Escena 43
El veneno de la risa
Liam mira subrepticiamente hacia el palco donde el daimio Haru disfruta del espectáculo. Está aguardando a que Takeshi envíe a un sirviente a recoger el recipiente donde han preparado té de waraitake .
La siguiente obra representa una batalla entre dos pueblos, uno de ellos occidental. Le llama la atención que los actores se hayan pintado los ojos exageradamente redondos y azules y lleven pelucas amarillas. Los personajes ceban arcabuces y disparan contra las huestes samuráis.
Rose le tira de la manga.
—¿Por qué ese edificio del decorado está sobre pilastras?
—Representa un polvorín —responde distraído—, suelen estar separados del suelo para evitar la humedad.
—En Hagi vi uno así —masculla la muchacha por encima del ensordecedor estruendo del combate.
Liam se limita a asentir sin dejar de otear el palco. Otra cosa que le preocupa es la atención que están despertando a tenor de la obra.
—Y lo estaban robando —apostilla.
Eso sí llama su atención.
—¿Cómo dices?
—Esa noche salí a buscarte —explica—, Margot me acompañaba y sorprendimos a unos hombres robando unas cajas alargadas y sacos de un polvorín que cargaron en un carromato.
Liam frunce el ceño, una sospecha comienza a esbozarse en su mente.
—¡Sabe a tierra! —exclama Molly con un gesto aprensivo.
—Aquí todo sabe raro —conviene Florence apurando la taza—, pero tengo sed.
—Yo no quiero más —alega Margot—, sabe a rayos.
Mira a las mujeres alarmado y descubre que la botella con waraitake está en manos de Molly.
—¡Por Dios santo! —exhala apurado—, ¿qué demonios estáis haciendo?
Le arrebata la botella y le coloca de nuevo el tapón. La agita para comprobar que todavía hay líquido dentro y suspira aliviado al comprobar que sí.
—Lord Thorn, desde que ha regresado de la muerte le ha cambiado mucho el carácter —ironiza Rose.
—¿Tú también has tomado ese brebaje?
Rose alza las cejas y se encoge de hombros.
—Hemos celebrado que el hacha de Takeshi por fin ha penetrado en la dura cabeza de Margot.
Las mujeres ríen ante la ocurrencia.
Liam se cubre la cara con la mano y mira exasperado hacia los dos jóvenes marineros.
—Por favor, decidme que vosotros no habéis bebido —les susurra con discreción mientras las mujeres continúan con una perorata insustancial y cada vez más absurda.
—No, hemos dejado que las damas satisfagan antes su sed.
Resopla aliviado y sacude la cabeza.
—¡Alabado sea el Señor!
Los muchachos lo observan con aguda extrañeza. Miran con desconfianza la botella que ciñe contra su pecho y luego se miran recelosos entre sí.
—No contendrá algún veneno, ¿no, lord Thorn? —musita Freddy preocupado.
—Sí, el de la risa. Me temo que tendréis que encargaros de llevarlas a la pensión antes de que nos linchen.
Dos de los actores comienzan a luchar en una de las pasarelas con una vara larga.
—Mira, Florence, aprende —masculla Margot.
—Ella no precisa de palos, se defiende a codazos —puntualiza Molly.
—Sí, y los usaré si seguís con vuestras chanzas.
Las mujeres vuelven a reír, esta vez con más entusiasmo.
Rose tira de la manga de Liam de nuevo.
—¿Qué pasa ahora?
—Tengo una pregunta.
—¿Y me la vas a decir?
—Claro, por eso te digo a ti que la tengo.
—¿Y por qué no preguntas directamente?
—Pues porque te pido permiso.
Liam pone los ojos en blanco.
—¿Desde cuándo lo necesitas?
—Desde que estás tan raro.
—Yo no estoy raro.
—Pues lo parece.
Un resoplido anuncia el fin de la paciencia de Liam.
—¿Qué quieres saber?
—No me acuerdo, me distraes.
—Te encanta volverme loco, ¿no es así?
Rose esgrime una sonrisa pícara y hace ademán de enlazar su cuello. Liam la detiene a tiempo.
—Definitivamente, te has vuelto loca. ¿Acaso no ves cómo nos miran?
—Así tienen dos funciones por el precio de una.
Se ríe ante su propia gracia.
—¡Ya me acuerdo! —exclama alzando el tono.
Liam se sobresalta ante el exabrupto. Recibe miradas reprobadoras e inclina la barbilla a modo de disculpa.
—Sea lo que sea, hazlo antes de que nos echen a patadas.
—¿Por qué no hay mujeres en la compañía de teatro?
—Porque hace un par de siglos que las vetaron.
Rose lo mira aguardando una explicación menos concisa.
—¿Tan mal actuaban?
—Al contrario, lo hacían tan bien que exaltaban al público con una procacidad tentadora, adoptando poses impúdicas y exageradas en sátiras contra los occidentales, hasta el punto de provocar enfrentamientos a espada entre sus más fervorosos admiradores.
De hecho, fue una mujer quien creó el kabuki, una sacerdotisa y bailarina del templo de Izumo llamada Okuni; ella incluso actuaba a lo Sullivan en las primeras funciones.
La mención a su antigua identidad como escritor le arranca una amplia sonrisa, en sus ojos baila la risa, aunque se esfuerza en contenerla. El dichoso hongo está empezando a hacer efecto.
—No solo les prohibieron formar parte de las compañías teatrales —continúa—, también se prohibió que se representaran papeles femeninos, así que el resultado fue un cántico al amor homosexual, que, a pesar de que no estaba mal visto, distaba mucho de los valores morales que buscaban inculcar en las clases populares.
Así que revirtieron esa prohibición, manteniendo la de vetar a las mujeres en el escenario.
Regresaron los papeles femeninos y, aunque los actores siguen despertando furor entre sus devotos seguidores, han decidido preservarlo de ese modo.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Estar preso en un agujero da para mucho. Takeshi me enseñó su idioma y yo a él, el mío. Él me contaba toda clase de leyendas, historias, costumbres, y yo a él las nuestras. Era lo único que nos anclaba al mundo y nos salvaba de la locura.
Rose se cubre la boca con la mano y sofoca una risotada, aunque en su mirada reluce un brillo desconcertado.
—¿Qué te trajo a Japón? —logra decir conteniendo la risa.
—Negocios. Viajé a Osaka con mi socio holandés para abrir nuevas rutas marítimas.
En aquel entonces comerciábamos con sedas y porcelanas.
Y aunque Japón llevaba muchos años cerrado al comercio occidental para evitar que los jesuitas y el cristianismo volvieran a amenazar su credo, confiábamos en conseguir un sello rojo, una especie de licencia o salvoconducto, para negociar con algunos clientes potenciales.
—Hace una pausa y se pierde en los recuerdos—.
Pero las cosas se complicaron, y acabamos arrestados.
Rose, al final, barbota una carcajada al tiempo que increpa furiosa.
—¿Por qué diablos me estoy riendo? —masculla exasperada.
—Porque se están moliendo a palos —farfulla Margot entre risotadas señalando a los actores.
—No, porque estáis intoxicadas con una seta.
Las tres lo miran con expresión asombrada y, al punto, estallan en una risa desquiciada. Molly se tumba doblada sobre sí misma en un ataque incontrolable.
—Ese conde es el... hombre... más... gracioso del mundo.
Daniel y Freddy son los únicos que sonríen voluntariamente.
Daniel se pone en pie y se aleja en busca de un lugar donde aligerar su vejiga. Freddy lo acompaña.
—Cuidado con pisar alguna seta, muchachos —advierte Florence.
De nuevo, risas y chanzas. Rose las comparte, pero en su gesto se libra un pulso entre la confusión, la irritación y la impotencia, todas pugnando por imponerse. Al final acaba atravesando a Liam con una mirada acusatoria.
—Espero que... tengas una buena... excusa para esto —logra barbotar entre carcajadas.
En el escenario, uno de los actores intenta hacer subir a un hombre del público que se ha puesto en pie para irse. En su afán de retenerlo, cae de la pasarela. El barullo anima la actuación. Los espectadores ríen y lo ayudan a subir otra vez.
—Oye, Liam, ¿ese no es Raiden? —inquiere Margot, sujetándose las mejillas con una mano para contener la risa incontrolable que la domina.
Él se gira a tiempo de ver al hombre escabullirse del teatro casi a la carrera.
Y en ese preciso instante, como si un rayo de luz atravesara las sombras, comprende lo que está pasando. Las piezas comienzan a encajar hasta completar una amenaza que le seca la garganta.
—¡Hay que salir de aquí de inmediato! —apremia angustiado.
Se ponen en pie y, mientras sortean el resto de los tatamis, grita en japonés:
—¡Salgan de aquí, rápido, esto va a estallar!
Recibe miradas incrédulas y censuradoras. Nadie los sigue.
Alcanzan la entrada justo cuando la detonación estalla.
La onda expansiva los empuja contra el suelo. El violento resplandor de las llamas sobrevuela sus cabezas en oleadas que se rizan sobre ellos. Y, como si alguien los hubiera empujado al surrealista mundo fantástico de Hoffmann, las carcajadas se entretejen con los lamentos.