Consejos envenenados 1 #4
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Respiro despacio.

No sé por qué sigo haciéndolo.

Nunca sirve de nada.

—Solo digo que... cada uno debería poder amar a quien quiera. Mientras no haga daño a nadie, no veo el problema.

Pilar sonríe con una mezcla de lástima y superioridad.

—Ay, Elena...

Lo dice como si estuviera hablando con una niña.

—Qué inocente eres.

Milagros se acerca un poco más.

—Es normal que pienses así. Tú siempre has sido muy sensible.

Rosario asiente despacio.

—Pero precisamente por eso tienes que tener cuidado con las ideas que escuchas. Hoy empiezas diciendo que hay que respetarlo todo y mañana acabas creyendo cualquier cosa.

Pilar me da una palmadita en el brazo.

—Nosotras te lo decimos porque te queremos.

Sonríe.

—Hay personas que se aprovechan de mujeres buenas como tú. Primero te hablan de libertad, de respeto y de que el amor no entiende de sexos. Luego consiguen confundirte.

Milagros baja la voz.

—Y a tu edad ya no estás para que te llenen la cabeza de tonterías.

Las tres vuelven a reír.

Una risa discreta.

Cómplice.

Como si acabaran de compartir un chiste que solo ellas entienden.

Sigo caminando en silencio.

Pilar continúa hablando.

—Mira, Elena. Un consejo. Tú llevas veinte años casada. Tienes una vida estable, una casa y un marido que trabaja. No permitas que personas como esa chica te hagan pensar que existe algo mejor.

Rosario asiente convencida.

—Exacto. Hoy todo el mundo habla de ser feliz, pero la felicidad dura un rato. Un matrimonio dura toda la vida.

Milagros sonríe.

—Y si alguna vez dudas, piensa en todo lo que perderías por un capricho.

Bajo la mirada hacia la bolsa de pan.

El papel está tan arrugado por la fuerza con la que lo sujeto que temo romperlo.

Ninguna de las tres se da cuenta.

Siguen hablando.

Dando consejos.

Consejos que suenan amables.

Consejos que pronuncian con una sonrisa.

Consejos que, poco a poco, llevan años envenenándome sin que ninguna de ellas sea consciente de ello.

La cafetería está casi llena.

Encontramos una mesa en la terraza, junto a la barandilla que da a la plaza. Pilar se sienta frente a mí. Rosario y Milagros ocupan las otras dos sillas mientras el camarero se acerca con la libreta en la mano.

—¿Lo de siempre? —pregunta.

Las tres asienten.

—Cuatro cafés con leche —responde Pilar antes de mirarme—. ¿Verdad, Elena?

Asiento distraída.

Mi atención está en otra parte.

La plaza bulle de gente. Padres con niños pequeños, adolescentes riéndose alrededor de una fuente, un anciano paseando a un perro diminuto y parejas caminando cogidas de la mano.

Una de ellas me llama la atención.

Dos chicos de unos treinta años cruzan la plaza riéndose. Uno de ellos se detiene un momento, le acaricia la mejilla al otro y le da un beso corto, tan cotidiano que cualquiera diría que llevan años haciéndolo.

Rosario resopla con fuerza.

—Mira, mira.

Las demás giran la cabeza.

—Cada día hay más.

Pilar niega lentamente.

—Luego dicen que no quieren llamar la atención.

Milagros hace un gesto de desaprobación.

—Un poquito de respeto. Esas cosas en vuestra casa.

Uno de los chicos alcanza a escucharlas.

Se gira un instante.

No responde.

Solo baja la cabeza y continúa caminando de la mano de su pareja.

Rosario se ríe.

—Encima se ofenden.

Noto un nudo en el estómago.

No entiendo cómo alguien puede enfadarse por ver a dos personas quererse.

El camarero deja los cafés sobre la mesa.

Cuando vuelve a marcharse, mi mirada se pierde otra vez entre la gente.

Esta vez son dos chicas.

Una lleva el pelo corto y negro.

La otra, largo y rubio.

Se detienen delante del escaparate de una librería. Hablan unos segundos y, antes de seguir caminando, una de ellas se inclina para besar a la otra con una naturalidad que me deja sin respiración.

No aparto la vista.

Hay algo en ese gesto que me resulta extrañamente hermoso.

No parece un beso de película.

No pretende impresionar a nadie.

Es simplemente...

Un beso.

Y, sin querer, mi cabeza empieza a traicionarme.

Me pregunto cómo sería besar a Marta.

Si sus labios serían tan cálidos como imagino.

Si sonreiría antes de acercarse.

Si olería a harina, a café recién hecho o a ese perfume suave que a veces deja flotando en la panadería cuando pasa a mi lado.

La imagen aparece en mi cabeza con una claridad que me asusta.

Marta inclinándose despacio hacia mí.

Su mano rozando la mía.

Sus pecas tan cerca que podría contarlas una por una.

Y después...

Sus labios.

Cierro los ojos un instante.

Solo un instante.

Cuando vuelvo a abrirlos, las dos chicas ya se están alejando de la plaza.

—Qué asco.

La voz de Pilar rompe mis pensamientos.

—De verdad, deberían ir al psiquiatra.

Rosario bebe un sorbo de café.

—Luego dicen que no están enfermos.

Milagros asiente.

—Pues si no es una enfermedad, que alguien me explique qué es.

Aprieto la taza entre las manos.

El café ya no sabe a café.

Solo noto un peso en el pecho.

Porque mientras ellas hablan de enfermedad...

Yo acabo de imaginar los labios de otra mujer.

Y, por primera vez en veinte años...

No me ha dado miedo el beso.

Me ha dado miedo descubrir cuánto lo he deseado.