Consecuencias de retar a un conde Escena 48
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Escena 48

Un charco escarlata

Comprueba que el carromato no se adentra en Yoshiwara y lo rodea hacia una zona deshabitada, salpicada por unas construcciones toscas, entre las que distingue varios graneros y cobertizos.

Gira el rostro hacia la geisha para descubrir que la apunta con una daga.

—Tú mover, yo matar.

Su voz, meliflua y aterciopelada, contraviene el significado de la amenaza. Por el tono parece que la esté invitando nuevamente a un té.

Para poder saltar del vehículo tiene que ponerse en pie, y, si lo hace, sabe que la mujer no vacilará en cumplir su amenaza.

Debe aguardar a tener una mejor oportunidad de escapar, pero antes debe asegurarse de que Akira esté en su poder.

El carromato se detiene frente a uno de los cobertizos, que a priori parece destartalado. Saori grita una orden y la puerta se abre. Tres hombres emergen del penumbroso interior, enarbolan sus sables y se aproximan a ellas.

Desciende y los hombres la apresan con rudeza.

—¡Malditos animales, soltadme! —ruge.

El cielo parece unirse a su furia descargando un trueno sobre ellos. Las negras nubes parecen batirse entre ellas por ser las primeras en derramar su llanto. Casi al instante, la lluvia picotea el suelo a sus pies.

Se revuelve contra ellos fútilmente y la arrastran al interior. Cegada por la luz diurna, le cuesta acostumbrar los ojos a la oscuridad reinante. Un brusco empujón la lanza contra el suelo. Un hedor rancio y ácido la envuelve.

Entre los tablones se filtra el resplandor exterior, proyectando filamentos dorados sobre el pavimento, tierra, heno y lo que parece estiércol.

En un rincón descubre a una joven acurrucada y temblorosa.

Saori entra y la mira con semblante complacido.

—¡Eres una mala víbora! —increpa cáustica.

La mujer hace un gesto al hombre que tiene a su derecha. Este se adelanta y la abofetea con violencia. La cara le arde casi tanto como el fuego que crepita en su interior.

—Mujer inglesa estúpida.

—Juro que lo pagarás, maldita zorra. —Escupe sangre, tiene el labio partido.

La geisha alza las manos y se encoge de hombros sin entender su última frase.

Margot gesticula el acto de degollar. Ella suelta una carcajada despectiva.

—Yo no, tú morir, todos morir.

Luego se dirige al rincón y se acuclilla junto a la joven prisionera. No tiene duda alguna de que es Akira. La coge del pelo y la obliga a alzar la cabeza. Le murmura algo y a continuación le araña la cara. La muchacha gime y se aparta. No puede defenderse, tiene las manos atadas a la espalda.

—Eres muy valiente con dos mujeres indefensas escondidas tras tus secuaces armados, ¡atrévete a enfrentarte a mí! —exclama furibunda.

—No ensuciar manos.

Y, tras una mirada triunfal y una sonrisa de absoluto regocijo, sale del cobertizo y se marcha tras dar instrucciones a los hombres.

Margot aprovecha para acercarse a Akira. La joven la mira intrigada. Es posible que nunca en su vida haya visto una mujer occidental. Una gaijin .

—Takeshi y yo... —Se señala el corazón. La muchacha la mira sin entender.

Maldice la barrera del idioma.

La señala a ella y pronuncia su nombre.

—Akira, Takeshi... —y de nuevo se señala el pecho acompañando el gesto de una sonrisa tierna, conmovida.

La joven asiente y sus ojos recuperan la luz perdida.

Gesticula otra vez señalando el exterior.

La luz que penetra desde la puerta abierta le revela el lamentable estado de Akira.

Su cabello desgreñado y sucio enmarca un rostro pálido lleno de moretones y cortes.

Por sus movimientos lentos y cuidadosos, supone que está dolorida, seguramente ha sido sometido a torturas.

Su mirada se empaña mientras la observa.

Vuelve a fijar la vista en la puerta y, en un rapto desesperado, se pone en pie y busca algo con lo que defenderse. Solo encuentra un mango roto, quizá de un rastrillo, lo empuña y se oculta tras la puerta. Akira niega con la cabeza, su mirada desorbitada le advierte que desista de su decisión.

Cuando el carro traquetea por el sendero rumbo a la ciudad, uno de los hombres atraviesa el umbral. No se percata de que Akira ha logrado ponerse en pie.

Alza el mango y se prepara para descargarlo.

No vacila al descubrir la espalda del guardián. Le propina un golpe en la nuca con todas sus fuerzas y el hombre se desploma al instante.

El compañero penetra alarmado en el cobertizo con su sable en alto.

Akira comienza a gritar, atrayéndolo hacia sí.

Cuando se abalanza sobre la muchacha, Margot se agacha veloz, coge la espada que descansa junto al que ha derribado y, sin titubear, se precipita desesperada contra el guerrero y le hunde la hoja en la parte posterior del tronco.

El hombre se desmorona en el suelo con la torpe laxitud de la muerte en la caída.

Extrae del cuerpo la hoja con un movimiento seco y torpe y acude junto a Akira, corta las ataduras de sus muñecas, la toma de la cintura y la ayuda a salir.

La lluvia arrecia y ante ella se extienden campos labrados, lomas ondulantes y un único sendero que seguir.

Intenta correr sosteniendo a Akira, que rodea su hombro y se afana por apresurar sus trémulos pasos, empuñando la espada con la otra mano.

—Lo vamos a conseguir —se alienta entre dientes, siguiendo el rastro de las huellas del carro antes de que la lluvia las disuelva.

Avanzan bajo la tormenta cuando un grito les congela la sangre.

El hombre que ha golpeado ha recuperado la conciencia y, aunque aturdido y trastabillante, intenta alcanzarlas con la espada manchada de la sangre de su compañero.

—¡Akira, tenemos que correr!

La joven parece entenderla, asiente, y Margot le da la mano y, tirando de ella, corren por el embarrizado camino. Los socavones se convierten en charcos, la tierra en lodo y el horizonte, en una promesa difusa.

La debilidad de Akira se hace patente a cada tramo. No aguantará mucho más.

Su perseguidor no les da cuartel y va ganando terreno.

Margot comienza a desesperarse, sabe que debe tomar una decisión. Akira tropieza y cae de rodillas en un charco profundo. La tormenta ruge feroz y la lluvia se convierte en púas inmisericordes.

La ayuda a ponerse en pie, la joven solloza con semblante derrotado. Con señas, le pide que la abandone y huya sola. Margot niega vehemente con la cabeza.

Empuña la espada y se planta en mitad del camino.

—Adelante, malnacido, ven a por mí...

Balancea la hoja y separa las piernas ligeramente, flexionando las rodillas en un movimiento de vaivén continuo. Intenta recordar los movimientos de Takeshi en sus entrenamientos.

El hombre está a solo unos pasos de ella. Su gesto rezuma un divertimento perverso. La superioridad patente que enarbola abre una sonrisa carroñera en su rostro. Se relame anticipando el goce de una victoria asegurada.

El primer envite lo esquiva con fortuna, la segunda estocada la cruza con su hoja. El impacto estremece cada músculo de sus brazos viajando hasta los hombros, que reciben la fuerza de la mordida.

Sabe que solo tendrá alguna oportunidad utilizando el ingenio. Debe centrarse en defenderse y quizá en uno de los ataques de su oponente encuentre un resquicio para lanzar una ofensiva.

La espada de su contrincante se alza amenazante sobre ella, se prepara para cruzar su sable y desviar el golpe; no obstante, el movimiento tan solo es una artimaña para que ella se descubra.

El ataque es tan diestro y tan veloz que apenas consigue ladearse para evitar que el daño sea mayor.

El filo saja su piel y penetra en la carne de su costado.

La sangre fluye y la lluvia la arrastra junto con la esperanza de salir viva de ese enfrentamiento.

Trastabilla unos pasos hacia atrás, se palpa la herida y, aunque la considera superficial, el tajo es largo y sangra profusamente. El charco bajo sus pies se torna escarlata.

Tras ella, el llanto de Akira se sobrepone al repicar de la lluvia.