Consejos envenenados 2
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El sonido de la cisterna me despierta.

No necesito abrir los ojos para saber que Javier ya se ha levantado.

Siempre se levanta a la misma hora cuando trabaja de noche.

Duerme desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde.

Ni un minuto más. Ni un minuto menos. Dice que un hombre disciplinado no necesita dormir diez horas para rendir en el trabajo.

Escucho sus pasos por el pasillo.

Lentos.

Firmes.

Reconozco cada uno de ellos. Después de veinte años viviendo en este piso, podría distinguirlos entre los de cien personas diferentes.

Me incorporo antes de que abra la puerta del dormitorio.

No quiero que tenga la sensación de que ha tenido que esperarme.

Cuando salgo al pasillo, él ya está vestido.

Lleva unos vaqueros oscuros, un polo negro y el cinturón de cuero que utiliza incluso cuando no trabaja.

Siempre dice que un hombre tiene que ir preparado para cualquier situación.

A veces olvido que es vigilante de seguridad y no policía.

Él, en cambio, parece recordárselo al mundo cada cinco minutos.

—Buenos días.

Levanto la vista.

—Buenos días.

No responde.

Pasa a mi lado y entra en la cocina.

Abro la nevera.

—¿Quieres que te prepare un café?

—Ya deberías saber la respuesta después de veinte años.

La frase me golpea más de lo que debería.

No porque sea especialmente cruel.

Sino porque nunca contesta a una pregunta sin hacerme sentir estúpida.

Pongo la cafetera en marcha mientras saco el pan de semillas que compré por la mañana. Corto dos rebanadas exactamente del mismo grosor. Si una queda más ancha que la otra, Javier dice que parece que tenga preferencias hasta para repartir el pan.

Nunca sé cuándo habla en serio.

Nunca me atrevo a comprobarlo.

Le dejo el plato delante.

Él no empieza a comer.

Primero observa la mesa.

Después el mantel.

Después el cuchillo.

Finalmente me mira.

—Has cambiado el bote de la sal.

Siento un vuelco en el estómago.

Miro la mesa.

Tiene razón.

Está unos centímetros más cerca del aceite.

No recuerdo haberlo movido.

Quizá fui yo después de comer.

Quizá cuando limpié.

Quizá...

—Lo siento. No me había dado cuenta.

Javier no responde.

Se limita a coger el salero y devolverlo a su sitio.

Con absoluta precisión.

Como si esos cinco centímetros fueran importantes.

Después unta el pan con tomate.

—¿Dónde has estado esta mañana?

La pregunta me desconcierta.

—Con Pilar, Rosario y Milagros.

—Eso ya lo sé.

Da un mordisco.

—¿Dónde más?

Tardo unos segundos en contestar.

—En la panadería.

—¿Solo?

—Sí.

Mastica despacio.

Sin dejar de mirarme.

—Había mucha gente.

No sé si es una pregunta o una afirmación.

—La de siempre.

Asiente lentamente.

—Bien.

Sigue comiendo.

Pero yo ya no consigo probar bocado.

Porque conozco demasiado bien esa palabra.

Bien.

Cuando Javier dice "bien", nunca significa que todo esté bien.

Significa que todavía está pensando.

Y lo peor de vivir con alguien como él no es cuando habla.

Es cuando guarda silencio.

Javier termina el café sin volver a decir una palabra. Se levanta, lleva la taza al fregadero y abre el grifo.

Nunca deja un vaso sin enjuagar.

Nunca deja un plato en la encimera.

Dice que las personas ordenadas tienen la cabeza ordenada.

Las desordenadas siempre esconden algo.

Mientras se lava las manos, me observa a través del reflejo de la ventana.

—¿Con quién hablaste en la panadería?

La pregunta llega de repente.

Tardo un segundo en reaccionar.

—Con la dependienta.

Cierra el grifo.

—¿Cómo se llama?

No entiendo por qué quiere saberlo.

—No lo sé.

Miento.

La conozco.

Sé que se llama Marta.

Sé que tiene treinta años.

Sé que tiene pecas.

Y unos ojos verdes que todavía siguen apareciendo en mi cabeza cuando cierro los ojos.

Pero Javier no necesita saber nada de eso.

Se seca las manos con un paño.

—Qué raro.

Intento mantener la calma.

—¿Por qué?

—Porque ella sí sabía cómo te llamabas.

El corazón me da un vuelco.

Recuerdo perfectamente el momento.

"Que tengas un buen día, Elena."

No pensé que él pudiera haberlo imaginado.

No pensé que fuera importante.

Con Javier, todo termina siendo importante.

—Supongo que habrá visto mi tarjeta cuando he pagado alguna vez.

Él se queda pensativo.

—Puede ser.

Pero no parece convencido.

Se acerca despacio hasta la mesa y coloca la mano sobre el respaldo de una silla.

—¿Y por qué sonríes cuando hablas de ella?

Noto cómo la garganta se me cierra.

—No estoy sonriendo.

—Ahora no.

Hace una pausa.

—En la panadería sí.

No sé qué responder.

Porque tiene razón.

Sonreí.

Ni siquiera fui consciente de hacerlo.

Javier da unos golpecitos con los dedos sobre la madera.

—Las mujeres os fijáis mucho en esas cosas.

Frunzo el ceño.

—¿En cuáles?

—En la simpatía.

Enarca una ceja.

—Hay mujeres que confunden que alguien les sonría con que les están coqueteando.

No sé hacia dónde quiere llevar la conversación.

Y eso hace que me ponga todavía más nerviosa.

—Solo estaba siendo amable.

—Claro.

Asiente despacio.

—Es su trabajo.

Se aleja unos pasos y recoge las llaves del coche.

—Aunque últimamente hay muchas que aprovechan cualquier excusa.

No responde nadie.

Solo él.

—Empiezan sonriendo. Luego hacen un comentario. Después te preguntan cómo estás. Y cuando quieres darte cuenta, ya están intentando meterte sus ideas en la cabeza.

Lo miro sin entender.

—¿Qué ideas?

Se gira.

—Las de siempre.

Suspira con desprecio.

—Que el matrimonio no sirve. Que los hombres somos el problema. Que una mujer puede ser feliz con otra mujer.

Se ríe por lo bajo.

—Como si eso fuera natural.

No digo nada.

Ni una palabra.

Javier me sostiene la mirada durante unos segundos.

Después sonríe.

Una sonrisa pequeña.

Calculada.

—Menos mal que tú no eres tan influenciable.

Siento un escalofrío.

No porque me haya insultado.

Sino porque acaba de hacer algo mucho peor.

No me está preguntando qué pienso.

Me está diciendo lo que espera que piense.

Y lleva veinte años haciéndolo.

Veinte años repitiéndome quién soy.

Qué debo sentir.

Qué debo decir.

Qué debo callar.

A veces me pregunto si, de tanto escucharle, terminé olvidando quién era antes de conocerlo.

Javier abre la puerta de casa.

Antes de salir, se gira una última vez.

—Esta noche salgo media hora antes.

Asiento.

—Vale.

—Así que no llegues tarde de hacer la compra.

—No.

—Y deja de hablar con desconocidos.

Mi respiración se detiene.

Él mantiene la mano sobre el pomo.

—La gente nunca se acerca por casualidad, Elena. Siempre quiere algo.

Sale al rellano y cierra la puerta con la misma tranquilidad con la que había entrado unas horas antes.

No me muevo.

Permanezco de pie en mitad de la cocina, escuchando cómo el ascensor desciende.

Solo cuando deja de oírse el motor me doy cuenta de que llevo varios minutos conteniendo la respiración.

Entonces miro el reloj.

Son las cinco y cuarenta y tres de la tarde.

Y, por primera vez en todo el día...

La casa vuelve a ser solo mía.

La casa vuelve a ser solo mía.

O eso intento creer.

Sigo inmóvil, con la vista clavada en la puerta de entrada.

Hay días en los que Javier vuelve a subir porque ha olvidado las llaves del coche.

Otros porque quiere comprobar si he cerrado con doble vuelta.

Una vez regresó porque, según él, había tenido la sensación de que yo quería librarme de él demasiado deprisa.

Desde entonces siempre espero.

Uno...

Dos...

Tres minutos.

No escucho pasos en la escalera.

Tampoco el ascensor.

Solo el zumbido del frigorífico y el tic tac del reloj de la cocina.

Entonces cierro la puerta con llave.

Dos vueltas.

Las mismas dos vueltas que da Javier cada vez que entra en casa.

Me apoyo unos segundos contra la madera.

Estoy agotada.

No físicamente.

Es un cansancio distinto. Uno que empieza en la cabeza y termina pesando en todo el cuerpo.

Camino hasta la cocina y recojo las tazas del desayuno. Las meto en el lavavajillas. Paso un paño por la encimera. Después vuelvo a pasarlo una segunda vez.

No hay ninguna mancha.

Ni siquiera estoy limpiando.

Solo necesito mantener las manos ocupadas.

Si me quedo quieta...

Empiezo a pensar.

Y cuando pienso, siempre termino escuchando la voz de Javier.

"¿Por qué sonreías cuando hablabas con ella?"

"Las mujeres os dejáis influenciar muy fácilmente."

"Menos mal que tú no eres así."

Cierro los ojos con fuerza.

Intento convencerme de que solo ha sido una conversación.

Nada más.

Pero mi cuerpo no me cree.

Las piernas empiezan a temblarme.

Tengo un nudo en el estómago desde que ha pronunciado el nombre de la panadería.

Ni siquiera sabía que me estaba observando.

Ni siquiera sabía que se había dado cuenta de que había sonreído.

Me apoyo sobre la encimera.

Respiro hondo.

Una vez.

Después otra.

No consigo llenar los pulmones.

Las lágrimas empiezan a caer antes de darme cuenta.

Primero una.

Luego otra.

Después ya no puedo detenerlas.

Me llevo una mano a la boca.

Ni siquiera estando sola soy capaz de llorar haciendo ruido.

Es ridículo.

Javier ya no está.

Y, aun así, sigo teniendo miedo de que me escuche.

Me dejo caer lentamente hasta sentarme en el suelo de la cocina.

Apoyo la espalda contra los muebles.

Doblo las rodillas y escondo la cara entre los brazos.

No sé cuánto tiempo pasa.

Cinco minutos.

Diez.

Quizá más.

Solo sé que llevo veinte años intentando ser la mujer que Javier espera.

Y cada día tengo la sensación de parecerme un poco menos a la mujer que fui antes de conocerlo.

El timbre suena de repente.

El sonido atraviesa el silencio de la casa como un disparo.

Levanto la cabeza de golpe.

El corazón empieza a latirme con fuerza.

Miro el reloj.

Las seis y ocho.

Javier ha vuelto.

Esa es la primera idea que aparece en mi cabeza.

Me levanto demasiado rápido del suelo y me seco la cara con las mangas de la camiseta. Voy al baño del pasillo y me miro en el espejo.

Tengo los ojos rojos.

Genial.

No puedo abrir la puerta así.

Cojo una toalla pequeña y me la paso por la cara. Intento respirar con normalidad. Después camino hasta la entrada.

El timbre vuelve a sonar.

Miro la mirilla.

No es Javier.

Es Marta.

Me quedo unos segundos quieta antes de abrir.

—Hola —dice ella cuando me ve.

Tiene mi monedero en la mano.

—Perdona que venga sin avisar.

Miro el objeto.

—¿Qué haces con eso?