Escena 44
En las fauces de Kagutsuchi
La calle lateral del teatro está cubierta de cascotes, madera astillada y cuerpos maltrechos.
Unos, lastimosamente inertes; otros se remueven sepultados por secciones de pared.
Takeshi se retuerce bajo una losa pesada, arrastrando su cuerpo para liberarse. Un polvo grisáceo se concentra sobre el callejón opacando su visión. Tose e intenta desprenderse de los tablones y las tejas rotas que tiene encima.
Unas manos lo ayudan a levantarse.
—¿Estás bien?
—Espero que mejor que tú.
Murakama lo mira con preocupación. Su cabello está blanquecino y el rostro tiznado de negro. Un reguero de sangre le cubre medio rostro.
—¿Qué demonios ha pasado? —inquiere aturdido.
Se palpa la cabeza y descubre una hendidura en la coronilla y una brecha en la frente por la que mana abundante sangre.
—Algo ha estallado dentro del teatro. Pero he conseguido meter en el carro a Haru justo antes de la explosión. Iba a buscarte cuando...
El pánico le constriñe el pecho en un puño que le impide respirar. Murakama adivina el motivo de su angustia y, juntos, corren hacia la puerta principal.
Un nutrido grupo de hombres han dado la voz de alarma e intentan acceder al interior, pero las virulentas llamas se lo impiden.
Otro grupo comienza a formar una cadena humana pasándose baldes de agua que el primero de la hilera lanza al interior.
Sus infructuosos intentos no tienen la menor posibilidad frente a la sedienta lengua de fuego que asoma del pórtico de entrada.
Los gritos procedentes del interior les erizan la piel.
Hay gente viva dentro que va a perecer de la manera más espeluznante.
Takeshi solo puede pensar en los suyos. Así que no lo duda, le arrebata un manto a un monje, lo empapa con agua y se envuelve en él. Inspira una profunda bocanada de aire y se aventura al corazón de ese infierno que ruge como si se adentrara en la morada del dios Kagutsuchi.
Murakama lo detiene.
—Es una locura entrar ahí —advierte con semblante grave.
—Si hay alguna forma de salvarlos, debo intentarlo, y solo lo sabré si entro.
—Si no sales, quiero que sepas que empezabas a caerme bien.
Takeshi asiente, sostiene su mirada y se precipita al interior.
Un calor demencial lo rodea, siente la piel crepitando cuando atraviesa la primera barrera de llamas.
El pasillo que abre con la inercia de su carrera se cierra tras él.
Lo que descubre ante sus ojos le detiene el pulso.
El escenario ha desaparecido devorado por el incendio y las pasarelas, la proliferación de materiales inflamables ha alimentado la ferocidad de las llamas.
Lenguas de fuego asoman por los palcos superiores, lamiendo los cortinones que se recogen para la función.
La explosión se ha cebado con la pared lateral que da al callejón, donde lo ha sorprendido a él, y por la desgarrada oquedad se ve el exterior.
No obstante, el único modo de salir es escalando hasta el primer piso de palcos, el de abajo está sepultado en su totalidad.
Frente a él, decenas de cuerpos se diseminan por la zona de los tatamis.
Muchos han muerto con la detonación. Otros, intentando escapar, han sucumbido a las llamas.
Con el alma en vilo y el corazón encogido, fija su atención en los cuerpos, rezando a todos los dioses conocidos por que no reconozca a ninguno.
En un rincón del fondo opuesto vislumbra a un grupo de supervivientes arrebujados contra un pilar y la esperanza revolotea en su pecho como una mariposa inquieta.
Corre hacia ellos sorteando cadáveres y de repente se detiene ante el de un muchacho.
Su cabello castaño claro está desgreñado sobre la mitad del rostro que logra ver.
Una gruesa astilla se hunde en su espalda.
Tiene los claros ojos abiertos en una mirada de congelado espanto, sorprendido por una muerte temprana.
Lo reconoce al instante, es Daniel. Mira en derredor con el corazón batiéndole el pecho. A su lado, otro cuerpo conocido, el de Freddy.
Cierra un instante los ojos y aprieta los dientes en una mueca afligida.
Descubre junto a ellos el cuerpo de dos mujeres, les da la vuelta aterrado. Ninguna es Margot.
Se aproxima a los supervivientes, todos lo miran con un hálito esperanzado en sus faces. Son quince mujeres y hombres de edades diversas, todos japoneses. Las mujeres sollozan, algunas heridas; los hombres lo contemplan con gestos angustiados.
Les señala la oquedad y los alienta a seguirlo.
Se desprende del manto empapado y cubre a la mujer más joven, apenas una niña.
Esquivan dos focos de incendio y trepan por los escombros hasta una de las plateas del primer piso.
El crepitar feroz del fuego es eclipsado por un crujido seco que procede del techo.
Está a punto de derrumbarse sobre ellos.
—¡Rápido! —grita desaforado.
Los hombres ayudan a las mujeres tendiéndoles la mano y tirando de ellas hasta que todas logran encumbrar el palco.
Takeshi comienza a escalar en último lugar.
Escruta ansioso la cubierta del teatro, envuelta en llamas.
La temperatura convierte el aire en irrespirable.
El calor hostiga su piel como si la azotaran con un hierro candente.
Otro crujido, esta vez más atronador, anuncia el inminente desmoronamiento.
Justo cuando alcanza el pretil, un cascote se desliza bajo sus pies y resbala unos metros hacia las llamas, que ya invaden cada rincón del lugar.
El sudor le gotea sobre los ojos y hace que le resbalen los dedos.
Reanuda la escalada sin detenerse a asegurar cada paso, no tiene tiempo que perder.
Cuando mira hacia arriba descubre un par de manos y un rostro barbudo.
Takeshi aumenta el ritmo y alarga la mano hacia el hombre, que la atrapa con urgencia y lo impele hacia arriba arqueando su propio cuerpo. El brusco movimiento lo lanza sobre el palco justo en el instante en que el techo se derrumba.
Una corriente de aire fresco le golpea el rostro, refrescando su piel y llenando sus pulmones.
—Aún no estamos a salvo —urge su salvador.
Lo sigue hasta la brecha de la pared y descubre que han amontonado cajones de madera para construir una atalaya por la que descender.
Liam está en el callejón, apalancando la improvisada escalera con su cuerpo.
Desciende tras los supervivientes y, cuando alcanza el suelo, Liam lo abraza.
—Creí que era yo el encargado de preocuparos —musita aliviado.
Después se encara hacia Murakama, que lo contempla con una sonrisa.
—Soy el hermano mayor, no creerías que iba a perderme la fiesta —rezonga ufano.
Palmea su espalda con sincero afecto y se seca el sudor de la frente, tiñéndola aún más de tizón.
—Necesitas un baño, quizá dos, o posiblemente tres —observa Liam.
—¿Cómo lograsteis salir antes de la explosión?
—Atando cabos. —Su expresión se endurece.
Unas carcajadas histriónicas emergen del carruaje.
—¿Haru? —pregunta Liam.
Murakama asiente.
Unos pasos apresurados resuenan en el callejón.
La silueta de una mujer se recorta contra el fulgor de los faroles de la calle principal. Sabe de quién se trata. Camina hacia ella cuando se detiene y se cubre el rostro con las manos, embargada por la emoción.
Margot corre en su dirección y se abalanza a sus brazos. Tras ella avanza Rose.
Takeshi la recibe y su corazón vuelve a latir.
Le alza el rostro para mirarla y descubre regueros de lágrimas surcando su piel. Besa con mimo cada uno de los senderos salados que desembocan en sus labios.
—Con una función para impresionarme era más que suficiente —barbota.
Se abraza de nuevo a su pecho y solloza liberando la angustia vivida. El llanto se alterna con otro sonido que lo confunde.
Clava en Liam una mirada confusa.
—¿Se está riendo?
—Lo parece, pero no es ella, es el maldito waraitake .
Liam mira hacia el fondo, donde dos figuras femeninas muy contrapuestas avanzan hacia ellos. Su semblante se empaña mortificado.
—No pude avisarlos —confiesa afligido.
—Lo sé, los vi —confirma Takeshi—, no tienes culpa de lo ocurrido. Tu agudeza las salvó a ellas.
—Pobres muchachos —se lamenta Rose contrita.
Todos fijan la atención en Molly, que los mira con ojos desorbitados y semblante desencajado al cruzarse con los supervivientes y al reparar en la ausencia de sus dos amigos. Se desploma de rodillas sobre los adoquines, entierra el rostro entre las manos y prorrumpe en amargos sollozos.