Escena 45
Los prismas de la memoria
Cuenta una leyenda japonesa que un padre, agobiado por las incesantes preguntas de sus dos hijas curiosas, las llevó a vivir al templo de un hombre sabio. Este sabía responder a todas las preguntas, por complicadas que fueran. Las niñas se marcaron el reto de hacerlo caer en el error.
La hermana mayor, más astuta y ladina, fue a buscar una mariposa azul y, al regresar, le propuso a su hermana pequeña preguntar al sabio si la mariposa que encerraba en la palma de la mano estaba viva o muerta.
«Si responde que está muerta, la soltaré; pero si contesta que está viva, la aplastaré.
» Así, respondiera lo que respondiese, el sabio fallaría.
Presentándose ante el maestro, la hermana mayor le preguntó si la mariposa que llevaba en la mano estaba viva o muerta. El maestro contestó: «Depende de ti, su vida está en tus manos».
Takeshi reflexionaba sobre esa leyenda mientras observaba el ajetreo de los estibadores en la dársena.
El día amenazaba tormenta en sintonía con su propio ánimo.
Negros nubarrones se aglutinaban belicosos en un cielo aplomado, compitiendo por ser el primero en descargar su furia.
El mar lucía denso y oscuro pero perturbadoramente apacible, como si no quisiera irritar al ceñudo cielo que lo cubría.
Las aguas que lamían el muelle mostraban una pátina iridiscente y aceitosa, de la brea mal adherida a los cascos que la marea acunaba en el fondeadero.
Viejos pescadores de rostros curtidos y cuerpos enjutos remendaban mallas pesqueras zurciendo con puntadas precisas y ágiles, fruto de la rutina.
Más allá se enhebraba una hilera de almacenes de idénticas dimensiones, como un pespunte irregular que bordaba la bahía. En uno de ellos, Haru aguardaba su destino.
La tragedia acaecida en el teatro había convulsionado a la ciudad.
Las autoridades iniciaron una investigación sobre lo ocurrido, dictaminando que seguramente en unos de los artificios de la obra se hubiera usado pólvora para una puesta en escena más impactante, y que, desafortunadamente, fruto de algún descuido se produjo el fatal desenlace.
El pueblo de Edo estableció unos días de luto por las numerosas pérdidas, en especial por la de su daimio más laureado, Haru Ikeda. A pesar de que no habían podido encontrar su cuerpo entre los escombros, dieron por hecho que las llamas habían dado buena cuenta de sus restos.
Solo ellos, y ahora Hiroshi, sabían de su existencia.
Tras enterrar debidamente a los jóvenes marinos y llorarlos como merecían, se pusieron manos a la obra.
Habían mandado una misiva a Hiroshi citándolo en el puerto. El mensaje era el reclamo perfecto para atraer hacia ellos el anillo de Haru con su sello real y las indicaciones del puerto.
Ahí, sentado sobre uno de los bolardos del amarradero, resolvió que matar no cambiaba el pasado, no mitigaba el dolor ni resucitaba a los muertos.
A lo único que podía aspirar era a hallar la paz.
Necesitaba oír los motivos, aunque los sospechaba, de su propia voz, argumentando las razones que merecían la muerte de tanta gente inocente.
Necesitaba matar en su memoria y en su corazón a aquel hombre sabio y leal que había guiado sus pasos, a pesar de saber que aquello no era más que una cubierta falsa que enmascaraba al demonio que era.
A menudo creemos que conocemos a la gente que nos rodea, a nuestra familia y amigos más cercanos. Pero solo vemos la parte que nos muestran y que cultivan en función de su rol.
Takeshi únicamente vio a un padre entregado a pesar de sus ausencias, a una madre dedicada y cariñosa a pesar de su nostalgia, a un maestro dispuesto y sagaz a pesar de sus secretos.
En ningún momento atisbó la inmoralidad de su padre, el sacrificio de su madre ni la maldad de su mentor, porque todos y cada uno de ellos eran prismas con muchas caras dispares.
¿Acaso no lo era él mismo? En realidad, era tantos hombres como personas conociera.
Pues cada relación exigiría uno de sus prismas y nunca sería el mismo.
Incluso siendo similar, aparecerían matices que, por muy sutiles que fueran, ya marcarían la diferencia.
Su venganza tampoco era ya la misma que pergeñó cuando la ira lo cegaba. Su objetivo era confrontar al padre y al hijo para que la verdad los liberara a todos. Y, en consecuencia, se obraría la justicia que cada cual había ido cultivando para sí con cada acto.
—Ya ha llegado —anuncia Murakama—, pero no viene solo, trae consigo toda una escolta.
Su gesto es torvo y su porte contenido.
Asiente y lo sigue.
—Es astuto, nos ha puesto espías desde que dejamos Mine. Tendrá más hombres apostados que estarán a la sombra. No quiero que se libre aquí una batalla campal. Ya ha muerto suficiente gente.
—He mandado el mensaje, si todo va bien no tendrá margen de acción —informa Murakama.
—¿Las mujeres están a salvo?
—Sí, están en un lugar seguro.
Las primeras gotas apuñalan el mar como afilados estiletes.
Un latigazo de luz azota las nubes, ramificándose en su anhelo de penetrar la tierra hasta sus confines.
El trueno no tarda en llegar, ensordecedor e impetuoso.
La lluvia detiene las tareas y despeja el puerto. Takeshi escruta los tejados de las construcciones portuarias buscando tiradores.
—Ellos tienen arcabuces —murmura reflexivo, escudriñando hasta el más mínimo cabo suelto posible—. Nuestros aceros no podrán contra ellos si nos ponemos a tiro.
—El plan es atrincherarnos en el almacén y aguantar allí hasta que lleguen los refuerzos —tranquiliza Murakama.
Llegan casi al final de la escollera, junto al astillero donde reparan los buques en dique seco. La ubicación del almacén es idónea, porque se encuentra alejado del resto y solo se utiliza como depósito de materiales de construcción.
Una puerta estrecha se recorta contra el gran portalón de acceso, y se adentran en el vasto espacio donde Liam tiene a Haru maniatado y amordazado a un puntal. Un saco de arpillera le cubre la cabeza.
—Recuérdame que le impida volar este almacén por los aires, por favor —profiere Liam con cierto tono socarrón.
—No hará tal cosa si antes no se asegura de que Haru está aquí. Y el único modo de saberlo es entrando.
—¿Y qué le impide entrar con sus hombres a la fuerza y matarnos a todos?
—El no saber cuántos guerreros he reunido aquí.
Unos golpes en la puerta los envaran.
Los tres hombres se miran con gesto grave y ceño concentrado. Liam avanza hasta la entrada y entreabre la puerta. Un rostro desconocido lo recibe.
—Solo puede entrar Hiroshi —informa.
El hombre compone una mueca torva y mira hacia atrás, trasladando la condición.
—¿Cuántos sois? —pregunta al cabo.
—Los suficientes para impediros la entrada —responde con mirada afilada.
—Hiroshi no entrará solo, lo pregunto para estar en igualdad de condiciones.
—Entrará solo, y, si no sale, podéis entrar a buscarlo y masacrarnos.
El hombre, de nuevo, vuelve a trasladar la información al que tiene detrás, que a su vez la repite al más cercano. Liam atisba a un plantel de guerreros a modo de barrera. Intuye que Hiroshi se esconde detrás.
—Entrará con tres de sus hombres y eso es innegociable —transmite.
Liam mira a Takeshi y este asiente.
—De acuerdo —conviene entreabriendo lo suficiente para dejarlos entrar sin que se aprecie demasiado el interior. Han tenido, no obstante, la astucia de colocar fardos apilados, tablones y cajones donde pudieran ocultarse hombres armados.
Hiroshi asoma entre el muro de hombres que lo acompañan y se adentra en el almacén, seguido de Raiden, Kimura y Jiro. Liam se apresura a cerrar y asegura la puerta con un tablón que encaja en las presillas de acero.
Sortean los bultos apilados y los conduce hacia el fondo.
Murakama y Takeshi se plantan frente a Haru con los brazos cruzados.
La mirada del anciano se clava en la figura del hombre atado al poste.
Takeshi le descubre la cabeza y le desliza la mordaza.
Ambos se contemplan con una insidia abrumadora.
—Ya sabes qué debes entregarnos para que muera —recuerda.
El anciano asiente quedo. Introduce la mano en su morral y saca un pliego que entrega a Murakama.
Este lo desenrolla y lo lee con atención. Su gesto escudado ante la situación no muestra ninguna emoción. Se limita a asentir conforme.
—Ahora solo falta que me digas por qué mataste a toda mi familia, por qué acabaste con vidas inocentes y por qué quieres matar a tu propio hijo.
El viejo samurái indaga en los ojos de su antiguo discípulo.
—Adelante, padre —escupe Haru con desprecio—, cuéntales la verdad.