Consejos envenenados 1 #2
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Dejo el trapo donde estaba y sirvo el café.

Javier se sienta sin dejar de observarme. Tiene esa costumbre desde hace años. Mientras desayuna apenas aparta la vista de mí. Antes pensaba que era una forma de demostrar cariño. Ahora sé que simplemente está buscando algo que no encaje.

Da el primer sorbo.

Frunce el ceño.

—Está más caliente de lo normal.

Miro la taza.

—La cafetera ha tardado un poco más.

—Siempre tienes una explicación para todo.

No respondo.

Aprendí hace mucho tiempo que justificarme solo alarga las conversaciones.

El silencio dura unos segundos. Javier enciende el televisor. Un programa matinal habla sobre la celebración del Orgullo del fin de semana anterior. En pantalla aparecen dos mujeres besándose mientras una periodista entrevista a varias parejas.

Javier resopla con desprecio.

—Anoche vi exactamente lo mismo en el centro comercial.

No aparta la vista del televisor.

—Dos chicas besándose en mitad del pasillo, como si estuvieran haciendo algo de lo que sentirse orgullosas. Delante de familias. Delante de niños.

Sigue removiendo el café con una lentitud desesperante.

—Lo que necesitan esas dos es un hombre de verdad. Se les quitaba la tontería en cinco minutos.

Aprieto la taza entre las manos.

No debería decir nada.

Lo sé.

Lo sé incluso antes de abrir la boca.

Pero hay veces que el silencio pesa demasiado.

—No creo que funcione así.

La cucharilla deja de girar.

No levanta la cabeza inmediatamente.

Primero deja la cucharilla sobre el plato.

Después bebe otro sorbo.

Solo entonces me mira.

—¿Cómo dices?

Trago saliva.

—Quiero decir... que siempre ha habido personas que se enamoran de alguien de su mismo sexo. No es algo nuevo. Simplemente ahora...

No me deja terminar.

—¿Simplemente ahora qué?

Su tono sigue siendo tranquilo.

Eso es lo que más miedo me da.

—Ahora la gente ya no tiene tanto miedo a decirlo.

Se queda mirándome unos segundos.

Demasiados.

—Curioso.

No entiendo la palabra.

O quizá sí.

—¿Qué tiene de curioso?

Esboza una sonrisa que nunca llega a sus ojos.

—Que una mujer de cuarenta años, casada desde hace dos décadas, salga de repente defendiendo a las bolleras.

Siento cómo se me seca la boca.

—No las estoy defendiendo.

—¿Ah, no?

Se reclina en la silla.

—Entonces explícame por qué te molesta tanto que diga la verdad.

Niego con la cabeza.

—Solo creo que cada uno debería vivir como quiera mientras no haga daño a nadie.

Javier se ríe por lo bajo.

No es una risa de humor.

Es la risa de alguien que ya ha decidido que la conversación ha terminado y que él ha ganado.

—Eso os meten ahora en la cabeza. Que todo es respetable. Que un hombre con un hombre y una mujer con una mujer es exactamente igual. Pues no. La Biblia lo dice bien claro. Hombre con mujer. Mujer con hombre. Lo demás son perversiones que la sociedad se empeña en normalizar.

Se levanta despacio y deja la taza en el fregadero.

Al pasar a mi lado se detiene lo justo para que pueda oler el café y el desinfectante de su uniforme.

—Ten cuidado con las tonterías que dices, Elena.

Su voz apenas supera un susurro.

—Uno empieza justificando a esa gente... y acaba creyendo que cualquier cosa está bien.

No vuelve a mirarme.

Javier desaparece por el pasillo y, unos segundos después, escucho cómo se cierra la puerta del dormitorio.

No vuelve a hablarme.

Eso significa que la conversación ha terminado.

O, al menos, que él ha decidido darla por terminada.

Recojo las dos tazas del desayuno y las meto en el lavavajillas. El silencio vuelve a instalarse en el apartamento, pero no es el mismo silencio que había unas horas antes. El de la madrugada me pertenece. Este siempre es suyo.

Estoy guardando el bote del café cuando suena el timbre.

Instintivamente miro el reloj.

Las nueve.

No espero a nadie.

Me seco las manos en el paño de cocina y camino hasta la puerta. Antes de abrir, miro por la mirilla.

Pilar.

Rosario.

Milagros.

Las tres sonríen al verme.

Devuelvo la sonrisa por pura educación.

—¡Buenos días! —dice Pilar nada más abrir la puerta—. ¿Te vienes a tomar un café? Hace un día buenísimo.

Durante un instante estoy a punto de responder que sí sin pensar.

Después recuerdo dónde vivo.

Me giro hacia el pasillo.

La puerta del dormitorio sigue cerrada.

Aun así, no me atrevo.

—Esperad un momento.

Las dejo en el rellano y camino hasta la habitación. Llamo dos veces con los nudillos.

—Javier.

No contesta.

Vuelvo a llamar.

—¿Qué?

Su voz llega amortiguada desde el otro lado de la puerta.

—Han venido Pilar, Rosario y Milagros. Quieren bajar a la cafetería.

Silencio.

Espero.

Siempre hay que esperar.

—¿A qué cafetería?

—A la de la plaza.

Otro silencio.

Puedo imaginármelo perfectamente. Tumbado en la cama, con los ojos cerrados, decidiendo si merezco salir de casa durante una hora.

—¿Quién va?

—Solo ellas.

—¿Van sus maridos?

—No.

Escucho cómo suspira.

—No tardéis más de una hora.

Noto cómo el aire vuelve a entrar en mis pulmones.

—Está bien.

—Y compra pan al volver.

—Sí.

—Del de semillas. No te equivoques otra vez.

Aprieto los labios.

La última vez no me equivoqué.

La panadería se había quedado sin él.

Pero discutir ese detalle ahora solo serviría para estropearle el humor.

—Vale.

Me alejo de la puerta sin esperar una despedida.

Nunca se despide.

Cuando vuelvo al recibidor, las tres siguen esperando.

—¿Todo bien? —pregunta Rosario.

Asiento mientras cojo el bolso.

—Sí. Vamos.

Cierro la puerta detrás de mí y noto algo parecido al alivio cuando el ascensor empieza a bajar.

Solo dura unos segundos.

Sé perfectamente por qué Javier me deja salir con ellas.

No es porque confíe en mí.

Es porque desconfía de todo el mundo.

Pilar está casada con Andrés. Rosario con Emilio. Milagros con Julián. Los cuatro llevan años jugando a las cartas con Javier algunos sábados por la noche. Hablan de fútbol, del trabajo y de política como si fueran amigos de toda la vida.

Ellas hacen exactamente lo mismo.

Mientras toman café observan, preguntan y escuchan. No creo que lo hagan con mala intención. Estoy convencida de que, para ellas, contarle a sus maridos cómo ha ido la mañana es una conversación más antes de acostarse.

Lo que dicen delante de mí durante el desayuno, ellos lo comentan con Javier cuando se ven.

Y Javier siempre acaba sabiéndolo todo.

Si me quejo de un dolor de cabeza, él lo sabe.

Si compro una barra de pan de más, él lo sabe.

Si tardo diez minutos en volver del supermercado, también lo sabe.

Durante mucho tiempo pensé que eran casualidades.

Después comprendí que no existen las casualidades cuando vives con alguien como Javier.

Nunca me ha prohibido salir con Pilar, Rosario y Milagros.

No necesita hacerlo.

Ellas son la correa más larga de la jaula.

Y las jaulas, aunque sean grandes, siguen siendo jaulas.

Salimos del portal y el aire de la mañana me golpea la cara. Hace un día despejado. La plaza ya está llena de gente que entra y sale de las tiendas, jubilados paseando despacio y madres empujando carritos. Durante unos minutos consigo olvidarme de que Javier está en casa.

Casi.

Pilar se engancha a mi brazo con toda la naturalidad del mundo.

—Antes de ir a la cafetería vamos a pasar por la panadería.

La miro.

—¿Por qué?

—Porque Javier te ha dicho que le compres el pan de semillas, ¿no?

Asiento sin pensar.

Ella sonríe.

—Pues mejor hacerlo ahora. Luego se llena de gente y se acaba. No querrás que te riña.

Lo dice riéndose.

Como si fuera una broma.

Como si todas las mujeres del mundo organizaran la mañana en función del pan que le gusta a su marido.

—No pasa nada —respondo en voz baja—. Si no queda, compraré otro.

Las tres se detienen al mismo tiempo.

Rosario me mira como si acabara de decir una barbaridad.

—¿Otro?

—Sí...

Pilar niega con la cabeza.

—No, mujer. Si a Javier le gusta ese, es ese. Bastante paciencia tiene contigo.

No sé qué contestar.

Paciencia.

Nunca había pensado en Javier como un hombre paciente.

Controlador.

Desconfiado.

Frío.

Eso sí.

Pero paciente...

Seguimos caminando.

Pilar suspira mientras se coloca el bolso sobre el hombro.

—No sabes cómo es Andrés conmigo. El tuyo, por lo menos, te habla cuando se enfada. Andrés puede pasarse una semana entera sin dirigirme la palabra.

Lo cuenta sonriendo.

Como quien recuerda una anécdota divertida.

—La última vez fue porque compré un sofá sin preguntarle. Estuvo nueve días sin mirarme siquiera. Imagínate comer, cenar y dormir al lado de una persona que actúa como si no existieras. Luego ya se le pasó. Intimamos esa noche y volvió a ser el de siempre.

Rosario asiente.

—Los hombres son así. Necesitan su tiempo.

Milagros interviene enseguida.

—Pues Julián es un santo.

Rosario la mira de reojo.

—¿Un santo? Si hace dos años lo pillaste con la secretaria.

Milagros se encoge de hombros.

—¿Y qué? Se equivocó.

Lo dice con una tranquilidad que me desarma.

—Me pidió perdón llorando. Me juró que no volvería a pasar. Los hombres tienen impulsos. No piensan como nosotras. Además, apareció al día siguiente con un ramo de rosas enorme y una cadena de oro preciosa. Si hizo todo eso será porque estaba arrepentido.

Ninguna parece encontrar extraño lo que acaba de decir.

Rosario incluso sonríe.

—Lo importante es que volviera a casa.

—Claro —continúa Milagros—. Hay mujeres que perdonan menos por mucho menos.

Las tres me miran.

Como esperando que les dé la razón.

Yo solo bajo la vista hacia la acera.

Rosario rompe el silencio.

—Emilio también tiene mucho carácter.

Lo dice con orgullo.

—Si alguna vez le contesto mal, me levanta la mano.

La frase sale de su boca con la misma naturalidad con la que podría decir que le gusta el café solo.

—Pero es lo que debe hacer. Si me paso de la raya, alguien tendrá que corregirme. Él trabaja todo el día para mantener la casa. Tiene derecho a enfadarse si digo algo inapropiado.

Noto un peso en el pecho.

Ninguna se escandaliza.

Ninguna le dice que eso no está bien.

Pilar incluso asiente despacio.

—Es que hoy en día las mujeres ya no respetan a los hombres. Luego se sorprenden cuando los matrimonios fracasan.

Seguimos caminando.