Escena 37
La leña prometida
El líquido horizonte besa un cielo despejado de nubes, perdiéndose en la línea difusa y nebulosa de la frontera infranqueable que separa ambos mundos.
El rumor del mar adormece sus sentidos, reconforta su espíritu e invita al recogimiento. Las meditaciones junto al mar suelen ayudarlo a alcanzar niveles de conciencia mucho más elevados.
Han transcurrido apenas tres días desde su llegada y la recuperación de Liam ha sido sorprendente, para júbilo de todos.
Mañana parten a Edo, la etapa final de ese viaje que comenzó con el amargo ardor de la venganza anclado en su pecho, con el sacrificio como único destino final y la renuncia a cuanto conocía, el amor, la amistad.
.., la vida, y que ahora le abre un futuro esperanzador junto a la gente que mora en su corazón.
Si algo ha aprendido es que la venganza en honor a los muertos puede desembocar en la muerte de los que más amas.
Que el honor, algo sagrado para su pueblo y que le ha sido inculcado desde la cuna, no debe exigir jamás la vida para resarcirlo.
Que el perdón libera y colma el alma, y, como dijo Shakespeare, la ira es un veneno que uno toma esperando que muera el otro.
En estos tres días, su mente se ha abierto a revelaciones que han obrado un cambio ineludible en él.
Durante siglos, habían heredado las cuitas de sus antepasados, repitiendo el mismo patrón de odio, muerte y sangre, perpetuando de ese modo un bucle de tormento inagotable.
La ambición, los celos y la envidia enajenaban corazones y afilaban aceros, y esa había sido la verdadera maldición de su casta, que nadie había logrado salir de ese círculo para contemplarlo desde fuera.
Regresó para entregarse a la muerte y encontró motivos para vivir.
—Sé que estás ahí —musita sonriendo, todavía con los ojos cerrados.
—¿Es mi perfume?
—No, es mi intuición.
Margot se aproxima hacia la atalaya de piedra donde está sentado con las piernas cruzadas y se encarama a su lado.
—¿Me enseñarás algún día a meditar?
—Cuando aprendas a disparar un arco.
—Ya sé hacerlo, lo que me falta es acertar.
Takeshi sonríe divertido, si hay algo que adora de ella es su endiablado sentido del humor.
—Pues es un detalle bastante importante, ¿no te parece?
—Eso solo revela falta de práctica, y coincidirás conmigo en que se trata únicamente de una cuestión de tiempo y algo de constancia, pero en lo concerniente al tema que nos ocupa, teóricamente sé disparar un arco.
—No pierdo la esperanza de ganar alguna discusión.
—¿Quién discute?
Takeshi pone los ojos en blanco, Margot se abraza a su nuca y él le abre los brazos para acogerla en su pecho. Ella cobija el rostro en su cuello y deposita un beso en él.
—Ya no sé ni de qué estábamos hablando —murmura exhalando un suspiro.
—De que vas a enseñarme a meditar.
Siembra una hilera de besos hasta su oreja y Takeshi gime seducido.
—Me tienes casi convencido.
—¿Casi?
Se aparta y finge un mohín disgustado.
—Vas a tener que esmerarte un poquito más.
Ella enarca una ceja y lo mira provocadora.
Atrapa la boca del hombre y se regodea en un beso pausado, meloso y abrasador.
Takeshi gime y responde fogoso, perdiéndose en una nube de deseo desenfrenado.
Estos encuentros apasionados entre ellos alimentan un fuego cada vez más difícil de controlar.
La desea con una fuerza arrolladora; no obstante, quiere que el momento sea el idóneo, sin precipitarse, en un lugar adecuado en el que pueda ofrecerle no solo su cuerpo, su corazón y su alma, también un compromiso a la altura.
Margot se aparta renuente, con la mirada velada por una pasión insatisfecha y la boca enrojecida y palpitante.
—Con el arco no tendrás puntería, pero conmigo aciertas de pleno.
Ella ríe y se arrebuja entre sus brazos.
—Necesito que me expliques algo —musita con aire distraído.
—Ahora mismo soy incapaz de negarte nada.
—Tentador —responde traviesa.
—¿Qué barrunta esa cabecita tuya?
—Si tu hermano y tú... —comienza.
—No lo llames así.
—Pero es tu hermano.
—Técnicamente sí, pero para mí esa palabra implica un vínculo fraternal que no podremos construir.
—¿Por qué no?
—Porque cuando concluyamos lo que hemos venido a hacer regresaré a Inglaterra para seguir discutiendo contigo hasta envejecer.
—¿Cuándo seas viejo no querrás discutir?
—Para entonces ya me habrás quitado las ganas, es realmente agotador.
Margot palmea su pecho y lo mira reprobadora.
—Te estás desviando del tema —se queja.
—Te has desviado tú, con lo de «mi hermano».
—Perdona por llamar «hermano» a tu hermano.
—Pretendes volverme loco, ¿no es así?
—Tampoco tendría tanto mérito.
—¿Ves? Ya estoy exhausto.
Margot se apiada de él y le regala un beso.
—Bueno, como iba diciendo antes de que me interrumpieras, si... el hijo de tu madre y tú...
Takeshi resopla resignado y ella estalla en una carcajada.
—Murakama y yo —insiste obstinado.
Ella se encoge de hombros y continúa:
—Si ambos tenéis claro que Hiroshi os está utilizando y os ha manipulado todo este tiempo, y además sospecháis que puede ser el asesino de tus padres, ¿por qué seguís adelante?
—Murakama me ha contado que Hiroshi conserva una carta de mi madre dirigida a Atachi Genji donde se despide de él y le dedica un mensaje al hijo que le entrega.
—¿La ha visto?
—Eso mismo le pregunté yo. Y al parecer, sí, esa carta es real, y la tiene a buen recaudo.
—Eso quiere decir que nunca la entregó —aprecia ella.
—Así es.
—Supongo que ambos —matiza la última palabra con un remarque irónico— tenéis muy presente que, aunque acabéis con Haru, no contáis con garantía alguna de que cumpla su parte del trato.
—La leña prometida no calienta el hogar —recita enigmático.
—Y eso significa...
—Que no vamos a jugar a su juego, por eso Murakama y yo hemos trazado una sustancial variación del pacto.
Margot alza las cejas con asombro y lo mira inquisitiva.
—No vamos a matar a Haru, haremos creer que lo hemos matado.
—Eres un hombre sabio, a pesar de que me has mostrado tu punto débil —elogia alterando una de sus frases.
—Para verlo solo tenías que usar un espejo.
Margot apresa de nuevo los labios del hombre al que ama, esta vez con veneración.