¿Me estás echando?

—Sí.

Lo dice sin dudar.

—No voy a vivir con una persona que me ha estado engañando todos estos años.

—No te he engañado.

—Claro que sí.

Me señala.

—Me casé contigo porque tus padres me dijeron que necesitabas una vida normal.

Trago saliva.

—Una familia.

Una pausa.

—Un hombre.

No puedo creer que lo esté diciendo.

—Nunca fui una enfermedad.

Javier abre la puerta.

—Recoge tus cosas y sal de mi casa.

Miro alrededor.

Todo parece extraño.

La mesa que he limpiado durante años.

Las paredes que he cuidado.

Los muebles que elegimos juntos.

Pero ahora solo escucho una frase.

Mi casa.

Su casa.

Nunca nuestra.

Cojo el bolso.

El monedero.

Nada más.

Javier me mira.

—¿Eso es todo?

Asiento.

No tengo fuerzas para contestar.

Salgo.

La puerta se cierra detrás de mí.

Camino sin saber dónde ir.

No tengo plan.

No tengo casa.

No tengo a quién llamar.

Mis pies me llevan hasta la panadería.

La verja está casi cerrada.

Marta está fuera, terminando de cerrar.

Cuando me ve, se queda quieta.

—Elena.

No respondo.

Ella mira mi cara.

Después mira el bolso.

Su expresión cambia.

—¿Qué ha pasado?

Intento decir "nada".

La palabra de siempre.

Pero esta vez no puedo.

—Me ha echado.

Marta se acerca.

—¿Javier?

Asiento.

Ella mira mis ojos.

Mi cara.

Mi forma de estar de pie.

—¿Te ha hecho daño?

No respondo.

No hace falta.

Marta respira hondo.

Abre la puerta del coche.

—Sube.

Me quedo quieta.

—No quiero molestarte.

—Elena.

Me mira.

—No estás molestando.

Subo al coche.

Cuando arranca, veo por la ventana la panadería alejándose.

Por primera vez en veinte años no sé dónde voy a dormir.

Pero tampoco estoy volviendo al lugar del que acabo de salir.

La casa de Marta es pequeña.

Eso es lo primero que pienso cuando entramos.

No es grande.

No tiene muebles caros.

No está perfectamente ordenada como la casa de Javier.

Hay libros encima de una mesa, una manta doblada sobre el sofá y una taza en el fregadero.

Una taza.

Solo una.

Y nadie parece enfadado por ello.

Me quedo de pie en la entrada sin saber qué hacer.

Marta deja las llaves en un cuenco junto a la puerta.

—Puedes dejar el bolso ahí.

Asiento.

No lo suelto.

No soy capaz.

Marta me mira unos segundos, pero no dice nada.

Creo que empieza a entender que hay cosas que para ella son normales y para mí no.

—La habitación está al fondo.

Camino detrás de ella.

La cama está hecha.

Hay una manta limpia encima.

Nada más.

Y, aun así, me cuesta entrar.

Porque no estoy acostumbrada a dormir en un lugar donde nadie espera nada de mí.

—Gracias.

Es lo único que consigo decir.

Marta niega con la cabeza.

—No tienes que darme las gracias por tener un sitio donde dormir.

Bajo la mirada.

No sé qué responder.

Esa noche no duermo.

Cierro los ojos y vuelvo al salón.

Vuelvo a escuchar la voz de Javier.

"Mi mujer."

"Mi casa."

"Te vas."

Me despierto a las tres de la madrugada.

Estoy sentada en la cama.

He gritado.

No sé cuánto tiempo llevo despierta.

Tengo las manos agarradas a la sábana.

Miro alrededor.

No reconozco la habitación durante unos segundos.

Después recuerdo.

No estoy en mi casa.

No estoy con Javier.

Estoy con Marta.

Me levanto.

Voy al baño.

Me miro en el espejo.

Tengo la cara cansada.

Los ojos hinchados.

Durante años pensé que el problema era que no era suficiente.

No era una buena esposa.

No era una mujer correcta.

No era lo que esperaban de mí.

Ahora estoy en una casa desconocida y sigo buscando qué he hecho mal.

Me siento en el suelo del baño.

Y lloro.

No por Javier solamente.

Lloro por la niña que fui.

Por la adolescente que aprendió que tenía que esconderse.

Por la mujer que pasó veinte años intentando convencer a todo el mundo de algo que nunca fue mentira.

Que era ella misma.

A la mañana siguiente, Marta no me pregunta si he dormido.

Creo que sabe la respuesta.

Prepara café y me deja una taza delante.

—Tenemos que ir a un sitio.

La miro.

—¿A dónde?

—A mi pueblo.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué?

Marta se sienta frente a mí.

—Porque necesitas estar lejos unos días.

No discuto.

No tengo fuerzas.

Durante el viaje, el silencio no resulta incómodo.

Es diferente.

No tengo que pensar cada palabra antes de decirla.

Después de casi una hora conduciendo, soy yo quien habla.

—Javier no fue el primero.

Marta me mira un segundo y vuelve la vista a la carretera.

—¿Qué quieres decir?

Respiro hondo.

—Mis padres.

Aprieto los dedos contra la tela del pantalón.

—Cuando tenía catorce años me descubrieron.

Marta no pregunta cómo.

No me obliga a repetir algo que ya me cuesta decir.

—Me había enamorado de una chica.

La palabra sale despacio.

Como si todavía tuviera miedo de pronunciarla.

—Para ellos no era amor.

Miro por la ventana.

—Era un pecado.

Marta permanece callada.

—Me llevaron a un lugar religioso porque pensaban que podían cambiarme.

Trago saliva.

—Decían que tenían que arreglarme.

La mandíbula de Marta se tensa.

—¿Y qué pasó?

—No funcionó.

Hago una pausa.

—Porque no había nada que arreglar.

Mis ojos empiezan a llenarse.

—Después buscaron otras soluciones.

Me cuesta continuar.

—Pagaron mucho dinero a personas que prometían cambiarme.

Marta aprieta el volante.

—Elena...

Niego con la cabeza.

—Durante mucho tiempo pensé que quizá tenían razón.

La miro.

—Eso es lo que más daño hace.

Marta me escucha.

—No que alguien te rechace.

Hace una pausa.

—Sino que consiguen que tú también empieces a rechazarte.

No respondo.

Porque esa frase es exactamente lo que me pasó.

—Cuando conocí a Javier pensé que había encontrado la solución.

Marta me mira.

—¿La solución?

Asiento.

—Pensé que si estaba con un hombre, si tenía una vida normal, si era una buena esposa... todo el mundo dejaría de pensar que estaba mal.

El coche sigue avanzando.

—Pero nunca estuve mal.

Mi voz tiembla.

—Solo estaba rodeada de personas que querían que desapareciera una parte de mí.

Marta tarda unos segundos en responder.

—Elena.

La miro.

—Nadie debería haber tenido que convencerte de que merecías existir.

Aparto la mirada.

Porque todavía estoy aprendiendo a creerlo.

El teléfono vuelve a vibrar.

Lo saco del bolso.

Cincuenta y una llamadas perdidas.

Catorce audios.

Todos enviados durante la última hora.

Marta baja un poco el volumen de la radio.

—No tienes que escucharlos.

Miro la pantalla.

—Creo que sí.

Pulso el primero.

La voz de Javier llena el coche.

—¿Dónde estás? ¿Se puede saber dónde coño estás? Llevas veinte años siendo mi mujer y desapareces como una adolescente. Contesta al teléfono. No me obligues a ir a buscarte.

El siguiente empieza automáticamente.

Su tono ha cambiado.

Habla más despacio.

—Escúchame bien, Elena. Tú y yo sabemos perfectamente que yo no te he echado de casa.

No empieces a contar mentiras. Lo único que hice fue decirte que salieras un rato para que pensaras las cosas.

Necesitabas aire. Estabas fuera de ti. Pero tú has decidido montarte una película y largarte. No es lo mismo.

Aprieto el móvil con fuerza.

Yo recuerdo perfectamente sus palabras.

"Recoge tus cosas y sal de mi casa."

No hay nada que interpretar.

El tercer audio comienza.

—Todavía estoy dispuesto a arreglar esto. Porque, aunque ahora mismo me cueste mirarte a la cara, sigo siendo el único que ha estado contigo todos estos años. ¿Quién va a aguantarte como lo he hecho yo? Nadie. Tus padres ya me avisaron de cómo eras. Yo fui el único que aceptó cargar contigo.

Siento un nudo en la garganta.

El siguiente audio llega apenas dos minutos después.

—Escúchame una cosa. No confundas una obsesión con una orientación.

Esa mujer te ha llenado la cabeza de tonterías.

Siempre has sido muy influenciable. Lo tuyo no es que te gusten las mujeres.

Lo tuyo es que cuando alguien te presta un poco de atención te agarras a él como una niña.

Estás confundida. Y yo todavía puedo ayudarte si vuelves.

Marta no aparta la vista de la carretera.

Pero veo cómo aprieta la mandíbula.

Sigue otro audio.

Esta vez vuelve a gritar.

—¡Y como me entere de que estás durmiendo en casa de esa tía, se acabó!

¿Me oyes? Se acabó. Esa clase de gente vive para romper familias.

Eso hacen. Se meten en matrimonios ajenos porque no saben construir una vida normal.

No pienso dejar que una desviada de treinta años destruya lo que nosotros hemos levantado.

Se hace el silencio.

Después otro audio.

—Vuelve a casa. Hablamos como personas civilizadas y esto no sale de aquí. Nadie tiene por qué enterarse. Podemos seguir con nuestra vida. Nadie tiene que saber que has tenido... este desliz. Pero vuelve hoy. Porque si mañana empiezan a hablar, ya no podré hacer nada por ti.

Pulso el siguiente.

Es Pilar.

—Elena, hija, llevo toda la tarde intentando localizarte.

Javier está destrozado. Lo he notado en la voz.

Está muy preocupado. Mira, todas sabemos que tiene un carácter complicado, pero también sabemos que nunca ha dejado que te falte de nada.

No conviertas un momento de confusión en una desgracia.

Y escucha un consejo de alguien que te quiere: esas mujeres solo traen problemas.

Hoy te parecerá emocionante, pero dentro de unos años te arrepentirás de haber tirado tu matrimonio por una fantasía.

El siguiente audio es de Milagros.

—Cariño, escúchame. Yo sé que ahora estás sensible, pero precisamente por eso no debes tomar decisiones.

Hay etapas en la vida en las que una se siente perdida.

A nuestra edad pasan estas cosas. Te cruzas con alguien diferente y piensas que has descubierto quién eres.

No, Elena. Eso se pasa. Lo que no pasa es haber destrozado una familia.

Además... perdóname que te lo diga... una mujer nunca podrá darte lo que te da un hombre.

Eso es ir contra la naturaleza. Vuelve con Javier antes de que sea demasiado tarde.

El último audio pertenece a Rosario.

Su voz suena tranquila.

Casi dulce.

—Elena, llevo rezando toda la tarde por ti.

No quiero juzgarte, porque solo Dios puede hacerlo, pero debes recordar que hay caminos que alejan a las personas de Él.

Todos sentimos tentaciones. Todos. La diferencia está en si decidimos alimentar esas tentaciones o luchar contra ellas.

Javier sigue dispuesto a recibirte en casa.

Eso ya dice mucho del corazón que tiene.

Pídele perdón. Pídele perdón a él y pídeselo también a Dios.

Todavía estás a tiempo de salvar tu matrimonio y tu alma.

El audio termina.

Apago la pantalla.

Durante varios kilómetros no soy capaz de hablar.

Marta rompe el silencio.

—¿Te has dado cuenta de una cosa?

La miro.

—En ninguno de esos audios alguien te pregunta qué necesitas.

Bajo la vista.

—No.

—Todos te dicen lo que deberías hacer.

Hace una pausa.

—Pero nadie se ha detenido a preguntarte qué te hicieron para que acabaras huyendo con solo un bolso.

Las palabras se quedan suspendidas dentro del coche.

Y, por primera vez desde que salí de aquella casa, empiezo a comprender que quizá marcharme no fue el acto más egoísta de mi vida.

Quizá fue el primero que hice por mí.