Escena 42
Un pomposo acto de amor
El teatro rutila bajo las lámparas que irradian su titilante fulgor sobre el escenario.
No lo imaginaba tan grande, ni tan suntuoso, ni tan abarrotado.
Pero lo que más le llama la atención, además de la curiosa disposición del escenario, que traza dos pasillos hacia la zona del público abarcándola casi por completo, es que los asistentes se disponen en grupos sobre esterillas de bambú, donde comen, beben y conversan al tiempo que la obra se desarrolla.
Rose contempla con ojos admirados cuanto la rodea.
Margot, fascinada, se embebe de la vistosidad que salpica cada rincón.
Farolillos de colores, blasones de la compañía de teatro, incluso ilustraciones de gran tamaño de los actores.
A ambos lados del escenario se alzan palcos, que en realidad se ajustan más a compartimentos abiertos donde familias enteras se reúnen para disfrutar del espectáculo.
Cuando todos ocupan uno de esos tatamis delimitados, se sientan entre cojines y un sirviente aparece de inmediato con una bandeja de comida y bebida. Comprueba que algunos grupos traen sus propias viandas.
Absolutamente fascinados, disfrutan del inicio del segundo acto.
Todos los actores, incluso los que representan papeles femeninos, son hombres.
Las vestimentas coloridas, de ricos bordados y suntuosas sedas, los exóticos maquillajes, el impostado artificio en sus movimientos, las pelucas de colores diversos, junto con una música rítmica y melódica, en ocasiones percutiendo a golpe de tambor, arroban los sentidos.
A pesar del rumor de conversaciones joviales, de risotadas burdas o de tarareos constantes, la contundente intensidad del espectáculo se impone al barullo reinante.
Los actores son aclamados por el apasionado público cuando la función se traslada a las pasarelas que atraviesan la sala central.
Incluso los animan a participar en la obra, creando una conexión abrumadora con los asistentes, que vibran y viven la historia que transmiten con narraciones cantadas y movimientos extravagantes.
—Me gustaría saber qué cuenta —profiere Margot.
—También a mí.
Ambas miran a Liam esperando una traducción simultánea.
—Creo que él sabrá complaceros mucho mejor que yo.
En ese instante, Takeshi irrumpe en el teatro acompañado de Murakama. Margot se tensa en el acto, aparta la mirada y la fija en el escenario, a pesar de que sus latidos atruenan más que los tambores que restallan acompañando el acto.
Los japoneses acceden a su tatami y se aposentan tras ellas.
—Las damas precisan de un resumen de la obra que están representando —comunica Liam.
Takeshi adelanta el cuerpo entre ellas para susurrarles la trama.
—Oshichi es una muchacha de dieciséis años que ha perdido su casa en el Gran Incendio de Tenna.
En el templo que les ha dado cobijo a ella y a su familia, conoce a un monje con el que mantiene una relación amorosa.
Poco después, la familia deja el templo para instalarse en su nueva casa, pero el amor de Oshichi hacia el monje se acrecienta día a día.
Convencida de que solo un nuevo incendio podrá unirla otra vez a su amado, prende fuego a su casa.
Pronto consiguen sofocarlo y todo queda en un susto, pero Oshichi es condenada a morir en la hoguera en Suzugamori.
La voz susurrante y grave de Takeshi envuelve el corazón de la joven en un abrazo del que lucha por salir.
—¡Qué trágico! —murmura Rose, absorta en la dramática interpretación de los personajes.
De repente, el escenario central gira y aparece un decorado donde cintas de seda en colores escarlatas y dorados flamean simulando un incendio.
El resto de los personajes, tras lamentos, llantos e indignación, alzan al joven que interpreta a Oshichi y lo arrojan sobre las llamas.
En ese instante, los tambores enloquecen y el escenario gira nuevamente poniendo fin al segundo acto.
Margot vuelve el rostro para preguntar cuántas obras se representan por noche y se topa con la boca de Takeshi muy cerca de la suya.
Tan cerca que su aliento le acaricia los labios.
Comete el desatino de mirarlo a los ojos y en ese pozo oscuro y brillante descubre la intensidad de ese sentimiento al que ella le ha dado la espalda.
Aparta la mirada y la devuelve al frente, consciente de que su cercanía la turba en exceso.
En el escenario, libre del atrezo anterior, aparece un guerrero cubierto con una máscara demoníaca, luchando contra dos rivales.
La coreografía del combate es sublime, alcanzando tal nivel de realismo que el público exhala gemidos y aplaude con vítores.
Tras el enfrentamiento, el vencedor se despoja de la máscara y de la armadura, los tambores enmudecen para dejar paso al melódico shamisen, un laúd de tres cuerdas.
En ese instante aparece en escena el personaje femenino (un efebo caracterizado de mujer) y el feroz samurái cae rendido ante la dama.
—¿Y qué cuenta esta historia? —pregunta Rose.
Takeshi vuelve a adelantarse para acercar la cabeza a las mujeres, aunque se aproxima mucho más a Margot.
Necesita sentirla cerca antes de perderla para siempre, embotellando en su memoria cada matiz de su fragancia, cada línea de su rostro, cada inflexión de su voz, con la esperanza de alimentarse de esos recuerdos cuando el vacío amenace con devorarlo.
—Es la historia de un samurái caído en desgracia —comienza, la cadencia de su voz se convierte en una caricia.
Margot se estremece—. Tras regresar del exilio conoce a una dama de alta cuna y queda prendado de ella, incluso sabiendo que es inalcanzable reúne el coraje para acercarse.
Su tenacidad comienza a dar sus frutos y la joven le abre su corazón.
El samurái no tiene nada que ofrecerle, excepto su humilde vida y la inmensidad que brota de su corazón.
En el escenario, la pareja se sume en una nube amorosa acompañada por los emotivos acordes del laúd.
Margot suspira y se conmueve ante la similitud de lo vivido.
—Pero la desgracia se cierne sobre ellos —reanuda, esta vez con un tono más afectado—. Una mujer de su pasado aparece para vengarse, una mujer que desposó llevado por el engaño.
Otro personaje femenino, caracterizado con más boato, aparece en escena con gesto malévolo.
—El samurái le pide que se aleje de su vida, le entrega la carta de su renuncia, pero la dama, herida en su orgullo, desea ejercer de nuevo el influjo que una vez tuvo. Y en un arrebato lo abraza. El samurái la empuja y la dama comprende que no puede engañarlo dos veces.
Margot cierra por un breve instante los ojos para contener las lágrimas.
La escena es representada con asombrosa fidelidad al relato.
—Libre del pasado y pleno de ilusión, va en busca de su amada, sin percatarse de que en su cuello lleva impresa una sentencia de muerte.
Hace una pausa para acomodar el ritmo de la narración a lo interpretado.
—La joven dama recibe con gozo la buena nueva, pero cuando van a sellar su amor con un beso, descubre la marca de una boca en el cuello del samurái. La joven estalla dolida y huye de su lado.
El público contiene el aliento ante el drama de los amantes.
—La joven parte en un barco con el corazón roto y el samurái, desprovisto de su razón para vivir, acaba con su vida.
En el escenario, unas telas azules que simulan el océano envuelven a la joven y la hacen desaparecer, dejando al protagonista postrado de rodillas, clamando su desdicha a los dioses. La percusión retumba en el recinto, creando la tensión necesaria para que el teatro al completo contenga el aliento.
El samurái desenfunda su sable y simula el suicidio. Un último y contundente golpe de tambor pone fin a la obra.
Margot, embargada en llanto, comprende que Takeshi ha contratado a los actores para que interpreten lo sucedido.
Un último y desesperado intento para que ella despierte de esa nube negra que la ciega.
Ese es el mayor y más pomposo acto de amor que jamás habría imaginado que podría provenir de parte del hombre más pragmático y recalcitrante que había conocido.
Emocionada, arrepentida y anhelante, se gira hacia él para descubrir que ya no está.
Liam le dedica una sonrisa tierna y Rose le toma la mano tan emocionada como ella.
—Volverá —musita él tranquilizador.
—Eso espero —masculla sorbiéndose la nariz—, porque necesito corregir el final de la obra.