Consecuencias de retar a un conde Escena 35
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Escena 35

Tuyo

El albor de la mañana penetra por las ventanas, su adormecida luz incide en los párpados de Margot, que se remueve molesta.

Un gallo cacarea vigoroso. Ella responde con un gruñido irritado.

El cascabeleo recalcitrante de unas campanillas le arranca una imprecación.

Alguien sacude una esterilla contra una baranda, Margot reprime el impulso de hacérsela tragar.

Un sueño pegajoso se adhiere a sus sentidos, se siente exhausta y furiosa. La culpable de su desvelo nocturno duerme plácidamente a su lado, sorda al bullicio matutino.

Resopla frustrada y se incorpora.

Florence ronca en el rincón opuesto, todavía arropada por las sombras. Molly se arrebuja junto a ella como una niña pequeña.

Los muchachos duermen en otra sala, supone que también ajenos a tan ruidoso despertar.

Enrolla el futón y lo arrincona bajo la ventana.

Se despereza y destrenza su cabello. Lo sacude y lo peina con los dedos.

Sale por la puerta lateral hacia la zona trasera de la casa rumbo al baño.

Se asea y se cepilla, se viste con otro nemaki , esta vez de un amarillo ocre con bordados de carpas rojas, consigue recogerse el cabello en un moño alto que traba con palillos escarlatas y, aunque no puede contemplar el conjunto, asume que está presentable.

Otro sonido se une a la algarabía matinal, el repicar de cascos de caballo y la voz imperante de un hombre la alertan.

Se desliza subrepticiamente por la pasarela que circunda la casa y otea entre la fronda que otorga intimidad a la propiedad.

Son dos jinetes, por su atuendo y sus espadas presume que son samuráis.

El que parece interrogar a uno de los mayordomos de la casa es robusto, lleva el largo cabello recogido en una coleta. Su barba también está recogida de igual modo. No consigue ver al otro, hasta que desmonta y se enfrenta al hombrecillo.

El corazón le da un vuelco en el pecho al reconocer a Takeshi. Siente que la sangre se licua en sus venas y que las rodillas le flaquean. Sus latidos se descompasan y un júbilo desbordante inunda sus sentidos.

Recorre con premura la pasarela entarimada y baja torpemente la escalinata que da a la calle. Se detiene frente a Takeshi a la espera de que repare en ella, conteniendo el aliento.

Cuando sus ojos se encuentran, su pulso se acelera.

Takeshi parpadea y la mira con una intensidad tan abrumadora que le seca la garganta. Camina hacia ella con decisión y se prepara para recibir un desplante. A pesar de que la ansiedad y el anhelo la desgarran, alza la barbilla altiva para confrontarlo.

La toma de los brazos y la acerca hacia él con cierta rudeza.

—No pensaba abalanzarme sobre ti —se defiende Margot.

Takeshi enarca una ceja y esboza una media sonrisa seductora.

—Pero yo sí.

Se inclina sobre ella y apresa su boca con avidez.

El desconcierto inmoviliza a Margot, mientras la lengua del hombre asedia la suya en un beso rudo y exigente. Todo su cuerpo despierta a una vorágine de sensaciones incendiarias que la consumen implacables.

Cuando empieza a reaccionar y responde al beso, Takeshi la ciñe contra su pecho y gruñe en su boca como una alimaña hambrienta. Todo el deseo contenido estalla sin control, desbocado y flamígero. Ambos pierden la noción del tiempo y del lugar, sumergidos en una pasión cegadora.

Un carraspeo los devuelve a la realidad.

Murakama los observa demudado, pero con una traviesa sonrisa prendida en el rostro.

Margot mira a Takeshi con las mejillas arreboladas y el corazón atronando en su pecho.

—Si llego a saber que el amarillo me sienta tan bien, lo habría usado antes.

Takeshi prorrumpe en una carcajada distendida y la enlaza por la cintura.

—Y ahora que sé que no pienso dejarte escapar, podrás usar el color que prefieras, aunque me gustas más al natural.

Le guiña un ojo ante el recuerdo de su ardoroso encuentro en el río y las mejillas de Margot se incendian.

No sabe qué clase de milagro se ha obrado en él, solo es capaz de discernir que el corazón le revienta en el pecho, que su vientre hormiguea y que todo su ser crepita de vida.

—¿Estáis todos bien? —pregunta sin poder apartar la mirada de los inflamados labios de Margot.

—Sí, o eso creo, porque no sabemos dónde está Liam.

El semblante de Takeshi se tensa en un gesto grave y alarmado.

—¿Está aquí Raiden?

—Sí.

Le narra todo lo ocurrido desde que se separaron. El gesto del japonés adquiere un velo furioso.

—Vuelve con ellas, yo me encargaré de buscar a Liam. Hoy mismo partimos para Edo —anuncia.

Margot asiente y ya se vuelve hacia la casa cuando la mano de Takeshi apresa su muñeca. La atrae hacia él y la envuelve en un abrazo.

—Te prometo que no pienso volver a separarme de tu lado —le susurra contra su pelo.

Ella alza emocionada la cabeza para buscar su mirada. Él abarca su rostro en las manos y la contempla afectado.

—No tengo mucho que ofrecer, pero lo que tengo es tuyo.

—Lo único que me interesa de ti está aquí.

Posa la mano con suavidad en el pecho del hombre.

Takeshi la observa y, con gesto conmovido, estampa un beso en sus labios.

—Hace tiempo que es tuyo —confiesa, y se aleja junto con su compañero en busca de Raiden.

* * *

Takeshi y Murakama recorren las callejuelas hasta que ven salir de una casa a Raiden. Avanzan hacia él con paso aplomado y porte marcial.

Raiden no oculta el asombro de verlos allí y juntos. Su mirada se torna huidiza y su gesto nervioso.

—¿Dónde está Liam?

—Pude rescatar a los demás y están bien atendidos —replica.

—No he preguntado eso.

Desliza la mirada sobre Murakama y se frota las manos.

—Atacó a los rastreadores Genji —justifica—, las órdenes eran capturarlos, pero él...

Takeshi aferra la pechera de su hagi y lo zarandea furioso. Su ceño tormentoso relampaguea en una mirada repleta de amenazas veladas.

—Yo no di esa orden, pero eso ya lo sabes —increpa Murakama.

El filo de su voz refuerza su intimidante expresión.

—No voy a repetírtelo, ¿dónde está Liam?

Gira el rostro hacia la cabaña de la que acaba de salir.

—Estamos intentando salvarlo —justifica.

Esas palabras empujan a Takeshi al mismo vértigo que sintió cuando Liam se debatió en Inglaterra entre la vida y la muerte, en su enfrentamiento con lord John Spencer.

Se precipita hacia la puerta y la desliza con ademanes urgentes.

En la sala, una anciana machaca en un mortero unas semillas negras junto al fuego. Descubre a Liam tendido boca abajo sobre un futón, cubierto con una manta arremolinada en sus caderas. Un vendaje limpio le cruza la parte superior de la espalda y otro le envuelve el hombro.

La anciana inclina solemne la cabeza y baja la vista para continuar con su tarea.

Se arrodilla junto a su amigo, que apenas logra abrir los párpados al percibir una presencia junto a él.

—Tú y tu condenada manía de preocuparnos —reprende en tono ligero.

Sin abrir los ojos, Liam logra estirar una de sus comisuras.

—Te pondrás bien, porque, de lo contrario, Rose me arrancaría la piel a tiras.

Se esfuerza por levantar los párpados y le dedica una mirada brillante por la fiebre.

—Rose...

Su agónico gemido le constriñe el corazón.

—La traeré junto a ti, amigo —promete.

Se vuelve hacia la anciana.

—¿Cuántos días lleva así?

—Desde que lo trajeron, hará hoy unos tres días.

—¿Y no ha habido ninguna mejoría desde entonces?

La inquietud raspa su ánimo como si unas uñas le arañaran la garganta.

—No. Sale y entra de la inconsciencia en una deriva febril que parece no querer soltarlo. No creo que aguante mucho más, parece que Shinigami lo quiere en su reino.

Asiente y se pone en pie. Se dirige a la entrada y se acerca a Raiden, que está siendo interrogado por Murakama.

—Trae de inmediato a Rose aquí —ordena cortante.

Aunque su expresión es reprobatoria, obedece a regañadientes.

Cuando el discípulo de Hiroshi se aleja, Murakama observa una honda turbación prensando el rostro de Takeshi.

—¿Tan grave está?

—Me temo que sí.

—Lo lamento —profiere con sinceridad—. Hiroshi se apoderó de mis hombres impartiendo órdenes en mi nombre. Empiezo a pensar que su objetivo no es solo acabar con su hijo.

—Nos está utilizando a los dos —coincide.

—Si hay algo que yo pueda hacer... —Murakama mira hacia la cabaña.

—Con un poco de suerte, solo podrá traerlo de vuelta la persona que ya tuvo éxito una vez.