1 #3
Las escucho hablar y, por un momento, tengo la sensación de que estoy en el lugar equivocado.
Las conozco desde hace años.
He celebrado cumpleaños con ellas.
He llorado en sus cocinas.
He cuidado de sus hijos cuando eran pequeños.
Y, sin embargo, cada vez entiendo menos las palabras que salen de sus bocas.
Quizá el problema no sea que ellas piensen así.
Quizá el problema sea que durante veinte años yo también pensé que era normal.
Y esa idea me asusta mucho más que cualquier cosa que pueda decir Javier.
La panadería está a menos de cinco minutos de la cafetería. Hemos pasado por delante cientos de veces y, aun así, sigo sintiendo el mismo cosquilleo cada vez que me acerco a la puerta.
Me repito que solo voy a comprar pan.
Que Marta es la dependienta.
Que yo soy una clienta más.
Nada más.
Empujo la puerta y la campanilla anuncia nuestra llegada.
El olor a pan recién hecho y a bollería caliente llena el local. Siempre huele igual. Hay algo reconfortante en ese aroma, como si durante unos minutos el mundo fuera un lugar mucho más sencillo.
Levanto la vista.
Marta está colocando unas barras en el expositor.
Al escuchar la campanilla se gira hacia la entrada y, en cuanto me ve, sonríe.
No es una sonrisa de compromiso. Es de esas sonrisas que nacen solas, sin esfuerzo, como si realmente le alegrara verme.
—¡Buenos días!
Tiene una voz alegre, cálida, impropia de las nueve de la mañana.
No puedo evitar sonreír también.
Solo un instante.
Después bajo la mirada, fingiendo interesarme por los cruasanes.
No quiero que nadie note nada.
Marta tiene treinta años. Lleva el pelo teñido de un naranja intenso que contrasta con las pecas que le cubren la nariz y las mejillas.
Sus ojos son de un verde aceituna tan claro que parecen iluminarse cuando sonríe.
El uniforme negro de la panadería está cubierto de pequeñas manchas de harina y, asomando por debajo de la manga, lleva una pulsera con los colores del arcoíris.
Rosario es la primera en verla.
Frunce el ceño con evidente desaprobación.
—¿Y esa pulsera?
Marta baja la vista hacia su muñeca.
—¿Cuál? ¿Esta?
—Sí.
—Me la regaló una amiga.
Pilar niega con la cabeza.
—Qué pena.
Marta arquea una ceja.
—¿El qué?
—Que una chica tan joven se deje llevar por esas cosas.
Milagros suspira.
—Todavía estás a tiempo de encontrar el camino correcto. Hacia la luz. Hacia un buen hombre. No hacia... esa atrocidad.
Durante un instante temo que Marta se enfade.
En cambio, apoya los codos sobre el mostrador y sonríe con una tranquilidad que me desconcierta.
—¿Sabéis una cosa?
Las tres la miran.
—Trabajo aquí desde hace casi cuatro años. Todos los días vendo pan a cientos de personas. Algunas son amables, otras vienen con prisa, otras ni siquiera saludan. Pero nunca había conocido a nadie capaz de diagnosticar la vida de otra persona solo por una pulsera.
Rosario resopla.
—No hace falta ser médico para distinguir el bien del mal.
Marta asiente lentamente.
—Claro.
Hace una pausa.
—Aunque viendo vuestras caras, diría que vuestros hombres todavía no han encontrado vuestra felicidad. A lo mejor deberíais empezar por ahí antes de preocuparos por la mía.
Las tres se quedan completamente calladas.
Pilar es la primera en reaccionar.
—Qué falta de respeto.
—No era mi intención —responde Marta con una sonrisa inocente—. Solo pensaba que, si sois tan felices, no deberíais tener tanto interés en decirles a los demás cómo tienen que vivir.
No puedo evitar bajar la cabeza para esconder una sonrisa.
Es un gesto tan pequeño que cualquiera diría que ha pasado desapercibido.
Pero Marta lo ve.
Y, durante un segundo, me devuelve la sonrisa como si acabáramos de compartir un secreto que nadie más en la panadería ha sido capaz de entender.
Marta termina de envolver la barra de pan en papel marrón y la deja sobre el mostrador.
—Una de semillas, como siempre.
Asiento mientras busco la cartera dentro del bolso.
—Son dos euros con veinte.
Le entrego un billete de cinco.
Nuestros dedos casi se rozan cuando me devuelve el cambio.
—Que tengas un buen día, Elena.
Levanto la vista.
Me conoce por mi nombre.
No sé por qué ese detalle consigue hacerme sonreír más que cualquier otra cosa.
—Gracias. Tú también.
Marta vuelve a dedicarme esa sonrisa tranquila que parece salirle sin esfuerzo y se gira para atender al siguiente cliente.
Salimos de la panadería.
La campanilla suena de nuevo detrás de nosotras.
No hemos dado ni diez pasos cuando Pilar rompe el silencio.
—Qué chica más rara.
Rosario resopla.
—Rara no. Perdida.
Milagros niega con la cabeza.
—A mí me da mucha pena.
Las miro sin decir nada.
—¿Sabéis que estuvo casada con una mujer? —continúa Pilar.
Me sorprende la naturalidad con la que lo dice, como si estuviera hablando del tiempo.
—Lo escuché hace unos meses. Duraron unos años y luego se separaron.
Rosario hace un gesto de desaprobación.
—Pues yo pensaba que se había curado de esa enfermedad.
Milagros suspira.
—Ya ves que no. Sigue igual.
Las tres se ríen por lo bajo.
No es una carcajada.
Es ese tipo de risa pequeña, compartida, que pretende hacerte sentir que todos piensan lo mismo y que el problema siempre lo tiene el que es diferente.
Aprieto la bolsa del pan entre las manos.
—No creo que sea una enfermedad.
Las tres dejan de caminar durante un instante.
Rosario gira la cabeza hacia mí.
—¿Cómo?