Consecuencias de retar a un conde Escena 51
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Escena 51

El regreso

Cuenta la leyenda que un samurái fue recompensado por su señor con un obsequio muy curioso, un espejo de mano.

Tras la guerra, regresó a casa junto a su esposa y su hija.

Le ofreció el regalo a su mujer y, cuando esta lo miró, se extrañó al ver un rostro en la superficie.

Le preguntó quién era esa dama, y él adujo que era ella.

Día tras día, la mujer se contemplaba en el espejo hasta que un día enfermó gravemente.

En su lecho de muerte le regaló el espejo a su hija y le dijo que en él estaba su rostro, que, cuando muriera y la echara de menos, podría mirar el rostro de su madre.

La hija, apenada, lo aceptó y, tras su muerte, cada vez que miraba el espejo, creía que su reflejo era el de su madre y, así, el consuelo de su compañía la acompañó toda su vida.

Takeshi no tiene ese espejo, y durante aquellos días infernales habría matado por poseerlo, pero por fortuna ya no lo necesita, porque el rostro de la mujer que ama lo contempla cada mañana.

No se ha separado de su lecho, como Rose no lo ha hecho del de Liam. Ambos se recuperan en una de las casas más confortables y encantadoras de Hagi. Esa donde Margot disfrutó de su primer ofuro .

Murakama se ha revelado como un anfitrión intachable.

Ejerce el liderazgo Mōri y el Genji, como hijo de ambos clanes, extinguiendo de ese modo la perpetua rivalidad de siglos atrás.

Akira pasea junto a Haru, recuperado de sus heridas, por las pacíficas callejuelas de la ciudad.

Su hijo pequeño, de apenas tres años de edad, corretea a su alrededor.

La mañana que Margot recupera la conciencia, está rodeada de toda su gente, como si supieran que elegiría ese momento para regresar al mundo de los vivos.

—¿Te parece normal que alargues tanto las siestas?

Margot, aunque aturdida, aprecia la chanza con una sonrisa divertida.

—Eres odioso, ¿lo sabías?

—Por eso me adoras.

—Y un engreído.

Su voz es rasposa, pero su tono es jovial.

—Porque puedo alardear de que la mujer más maravillosa del mundo me ama casi tanto como yo a ella.

—¿Casi? Acércate, mentecato.

Takeshi se inclina sobre ella.

Margot alarga un brazo, que, aunque le resulta más pesado de lo normal, lo enlaza a su nuca y entreabre los labios.

Takeshi no puede resistirse a que tome la iniciativa en ese pulso travieso que tanto disfrutan.

La besa con frenesí y, aunque se recuerda ser delicado, el alivio que siente despierta el hambre de fundirla contra sí para mantenerla a salvo del mundo, para empujar a la muerte muy lejos de ella.

Recuerda todas las noches que, impotente, suplicaba su regreso y la besaba insuflándole su aliento, recordándole que seguía ahí, esperándola.

Se regocija al comprobar que, aunque débil, se entrega al beso con pasión.

Cuando se aparta, su corazón se derrite ante la mirada nublada de Margot.

—Has regresado en toda tu plenitud, mi amor —alaba.

—Echaba de menos nuestros duelos.

—Este lo has ganado tú.

—¿A mí no vas a saludarme, amiga ingrata?

Rose asoma a su lado con una sonrisa radiante. Takeshi le deja su lugar.

—Estoy segura de que, más que un saludo, mereces un abrazo.

—Y una mansión en Hyde Park.

Margot sonríe y abre los brazos.

Rose se cobija en ellos.

—¿Por qué me pesan tanto? —aduce agitando los brazos.

—Porque te falta un buen guiso y ejercicio.

—Del guiso me encargo yo.

Florence se sienta en la cama y le coge la mano.

—Y del ejercicio, yo —interviene Molly—. Liam me ha enseñado a pescar.

—¿Desde cuándo se considera ejercicio pescar?

—Desde que se te escapa la caña y tienes que vadear el río para recogerla.

Margot ríe y sacude la cabeza.

—Además de alguna pulmonía, ¿has pescado algo?

La muchacha compone un gesto reflexivo que le arranca otra carcajada.

—Molly, el otro día pescaste una rana —le recuerda Florence.

—Eso no cuenta, la cogí con las manos.

Liam niega con la cabeza.

—No estoy de acuerdo, eso es pesca de amarre, así que puedes apuntarte un tanto.

La muchacha compone un gesto orgulloso.

—Pues creo que abandonaré la pesca tradicional y me haré pescadora de ranas.

Liam suelta una carcajada.

Florence pone los ojos en blanco y se levanta.

—Anda, muchacha, ayúdame a preparar un buen estofado.

La aferra del brazo y la saca del cuarto.

Margot trata de incorporarse y Takeshi se apresura a ayudarla. En ese momento cae en la cuenta de que está sobre una cama.

—¿De dónde...?

—La construimos Liam y yo, creímos que estarías más cómoda.

Fija la vista en los dos hombros vendados de Liam.

—Pues no pareces muy apto para trabajos manuales... ¿Cómo te encuentras?

—He estado mejor, pero conservaré los dos brazos, mi Rose los necesita. —Le guiña un ojo cómplice y añade—: En honor a la verdad, Takeshi construía y yo impartía instrucciones.

—Trabajo de equipo —señala Takeshi.

Unos pasos tímidos se acercan a la cama.

Akira la contempla sonriente. A su lado, un niño que le resulta familiar la observa con curiosidad.

De repente, lo reconoce.

—Por todos los santos, ese granujilla es...

—Sí, y la mujer que lo cuidaba era una de las sirvientas de Atachi Genji... conocía toda la historia.

—Entiendo.

Le entristece pensar en cómo se inculca a los niños las cuitas de los adultos en una especie de transmisión generacional del odio y las revanchas. Afortunadamente, aquel crío es demasiado pequeño todavía para que le haya calado esa ponzoñosa herencia.

Cierra los ojos, exhausta de tantas emociones.

—Será mejor que la dejemos descansar —murmura Rose.

Todos salen del cuarto, menos Takeshi.

—Me temo que no podrás librarte de mí en una buena temporada.

—Y espero que no te atrevas a intentarlo —rezonga ella.

Takeshi se acomoda a su lado y la envuelve entre sus brazos.

—¿Qué fue de Saori?

—La apresaron los hombres de Haru. Le mandamos una misiva al capitán de su guardia poniéndolo al día de todo. Cuando acudieron al almacén, acabaron con los samuráis de Hiroshi y arrestaron a Saori. Está acusada de alta traición.

—¿Te importa que empalme con otra siesta? Me muero de sueño.

—Que sea corta, tenemos un asunto pendiente que ansío solventar.

Le dedica una mirada sugerente y ella esboza una sonrisa rebosante de dicha.

— Ansiamos —puntualiza con un mohín travieso.

Takeshi besa la punta de su nariz.

—No te atrevas a insinuar jamás que mi amor está por debajo del tuyo —musita ella con voz adormecida.

—¿Tanto me quieres?

—Más —responde cerrando los ojos.

—Prometido.