Consecuencias de retar a un conde Escena 33
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Escena 33

Escapadas furtivas

La sala es amplia, está limpia y resulta acogedora bajo la luz del hogar que crepita en el centro.

El grupo come en silencio, asistido por dos mujeres jóvenes que permanecen atentas a sus necesidades. Sus rostros muestran gestos complacientes y sonrisas tímidas.

No obstante, la preocupación por Liam se acentúa con el paso del día, ensombreciendo los ánimos de todos.

Cuando Raiden aparece por fin, Rose se abalanza sobre él.

—¿Has averiguado dónde está?

—Está aquí —responde conciso.

Rose suelta el aire contenido junto con un sollozo aliviado.

—Quiero verlo —suplica.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Mis órdenes son...

—Al carajo con tus órdenes —replica Rose desesperada, alzando la barbilla retadora—. O me llevas junto a él, o te juro por Dios que registraré cada rincón de este lugar hasta encontrarlo.

Raiden observa a la joven con semblante impávido.

—Está vivo, debes conformarte con eso.

Su tono es inflexible, con una clara connotación admonitoria.

—Rose —musita Margot con suavidad—, no compliques las cosas.

Ella asiente, su rostro sigue crispado, pero su porte se abate de nuevo.

—¿Cuándo podré verlo?

—Pronto. Mientras tanto, disfrutad de la hospitalidad de estas gentes. Partiremos dentro de unos días.

—¿Y Takeshi? —pregunta Margot.

Raiden clava en ella un ceño impaciente.

—Está en Mine, os reuniréis todos allí con él.

Cuando abandona la sala, una distensión generalizada la invade.

—Está vivo, Rose, y pronto podrás abrazarlo —murmura Florence congraciada.

Ella sonríe, aunque la urgencia por verlo empaña la buena noticia.

Margot la abraza y percibe la incomodidad de las sirvientas japonesas, que, turbadas, apartan la vista.

Para estas gentes el contacto físico es indecoroso, casi algo impúdico que censuran entre ellos pero que disculpan en los gaijin , aunque presenciarlo no les agrade.

—No imaginas el nudo que me constreñía el pecho, apenas me dejaba respirar.

—Pues respira, amiga mía.

Margot ha intentado ocultar su particular preocupación por Liam, le resultaba inconcebible imaginar que estuviera muerto. La sola idea le encogía el corazón como si una losa lo sepultara.

El alivio y la dicha propician conversaciones triviales, como si las palabras fueran dardos que disiparan las pesadas sombras del funesto silencio de la preocupación compartida.

—¿Por qué crees que no me dejan verlo?

—No lo sé, Rose.

—Quizá lo hayan obligado a terminar alguna misión para ellos —barrunta.

—Es posible, pero ahora lo único que debe importarte es que está bien y que pronto lo verás.

Rose sonríe reconfortada y bebe de un trago todo el sake de su cuenco.

—Brindemos por un pronto regreso a casa —propone Florence risueña.

Todos alzan los cuencos y beben con avidez.

—¡Por Inglaterra! —brindan al unísono.

* * *

Tendida en su futón, escucha los sonidos de la noche inmersa en sus pensamientos. El nácar de una luna menguante permea los paneles de papel de arroz con un fulgor agrisado que se extiende por el cuarto, sin llegar a los rincones.

La manta con que se abriga es cálida y confortable, el sake le sigue caldeando las entrañas y la reminiscencia de la buena noticia recibida todavía reverbera en su interior solazando su ánimo.

Sin embargo, algo le impide dormir. Es una inquietud que la impregna con una sensación de alerta.

Como si presintiera que algo está por ocurrir.

Oye el suave susurro de la fricción entre dos objetos y se gira hacia la puerta. Una sombra se filtra por ella hacia el exterior.

Margot se incorpora y observa los futones que salpican el espacio junto a ella. El de Rose está vacío.

Maldice en silencio y se levanta con premura. Descorre los fusuma y sale al porche. Se encoge ante el abrazo del frío de la noche y descubre cómo la silueta de Rose camina con paso furtivo por la vereda salpicada de casitas.

Intenta alcanzarla antes de que la sorprenda algún soldado. Lleva puestos los tabi , esa especie de calcetín grueso y extraño que separa el dedo gordo del resto, lo que le permite caminar con más ligereza y sigilo, pero Rose es más rápida.

Gira un recodo mientras inspecciona las casas y Margot se pregunta cómo demonios puede saber en cuál de ellas retendrán a Liam. Furiosa, se alza los faldones del kimono y se apresta a correr.

La alcanza antes del siguiente recodo. El resplandor de una linterna anticipa la presencia de un guardia. La aferra con rudeza del antebrazo y la empuja a un callejón.

La luminiscencia agranda el cerco alejando las sombras a medida que se acerca. El fulgor dorado revela un rostro adormecido. El hombre pasa de largo y continúa su camino hacia el otro extremo del pueblo.

—¿Qué crees que estás haciendo? —increpa Margot entre dientes.

—Busco a Liam.

—Rose Domer, tengo ganas de abofetearte —masculla furiosa.

—Sé que Liam está retenido aquí y que nos necesita —se defiende con gesto disgustado—. Aunque nuestra situación haya mejorado, seguimos siendo prisioneros. Tenemos que escapar y reunirnos con Takeshi, estoy segura de que intentan negociar con nosotros como rehenes.

—Y sabes todo eso por...

—Porque si Takeshi supiera dónde estamos, habría venido personalmente a por nosotros. Y que no me dejen ver a Liam es claro indicio de que o no está bien, o está siendo torturado —argumenta Rose con apasionada convicción.

—Tienes la condenada imaginación de una escritora.

—Son conjeturas con una base coherente —replica airada—. Dime, ¿no te parece extraño que solo haya aparecido el secuaz de Hiroshi?

—Quizá Takeshi esté solucionando otros asuntos y hayan enviado a Raiden a que nos lleve a Mine. Nos ha sacado de ese barracón infecto y nos agasajan como invitados, no como prisioneros.

—¿Y qué pasa con Liam?

—No lo sé, Rose, por amor de Dios, no soy adivina... Puestos a hacer suposiciones, puede que esté en alguna misión, o con Takeshi, ayudando a liberar a Akira.

—Si eso fuera así, ¿por qué Raiden no lo dice claramente? —susurra obstinada.

Margot exhala un gemido paciente.

—Ya conocemos sobradamente el hermetismo de estas gentes. Son concisos, pragmáticos e imperturbables y muy discretos.

Rose parece vacilar.

—Y, además, dime, si crees que Liam está en alguna de estas casas, ¿cómo pensabas averiguar en cuál?

—En la que tuviera guardián en la puerta —responde dudosa.

—¿Y cómo pensabas liberarlo, a golpe de trenza?

Rose emite un gruñido frustrado. La impotencia solivianta su ánimo.

—No lo sé, Margot, solo sé que debo hacer algo.

—Y es esperar y confiar, porque solo puedes hacer esas dos cosas.

Inspira largamente y termina claudicando.

Margot la enlaza del brazo para regresar a la cabaña cuando un murmullo de voces las ancla a la penumbra del callejón.

Se agazapan contra la pared al amparo de un alero y contienen la respiración cuando atisban a un grupo de hombres que empujan con todo el sigilo posible una carretilla que traquetea sobre la tierra batida.

Rose hace el amago de seguirlos. Margot la detiene.

—¿Has perdido la cabeza? —reprende.

—Solo quiero saber adónde van. Estas no son horas de transportar nada, por muy extrañas que sean sus costumbres, ¿no te parece?

—A mí lo que me parece es que nos vas a meter en un buen lío.

Hace oídos sordos y se escabulle en dirección al recodo que los hombres acaban de enfilar.

Margot masculla una imprecación y sale tras ella.

Corretean hacia la esquina y acechan furtivas entre los árboles. El grupo se desvía hacia un sendero que se aleja de las casas con tejado de chamizo hacia un prado.

Observan que se dirigen hacia un almacén elevado del suelo sobre pilastras de piedra.

Ascienden la escalinata, abren la puerta y se introducen con una linterna.

Uno de ellos vigila atento en el exterior, tiene el rostro cubierto con un embozo que oculta su identidad.

Está claro que están procediendo de manera clandestina.

Hacen una cadena para sacar con la mayor celeridad posible unos cajones alargados de madera.

Los cargan en la carretilla y, en lugar de regresar por donde han venido, atraviesan el prado hacia la muralla septentrional que se divisa al fondo.

—Debemos regresar ya —apremia Margot.

Rose asiente y ambas vuelven sobre sus pasos.

—¿Qué crees que hacían?

—Robar —responde Margot taxativa.

—Eso es obvio, pero ¿qué?

—¿Cómo quieres que lo sepa? Aunque por el tamaño de esas cajas...

Niega con la cabeza descartando la idea.

—¿Qué se te ha ocurrido?

—Tienen las dimensiones suficientes para contener rifles. Aunque no he visto que los usen: esta gente vive anclada en el medievo.