Consecuencias de retar a un conde Escena 38
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Escena 38

Edo

Edo los recibe en un abrazo bullicioso, rebosante de sonido y de color.

Las largas calles, atestadas de carromatos, comercios y transeúntes, emanan una miríada de aromas diversos que, por algún motivo, en lugar de solaparse, convergen con identidad propia.

El aroma de las especias se eleva con matices intensos y penetrantes, conviviendo con el del incienso de las capillas urbanas, donde se acumulan ofrendas de flores y comida para los bonzos, los sacerdotes budistas y monjes ascetas que acuden a la gran urbe.

A ese aroma almizcleño del incienso y la embriagadora fragancia de la madera de agar que suele quemarse en los altares se une uno más curioso, el del jabón que emana en vapores de los baños públicos, los sentō .

A su vez, confluyen en perfecta sincronía los efluvios fermentados del sake que sale de las concurridas tabernas y uno más picoso y molesto, el de la pólvora.

No hay construcciones altas ni majestuosas como en Londres, la mayoría de las edificaciones son casitas de madera con tejado a dos aguas recubiertos con tejas de arcilla gris.

Tenderetes con lonas vistosas se asoman a la calle ofreciendo sus productos, talleres encastrados entre las casas de dos plantas de artesanos de oficios variopintos, toneleros, herreros, alfareros, orfebres.

Y en algunos puntos se elevan atalayas de madera como altivos vigías de la ciudad.

Risas, conversaciones guturales, el rítmico traqueteo de los carros, el repicar de campanas lejanas y el susurro de las ropas y el tintineo de las vainas de madera lacada de las daishō conforman una melodía vivaz y envolvente.

No obstante, lo que más los cautiva son los atuendos de algunas mujeres con las que se cruzan.

Mujeres que parecen muñecas de porcelana, no solo por el polvo de arroz que cubre su rostro en contraste con la negrura del cabello o de los ojos, sino por su inexpresividad.

Caminan con pasos cortos y porte erguido, con ese aire etéreo, casi místico de una divinidad, sin perder la inocencia, la tímida ingenuidad que revela sus candorosas miradas.

Visten kimonos de colores vistosos confeccionados con ricas sedas y tafetanes que lucen dibujos diversos, grullas, peces y motivos vegetales o paisajes.

—¿Son geishas? —pregunta con discreción al oído de Takeshi.

—Y maiko —responde.

Sabe por él que las maiko son las aprendices de geisha.

—¿Cómo las distingues?

—Por el obi —contesta—. Si te fijas en el nudo que llevan a la espalda, la cola tiene longitudes diferentes: si es corta es una maiko , si es larga identifica a una geisha experimentada.

—Fascinante —murmura absorbiendo con deleite todo a su alrededor.

Ellas, a su vez, también atraen la atención de los habitantes de Edo. Sus rasgos occidentales las convierten en el epicentro no solo de miradas curiosas, también recelosas. Que Liam y Takeshi las escolten suaviza el rechazo que despiertan, sin embargo, en ningún momento siente una amenaza real.

—¿Dónde nos vamos a alojar?

—En una de las casas de té de Yoshiwara.

Margot lo mira demudada.

—¿Vas a alojarnos en un burdel?

—No, Yoshiwara es prácticamente una ciudad aparte, tiene de todo.

Es un recinto amurallado con foso, con un único acceso.

Se confeccionó un código específico que rige las normas cívicas y regula los servicios que ofrecen los establecimientos, que son muchos, casas de té, teatros kabuki, casas de prestamistas y hasta escuelas de pintura y de jōruri .

Incluso existe un registro para controlar y organizar a las geishas, llamado Kenban, que son una serie de normas de obligado cumplimiento.

—¿Qué es una escuela de jōruri ?

—A Rose creo que le interesaría —opina—. El jōruri es un arte que consiste en la narración cantada de una historia acompañada de la melodía de un laúd de tres cuerdas que llamamos «shamisen» y que acompaña al bunraku , un teatro de títeres muy popular aquí.

—Me encantaría disfrutar de un espectáculo así.

—Pues estás en el sitio indicado.

Avanzan ensimismados con el ajetreo urbano hasta llegar a una amplia entrada remachada por dos grandes portalones abiertos. Ante ellos se abre una ancha avenida flanqueada de cerezos.

—Esta es la calle Nakanochō, la avenida principal.

El ambiente cambia sustancialmente. A pesar de que hay mujeres, hay más concurrencia de hombres de todo estilo y condición.

Takeshi la coge de la mano y Liam lo imita tomando la de Rose, en un velado pero significativo gesto de propiedad.

Freddy se apresura a coger la de Molly. Daniel agranda con espanto la mirada y enrojece hasta la raíz del pelo al comprobar que camina junto a Florence.

Compone una mueca reticente pero resignada y se debate internamente.

Al final, con gesto indeciso, empieza a alargar el brazo para coger la mano del ama, pero ella sin percatarse del movimiento espeta:

—Si alguno de esos tipejos se atreve a cogerme la mano, tendrán que desincrustarle mi codo de las costillas.

El muchacho, al oírla, aparta la mano como si la sacara del fuego.

Molly profiere una carcajada y Florence la mira sin entender nada, luego repara en Daniel, que fuerza una sonrisa incómoda.

—¿Qué te pasa, muchacho, parece que hayas metido la cara dentro de una remolacha?

La risa de Molly se contagia al resto.

—Yo tengo otra mano —repone divertida ante el bochorno de Daniel.

—Creo que este barrio violenta al chico —susurra al oído de Rose.

—Somos nosotros los que violentamos al barrio —resalta Rose al reparar en un grupo de hombres que los contemplan ceñudos.

—Molly es experta en pasar desapercibida —bromea Margot.

—Liam, ¿crees que saldremos vivos de aquí? —interviene Takeshi.

—Solo si las amordazamos —responde.

Murakama, que va delante, camina con semblante amenazador y la mano en la empuñadura de su daishō en un claro gesto disuasorio, adoptando el papel de samurái escolta.

Aunque Yoshiwara es un barrio seguro, ya se encargan los regentes de los burdeles y los propietarios de los teatros de que sus clientes, incluso ebrios tras una noche desenfrenada, regresen a casa sanos, salvos y complacidos: nunca hay que abandonar la prudencia.

Lo que sí proliferan entre sus calles son una red de espías que trasladan información de todo tipo y que venden al mejor postor.

Llegan a la casa de té cuando el sol declina tras los tejados grises, delineándolos con un hilo de oro.

Takeshi se acerca al hombre que parece custodiar la entrada y conversa con él. Tras un intercambio breve de palabras, regresa con ellos.

Los farolillos de papel que penden en los tejadillos de las entradas de los establecimientos son encendidos para recibir a sus clientes.

Y, como si el ocaso fuera la antesala de un acontecimiento rutilante, emergen de los locales mujeres cuyos labios rojos y miradas sugerentes, a pesar de vestir un atuendo sencillo y absolutamente recatado, revelan su verdadera condición.

Le llama la atención que la mujer solo fija los ojos en Murakama y Takeshi.

Tras ella, otra cortesana, acompañada de una niña de apenas diez años, cruza la calle sin reparar en nadie: parece acudir a una cita.

Margot exhala un gemido consternado.

—¿Qué hace esa niña aquí?

—Es una kamuro , la sirvienta de esa oiran .

Ante su expresión interrogante agrega:

—Las oiran son prostitutas —aclara—, entre ellas hay muchos estatus.

La que iba delante es una sancha, solo tiene permitido acceder a samuráis de alto rango; luego están las umechas , sus clientes son burgueses de alto nivel económico, y las cortesanas más cotizadas, por su belleza y habilidades, son las tayū , que suelen ser las cortesanas de los daimios.

—¿Ninguna tiene acceso al shōgun ?

—El shōgun tiene su propio harén en el castillo.

—Y yo creía que los ingleses éramos disciplinados...

Takeshi se encoge de hombros.

—Entonces, ¿las geishas a qué clientela acceden?

—Las geishas no son prostitutas, visten de forma similar, comparten destrezas artísticas, como la danza, la música, la poesía y la caligrafía, pero no venden sus favores sexuales, solo son damas de entretenimiento; en cambio, en las oiran van incluidos. Curiosamente el coste de una geisha es mayor.

—Lo que indica que valoráis más el arte que el goce carnal.

—Yoshiwara no es solo un barrio del placer carnal, ofrece todo tipo de placeres, y el arte es uno de ellos.

—¿De dónde salen esas niñas? —pregunta sin dejar de observar a la criatura que camina tras la meretriz.

—Algunas son hijas de las oiran , otras han sido vendidas por sus padres a los burdeles para poder comer. Todas acaban siendo aprendices y futuras prostitutas.

—¿A qué esperamos para entrar?

—A que nos reciba la propietaria.

Como si nombrarla la hubiera invocado, una mujer emerge del local y fija la mirada en Takeshi. Su gesto afectado revela que lo conoce.

Es una mujer de una belleza extraordinaria, a pesar de que no va ataviada con prendas elegantes, emana de ella tal distinción y refinamiento que abruma. Inclina respetuosa la cabeza y, tras una inspiración comedida, los invita a entrar.

Se descalza en una especie de recibidor y el resto hace lo propio.

Sus ademanes son exquisitos, delicados y calculados. Siente cómo Takeshi se envara en su presencia y un sinsabor inusitado le prensa el estómago.

La siguen en reverencial silencio a través del establecimiento compartimentado en salas privadas donde se celebra la tradicional ceremonia del té y donde, suponen, tienen lugar reuniones de todo tipo.

Los conduce hacia el fondo del local, donde las maderas nobles, los refinados paneles correderos de shōji que separan los espacios y la selecta decoración evidencian el prestigio del local.

Desliza con parsimonia los paneles shōji de la última sala, sus pálidos y gráciles dedos permanecen un instante en el marco como si fueran las alas de una paloma a punto de volar y, con un gesto solemne, los insta a entrar.

Takeshi cubre su rostro de una máscara hierática, pero, bajo ella, Margot intuye que bullen muchas emociones que la desazonan.

La misteriosa mujer rodea la mesa central y los encara. Escruta con atención tan dispar compañía para volver a fijar su mirada en Takeshi.

Varios cojines alargados conforman una salita de reuniones; ella abarca el espacio con la mano como invitación a ocuparlo.

—Será mejor que nos sentemos, nos van a servir el té.

Sin embargo, no los mira a ellos, sus ojos siguen fijos en la propietaria.