Consecuencias de retar a un conde Escena 40
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Escena 40

Un corazón ensartado

Los conducen a las habitaciones de la planta superior.

Margot es incapaz de abandonar el desasosiego que la ha invadido desde que ha aparecido esa mujer del pasado de Takeshi.

No sabe de quién se trata, pero por la forma en que se han mirado, intuye que los unió algún tipo de relación sentimental.

No puede evitar sentir cierta inquietud por saberlos juntos y, aunque se afana en apartar pensamientos turbadores, la mirada depredadora de ella sobre él evidencia que oculta un anhelo insatisfecho.

Rose percibe su mutismo y aguarda a que Molly y Florence extiendan los futones y se acuesten para sentarse a su lado, sobre unos cómodos cojines bajo la ventana.

—Takeshi te ama —murmura abrazando sus rodillas.

—Lo sé.

—Pues deja de preocuparte.

—Lo intento, pero creo que entre ellos hubo algo y...

— Hubo —resalta—. El pasado ya no existe, Margot, tampoco el futuro, tan solo el presente debe preocuparte, y, a mi modo de ver, en el presente disfrutas de un amor correspondido. Somos afortunadas, querida amiga.

Margot asiente y esboza una sonrisa agradecida.

—Llevas razón, tendemos a centrarnos en preocupaciones a menudo infundadas e injustificadas, como si necesitáramos sufrir por algo.

—Esa es la complejidad del alma humana —conviene Rose—, crearnos problemas para justificar lamentaciones.

—Por muy hermosa que sea esa mujer, no es tan alta como yo —concluye irónica.

Rose suelta una risita y, complacida con la actitud de Margot, acude a su futón con el sueño apelmazado en sus párpados.

Unos suaves golpes en la puerta atraen su atención. A través del papel de arroz distingue la silueta de un hombre.

—Creo que es para ti —aduce Rose. Bosteza y se restriega los ojos adormecida.

Margot se apresura hacia los paneles shōji y los desliza lentamente.

Takeshi clava una mirada penetrante en ella.

—Me gustaría contarte una cosa. Soy consciente de que no son horas, pero sé que estás intranquila.

—Puedo esperar, no te preocupes.

—Sin embargo, yo no.

La arrastra fuera del cuarto y la conduce a otro con respecto al cual se ha asegurado que no está reservado a ningún cliente.

Margot vuelve a sentir una punzada de inquietud en el vientre.

—¿Qué ocurre?

Takeshi medita bien sus palabras antes de arriesgarse a que sean malinterpretadas.

—Se trata de Saori.

—¿Así se llama?

—Bueno, al convertirse en geisha cambian el nombre y...

—Me importa un bledo cómo se llame ahora —barbota impaciente.

Lamenta al punto su exabrupto y se conmina a tranquilizarse.

—Lo siento —se disculpa—, es que estoy nerviosa y cansada.

—Cuando yo era muy joven —inicia mirándola a los ojos—, ella me hizo creer que la iban a desposar con un hombre cruel y poderoso mucho mayor y... se refugió en mí.

—Define «refugiar».

Margot no es consciente de que está conteniendo el aliento.

—La salvé de ese casamiento —responde conciso.

Ella traga saliva y siente que sus tripas se enredan y su garganta se seca.

—No me digas que mataste al prometido.

—No, la solución fue más sencilla. Errónea, pero sencilla.

Cierra los ojos al comprender lo sucedido.

—La desposaste tú.

Su silencio confirma la suposición.

Y, como si le hubieran volcado encima un jarro de agua fría, despierta a la verdad. Está enamorada de un hombre casado. El impacto de esa revelación la sume en el lodo del engaño, en el sucio y pringoso fango de la traición más artera.

—Todo este tiempo, allí y aquí, ¿me has cortejado, seducido y enamorado estando casado?

Su voz se ha estirado hasta el quiebro. Sus ojos brillan húmedos y su corazón sangra por las grietas que el impacto ha abierto en su pecho.

—Cuando caí en desgracia y tuve que huir, escribí una carta.

En ella concedía la libertad a Saori para librarla del estigma de mi apellido.

No pude entregarla y la tuve que esconder.

Así que, no, desde ese día he sido un hombre libre.

Aquí, en Japón, la renuncia del marido es suficiente para dar por terminado el matrimonio.

Acabo de entregarle esa carta a cambio de mi hermana.

Margot solo escucha los latidos atronadores de su corazón herido.

—¿Por qué... por qué diablos no me contaste esto antes? —increpa furiosa.

—Quería hacerlo cuando entregara esa carta.

Retrocede tambaleante, negando con la cabeza. Las lágrimas se le agolpan en los ojos y las emociones le impiden pensar con claridad.

Takeshi la aferra por los brazos y la obliga a mirarlo. Ve miedo y preocupación en su semblante y un anhelo que lo desgarra.

—Suéltame, necesito pensar en esto.

—Escúchame, Margot, te amo como jamás imaginé que pudiera amar a nadie. Te amé desde tu primer tartamudeo fingido. Entonces no lo supe, pero ahora sé que todo cuanto me sucedió fue para llevarme a tu lado.

—Necesito tiempo, yo... debo asimilar todo esto.

Ahueca las palmas de las manos en su rostro y derrama en ella una mirada afectada rebosante de amor y súplica.

—No quiero que albergues ni una sola duda sobre mis sentimientos hacia ti —musita ansioso—.

No te lo conté porque creía que no tenía un futuro que ofrecerte.

Cuando el destino me lo brindó y te entregué mi corazón al completo solo pensaba en entregar esa bendita carta para cerrar otro capítulo amargo de mi pasado.

Fui libre para amarte cuando entendí que la muerte no redime, no recompone y no soluciona nada.

Y en ese preciso momento comprendí que la muerte en realidad era perderte.

Margot sucumbe al llanto y se echa en sus brazos.

Takeshi la abraza, acaricia su espalda y besa su cabello.

—La muerte te sobrevendrá como vuelvas a ocultarme algo así.

El pecho de Takeshi se sacude con una risa contenida que tiende más a llanto estrangulado.

—Descuida, no tengo más esposas.

Margot palmea su pecho y refunfuña con una sonrisa anegada en lágrimas.

Se aparta para besarlo cuando una mancha roja en el lateral de su cuello llama su atención.

Acerca los dedos y los frota suavemente contra lo que parece el rastro de unos labios maquillados.

Retrocede como si la hubieran golpeado, trastabilla unos pasos mientras asimila lo que acaba de descubrir. Su rostro se desencaja y el dolor regresa, más punzante, más implacable.

Takeshi la mira confundido, se toca el cuello y entonces todo su mundo se derrumba.

—No vuelvas a cruzarte en mi camino nunca más, no quiero volver a verte en toda mi vida —sisea inoculada con el veneno del odio—. Acabas de morir para mí.

Rota y desolada, sale precipitadamente de la sala.

Takeshi hunde los hombros y gime devastado. Cae de rodillas sobre el tatami y se encoge sobre sí mismo con la mano presionando su pecho, allí donde se le escapa la vida.

Al final, ha sido una mujer la única espada que ha logrado atravesar su corazón.