Consecuencias de retar a un conde Escena 36
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Escena 36

Al borde del abismo

Rose irrumpe en la cabaña con la angustia bailando en los ojos y el semblante preñado de anhelo.

Se abalanza sobre Liam, le aparta con mimo el tupido cabello oscuro de la frente y le cubre el rostro de besos. Margot, Florence y Molly contemplan la escena desde el umbral, conmocionadas de ver al conde en tan delicado estado.

Takeshi no ha suavizado la situación, se ha limitado a transmitir fielmente las palabras de la sanadora.

La noticia ha impactado a todos, menos a Rose.

En lugar de llorar o lamentarse, se ha equipado con un férreo manto de fortaleza y un velo de firme determinación para encarar, de nuevo, una batalla que los salve a los dos: a él, de la muerte; a ella, del tormento que supondría vivir sin corazón.

Margot es consciente de que no es momento de consuelos ni de palabras de aliento: es momento de actuar. Nadie mejor que Rose sabe que la mente, el corazón y el cuerpo son uno, y que, para sanar alguno de ellos, debe dedicarse con esmero a esas tres facetas.

—Preciso ayuda para quitarle la venda sin moverlo demasiado.

Takeshi y Murakama se arrodillan a sus costados y le alzan el torso con delicadeza.

Rose retira los vendajes para examinar las heridas.

Tiene una hendidura profunda en el centro de la espalda y un orificio en el hombro, posiblemente de una flecha, puesto que al extraerla de manera violenta han agrandado la herida, provocando un mayor desgarro en los tejidos.

No obstante, aparentemente ambas están secando bien.

La curandera ha aplicado un emplasto de miel para favorecer la cicatrización.

Y el tejido exterior muestra un buen aspecto.

Palpa con extremo cuidado la herida de la espalda, buscando puntos de calor y un enrojecimiento que indique infección.

Y reza para sus adentros para que no sea lo suficientemente profunda para haber afectado algún órgano importante; por la posición, podría haber alcanzado pulmones o corazón, pero si fuera así ya habría muerto.

Se tranquiliza al respecto y se centra en analizar la perforación de bordes irregulares.

Ha formado una costra y no detecta que bajo ella haya una capa de pus.

Palpa suavemente buscando montículos blandos alrededor de la herida y no encuentra nada.

Sin embargo, todo indica que la ponzoña se esconde en alguna parte de su cuerpo y que, si no logra extraerla, lo matará.

Oprime los labios en una mueca concentrada, exprimiendo cada gota de conocimiento almacenado de sus años de lectura.

Y al final comprende que todo se reduce en hacer de investigador usando el sentido común e incluso la intuición.

Descarta la herida de la espalda; por su aspecto, todo apunta a que la hoja ha penetrado limpiamente en la carne y la han extraído correctamente.

En cambio, sospecha que en el hombro quizá algún fragmento del astil se ha quedado dentro y es lo que está causando la infección.

Suspira largamente, evaluando sus posibilidades.

—Creo que el problema está en el hombro —afirma pensativa.

—Cuando la punta de acero de una flecha no asoma por el otro lado, sacarla implica más destrozo que la herida en sí, y es justo eso lo que más se complica —corrobora Takeshi.

—¿Es posible que haya quedado dentro alguna astilla?

—Es posible, pero suele ser más habitual en la entrada del orificio, que es por donde se parte el astil.

Rose frunce el ceño y niega con la cabeza.

—También es posible que la flecha se haya quebrado dentro si ha impactado contra algún hueso —conjetura Takeshi.

Murakama le pide que le traduzca la conversación; cuando lo hace, emite su veredicto.

—Murakama dice que otra posibilidad es que la punta de acero siga dentro. Si se ha encajado contra la clavícula y han tirado con fuerza, habrán sacado solo el astil.

Rose cierra los ojos rogando por que se equivoque.

Takeshi le pregunta a la anciana, que continúa el preparado de hierbas con absoluta indiferencia.

—Dice que cuando llegó ya estaba así. No vio la flecha.

—Lamentablemente solo hay una manera de saberlo —musita Rose abatida.

—¿Qué necesitas? —pregunta Takeshi—. No disponemos de mucho tiempo.

Rose traga saliva, le sudan las manos y el pulso tamborilea alocado en sus sienes. Siente náuseas y un hormigueo resbaladizo recorriendo su espina dorsal.

—Agua caliente, lienzos limpios, un estilete o algo semejante, sake, aguja e hilo de sutura, y no se me ocurre nada más. Quizá algo que lo adormezca, por si sale de la inconsciencia a mitad de la intervención...

—Creo que la anciana está machacando semillas de amapola, ¿te sirven?

Asiente y reprime un escalofrío.

Takeshi sale con premura de la cabaña.

Margot se arrodilla junto a ella y se remanga.

—Lo harás bien, Rose. —Le regala una sonrisa confiada—. Dime en qué puedo ayudarte.

—A decir verdad, no lo sé, iré improvisando.

—Se va a salvar, ¿verdad? —gimotea Molly compungida.

—Claro, muchacha, Liam es un hombre joven y fuerte —responde Florence procurando imprimir confianza en el tono.

Mientras aguarda el regreso de Takeshi, intenta visualizar en su mente la intervención que tendrá que llevar a cabo.

Le preocupa que su inexperiencia y su desconocimiento cometan un desatino irreparable y seccione un nervio o una porción de músculo que luego no sepa cerrar.

La asustan tantas cosas que prefiere no anticiparlas para no incrementar su nerviosismo.

Se inclina sobre Liam y acerca la boca a su oreja mientras le acaricia el cabello.

—Estoy aquí, mi amor, ya empujé a la muerte de tu lado una vez y lo haré de nuevo —susurra—. Pero tienes que ayudarme, tienes que recordarte la promesa que me hiciste, la de no separarte más de mi lado, porque, de lo contrario, me llevarás contigo.

Margot siente un nudo en la garganta y se traga las lágrimas que pugnan por salir.

La voz de Rose se quiebra, hunde los hombros y se permite un instante de llanto para liberar el miedo, la incertidumbre sufrida y la ansiedad por la responsabilidad de hacer algo para lo que no está cualificada.

La anciana le acerca un cuenco con té de semillas de amapola y, como ha hecho demasiado a menudo estos últimos y aciagos tiempos, empapa un trozo de venda limpia en el líquido negruzco y, con paciencia, va introduciendo gotas que él traga con espasmos involuntarios.

Cuando Takeshi entra, se refriega las lágrimas y aparta todo pensamiento desazonador para centrar por completo su atención y su energía en la intervención.

—Hay que darle la vuelta.

Takeshi hace una seña hacia Murakama y entre los dos giran a Liam. Una vez boca arriba, Rose ordena los utensilios y siente una punzada de aprensión al contemplar el estilete. Una tetera hierve el agua sobre el hogar. Una vez que humea, Florence se la acerca y la vierte en un cuenco.

Inspira profundamente y se repite que la única manera de alejarlo de la muerte es buscarla y expulsarla de su cuerpo. Aprieta los dientes, frunce el ceño y, acumulando toda la determinación que es capaz de reunir, empuña el estilete.

—¿Crees que podrás presionar la herida si sangra demasiado?

Margot asiente con firmeza.

—Bien, vamos a ello.

Apoya la punta de la daga en la herida y comienza a hundirla en la carne lentamente, atenta a las expresiones de Liam, que por fortuna permanece inerte.

Mira a Takeshi y al hombre que está junto a él.

—Será mejor que estemos preparados por si despierta —recomienda—. Sujetadle los brazos con fuerza.

Los hombres obedecen. Rose toma aliento de nuevo y reanuda la maniobra. Continúa penetrando la carne siguiendo la trayectoria del proyectil. De repente, se topa con algo, un tenue chasquido metálico le indica que la presunción de Murakama era cierta.

Maldice entre dientes y se afana por mantener la desesperación bajo control.

—Tendrás que abrir más la herida para acceder a la punta —resalta Takeshi.

—Pero no solo con un cuchillo.

Todos la miran intrigados.

Margot se dedica a enjugar la sangre que brota incontenible, cuando repara en la mirada cavilosa de Rose sobre ella.

—Necesito una mano firme pero delicada.

—¿Qué tengo que hacer?

Su voz suena segura, aunque en su interior tiembla como una hoja.

—Podría trazar un corte en cruz, pero me arriesgo a cercenar algún nervio y que le impida mover el brazo con normalidad. Se me ocurre agrandar este lo suficiente para que puedas introducir la mano y abrir la brecha para despejarme el campo de visión.

—Adelante.

Margot inhala una respiración profunda y se lava las manos en el agua caliente.

—Frótalas con sake —aconseja Rose.

Un fuerte olor a licor de arroz fermentado se eleva en el aire.

—Creo que necesito un trago.

Florence le ofrece la botella de barro.

Bebe un trago largo y luego vierte un chorro en sus manos y las frota con energía.

—Lista.

Comienza a cortar trazando una línea perpendicular a la clavícula.

Mira a Margot y asiente.

Ella acerca los dedos al corte y busca confianza en la mirada de Takeshi.

En ese preciso instante, Liam comienza a gemir y a removerse.

—Hemos de darnos prisa —apremia Rose.

Los hombres lo sujetan con fuerza y lo inmovilizan.

Margot hunde las puntas de los dedos en la brecha y comienza a apartar los rebordes mientras Rose introduce el filo ligeramente inclinado para hacer palanca.

—¡Está saliendo! —grita entusiasta.

Descubre que se ha formado alrededor un nódulo blanquecino.

Liam se remueve otra vez. Florence y Molly acuden raudas y le sujetan las piernas contra el futón.

Rose se apresura, empuja la pieza de acero hacia el exterior hasta que logra cogerla con los dedos. La pústula de pus revienta y la sangre emerge de color rojo claro.

Toma la botella de Sake y vierte directamente en el corte abierto una buena cantidad. No sabe si es una locura, pero no se le ocurre otra cosa.

Liam se retuerce y exhala un gruñido doloroso.

Gira el rostro hacia Rose y clava en ella una mirada turbia y confusa.

—Ro... se....

—Todo está bien, cariño.

Cierra de nuevo los ojos y su cuerpo se destensa, ha vuelto a desvanecerse.

Coge el hilo encerado y enhebra la aguja.

Se siente descorazonada al ver el lamentable estado de la herida.

Se afana en coser los bordes lo mejor que puede.

La sutura es imprecisa e irregular, y entre las puntadas rezuma sangre licuada con pus.

Considera que es mejor que la ponzoña tenga por dónde salir y concluye vendando prolijamente la zona afectada, ejerciendo la presión que cree conveniente para cauterizar el sangrado.

—Buen trabajo —alaba Takeshi.

Rose suelta el aire contenido y por un instante cree que se va a desmayar.

Fija la vista en la afilada punta de acero que acaba de sacar, consciente de que, si hubiera pasado un día más, Liam habría muerto. Un conato furioso la invade. Se topa con la mirada de Takeshi y descubre la misma furia estirando su rictus.

—Quedaos aquí a cuidarlo. No partiremos hasta que se restablezca por completo.

Se acerca a Margot y deposita un beso en su frente. Acto seguido se pone en pie y sale airado de la cabaña seguido por Murakama.