Escena 32
Hermanos
—Me atrevo —responde con un gesto quedo.
Kimura y Jiro se apartan mientras lo observan recelosos.
Murakama desenvaina la catana y camina hacia él con paso aplomado.
Takeshi se debate entre sentimientos encontrados.
Su eterno rival, aquel sobre el que ha volcado todo su odio, sobre el que ansiaba colmar su venganza, es su hermano mayor.
En aquel preámbulo antes del combate se pregunta cómo ha sido la vida de ese hombre que ha cargado con un secreto así, acumulando rencor, frustración y rabia.
Sentimientos que ha focalizado injustamente en él.
Separa las piernas y se balancea ligeramente empuñando la catana con un kamae medio a modo de guardia inicial.
Murakama hace lo propio y ambos comienzan a evaluar al adversario en un movimiento circular.
Lanza el primer estoque y Takeshi lo frena deslizando el filo hacia abajo para anular el ataque.
La penetrante mirada de Murakama lo atraviesa como tantas otras veces cuando era muchacho, no obstante, no percibe en él esa inquina enquistada que solía prodigarle.
Alza su acero en una guardia alta, pero con la espada hacia abajo, protegiendo el dorso. Murakama lo tantea de nuevo, los sables se cruzan en una serie de envites estudiados que ambos ejecutan con precisión.
—¿Eso es todo lo que sabes hacer? —acicatea Murakama con gesto desdeñoso.
—Estoy esperando a que me deslumbres —rezonga provocador.
Cruzan de nuevo sus aceros, esta vez el pulso es más intenso. La belicosidad contenida comienza a despertar en un duelo que ambos ansiaban.
La contienda adquiere ritmo y contundencia. Los mandobles se intercambian vigorosos, alternando lances con estocadas defensivas. Los hombres miden sus fuerzas y su habilidad como si libraran un combate singular.
Takeshi reconoce la destreza de su oponente y la igualdad en la potencia y la agilidad de los envites, el único modo de aspirar a la victoria es utilizar la argucia en el momento idóneo.
Estudia su táctica buscando un punto débil y lo encuentra en el modo en que desprotege su costado cuando lanza estoques altos en los que alza riesgosamente los codos.
En uno de esos lances ve la oportunidad de marcar el estoque y arremete con decisión con el filo en plano.
Sin embargo, Murakama adivina su intención, se gira raudo y lo sorprende con un certero ataque por la espalda.
Siente el aletazo de la espiga contra las lumbares y suspira asumiendo su derrota.
Ambos se miran jadeantes, Murakama con una sonrisa triunfal, Takeshi con asombrada admiración.
—Hiroshi te ha enseñado bien —alaba inclinándose respetuoso.
—No ha sido Hiroshi. Fue mi padre.
El recuerdo de Atachi Genji agrava su gesto.
Puede entender que el amor a veces surge en los momentos menos oportunos, pero eso no alivia el sinsabor de la traición a su padre.
—Supongo que no me has seguido hasta aquí para medir nuestras fuerzas.
Murakama enarca una ceja y niega con la cabeza. Mira de reojo a los guardianes y Takeshi los despacha con un gesto impaciente.
—No. Hiroshi me ha contado el acuerdo al que habéis llegado.
—¿Y vienes a asegurarte de que lo cumpla?
—Vengo a oírte decir que me aceptarás como líder y heredero del clan Mōri.
—Como hermano mayor, ¿no?
La mirada del samurái se entrecierra, su rictus adopta una mueca desabrida.
—Convendrás conmigo en que la posibilidad de trabar una relación fraternal llega bastante tarde.
—No estoy de acuerdo, lo único que se precisa es un interés común por que eso ocurra. Pero eso no ocurrirá porque te empeñaste absurdamente en volcar en mí todo tu rencor.
Murakama inspira largamente y rompe el contacto visual para derramar la mirada por los verdes campos de cultivo.
—Te envidiaba —comienza con gesto abstraído—, disfrutabas de mi madre, te instruían en mi cargo, te adiestraban en la lucha como un líder, recibías cuanto me pertenecía por derecho y comencé a odiarte con todas mis fuerzas porque no supe a quién culpar y necesitaba desahogar toda mi frustración en alguien.
—¿Tu padre no te aleccionó en ese odio hacia los Mōri?
—Odiaba a tu padre.
—¿Por eso sedujo a su esposa? ¿Porque envidiaba que mi padre progresara en la corte, que adquiriera poder y patrimonio?
Murakama aprieta los puños con fuerza y lo fulmina con la mirada.
—No fue intencionado, ni fruto del desquite —escupe furioso—.
Tu padre pasaba largas temporadas en Edo y tenía amantes, concubinas con las que se revolcaba en los lupanares más selectos.
Tu madre lo sabía y languidecía paulatinamente, sumida en una melancolía enfermiza.
Mi padre la encontró llorando en uno de los festejos de la aldea, comenzaron a conversar y simplemente surgió.
—Hace una pausa para indagar en los ojos de Takeshi—.
Se enamoraron perdidamente. Mi padre murió en mis brazos, pronunciando el nombre de Sayuri.
Renunciar a ella fue lo más duro que hizo en su vida.
A pesar de haber conseguido un heredero, de poder criar al hijo de ambos, su amargura no dejó de crecer hasta consumirlo.
Y creo que a nuestra madre le sucedió lo mismo.
Takeshi guarda silencio, inmerso en el pasado.
—Sea como fuere, ni tú ni yo tenemos culpa alguna de eso. Me arrebataron un hermano y a ti, el liderazgo que tanto ansías. Tú, al parecer, todavía puedes aspirar a ello; yo, por lo que veo, debo renunciar a ti, al menos me queda una hermana por recuperar.
Al rostro del samurái asoma un deje turbado.
—Creí que habías regresado para ocupar tu lugar y restablecer el honor de los Mōri.
—Solo lo segundo. La acusación de traición que pende sobre mí mancilla al clan, me siento en la obligación de restituirlo y clamar justicia ante el shōgun . Si siempre has sabido que eras el heredero del clan, ¿cómo permitiste que nos vilipendiaran así si tu ambición era reclamar el liderazgo?
—En aquel entonces no sabía que había algún modo de demostrarlo.
Sostiene su mirada inquisitiva en un fútil intento por ocultar un leve atisbo de arrepentimiento.
—Siento franca curiosidad por esa prueba con la que pedirás lo que tanto ambicionas y que habrás de presentar ante el shōgun .
—Todavía no está en mi poder, pero...
—Supongo que el taimado Hiroshi te la ha mostrado, pero para ganarla has de luchar su causa —conjetura Takeshi—. Es un asunto delicado en extremo, porque, si descubren en la corte que estás ayudando a eliminar a uno de sus daimios, dará igual el apellido que lleves: te sentenciarán a muerte.
Murakama baja la vista. Sabe que acaba de acariciar su más perturbadora inquietud.
—Y si el plan inicial era culparme a mí, el estigma sobre los Mōri te condenaría a liderar un clan maldito. Por tanto, he de confesarte que no envidio tu situación, puesto que tú pierdes de un modo u otro.
El samurái niega con la cabeza. Su mirada se nubla con un velo sombrío.
—Ya me encargaría yo de limpiar nuestro honor con un servicio leal al shōgun .
Takeshi compone una expresión incrédula destinada a socavar la determinación de Murakama.
—Hay una manera de acabar con Haru sin iniciar una revuelta, y es acabar con él en la corte, sin que nadie sepa quién lo ha hecho —propone.
Murakama parece replantearse la sugerencia.
—Infiltrarte en la corte no es fácil, mucho menos acabar con la vida de un daimio. Ni yo, como un humilde Genji, ni tú, como un traidor Mōri, tenemos posibilidad alguna de acercarnos a Haru.
La mente de Takeshi bulle imparable, hasta que una idea comienza a gestarse y a tomar forma. La información de la que dispone se conjuga en un plan que comienza a consolidarse formando un tapiz intrincado pero con posibilidades.
—Hay un modo de llegar a él —barrunta ultimando los detalles.
—Si no hay revuelta exigiendo la bajada de los diezmos, Hiroshi perderá el favor de su pueblo —replica.
—Tu trato con él se limita a que acabes con su hijo, la revuelta es cosa suya, y ambos sabemos que está condenada al fracaso —expone Takeshi con objetividad.
Murakama frunce el ceño y lo observa intrigado.
—¿Cuál es tu plan?
—Voy a viajar a Edo para liberar a Akira, está bajo la protección de Saori, supongo que habrá pagado por ella.
La recuperaré y me la llevaré a Inglaterra.
Ven con nosotros y, juntos, acabemos con Haru.
Es justo que asumas la jefatura del clan, yo te apoyaré porque no tengo intención de quedarme, pero no me iré hasta que descubra quién mató a mis padres, a menos que. ..
Lo mira significativamente a la espera de una reacción.
—Yo no los maté. ¡Era mi madre! —alega ofendido.
—¡Y yo tu hermano!, y no te tembló el pulso para conspirar contra mí.
—Las cosas han cambiado —aduce como si eso anulara el pasado, solo porque sus intereses ahora son otros.
Takeshi sacude la cabeza y se conmina a aplacar sus ánimos.
—¿Tienes alguna sospecha de quién pudo ser?
Murakama medita la respuesta y finalmente niega.
—Ryō tenía muchos enemigos en la corte, pudo ser cualquiera, incluso un esposo despechado o una amante relegada.
—¿Cómo demonios sabes tanto acerca de mi padre?
—Cuando Haru era el karō de la provincia, la administraba desde su residencia en el castillo de Sunpu, celebraba reuniones con altos funcionarios reales; he presenciado como escolta alguna de ellas. Haru le ponía espías para estar al tanto de todos sus movimientos.
—Con lo cual, pudo ser él.
Murakama asiente circunspecto.
—Hiroshi lo sabe —profiere Takeshi caviloso—, pero se muestra reticente a decírmelo, es astuto y no soltará prenda hasta que consiga su propósito.
—Eso dice —plantea el samurái con aguda desconfianza—, pero ¿y si no es así y lanza esa baza para que nos supeditemos a sus intereses?
Esa posibilidad siembra en Takeshi sospechas más turbadoras.
—¿Y si fue él?
Los hombres se miran cómplices con ceños parecidos y el mismo desasosiego prendido en sus gestos.