Consecuencias de retar a un conde Escena 34
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Escena 34

La sangre une

Hiroshi derrama sobre ellos una mirada contrariada. Su gesto es torvo y su rictus airado.

—Eso no es lo acordado —refunfuña discordante.

—Es lo acordado —contraviene Murakama—. El acuerdo es acabar con Haru, y lo haremos.

—La revuelta debe ser el marco que oculte la muerte de Haru para no levantar sospechas —manifiesta el anciano—.

Deben creer que los campesinos se alzaron contra el despotismo de su daimio, que se sublevaron y lo mataron en el asalto a Sunpu.

Esa es la tapadera perfecta, y con algo de suerte, el nuevo daimio gobernará siendo más ecuánime.

Takeshi no oculta una sonrisa descreída remachada de suficiencia.

—Con algo de suerte, sobrevivirá alguien a la masacre que ordenará el shōgun para aplastar la rebelión —profiere incisivo.

Hiroshi lo atraviesa con una mirada resentida.

—¿Desde cuándo te importa tu pueblo? —acusa sibilino—. Te marchaste y los dejaste desamparados, sin un jefe que luchara por sus derechos ante el abuso de sus gobernantes.

—Me convertí en un fugitivo, en un renegado, difícilmente podía ayudarlos tras caer en desgracia. Mi única opción para salvar el pellejo era huir, hacer creer a todos que estaba muerto, y es lo que hice.

—¿Y por qué has tenido que regresar?

Esas palabras rezumantes de inquina y rencor resultan tan esclarecedoras que lo sumen en un silencio apesadumbrado.

Murakama toma el relevo, consciente de que Takeshi precisa de unos instantes para recomponerse, para asumir que el hombre que tanto admiraba ya no existe.

—Tendrás lo que quieres, la muerte de tu hijo, y, a cambio, ese pueblo que tanto te preocupa tendrá un nuevo líder. No veo dónde está el problema.

Hiroshi fija la atención en el samurái Genji y chasquea la lengua impaciente.

—En que llevo tiempo alentando a estos hombres a que se alcen, los he estado instruyendo para...

—Para llevarlos a la muerte —completa Murakama.

El interpelado bufa, cada vez más exasperado.

—Parece que al final la sangre sí une —aduce irritado.

—Nos unen intereses comunes —apunta mirando a Takeshi, que continúa inmerso en sus tribulaciones—.

Y, como te he resaltado, hemos simplificado la misión conservando el objetivo.

Haru morirá, nadie sabrá quién lo ha asesinado ni por qué.

Se evitarán muchas muertes y, sin Haru como daimio, cabe la posibilidad de poder negociar unos aranceles más justos por las cosechas con el siguiente.

—No hay nada que discutir —interviene de nuevo Takeshi.

Su tono es severo y cortante; su rostro, una máscara dura e impenetrable—.

Murakama, mis amigos y yo viajaremos a Edo, acabaremos con Haru, le darás lo que quiera que le hayas prometido para que pueda reclamar el liderazgo del clan Mōri y a mí el nombre del asesino de mis padres y, cuando haya cumplido mi venganza, regresaré a Inglaterra para no volver jamás.

Con las nuevas bases asentadas y sin dar oportunidad a réplica, se encamina hacia la salida. Se vuelve hacia él en la puerta.

—Por cierto, si mañana no ha regresado Raiden con mis amigos, mis planes serán otros.

Deja la amenaza pendiendo en el aire tan afilada como un sable y sale al exterior. Murakama tarda en salir. Sabe que ellos deben aclarar algunos asuntos más.

Los campesinos se agrupan en la plaza ataviados con capazos de mimbre y azadas, tocados con los sugegasa para protegerse la cabeza del sol. Marchan hacia los tanada que escalonan las verdes laderas para recoger el grano de arroz, que asoma su maduración en un brote dorado listo para almacenar.

Carromatos tirados por bueyes regresarán cargados de cestos rebosantes de granos. Y aunque las mujeres que ayudan en tan ardua labor siguen ocultas, los hombres no pueden arriesgarse a que el grano se malogre.

Murakama aparece y los labriegos inclinan la cabeza con respetuoso temor ante la presencia de un samurái. Él, como rōnin , solo despierta miradas de recelo y conmiseración. Y en aquellos que lo reconocen, de tristeza.

—Espero que mis amigos estén bien, porque, de lo contrario, mi único propósito en la vida será el de acabar con vosotros.

Murakama guarda silencio, se sienta a su lado en la escalera del porche y fija la vista en la cuadrilla que pasa ante ellos.

—¿Por qué querías acabar con Margot?

El hombre lo mira con genuina extrañeza.

—No sé quién es Margot —alega encogiendo los hombros.

—Una de tus espías intentó matarla.

—No tengo espías aquí —afirma mirándolo a los ojos.

Takeshi escruta en su mirada, no percibe engaño en ella.

Llena sus pulmones de aire y vuelve a mirar al frente.

No alberga más dudas acerca de la traición que perpetra Hiroshi, e intuye que su deseo de venganza y de librar al mundo de la crueldad de su hijo encubre su verdadero anhelo. Uno que todavía debe desentrañar.

—¿Tienes alguna garantía de que Hiroshi cumpla su palabra? —pregunta en apenas un hilo de voz.

—No, pero él tiene la garantía de que, si no la cumple, mi espada atravesará su viejo y mezquino corazón.

—Sabe que morirá pronto, la muerte no es una amenaza para él.

—En tal caso, ambos estamos en sus manos —sentencia.

Tras inhalar una profunda bocanada de aire, se pone en pie y se planta frente a él.

—Hagi está de camino a Edo, no tiene sentido que tus amigos vengan aquí, vayamos a su encuentro.

Takeshi lo taladra con la mirada.

—Tus hombres los atraparon, ¿no?

—Son mis hombres, sí, pero no bajo mis órdenes.

* * *

Parten cuando el sol del mediodía arranca destellos en los arrozales y dora las copas de los árboles.

Atraviesan bosques cobrizos y prados moteados de púrpura.

Recorren veredas sinuosas y cañadas pedregosas, avanzan en paralelo con el cauce del río Abu-gawa, que transita desde su nacimiento en las montañas del suroeste hasta su desembocadura en el mar.

Límpidos lagos platean los valles, en los que navegan esponjosas nubes.

Takeshi no puede evitar embeberse de aquellos parajes tan familiares, acompasando sus latidos con el batir de los cascos de su montura, como si ambos se convirtieran en aldabonazos sobre aquella tierra que los vio nacer, para volver a sentirse parte de ella.

Los azulados campos de lavanda alfombran los extensos prados que flanquean la senda por la que galopan.

El penetrante perfume los envuelve en una nube embriagadora.

El sol incendia el horizonte en un ocaso temprano, pincelando de oro, magenta y violetas las deshilachadas nubes que los acompañan.

Por primera vez en años, Takeshi llena sus pulmones y su corazón de la más pura esencia que emanan sus raíces.

Apenas se han detenido a probar bocado, pero las monturas precisan descansar, así que deciden acampar junto a un bosquecillo de castaños, junto a un pequeño arroyuelo.

—Partiremos antes del alba —anuncia Takeshi.

Murakama se limita a asentir.

Desensillan a los caballos, les dan de beber y los dejan pastando mientras se acomodan bajo las prietas copas.

Comen bolas de arroz y tiras de pescado en salazón, cada uno sumido en sus propias cavilaciones.

Resulta extraño compartir silencio y compañía con aquel que consideraba enemigo, en una paz extraña pero reconfortante.

A través de miradas furtivas, busca en los rasgos de su hermano similitudes con las propias.

Sin embargo, y para su consternación, encuentra gestos de su madre, mohínes idénticos que lo turban demasiado.

Sí cree compartir con él la boca heredada de quien les dio la vida, acorazonada y henchida, aunque Murakama la enmarca en una barba hirsuta.

Continúa examinando a su hermano con renovado interés.

No es tan alto como él, bien es cierto que su altura siempre lo ha distinguido entre los suyos, pero sí es más robusto.

Su cuerpo es compacto y musculoso, su mentón más pronunciado y tosco.

Pero la frente es igual de despejada y la nariz recta y bien cincelada, comparten pómulos altos y un cabello espeso y lacio.

Aparta la vista, asume que en efecto llevan la misma sangre y se concentra en el fuego que Murakama sigue alimentando con ramitas.

Las llamas crepitan voraces lanzando pavesas incandescentes a la noche, como si un enjambre de luciérnagas aleteara sobre ellos.

—¿Qué tiene de especial Inglaterra para que desees regresar?

Alza la mirada y lo contempla asombrado por la pregunta.

—Lo único que la hace especial para mí tiene nombre de mujer.