2 #2
—Te lo dejaste en la panadería.
Lo cojo sorprendida.
—No me había dado cuenta. Pilar pagó el café.
Asiento.
Es verdad. Después de pagar el pan, no volví a tocar el bolso.
—Gracias por traerlo.
—De nada.
Marta se queda callada.
La conozco de apenas unas horas, pero noto que se ha dado cuenta de que algo no está bien.
—¿Te pasa algo?
Niego rápidamente.
—No.
Ella no responde.
Simplemente me mira.
Y eso me pone más nerviosa.
—Estoy bien.
—Vale.
No parece convencida, pero no insiste.
Hace un gesto hacia el interior del piso.
—¿Puedo pasar un momento? Solo para tomar un vaso de agua. He venido andando rápido y hace calor.
Dudo unos segundos.
No porque no quiera que entre.
Porque no estoy acostumbrada a que alguien aparezca en mi casa sin avisar.
—Sí.
Marta entra.
Cierro la puerta.
Compruebo la cerradura.
Cuando me doy la vuelta, ella sigue mirándome.
No a la casa.
A mí.
Voy hasta la cocina y dejo el monedero encima de la encimera.
Lo muevo unos centímetros.
Lo dejo recto.
Después coloco una silla que estaba perfectamente colocada.
Marta bebe agua en silencio.
—¿Siempre ordenas las cosas así?
La miro.
—¿Así cómo?
—Como si alguien fuera a venir a revisar si están bien puestas.
Me quedo callada.
No me gusta la pregunta.
No porque sea mala.
Porque se acerca demasiado a la verdad.
—Me gusta tenerlo todo colocado.
Marta asiente.
Pero no parece creerme.
—¿Y siempre compruebas la puerta varias veces?
Me quedo inmóvil.
—¿Me has visto?
—Sí.
Baja el vaso.
—Cuando entramos la has mirado tres veces.
No sé qué responder.
Me cruzo de brazos.
—Es una manía.
Marta no discute.
Solo dice:
—También tienes los ojos hinchados.
Bajo la mirada.
—No es nada.
—Elena.
Levanto la cabeza.
Es la primera vez que dice mi nombre de esa manera.
No como una clienta.
No como una conocida.
Como alguien que realmente está esperando una respuesta.
—¿Has llorado?
No contesto.
Y mi silencio responde por mí.
Marta deja el vaso sobre la encimera.
—¿Ha sido tu marido?
La pregunta me deja completamente quieta.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque cuando he dicho "tu marido", has cambiado la cara.
Me quedo mirando el suelo.
No quiero hablar.
No debería hablar.
No la conozco.
Pero llevo demasiado tiempo sin que nadie me pregunte si estoy bien.
—No pasa nada.
Es lo primero que consigo decir.
Marta suspira.
—Esa frase la dice mucha gente cuando sí pasa algo.
No respondo.
Mis ojos vuelven a llenarse.
Me enfado conmigo misma.
No quiero llorar delante de ella.
No quiero parecer débil.
Pero estoy cansada.
Muy cansada.
—No sé por qué te estoy contando esto.
Mi voz sale baja.
—No tienes que contarme nada.
—Es que...
Me siento en una de las sillas.
—No puedo más.
Marta no se acerca de golpe.
No intenta arreglar mi vida.
Solo se sienta enfrente.
—Vale.
Y ese "vale" es diferente al de Javier.
No significa que esté esperando una explicación.
Significa que se queda.
Marta saca el móvil del bolsillo.
—Espera.
Busca algo durante unos segundos y después arranca un trozo de papel de una pequeña libreta que lleva en el bolso.
Escribe un número.
—Este es mi teléfono.
Lo deja sobre la mesa.
—Por si algún día necesitas hablar.
Miro el papel.
No lo cojo.
Marta frunce ligeramente el ceño.
—¿Elena?
Noto que se me seca la boca.
—No puedo.
—¿Qué?
Bajo la mirada hacia el papel.
—No puedo tenerlo.
Marta tarda unos segundos en entender lo que estoy diciendo.
—¿No puedes tener mi número?
Niego con la cabeza.
—Javier no me deja.
El silencio que queda después de decirlo me resulta incómodo.
Porque al escucharlo en voz alta suena diferente.
Suena peor.
Marta me mira fijamente.
—¿Cómo que no te deja?
Me encojo de hombros.
Es un gesto automático.
Como si estuviera explicando algo normal.
—No puedo guardar números que él no conozca.
—¿Por qué?
La pregunta es sencilla.
Pero no sé responderla.
Porque la respuesta real es demasiado grande.
—Porque se enfada.
Marta no aparta la mirada.
—¿Se enfada porque tienes el teléfono de una persona?
Asiento.
—Dice que en un matrimonio no hay secretos.
Marta mira el papel que sigue encima de la mesa.
—¿Y cómo sabe los números que tienes?
Me quedo callada.
Ella lo entiende antes de que yo responda.
—Te revisa el teléfono.
No es una pregunta.
Asiento.
—A veces.
Marta baja la mirada.
—¿A veces?
Me doy cuenta de que he usado la misma palabra que usaría Javier.
Una palabra que minimiza.
Como si "a veces" hiciera que algo fuera menos grave.
—Cuando cree que algo no está bien.
—¿Y quién decide si algo está bien?
No respondo.
Porque las dos sabemos la respuesta.
Marta vuelve a mirar el papel.
—¿Y qué pasa si encuentras mi número?
Trago saliva.
—Lo borra.
—¿Solo eso?
La pregunta me incomoda.
Miro hacia otro lado.
—También bloquea los números que no le gustan.
Marta permanece en silencio.
No parece enfadada conmigo.
Eso es lo que más me desconcierta.
Estoy acostumbrada a que cuando cuento algo, la gente busque una explicación.
Qué hice mal.
Qué debería haber evitado.
Qué podría haber provocado la situación.
Marta no hace eso.
Solo parece triste.
—Elena...
Levanto la vista.
—¿Tienes permitido hablar conmigo ahora mismo?
La pregunta me deja paralizada.
No porque sea una pregunta complicada.
Porque nunca me había planteado que necesitara permiso para hablar con alguien.
—No lo sé.
Y esa respuesta parece dolerle más que cualquier otra.
Marta vuelve a coger el papel.
Durante un segundo creo que va a guardárselo.
Pero lo deja encima de la mesa otra vez.
—No tienes que guardarlo.
Me mira.
—Ni siquiera tienes que llamarme.
Asiento.
—Pero quiero que sepas algo.
Espero.
—Que alguien te dé su número de teléfono no debería convertirse en un problema.
No sé qué decir.
Porque en mi vida sí se ha convertido en un problema.
Muchas cosas pequeñas se han convertido en problemas.
Una llamada.
Una sonrisa.
Una conversación.
Una persona nueva.
Marta se levanta despacio.
—Me voy.
Camina hasta la puerta.
Yo la sigo.
Antes de salir, se gira.
—Elena.
—¿Sí?
—No estás haciendo nada malo por hablar conmigo.
La frase me golpea.
Porque una parte de mí quiere creerla.
Y otra parte está aterrorizada de hacerlo.
Marta sale al rellano.
La puerta se cierra.
Me quedo mirando el papel encima de la mesa.
Un simple número de teléfono.
Nueve dígitos escritos en tinta azul.
Algo que para cualquier persona sería una cosa insignificante.
Para mí parece una decisión capaz de cambiarlo todo.