Consecuencias de retar a un conde Escena 46
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Escena 46

El mordisco de la víbora

La casa está edificada junto al taller del artesano, un alfarero anciano y su mujer.

Es una construcción desvencijada, con tejado de chamizo y carpintería desgastada, pero es grande y tiene dos pisos.

La planta superior está reservada a ellas.

Murakama ha pagado su estancia y ha apostado dos soldados junto a la vivienda.

Margot camina inquieta por la sala, rumiando su preocupación.

Rose escribe en un rincón con los útiles de escritura que ha encontrado en la habitación, derramando en cada trazo el desasosiego que siente.

Florence acuna a Molly, que continúa sumida en su duelo, llorando a los muchachos, y en particular a Freddy.

La tristeza, como si de un manto se tratara, las cubre con su solidez; su tacto es rugoso y áspero y su aroma, opresivo. Están enredadas en ella, y, por mucho que se agiten para liberarse, no logran escapar.

Oyen pasos en la escalera. La madera, tan añosa como la persona que la remonta, cruje acompasando sus lamentos con los gemidos de la anciana, en una sincronía tan perfecta como quejumbrosa.

—Nunca pensé que echaría tanto de menos el puré de guisantes —musita Margot.

La banalidad de ese comentario las acerca a aquella época en que consideraban erróneamente problemas la ligereza de expectativas no cumplidas. Sin embargo, alejarse de la gravedad de la situación que viven proporciona una sucinta evasión que se agradece.

La mujer alcanza por fin el rellano y desliza los maltrechos paneles shōji .

No sonríe, tan solo las mira por debajo de esos párpados caídos que como toldos estriados se posan fatigosos sobre los ojos.

Sus marcados pómulos empequeñecen su barbilla, triangulando su rostro de un modo rotundo.

Luce un apretado moño plateado, atravesado por dos palillos oscuros.

Entra en la sala con porte encorvado y andares tortuosos.

La mujer deposita una bandeja sobre la mesa que apenas se alza un palmo del tatami. Un cuenco con arroz apelmazado y una jarra con tapa que contiene la frugal sopa de miso.

Margot comprende que, de todas las deliciosas viandas degustadas en su vida, esa es la comida con más mérito de todas.

Contempla a la anciana y se inclina en un gesto respetuoso y agradecido.

La mujer tiene los huesos de las manos grotescamente deformados, devorados por una artritis aguda.

Cada uno de sus pasos va acompañado de un sufrimiento implícito que rompe el corazón.

En su estado, hacer la comida, y además subir una angosta escalera, es toda una proeza.

Y esa simple hazaña la convierte en la comida más deliciosa del mundo.

La mujer hace aspavientos con las manos y la dirige a la ventana.

No entiende lo que intenta decirle. Cuando se asoma descubre a una mujer conocida aguardando en la entrada de la casa.

Su atuendo es más sencillo, menos vistoso, pero resulta igual de deslumbrante.

Se aparta de la ventana con el corazón en un puño y se vuelve hacia Rose.

—La geisha está ahí abajo —informa.

La anciana continúa hablando y gesticulando, señalando a la mujer.

Rose aparta el pliego y la pluma y se apresura hacia el ventanal.

—¿Cómo nos ha encontrado?

—No lo sé, pero Takeshi dijo que ella nos avisaría del regreso de Akira. Quizá se trate de eso.

Rose compone un ceño receloso.

—No sé si es conveniente que bajemos; de todos modos, no vamos a entender una palabra de lo que nos diga.

—Pero ¿y si solo pretende entregarnos a Akira?

Rose parece vacilar, mira de nuevo por la ventana y en ese instante la geisha las sorprende y las saluda.

—¿A ti no te parece extraño que sepa dónde estamos?

—Teniendo en cuenta que posiblemente seamos las únicas occidentales de todo Edo, es posible que nuestro rastro sea muy difícil de borrar. Además, ella es una mujer con recursos.

—¿No se supone que tenemos guardianes?

—Posiblemente las órdenes serán que ningún hombre se acerque a la casa. Una mujer, y menos una como ella, no despierta recelo alguno.

Ambas reflexionan sobre aquello y Margot finalmente toma una decisión.

—Todavía tengo ganas de estrangularla —confiesa—, pero si quiere entregarnos a Akira, creo que no debemos perder esta oportunidad: Takeshi no me lo perdonaría.

Rose termina asintiendo.

—Supongo que preferirás recibirla tú.

—No entenderá mi idioma, pero mis miradas demoledoras son universales.

—Doy fe de ello.

Margot sonríe congratulada y se dirige a la escalera.

En el taller que tiene acceso al patio se oye el pedaleo del alfarero, inmerso en su creación.

Alcanza los fusuma de la entrada y sale al modesto porche bajo el alero del tejado.

La bella Saori le dedica una sonrisa tímida e inclina la barbilla a modo de saludo.

—No hablo bien mucho idioma tuyo.

Margot agranda los ojos con asombro.

—¿Qué quieres? —Olvida todo tratamiento y endurece la voz con una inflexión impaciente.

—Venir tú conmigo, Akira estar.

Margot enarca una ceja y evalúa a la mujer.

—Tráela aquí.

—Estar mi casa, no salir puede.

Señala un carruaje pequeño y abierto con una cubierta curva, curiosamente lo tiran dos bueyes.

Vacila y la mira con suspicacia.

Alza la vista hacia la ventana donde Rose las observa y señala el carro.

Rose niega con la cabeza y con ademanes claros le indica que suba.

—Yo no volver más. Ahora o nunca.

Contempla la expresión ansiosa de Rose y cómo asoma medio cuerpo por la ventana para gritarle que suba.

—Tengo que ir.

Su voz suena a disculpa, Rose desaparece de la ventana.

Se debate entre la razón y el temor a que Akira vuelva a desaparecer, y finalmente sube al carruaje.

Margot se acomoda junto a la geisha y, ante un gesto imperante, el carretero azuza a los animales desde el pescante.

El traqueteo le revuelve el estómago, una sensación de malestar la inunda súbitamente, comprende demasiado tarde que no es el zarandeo del coche lo que la enferma: es su intuición, gritándole que se apee de inmediato.