Consecuencias de retar a un conde Escena 50
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Escena 50

La última batalla

Su atacante enarbola una sonrisa fanfarrona, petulante incluso.

Margot clava una mirada altanera en su enemigo, aderezada con toda la furia que acumula. No caerá sin luchar, concluye, imprimiendo esa determinación en lo más profundo de su ser.

Reúne el coraje necesario y alza su acero avanzando hacia él. Súbitamente, con la misma espontaneidad de los relámpagos que surcan el cielo, acude a ella un recuerdo, una imagen más bien. Un ardid que ha visto en Takeshi y que siempre le ha parecido magistral.

Baja la barbilla y alza la mirada, en un gesto combativo que refuerza apretando los dientes y tensando la mandíbula.

Siente cómo todos sus sentidos se afilan.

A pesar de la tormenta que los enmarca, percibe con una intensidad abrumadora pequeños y desconcertantes detalles, como el parpadeo del hombre enfocando la mirada hacia el punto donde va a enclavar su próximo ataque, su respiración ansiosa, el pulso que late en la vena remarcada en su sien, y, como si el tiempo se hubiera ralentizado, configura esa información en su mente, utilizándola a su favor.

Atisba a la izquierda del hombre un charco profundo que ya rebosa, donde Akira ha tropezado.

Se desplaza hacia ese lado, confiando en que el hombre imitará el paso.

Se prepara para el ataque, el hombre ha revelado en su mirada el objetivo: su pecho.

Baja el filo para hacerle creer que tiene el camino libre, y, cuando lanza la estocada, ella salta hacia su izquierda y él recompone el ataque en esa dirección.

Cuando se percata del charco, su pie ya ha entrado en él, desentablándolo.

Margot lo acomete por la derecha y esquiva el mandoble que improvisa mientras trastabilla, se posiciona tras él y es cuando descarga el ataque planeado.

Hunde la espada en la zona lumbar y se ciñe a él para ensartarlo completamente, imprimiendo toda la fuerza que logra acumular.

Suelta la empuñadura y se planta frente a él.

Le escupe ante su mirada impávida.

Su oponente se derrumba sobre el lodo, exhalando su último suspiro.

Apoya un pie en su espalda, se inclina y extrae el acero embadurnado en sangre.

La lluvia empuja regueros de color rojo hasta la punta, donde gotean lentamente.

Margot permanece inmóvil, asimilando que acaba de matar a un hombre.

No obstante, no tiene tiempo de dar rienda suelta a las emociones.

Se gira hacia Akira y se topa con una mirada boquiabierta.

Sin soltar la espada, alienta a Akira a reanudar la marcha bajo una lluvia torrencial.

Presiona la herida del costado con la mano libre y un dolor repentino la paraliza.

Se detiene ante la mirada preocupada de la muchacha, que clava sus asustados ojos mirada en el sangrante costado.

Comienza a pensar que quizá la herida revista de más gravedad de lo que creyó en un primer momento.

Una debilidad mordiente afloja sus rodillas.

La vista comienza a nublársele y sacude la cabeza, como si con ese gesto alejara la sombra de la inconsciencia.

Esta vez es Akira quien se abalanza sobre ella.

Sus largos cabellos negros chorrean sobre el rostro de Margot.

Parpadea confusa y apenas se percata de que se ha desplomado sobre sus rodillas.

Oye las palabras de la hermana de Takeshi, y, aunque ignora el significado, en su gesto encuentra la traducción.

La impele a levantarse, la anima a continuar.

Repara en que comparte con su hermano esa boca plena y bien definida que tanto la desquicia, y piensa que, si pudiera pedir un último deseo, sería un beso suyo.

También piensa en Rose, y en la regañina que recibirá por no hacerle caso, pero la evoca asimismo a su lado, prodigándole sus cuidados.

A su mente acude una frase que leyó en alguna parte acerca de que la lectura salvaba vidas; por supuesto, se refería a esa evasión tan necesaria y ese aprendizaje continuo que enriquece y salva de la ignorancia y el tedio, pero, en el caso de Rose, es más literal.

Esa hambre de conocimiento que la empuja a leer toda clase de libros la ha ungido con la sabiduría necesaria para salvar vidas, descubriendo en ella un nuevo talento.

Los quiere, los quiere muchísimo. También a Liam, a Florence y a Molly, y a esos dos desdichados muchachos que finalmente no pudieron regresar a sus vidas.

Rose es mucho más que su amiga: es su hermana, es su fuerza, su acicate, su refugio, su solaz.

Y si no regresa, tiene el consuelo de que ella lo sabe.

Sus pensamientos se centran en Takeshi, ese hombre ingenioso, agudo, tenaz, leal, valeroso, comprometido y honesto que se ha infiltrado en su corazón, con un goteo constante de genialidad, naturalidad y curiosidad.

Despertando en ella un amor inconmensurable que ha alcanzado su mayor punto de floración ahí, bajo la lluvia, en su ausencia y en presencia quizá de su propio final.

Lo ama con una fuerza arrolladora y jamás podría agradecerle el privilegio de sentir algo tan único y maravilloso.

No deja de ser paradójico que sea su hermana quien ahora la acuna, como una vez hizo él.

—Takeshi —pronuncia. Lo hace despacio, paladeando cada sílaba, como si saboreara de nuevo su esencia.

Lucha por mantener los ojos abiertos, mirarla a ella es lo más parecido a verlo a él.

Unas gotas cálidas caen sobre sus húmedas mejillas.

No es la lluvia, son las lágrimas de Akira.

Sus pálidas manos aletean sobre su rostro, apartando las guedejas onduladas con ternura.

Margot le sonríe apacible, como quien no teme su final.

Ha tenido una buena vida, ha experimentado emociones y situaciones diversas, ha conocido y disfrutado de gente maravillosa, y en la antesala de la oscuridad que se cierne sobre ella, una palabra emerge de sus labios, un perdón dirigido a su madre, por entender que, en realidad, siempre quiso lo mejor para ella.

La negrura acecha, la laxitud la invade, todavía siente la lluvia en la piel, las caricias de una mano gentil y el susurro de una lengua indescifrable.

No oye los relinchos de caballos ni los gritos que se alzan sobre la tormenta, tampoco el apremio de la carrera de unos pies restallando charcos ni la angustia de un corazón enamorado.

Tampoco aprecia cómo unos fuertes brazos la alzan con renovado vigor y la estrechan contra un pecho atenazado por el miedo. Ni cómo la cargan a lomos de un alazán castaño que galopa impelido por la urgencia que otorga la desesperación.

No siente ya nada, ni siquiera esa voz anhelada que le suplica entre sollozos que no lo abandone.