Escena 39
El mordisco de una cobra
—Ha pasado mucho tiempo, Saori.
La geisha asiente circunspecta.
Adopta la posición de seiza , sentándose sobre sus talones y posando delicadamente las manos dobladas sobre el regazo.
Sus movimientos son primorosos, tildados con una elegancia innata y una experiencia nutrida.
Cada uno de sus gestos es estudiado y utilizado con asiduidad, imagina que atendiendo a hombres de alta alcurnia.
—Saori ha muerto —murmura con voz meliflua—, cuando me convertí en geisha adopté un nuevo nombre. Ahora soy Kumi.
—Muy apropiado —aduce Takeshi. Ante sí tiene a una mujer de belleza extraordinaria, misteriosa y un tanto especial, tal como indica su nuevo nombre.
—El tuyo también lo es, valiente guerrero —pronuncia con una cadencia exquisitamente modulada, de modo que su voz se convierte en una sugerente caricia.
Fija por un instante la vista en Murakama y en su semblante impasible se forma un suave ceño.
—Tus acompañantes resultan de lo más inusual por estos lares, aunque algún gaijin ha frecuentado mi casa. Sin embargo, he de confesar que me sorprende más verte en compañía de tu enemigo.
—En mi caso, lo único que no ha cambiado ha sido mi nombre.
Una enigmática sonrisa asoma a sus generosos labios.
—Compruebo con agrado que tu agudeza es la misma.
—La entreno mucho.
Dos sirvientas se adentran en la sala cargadas con sendas bandejas de madera lacada. Sobre el tablero, los juegos de té tintinean a cada paso. Las depositan en la mesa baja junto con una tetera humeante y, con la cabeza inclinada, se retiran sin pronunciar palabra.
La geisha inicia el ritual limpiando los cuencos de porcelana con el chakin , un lienzo blanco de lino.
A continuación, abre la tapa del pequeño recipiente donde se encuentra el té en polvo y, con ademanes calculados, precisos y ceremoniales, deposita en el cuenco tres cucharadas medidas del grumoso polvo verde.
Coge el chashasku , el largo cucharón de bambú, y lo introduce en la tetera, lo colma de agua caliente y vierte la tercera parte de su contenido en la taza, devolviendo el resto a la vasija.
Desliza sinuosamente la mano por el mango hasta apoyarlo en la mesa y toma el chansen .
Comienza a batir el contenido del cuenco mezclándolo con movimientos enérgicos para disolver el té y espumarlo.
Cuando adquiere la consistencia adecuada hasta formar la koicha , gira la taza para que la flor de loto que la decora quede frente al invitado al que se le ofrece.
Takeshi se desplaza sobre sus rodillas para coger el cuenco, hace una reverencia a los demás y coloca el cuenco en la palma de su mano izquierda mientras lo sujeta por uno de sus lados con la derecha.
Bebe dos sorbos bajo la atenta mirada de la geisha y se lo pasa al invitado de su izquierda.
La geisha le ofrece una servilleta para que limpie el borde antes de beber.
Cuando todos han completado el ritual, las sirvientas regresan y sirven un té más ligero de manera más informal.
Tras agradecer convenientemente a la anfitriona la ceremonia y alabar el sabor del té, Takeshi se aclara la garganta y centra su atención en su antigua esposa.
—Creo que tenemos una conversación pendiente —comienza.
La mujer asiente. Por un fugaz instante, una sombra atraviesa su faz.
—En efecto, has regresado al mundo de los vivos y tu resurrección puede implicar mi muerte.
—Creo que ya has adivinado que lo que busco de ti es otra cosa.
La mujer se incorpora en un solo movimiento y, con un gesto tan sutil que casi resulta inapreciable, lo impele a seguirla.
Antes de abandonar la sala, busca la mirada de Margot. La muchacha lo observa con cierta aprensión en el semblante. Intenta tranquilizarla con una sonrisa ligera, pero ella no corresponde al gesto, parece intuir la intimidad que comparte con la geisha.
Sale de la sala hacia un pasillo penumbroso tras la mujer que una vez moró en su corazón.
Reconoce que su belleza sigue siendo deslumbrante, pero se congratula al comprobar que en su pecho nada vibra de forma especial.
El amor que sintió está tan muerto como el nombre de la mujer que lo provocaba.
Aquel Takeshi ingenuo y manipulable tampoco existe ya.
Ahora son dos desconocidos con cuentas pendientes.
Se introducen en otra sala, esta más íntima.
Cada detalle revela que se encuentra en el dormitorio de la geisha.
Mullidos cojines de diferentes tamaños se diseminan sobre el tatami, alrededor de un futón con cobertores de suave algodón.
Una lámpara de aceite ilumina la estancia con un resplandor que hace tremolar caprichosas sombras a su alrededor.
Kumi se aproxima a ese andon delgado que ocupa el rincón y acerca a su llama una vara de incienso que luego deposita sobre un platillo.
Un penetrante aroma a sándalo perfuma el ambiente.
La mujer desliza sus manos a la espalda y comienza a desatarse el obi sin apartar sus ojos de él. Sus ademanes son seductores.
—No es eso lo que quiero de ti —murmura.
—Sé qué quieres de mí. Pero se negocia mejor después de liberar... ciertas tensiones.
Se acerca a él y ladea ligeramente la cabeza, pestañea seductora y, ante su sorpresa, se abraza a su cuello y hunde el rostro en él.
Siente sus labios contra la piel y da un respingo.
Ese lugar solo le pertenece a la mujer que ama.
La toma de los hombros y la aparta sin dilación.
Takeshi aprecia la astucia de la geisha.
Sabe cómo manipular la voluntad de los hombres, cómo condicionarlos para favorecer sus intereses.
—Lo único que quiero liberar es a mi hermana —señala determinado.
La mujer lo contempla sin ocultar su contrariedad; herida en su orgullo, arruga la nariz y compone un ceño disgustado. Al cabo, respira hondo y se sienta sobre uno de los cojines. Takeshi prefiere quedarse en pie.
—Pagué una fortuna por ella, por no mencionar todo el tiempo y el dinero invertido en su aprendizaje —espeta. La calidez de su voz se ha trocado en una gelidez afilada—. Entenderás que quiera recuperar mi inversión.
—¿Quién te la vendió?
La geisha adopta una expresión inquieta. Sus dedos se entrelazan sobre el regazo, esta vez para controlar la crispación que comienza a sentir.
—No puedo darte esa información.
Takeshi la atraviesa con una mirada dura e implacable.
—No sé si eres consciente de que estás encubriendo a un asesino.
Comprueba cómo sus palabras comienzan a resquebrajar la máscara de confianza y suficiencia con que se cubre.
—Yo solo soy consciente de que la trajeron a mi puerta, la muchacha había quedado huérfana y la acepté en mi casa porque era tu hermana.
La paciencia de Takeshi también comienza a derrumbarse.
—No, la compraste para tu casa —matiza furioso—, y algo me dice que sabes mucho más de lo que das a entender.
—Sea como fuere, su libertad tiene un precio.
—Y lo pagaré.
Extrae de la manga de su haori un pliego enrollado de papel que ofrece a la mujer.
Lo mira confusa e intrigada y comienza a desenrollarlo.
A medida que lo lee, su rostro comienza a enrojecer.
—¿Qué es esto? —increpa irritada.
—Lo que acabas de leer. Como puedes ver, estoy vivo, y eso implica que eres mi esposa. En esa carta renuncio a ti y pongo fin al matrimonio sin alegar motivos.
Entreabre la boca en una mueca en la que el asombro y la indignación se amalgaman estirando su bello rostro.
—Mi regreso te convierte en una adúltera, y ya sabes que puedo denunciarte ante las autoridades. Arruinaré tu carrera de geisha y serás vilipendiada y repudiada en el mejor de los casos.
—Eres un miserable —escupe con desprecio.
—Soy el hombre en el que cada cual me convierte según sus actos.
—Los actos de un hombre que conociste bien me convirtieron en lo que ahora soy.
Esas palabras, pronunciadas con enquistada inquina, revelan un rencor que contrae su rostro e incendia su mirada. Takeshi es capaz de anticipar el mordisco antes de recibirlo. Como una cobra, se alza sobre sus gemelos, arquea la espalda y adelanta la cabeza.
—Fue tu padre quien robó mi virtud cuando yo apenas comenzaba a ser mujer. Tu padre el que me sedujo y el que me desechó. Quise vengarme y al mismo tiempo estar cerca de él, por eso te mentí para que nos desposáramos en secreto. Nunca te quise, porque amaba a tu padre.
Siente el veneno penetrando en sus venas, como un fuego líquido, un ácido abrasador que lo arrasa todo a su paso.
Cierra los ojos e intenta evitar que se infiltre en su corazón, pero no lo consigue.
Y en esa llama del pasado más sagrado prenden los recuerdos que Ryō Mōri instaló en la mente de su hijo.
Conversaciones, escenas, consejos, castigos, lecciones, todo basado en un rígido código de honor, en la construcción de la moral más incuestionable, en la rectitud y la honestidad que enviste a todo caballero, comienza a crepitar consumido por el fuego del cinismo, la hipocresía y la mezquindad.
Clava su dolida mirada en ella y la compadece.
—¿Por eso ordenaste matarlos?
—Yo no los maté —profiere con firmeza.
Una furtiva lágrima se desliza por su mejilla, arrastrando a su paso el polvo de arroz.
—Pero sabes quién lo hizo y lo proteges.
—Has venido por tu hermana —recuerda recomponiéndose—, y te la entregaré a cambio de mi libertad. No esperes más de mí.
Se pone en pie y se acerca a él. Sus calculados y sensuales movimientos dejan paso a ademanes secos y contenidos.
—Podéis pasar la noche aquí, pero mañana os quiero a todos fuera de mi casa. Mandaré traer a Akira y yo misma te la entregaré. No se encuentra en Edo en este momento, te avisaré cuando regrese.
Takeshi inclina la cabeza y sale del cuarto. A su espalda le parece oír un tenue sollozo estrangulado.