Consecuencias de retar a un conde Escena 49
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Escena 49

Bajo el fragor de la tormenta

Fuera, la tormenta arrecia.

El rabioso furor de los elementos golpea las paredes del almacén como si quisieran penetrar en el interior para participar de la contienda.

Cada guerrero se posiciona delante del que reta a combatir.

Hiroshi no elige a su hijo, sino a Takeshi.

Liam comienza a defenderse de Kimura. Confía en la destreza del inglés sobre la del tosco samurái. Y de soslayo aprecia que Haru acomete las estocadas de Raiden. Retrocede hacia el fondo apartándose de la lid que libra Murakama con Jiro, conduciendo a su maestro hacia la zona más despejada.

La mirada artera y afilada de Hiroshi rezuma todo el odio que durante años ha acumulado contra su padre y, por ende, contra toda su estirpe.

Lo observa consciente de que ese combate será el último para uno de los dos.

La fortaleza que la edad le arrebata a su oponente es compensada sobradamente con la experiencia.

En el arte de la espada, la fuerza física no es más que un elemento disuasorio antes de un combate, pues, por mucho ímpetu que se posea, sin técnica, sin habilidad y destreza la derrota está servida.

Y, aun así, la experiencia en infinidad de combates no solo aguza los reflejos y anticipa los lances; en la mayoría de los casos es lo que otorga la victoria, convirtiendo esa cualidad en indispensable en todo guerrero que se precie.

Takeshi apela a su serenidad, apartando toda emoción del combate y centrándose únicamente en su poderoso adversario.

Compone una guardia media y ambos enemigos se desplazan en círculos tanteando con lances engañosos a su oponente.

Hiroshi es el primero en acometer un trazo oblicuo en busca de su costado.

Takeshi pivota hacia atrás y aprovecha el esquive para lanzar un mandoble lateral hacia el vientre del samurái.

Hiroshi lo frena y las hojas se cruzan en un pulso que hace silbar los aceros.

El anciano, conocedor de la superioridad física de su discípulo, destraba el encuentro y ataca de nuevo, encadenando una serie de veloces acometidas que obligan a Takeshi a retroceder para encararlas.

Recompone su defensa e inicia la ofensiva.

Adelanta un pie y ensarta la hoja al frente sorprendiendo a su contrincante, que salta hacia atrás evitando una estocada mortal.

Le parece apreciar en Hiroshi un gesto congratulado con un desconcertante matiz admirado ante la arremetida que acaba de esquivar.

Takeshi escruta en la mirada del viejo samurái, intentando adivinar su próxima acometida. Evoca la infinidad de combates que han mantenido y sabe que debe trazar una ofensiva diferente, algo que al anciano le resulte inaudito, desconocido. Es el único modo de que no anticipe cada uno de sus lances.

Asegura la empuñadura con ambas manos y balancea la hoja ladeando la espiga. Un relámpago centellea en el cielo, su fulgor repentino se cuela por las angostas ventanas e incide en su acero, que flamea refulgente, como si el dios Hachiman lo bendijera con esa aura iridiscente.

Tras ellos, el tañer de los aceros de los demás contendientes se mezcla con los gruñidos rabiosos y el susurro de las ropas. El repiqueteo de la lluvia envuelve los dispares sonidos en una sinfonía que huele a muerte y sabe a sangre.

Tras el deslumbrante relámpago, el trueno sacude las paredes que los rodean, imprimiendo más furia en los combates.

Como si tambores de guerra restallaran a su alrededor, la lucha se vuelve más encarnizada.

Hiroshi entrecierra su ladina mirada y en la leve tensión que titila de una de sus comisuras, preludio de una sonrisa maliciosa, Takeshi anticipa el lance.

El potente mandoble doblega su defensa, obligándolo a bajar su acero o a soltarlo.

Atrapado en aquella encrucijada, desprende la mano izquierda de la empuñadura apretando los dientes en un alarde de resistencia arriesgado, hasta que consigue desenvainar la wakizashi .

La impele contra el costado de su maestro y logra sajárselo.

No obstante, henchido ante la primera muestra de sangre a su favor, baja la guardia, de manera imprudente.

La hoja de su enemigo se hunde en su muslo derecho, casi a la altura de la ingle.

Ambos se sostienen la mirada jadeantes. Las espadas han bebido sangre y reclaman más alimento. La lucha se recrudece.

Con el rabillo del ojo, comprueba angustiado que Liam está teniendo serios problemas para contener las feroces embestidas de Kimura.

Está herido. Su hombro, todavía convaleciente, no ha resistido las acometidas de un oponente que tiene la fuerza de un toro.

Su otro brazo chorrea sangre, sus posibilidades de salir victorioso de esa contienda son casi nulas.

Espoleado por la urgencia, arremete contra Hiroshi, obviando el dolor lacerante que palpita en su muslo.

El samurái se inclina hacia su costado herido para protegerlo, el balance de su cuerpo se desequilibra, lo que favorece que lo hostigue con mayor facilidad, agotando al avezado anciano, apelando a la inferioridad de su resistencia física.

La urgencia le confiere más apremio y sus estocadas se alternan en una sucesión agotadora, desmontando una y otra vez cada una de las defensas que enarbola Hiroshi.

Lo sorprende la fortaleza que irradia todavía su oponente, como si la edad, en aquel combate decisivo, se hubiera evaporado para investirlo con la capa de la juventud perdida.

Por fin, tras acosarlo fieramente con una ofensiva implacable, el anciano parece perder el resuello y sus movimientos comienzan a entorpecerse.

Trastabilla hacia atrás y se cubre con la hoja, amparándose en la defensa para recomponer sus fuerzas.

Acorralado, Takeshi ve la oportunidad que buscaba.

Alza la catana con la diestra, para capturar la atención sobre ella, pero es la izquierda la que traza la acometida.

Hunde la wakizashi en el vientre del viejo samurái cuando alza la defensa para detener el primer lance. La finta pertrechada ha funcionado.

Lo contempla con mirada vidriosa, todavía asumiendo la derrota. Un hilo de sangre brota de la comisura de su boca.

—Solo espero, viejo, que pagues en el yomi los tormentos eternos que mereces.

Y, sí, confía en que los demonios del inframundo den buena cuenta de él.

No se detiene a deleitarse en su muerte.

Cojeando, se cierne sobre Kimura justo cuando está a punto de ensartar a Liam contra una pilastra.

Alza la catana y la descarga con fiereza, cercenando el brazo del robusto samurái.

Acomete un nuevo mandoble hundiendo en el pecho la mitad de su hoja.

Liam, casi desfallecido y desangrado, se arrastra tras unos toneles, ocultándose de las contiendas que se libran a su alrededor.

Takeshi comprueba que Murakama ha vencido a Jiro, que yace muerto en el suelo, y rodea a Raiden, que se bate como un animal acorralado contra Haru, que también se mantiene en pie a duras penas. Un tajo cruza su pecho.

—Ríndete, Raiden —aconseja entre jadeos—, tu maestro ha caído.

El hombre desliza su turbia mirada hacia el fondo y descubre que Hiroshi agoniza entre estertores.

De repente, su gesto se contrae en una mueca turbada.

—Si Hiroshi no sale vivo de aquí, las órdenes son matar a Akira —confiesa.

Takeshi lo apunta con su sable. Murakama y Haru lo imitan.

—Elige: muere con tu maestro o llévanos hasta el paradero de Akira y salva la vida.

El guerrero frunce el ceño y sopesa la oferta.

—No podremos salir de aquí sin Hiroshi. Fuera hay una veintena de hombres.

—¿Hay alguno apostado en la parte trasera?

—No, porque hemos comprobado que solo hay una entrada.

Takeshi mira en derredor y fija la vista en unas hachas clavadas sobre un grueso tronco.

—Pues abriremos otra.

En ese preciso instante, unos golpes resuenan en la puerta. El tablón que la cierra se estremece ante los bruscos impactos.

—Aprisa —apremia—. Murakama, debes cargar con Liam, eres el único que no está herido.

El tablón comienza a astillarse por el centro.