Consecuencias de retar a un conde Escena 41
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Escena 41

Rumores extraños

Liam observa desde su mesa en la taberna abierta a la calle cómo Takeshi soborna a uno de los espías de Yoshiwara.

Los emisarios visibles de esa red de espionaje son una caterva de críos que corretean veloces por el entramado de callejuelas transmitiendo la información solicitada.

Se hace la pregunta, el crío la transmite a los soplones y, cuando regresa con la respuesta, se le paga.

Mientras apura el contenido de su cuenco no puede evitar sentir una punzada de tristeza ante la apatía de su gran amigo.

Han instalado a las mujeres en una de las pensiones del puerto de Edo, a la espera de que Liam concluya su misión para tomar un barco de regreso a Inglaterra. Takeshi no volverá con ellos.

A pesar de que han intentado hacer razonar a Margot, esta se ha encerrado en una burbuja hermética inaccesible. Opacada por el dolor y la traición, no es capaz de ver ni de oír razones. Su único propósito es abandonar Japón y al hombre que provoca su tormento.

Takeshi atraviesa la calle y avanza hacia él.

—¿Ha habido suerte?

—Sí, esta noche Haru y su escolta asistirán al teatro Ichimura-za a una representación de kabuki.

—¿Cuál es el plan?

—Hacerlos reír.

—No somos tan graciosos —masculla Liam enarcando una ceja.

—Nosotros no, pero el té de waraitake , sí.

—Nunca he secuestrado a nadie mientras se ríe, será divertido.

—Y peligroso —apostilla—, estaremos rodeados de mucha gente.

Liam se encoge de hombros y contrae el gesto ante una punzada de dolor.

—¿Seguro que estás bien para secuestrar?

—No estoy en plena forma, pero seré de ayuda.

Asiente y pide otra jarra de sake.

El tabernero la deposita sobre la mesa y recoge las monedas que Takeshi ha dejado. Se sirve una generosa cantidad en la taza de madera y lo engulle de un solo trago.

—Esa no es la solución —murmura Liam preocupado.

—¿Acaso hay solución?

En su tono asoma un profundo poso de amargura.

—Confío en que Rose consiga hacerla razonar. Ya le contó la estratagema de la geisha para seducirte y que no funcionó, quizá solo necesita tiempo para digerirlo.

—Me temo que, por muchas explicaciones que reciba, el problema radica en que ha decidido no creerme. Y esa desconfianza hacia mí es la brecha que nos separa.

—Está dolida, pero se le pasará y te creerá.

Se sirve otra taza. Liam lo observa preocupado.

—Deberías haber visto cómo me miraba, el tono de su voz... Acababa de confesarle mi amor sin tapujos, abriéndole mi corazón. Y una maldita sospecha lo ha echado todo a perder. Si de verdad me quisiera, confiaría en mí.

—No había terminado de asimilar que habías estado casado cuando descubre un beso en tu cuello, perdió los estribos, pero...

—Liam, agradezco tus ánimos —interrumpe con hosquedad—, pero si quiere alejarse de mí, no la retendré.

Vacía la taza de un trago y, cuando repite el movimiento para servirse otro, Liam le arrebata la jarra.

—Te recuerdo que esta noche debes tener los sentidos aguzados.

Murakama aparece con ese aspecto pendenciero que le confiere su mirada ladina y retadora y su porte confiado.

—Además de aceptarlo como tu líder, ¿piensas someterte a él?

—Le ayudaré a revindicar lo que tanto ambiciona, pero no me quedaré aquí.

—¿Y adónde irás? Ya sabes que en Norfolk tienes tu casa.

—A tenor de lo acontecido, dudo que me siente bien el frío clima inglés.

Liam entiende su metáfora y frunce el ceño, ingeniando un modo de perpetrar la reconciliación que merecen.

Murakama se sienta en el taburete del extremo, apresa la jarra y la inclina sobre su boca. Bebe con fruición derramando goterones que se filtran entre su barba. Colmado, deja el recipiente vacío sobre la mesa y se refriega la boca con el antebrazo.

Takeshi lo pone al día de las novedades.

—Lo he preparado todo. Un carromato nos esperará en la salida este de la ciudad.

Acto seguido clava su mirada en Takeshi y compone un gesto decidido.

—Lo haré yo, también era mi madre —pronuncia sin contexto.

Takeshi lo mira inquisitivo.

—Yo mataré a Hiroshi —aclara—, cuando me entregue la carta que demuestre mi linaje.

—¿Tan seguro estás de que es él?

—Te ha traicionado a ti, también a mí, no entregó la carta a mi padre e impidió que Atachi y Sayuri huyeran juntos, siempre amparado en loables causas.

Motivos que enmascaran su propia ambición.

Nadie más tenía razones para matar a tus padres, a ti te consideraba muerto, y a mí solo quiere utilizarme para acabar con su hijo.

—¿Y qué razones son esas?

—Que a tu padre le propusiera lo mismo y no lo aceptara.

Takeshi sacude la cabeza con gesto incrédulo.

—Todo eso no son más que conjeturas. Lo único que no entiendo es un plan tan complejo solo para matar a su hijo.

Murakama muestra las palmas de las manos y compone un gesto de conformidad.

—Exactamente, si su objetivo real fuera acabar con su hijo, podría hacerlo él mismo acercándose con cualquier excusa o contratar un mercenario para ello. Esconde algo mucho más ambicioso.

—En ese punto estamos de acuerdo. No obstante, y aunque sus intrigas y traiciones sean un hecho, no tenemos pruebas de que sea el culpable de los asesinatos.

—Incluso así, en lo que a mí concierne, su traición y sus mentiras merecen que acabe con él, y es lo que haré.

Takeshi permanece reflexivo, su rostro adquiere una pátina sombría.

—-En cambio, yo creo que Hiroshi encubre al asesino y, si lo matas, jamás sabremos su identidad.

—Yo opino lo mismo —murmura Liam.

Murakama arruga el gesto y parece meditar sobre ello.

—Interrógalo tú —ofrece—, después será solo mío.

—Trato hecho.

El samurái mira a ambos lados con gesto receloso y murmura bajando la voz:

—Corre un rumor inquietante por los bajos fondos.

Liam y Takeshi se inclinan hacia delante para oírlo mejor.

Vuelve a mirar con prudencia y agrega:

—He oído que quieren atentar contra la vida del shōgun . Alguien planea introducir un cargamento de pólvora en el castillo de Chidoya.

—Eso es imposible —alega Takeshi—, esa fortaleza cuenta con una guarnición de aproximadamente cincuenta mil soldados, el río Sumida abastece una serpiente de fosos que circundan las murallas.

Los controles de acceso a cada nivel son infranqueables, nadie con un cargamento así ni nadie no autorizado que porte armas puede alcanzar el honmaru , el palacio y mucho menos el ōoku , las dependencias privadas del shōgun .

Solo sus más cercanos oficiales, los más fieles servidores y las concubinas de su harén tienen ese privilegio.

Hay que perder el juicio para acometer semejante despropósito.

—Para ser un simple rumor, se me antoja demasiado extravagante —opina Liam—. Sea como fuere, no nos incumbe.

—Me ha resultado muy llamativo —conviene Murakama—, por eso os lo he contado.

—Supongo que ese rumor también habrá llegado a oídos del shōgun —aduce Takeshi.

—No lo creo —replica el samurái—, solo llegan a él los que tengan alguna solidez. Nadie en la corte prestará oídos a semejante insensatez.

—Quizá en eso se base el plan —rumia Liam intrigado.

—Lo que nos atañe es el nuestro: sacar a Haru de la ciudad para concertar un encuentro con Hiroshi. Por mí, como si esta ciudad salta por los aires.

Se pone en pie con gesto desdeñoso e impaciente y se aleja caminando mientras en su interior macera la congoja que lo invade.