Escena 47
Nadie saldrá vivo
—Ninguno va a salir vivo de aquí, así que supongo que no importa —murmura con un inquietante convencimiento.
Inspira hondo y clava en los hermanos Mōri una mirada insidiosa. Su rostro se transforma, libre ya de la máscara con que se ha cubierto, y, como si el hombre que había conocido ya no existiera, esgrime una sonrisa que jamás le había visto, una mueca siniestra, oscura y rezumante de odio.
—Ryō y yo nos criamos como hermanos. La casa Ikeda desciende de un noble linaje de grandes gobernantes, nuestro apellido era temido y venerado, pero las guerras, las hambrunas y la llegada al poder de la casa Tokugawa nos relegó a meros samuráis.
Ryō prometió ayudarme a medrar en la corte si yo lo ayudaba a convertirse en uno de los mejores.
Cumplí mi parte, pero él no la suya. Conocí a Sayuri antes que él y me enamoré de ella, ilusionado con proponerle matrimonio y convertirla en la dama de mi casa, pero Ryō también me la arrebató.
Me casé con la madre de Haru solo por despecho, pero en lugar de vivir mi vida, vivía la de Ryō.
Cuidaba de su esposa en sus ausencias, criaba a su hijo como mío, protegía sus tierras y a sus vasallos.
Él ocupaba el cargo, pero era yo quien lo luchaba, siempre con la promesa de conseguirme el puesto de administrador de la provincia, y quizá incluso de convertirme en daimio.
Hace una pausa y se atusa la larga barba cana, inmerso en los recuerdos.
—Ryō me propuso una manera de conseguir ese objetivo, acabar con el daimio Narimasa, acusándolo a él de traidor.
Así que planeamos la conspiración y la llevamos a cabo, pero Haru, mi propio hijo, me traicionó y caímos en desgracia.
Tu padre se salvó de la acusación porque se encontraba en la corte, y porque había trabado contactos importantes.
—Nunca fuiste mi padre, fuiste el suyo —acusó el aludido, con la mirada inyectada en un odio rancio y arraigado.
—¿Por eso Ryō ocupó mi lugar, o porque alimentó tu ambición tal como hacía conmigo?
—¡Porque mataste a mi madre cuando te recordó que solo eras el petimetre de Ryō! ¡Cuando te reclamó como esposo y como padre! —exclama rebosante de resentimiento.
—¿Creías que no lo sabía? Era un crío y lo presencié todo. Cuando Ryō buscó mi apoyo vi la oportunidad de vengarme de ti. Pero no quieres matarme por eso, ¿verdad?
Haru se sumergió en la marea de rencor que amenazaba con ahogarlo.
—Solo tenías tiempo para él —prosigue vehemente, alternando su mirada entre él y Takeshi—, solo te preocupaban sus inquietudes, sus problemas, su mundo.
Estoy seguro de que incluso fantaseabas con que era tu hijo.
Y esperabas tu oportunidad quizá creyendo que algún día Sayuri sería libre para ocupar el lugar que creías que te correspondía.
Pero apareció Atachi y la sedujo, y no podías permitir que se fugaran juntos, acabando así con la última brizna de esperanza que te quedaba.
Lograste separarlos y, cuando llegó la conspiración urdida por Ryō, creíste que además el destino te brindaba la oportunidad de acusarlo a él de traición y así poder, por fin, cumplir tus deseos, pero fue más listo y se te adelantó.
Sin embargo, por aquel entonces no lo sabías.
Desconocías nuestra alianza, yo sería el nuevo daimio y lo ayudaría a él a ser chambelán del shōgun .
Hiroshi cubre su rostro con una máscara pétrea.
—Cuando te enteraste de que tu idolatrado Ryō te había traicionado, trazaste tu venganza.
Utilizaste la rivalidad entre Murakama y Takeshi para culparlo de las muertes.
Tu intención era erradicar el apellido Mōri de la faz de la Tierra, por eso no mataste a Akira, para averiguar dónde tenía escondido a nuestro hijo.
Y por eso quieres acabar conmigo, para que no pueda encontrarlos y protegerlos.
El impacto de la revelación lo golpea con contundencia. Takeshi siente que le falta el aliento, que su garganta se cierra y su estómago da un vuelco.
Haru clava en él una mirada penetrante.
—No sabía que estaba embarazada —alega apasionado—.
Ella no quiso decir a nadie que el bebé era mío, y tu padre acordó con ella que diera a luz y le entregara al niño.
Después sería investida en el santuario de Izumo como miko , y dedicó su vida a asistir a los monjes.
Pero, por lo que pude averiguar, se negó a entregar al niño a sus padres, y lo dejó al cuidado de una campesina, como se negó a ingresar en el santuario.
Esas fueron las últimas noticias que tuve de ella.
Se negó a verme, creyendo, al igual que tú, que había sido el causante de tu desgracia.
Asimilar esa historia tan perturbadora, compleja y dramática, tantos hilos confluyendo en la misma urdimbre de aquel tapiz infernal que tan siniestramente habían condicionado su vida, precisaría de mucho tiempo.
No obstante, no era momento de ensamblar los fragmentos, de digerir y de comprender que el causante de aquellos destinos rotos era el mismo que le había dado la vida.
—Hiroshi cuenta con una poderosa aliada —interviene Takeshi—: Saori. La gran geisha Kumi. Ella la retiene.
El anciano entrelaza los dedos y pasea su mirada sagaz entre ellos dos.
—En realidad, yo soy su aliado, Saori es la gran artífice de todo este plan. Ella fue la que me abrió los ojos.
—Intuyo que no solo querías acabar con tu hijo para evitar que encontrara a Akira mientras Saori intenta sonsacarle dónde está el niño, querías ocupar su lugar.
—Nadie lo merece más que yo, nadie lo ha luchado más que yo.
Su voz adquiere una cadencia más apasionada.
—Ni ese cargo ni ningún otro merecen derramar tanta sangre —replica Takeshi, conteniendo a duras penas la rabia que lo consume—.
Mi familia no es culpable de los actos de mi padre, ni ninguna de las personas que murieron en la explosión del teatro justifica un acto tan vil.
Cegado por la ambición y el odio, has mancillado el apellido Ikeda.
Tus antepasados deben de estar revolviéndose en la tumba.
—Nadie recordará los medios usados para alcanzar un objetivo, lo único que prevalecerá será el estatus conferido por el poder alcanzado. La historia volverá a escribir mi apellido en el libro de los ilustres.
—Eso si lo alcanzas —masculla Murakama con tono provocador.
—Como he afirmado al principio, ninguno de vosotros saldrá vivo de aquí.
Los hombres posan las manos en las empuñaduras de sus daishō y desenvainan las catanas con un movimiento fluido y raudo.
—¡Soltadme —suplica Haru—, que al menos muera con honor!
Liam utiliza su tantō para rasgar la cuerda y lo libera.
Los cuatro guerreros se alinean frente a sus enemigos con el sable cruzado sobre el pecho y gesto depredador.
Hiroshi, Raiden, Jiro y Kimura los imitan.
—Al menos será un combate justo —masculla Takeshi.