Consejos envenenados
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El silencio de la casa es distinto a esta hora. A las tres de la mañana, Javier está en su turno de vigilancia nocturna, y el apartamento se convierte en territorio neutral. Mi territorio. El único momento del día donde puedo ser carne sin ser su carne.
Estoy boca arriba, con las sábanas apenas rozando mis muslos desnudos. La oscuridad es completa, pero no necesito ver. Necesito sentir. Necesito, por una vez, que el deseo sea mío y no prestado.
Mis dedos bajan lentos. No hay prisa. Tengo tres horas antes de que él vuelva, tres horas para ser una mujer que no conoce.
La humedad me sorprende siempre, como si mi cuerpo guardara secretos que mi mente se niega a reconocer de día.
Me deslizo entre los pliegues, encontrando ese punto que Javier nunca ha buscado, ese punto que yo misma aprendí a esconder hace años porque provocaba preguntas incómodas, porque hacía que me mirara como si fuera sucia.
Cierro los ojos y ella está ahí.
Marta. Con su risa demasiado alta, con su camiseta torcida, con esa manera de mirarme en la cafetería como si pudiera ver a través de la piel, a través de los huesos, directo a lo que soy cuando nadie me está mirando.
Imagino sus dedos donde están los míos. Imagino su boca, su aliento cálido, su voz diciendo mi nombre sin que suene a reproche. Imagino que me toca como quien toca algo sagrado, no como quien inspecciona mercancía.
El ritmo se acelera. Mis caderas se mueven solas, buscando, exigiendo. Es diferente cuando soy yo. Cuando es Javier, me quedo quieta, me hago pequeña, espero a que termine. Pero ahora... ahora soy un animal, soy una ola, soy algo que rompe.
—Marta —susurro, y el nombre se convierte en un gemido que escapo antes de poder atraparlo.
El sonido me devuelve a la habitación. Mi propia voz suena extraña, desconocida, peligrosa. Me quedo inmóvil, escuchando, aunque sé que estoy sola. El corazón me golpea las costillas como si quisiera salir.
Me siento en la cama. El aire frío me golpea la piel expuesta. De pronto tengo frío, de pronto siento asco. No de lo que hice, sino de lo que soy. De lo que podría descubrir.
Me levanto. Las piernas me tiemblan. Camino hasta el baño sin encender la luz, guiada por la memoria muscular de veinte años en este apartamento. El grifo suena demasiado alto en el silencio. Demasiado culpable.
Me mojo las manos. El agua está helada, pero no lo suficiente.
Una vez.
Frotó con fuerza, entre los dedos, debajo de las uñas. El jabón huele a limón, a nada, a limpieza. Pero puedo imaginarme el olor que Javier dice que detecta en las mujeres "de cierto tipo". El olor a sexo, a pecado, a puta.
Dos veces.
El agua se vuelve espumosa. Mis manos están rojas, irritadas. Pero sigo oliéndolo. Sigo sintiéndolo. Sigo siendo ella, la mujer que gemía el nombre de otra mujer en la oscuridad, la mujer que se atreve a querer algo que no es suyo.
Tres veces.
El agua corre clara ahora. Mis manos duelen. Me las llevo a la cara, respiro hondo. El espejo del baño me devuelve una sombra con los ojos demasiado brillosos, la boca demasiado roja. Parezco otra. Parezco descubierta.
Javier tiene la nariz de un sabueso. Huele el miedo, huele las mentiras, huele cualquier cosa que no encaje en su imagen de esposa perfecta. Si llegara ahora, si me agarrara las manos y las llevara a su nariz... ¿olería el pecado? ¿Olería a Marta?
Me rio. Un sonido amargo, sin humor. Marta ni siquiera me ha tocado. Marta no sabe que existe este rincón de mí donde ella es el centro de gravedad. Marta probablemente me ve como lo que soy: una mujer de cuarenta años aburrida, casada, invisible.
Pero en la oscuridad, cuando mis dedos se mueven, ella es libre. Y yo, por extensión, soy libre.
Vuelvo a la habitación. Las sábanas están revueltas, culpables. Las aliso con manos que aún tiemblan. Las manos que hace un minuto me hacían sentir viva ahora parecen armas. Instrumentos de traición.
Me pongo la camiseta de dormir. Me tapo hasta el cuello. Me hago pequeña, me hago inexistente.
En tres horas Javier volverá. Traerá el olor a café barato y a desinfectante del centro comercial donde vigila. Me mirará con esos ojos que parecen pesar, juzgar, poseer. Y yo le sonreiré. Le prepararé el desayuno. Le preguntaré cómo fue la noche.
Y mientras tanto, guardaré el nombre de Marta en el lugar más oscuro de mi boca, donde no puede escapar, donde no puede traicionarme.
Me quedo inmóvil, mirando el techo de la habitación. Intento dormir, pero mi cabeza no entiende de horarios. Cuando cierro los ojos, siempre encuentra algo con lo que castigarme. Un recuerdo. Una palabra. Un gesto que hice hace diez años y que todavía soy capaz de repetir con exactitud.
No recuerdo cuándo empecé a tenerle miedo a Javier.
Durante mucho tiempo me convencí de que solo tenía mal carácter.
Después pensé que el problema era yo, que era demasiado sensible, demasiado distraída, demasiado torpe.
Siempre había una explicación que lo justificaba.
Siempre encontraba una forma de hacerme creer que la discusión había empezado por mi culpa.
Ahora sé que el miedo no llega de golpe.
Se instala poco a poco, como la humedad en una pared.
Un día dejas de invitar a una amiga porque a él no le cae bien.
Otro día cambias de ropa antes de salir porque dice que esa falda es demasiado corta.
Más adelante dejas de opinar durante las comidas familiares porque cualquier comentario puede convertirse en una discusión de dos horas cuando llegáis a casa.
Al final, sin darte cuenta, ya no eres tú quien toma decisiones.
Eres la versión de ti misma que menos molesta a la persona que tienes al lado.
El sueño termina venciendo al cansancio más que a la tranquilidad.
Cuando abro los ojos, la habitación está teñida de un gris pálido. No necesito mirar el reloj para saber que son poco más de las seis. Llevo tantos años levantándome a la misma hora que mi cuerpo ya no necesita alarmas.
Me incorporo despacio y comienzo a hacer la cama.
Las esquinas del edredón tienen que quedar alineadas con el colchón. Las almohadas deben tocar el cabecero exactamente igual que el día anterior. El cojín decorativo va en el centro. Ni un centímetro a la derecha. Ni un centímetro a la izquierda.
Hace años pensaba que lo hacía porque me gustaba el orden.
Ahora sé que lo hago porque Javier lo nota todo.
Tiene una memoria enfermiza para los detalles.
Es capaz de recordar la posición exacta de una silla, la orientación de un cojín o cuántas cápsulas de café quedan en la caja.
Durante los primeros años de matrimonio pensé que simplemente era un hombre muy meticuloso.
Tardé demasiado tiempo en comprender que aquello no tenía nada que ver con el orden.
Javier no observa la casa porque le guste que todo esté limpio o colocado; la observa porque es la forma más sencilla de vigilarme.
Si un objeto cambia de sitio, aunque solo sean unos centímetros, quiere saber quién lo ha movido y por qué.
Si una toalla no está doblada como él espera o un vaso aparece en un estante distinto, no lo interpreta como un despiste, sino como una prueba de que algo ha ocurrido mientras él no estaba.
Ninguna explicación le parece suficiente.
Siempre encuentra una contradicción, una pausa demasiado larga antes de responder o una mirada que, según él, demuestra que estoy mintiendo.
Con el tiempo he aprendido que vivir con Javier consiste en memorizar una lista interminable de normas que nunca ha escrito en ninguna parte.
El problema es que esas normas cambian cuando él quiere, y cuando eso ocurre, siempre consigue hacerme creer que la culpa es mía por no haberlas entendido antes.
Voy hasta la cocina y saco dos tazas del armario.
Siempre las mismas. La blanca con una línea azul para él.
La gris para mí. Si un día intercambiara las tazas, seguramente no ocurriría nada.
O quizá sí. Nunca se sabe con Javier. Ese es el verdadero problema.
No son los gritos. No son los golpes. Es no saber qué versión de él va a entrar por la puerta.
Mientras el café empieza a salir de la cafetera, limpio una encimera que ya estaba limpia.
Después coloco el azucarero un poco más cerca de su sitio habitual y vuelvo a dejarlo exactamente donde estaba.
A veces me sorprendo corrigiendo objetos que ni siquiera se han movido.
Es una costumbre que he desarrollado sin darme cuenta.
Las llaves giran en la cerradura a las siete en punto.
Mi estómago se contrae.
No importa cuántas veces ocurra. Nunca consigo acostumbrarme.
Javier entra en casa sin saludar. Cierra la puerta con cuidado, echa la llave dos veces y permanece unos segundos completamente quieto en el recibidor. Cualquiera diría que está descansando después de toda la noche trabajando. Yo sé que está observando.
Sus ojos recorren el salón lentamente.
La alfombra.
El perchero.
El mueble de la entrada.
Las cortinas.
Después me miran a mí.
No tarda más de cinco segundos.
Cinco segundos son suficientes para decidir cómo va a ser el resto del día.
No necesito preguntárselo. Lo sé por la forma en que aprieta la mandíbula.
Por cómo deja las llaves sobre el mueble de la entrada sin hacer ruido.
Por la manera en que se quita el chaleco del uniforme y lo sacude dos veces antes de colgarlo.
Si está de buen humor, lo deja caer sobre la silla.
Si lo cuelga con tanto cuidado es porque viene dándole vueltas a algo.
—Buenos días.
No me responde. Se limita a seguir caminando por el salón con la misma calma con la que un inspector revisaría la escena de un crimen.
Se detiene delante de la mesa del comedor.
Pasa un dedo por la superficie.
Lo observa.
Después me mira.
—Hay polvo.
Bajo la vista hacia la mesa. No veo nada.
—La limpié ayer por la tarde.
—No te he preguntado cuándo la limpiaste.
Su voz nunca necesita ser alta para hacerme sentir pequeña. Al contrario. Cuanto más despacio habla, más peligroso resulta todo.
Cojo el trapo sin decir una palabra y vuelvo a pasarle por encima.
—No hace falta que lo hagas ahora. Ya lo has hecho mal.
Siento un nudo en el estómago.
Nunca hay una respuesta correcta.
Si limpio, está mal porque no debía hacerlo delante de él.
Si no limpio, soy una dejada.