Escena 31
Un paraíso de espuma
La luz del día se filtra por las rendijas de los tablones, revelando el polvo en suspensión de un barracón destinado a animales. El hedor nauseabundo del heno sucio y la pestilencia ácida del pienso en descomposición convierten el ambiente en un tormento irrespirable.
La penumbra delinea el esbozo de un almacén abandonado pero de construcción sólida.
Perciben el sonido de conversaciones distendidas de las que solo son capaces de interpretar los tonos y las inflexiones.
Cuando alguien entreabre el portalón para dejarles una fuente con un engrudo a base de cereales que ni los cerdos comerían, la luz los ciega impidiéndoles absorber alguna noción del exterior.
Llevan apenas dos días allí y ya se les antoja una eternidad.
Margot se aferra a la esperanza de que Takeshi y Liam acudan en su rescate. Rose permanece sumida en un abatimiento preocupante. Molly no se despega del pecho de Freddy, Daniel se ha entregado a un hermetismo evasivo y Florence reza a todo el santoral que conoce.
Cada uno ha elegido el ancla a la que asirse para escapar del miedo y la desesperación. Si no los han matado es porque están esperando negociar por sus vidas, en caso contrario no los habrían apresado. Necesitan asirse a esa certeza para descartar probabilidades más perturbadoras.
—Si Liam estuviera bien, ya habría intentado sacarnos de aquí —profiere Rose.
Su voz, tildada por el miedo a llevar razón, suena trémula.
—Quizá esté preso en otro barracón muy cerca de aquí.
Sus grandes ojos zarcos la miran con tal anhelo que le parte el corazón.
—Necesito tanto creer eso... —musita con un hálito de esperanza.
—Pues créelo, Rose, la fe mueve montañas, o eso dicen, cree en ello.
La incertidumbre es un veneno que corroe, la única manera de frenarla cuando la verdad no está a nuestro alcance es abrazar la probabilidad que más necesitamos creer, la que nos imprima fortaleza y nos escude contra los pensamientos funestos.
—¿Desde cuándo eres tan sabia?
—Desde que te leo.
Rose esboza una sonrisa conmovida y la abraza.
—Saldremos de aquí y regresaremos a casa, Liam y Takeshi son aún más testarudos que nosotras —le susurra Margot, despejando sus mejillas de guedejas enredadas.
Un gemido estrangulado revela la angustia que Rose apenas logra contener.
—No podré vivir sin él —porfía atribulada.
—No lo harás, pero déjame decirte algo. —Acaricia su cabello mientras elige con cuidado las palabras—.
Puedes con todo, Rose, y ¿sabes por qué lo sé?
Porque lo único que realmente necesitas para vivir es a ti, a esa mujer fuerte y determinada que se enfrentó a toda una sociedad intransigente e intolerante y la venció.
Una mujer que luchó por su pasión, por su identidad, por su lugar en el mundo, una mujer arrojada que decidió poder decidir la vida que quería, y lo hiciste sola.
Una mujer así solo se necesita a sí misma.
Una mujer así tiene dentro de sí todos los motivos y argumentos para no rendirse, porque hay algo que te distingue del resto, la pasión que te mueve a crear, no solo mundos con palabras, también tu propia realidad.
Rose se aparta para contemplarla arrobada.
—Esa mujer también eres tú.
—Lo soy —admite complacida.
Es la primera vez que expresa verbalmente lo que siempre le ha dictado el corazón.
—En tal caso, solo nos queda esperar, confiar y enfrentar lo que el destino nos haya deparado —resume Rose.
Margot asiente y se reclina contra los tablones de la pared.
El silbido del viento arrastra hojas secas, llevándose consigo la incertidumbre, el desasosiego y el miedo. En su mente solo caben tres palabras que se reiteran en bucle y que acompaña de una sonrisa confiada para reforzar la creencia que ha decidido consolidar: «Saldremos de esta».
Si algo está aprendiendo es a no dejar pasar la más mínima oportunidad de agasajarse, de aprovechar cada momento, de deleitarse en veleidades, de valorar instantes, de permitirse sentir, de explorar lo desconocido, de atreverse a experimentar, de equivocarse sin reproches, de ser compasiva consigo misma, de ser flexible con los demás, de aceptar que a veces un bofetón no es más que un cambio de enfoque: duele, pero guía hacia el lugar correcto.
El crujido quejumbroso de los goznes la arranca de sus reflexiones.
Una silueta se recorta en la entrada. Se detiene inmóvil, quizá intentando acostumbrar la vista a las sombras reinantes.
Una imperante orden trona furiosa contra los tablones, que parecen encogerse con la vibración de esa voz estentórea.
Al cabo, unos hombres se apresuran al interior. Los alzan de malos modos y los empujan fuera como si fuesen meros fardos.
—¿Estáis bien?
Oír su idioma, aunque con aquel acento hosco, le caldea el alma.
Parpadea reiteradas veces hasta que logra entreabrir los ojos y enfocar la mirada.
Raiden las mira con honda inquietud.
Rose se pone en pie y se abalanza hacia él.
—¿Dónde está Liam? —Su voz se estira hasta quebrarse.
El hombre la contempla con extrañeza. Endurece el mentón y en su lengua nativa increpa al hombrecillo que tiene detrás.
Conversan en un tono tenso y a continuación Raiden se vuelve hacia ellas.
—Voy a averiguar dónde está. Mientras tanto, os trasladarán a un lugar decente donde podáis asearos y comer dignamente.
—¿Dónde estamos?
—En Hagi —responde antes de dar media vuelta y alejarse.
Dos mujeres los guían por una amplia vereda hacia una casa de dos pisos con tejado de agua y un porche sobre un estanque donde flotan flores de loto y beben jacintos.
Una mujer señala hacia una esquina del patio trasero. Una celosía enjaezada de madreselva enmarca un discreto rincón, donde una tina alta es llenada con cubos de agua.
— Ofuro —musita una de las mujeres.
Margot se encoge de hombros.
La mujer se acerca y señala de nuevo la tina que están llenando con baldes de agua caliente.
— Ofuro —repite paciente.
De repente cae en la cuenta de que se refiere al baño. Les ofrecen bañarse allí. Una palabra aprendida de Takeshi acude a su memoria.
— Arigatō .
El gesto hospitalario de la mujer culmina con una sonrisa apreciativa.
Una joven aparece con pasos cortos y rápidos cargada con prendas de vestir dobladas. Margot recuerda que son nemaki , kimonos de algodón.
Inclina la cabeza en señal de agradecimiento y las mujeres desaparecen, llevándose a los muchachos a otro lugar de la casa.
—Este sitio es hermoso —aprecia Florence. Se gira hacia Rose, que asiente, aunque su semblante permanece sombrío—. Vamos, muchacha, adecéntate para el reencuentro, Liam no tardará en aparecer, y no querrás que te encuentre de esta guisa. Molly y yo esperaremos nuestro turno ahí detrás.
—¡He visto una rana roja! —exclama la muchacha, que, a pesar de las penurias, está completamente restablecida de la enfermedad.
—No es una rana, creo que es una carpa —corrige Rose algo más animada.
—Pues rana o carpa, con el hambre que tengo soy capaz de comérmela cruda.
—Rose y yo probamos el pescado crudo y, francamente, no está mal —aduce Margot desatándose el obi .
Molly arruga el gesto y la mira con aprensión.
—Puaj, ni con hambre sería yo capaz.
—Calla ya, atontada, y dejemos que las damas se aseen.
Florence conduce a Molly al patio trasero para seguir admirando las maravillas de aquel lugar.
Margot se desviste y sube el escabel que han dejado para facilitar el acceso. Cuando se introduce en la humeante tina, siente que todo su ser resucita a la vida.
—Por Dios, Rose, esto es el paraíso —gime placentera.
Cierra los ojos y se embriaga del goce aterciopelado y cálido del agua en su piel.
Sumerge la cabeza y se retira el cabello del rostro al emerger.
Descubre en el pretil que bordea la tina una pastilla de jabón y una jarra para el aclarado.
Lo coge, lo humedece y lo frota para conseguir espuma.
Un perfume celestial inunda sus fosas nasales.
Se embadurna los brazos y los fricciona con vigor para arrancar la mugre y la roña adherida en ellos.
Se pone en pie y lava con meticulosidad cada porción de la piel.
Vuelve a sentarse y comienza a enjabonarse el largo cabello oscuro, masajeando el cuero cabelludo con suavidad.
Cierra los ojos un instante y reclina la cabeza contra el pretil, deleitándose con cada sensación.
—No me despiertes, te lo ruego —musita con veleidosa languidez.
Rose se introduce en la tina y se aposenta frente a ella con un gemido gozoso.
Margot abre los ojos para contemplar el gesto embriagado de su amiga.
Le ofrece el jabón y ella lo toma entre sus pálidas manos.
—¿Con qué lo perfumarán? —inquiere intrigada.
—No lo sé, nunca he olido nada parecido, pero si lo exportásemos a Inglaterra haríamos una fortuna.
A pesar de que aquel reducto está enmarcado por celosías y solo está abierto al pasillo entarimado que bordea la casa ofreciendo la intimidad necesaria para el aseo personal, se puede disfrutar del entorno que lo rodea.
Un vergel de profusa vegetación de un glauco brillante, un estanque espejado donde bulliciosos y vistosos peces nadan plácidamente y un coqueto puente lacado en rojo que lo cruza conforman una estampa bucólica que arrebata los sentidos.
Margot inhala una respiración larga y profunda. El lugar invita al recogimiento y a la evasión, pero sabe que Molly y Florence esperan su turno y se obliga a aclararse y salir de la tina.
Se envuelve en un pliego de algodón suave y se seca con mimo el cabello.
Encuentra un cepillo y varias cintas de colores.
Desenreda los nudos y se lo recoge en una trenza que posa sobre el hombro.
Se viste con un nemaki en tonos cobre y dibujos vegetales y se ciñe el obi .
Rose termina de enjabonarse y sale presta de la tina.
Aguarda a que se vista sentada en un taburete, absorta en el estanque.
—Ya estoy lista.
Lleva puesto un nemaki turquesa que realza el color de sus ojos.
—Del infierno al paraíso en apenas un instante —masculla.
—Yo sigo en el purgatorio —revela Rose.
Margot se enlaza a su brazo y lo presiona con cariño.
Caminan por el pasillo taconeando con las sandalias de madera a las que no terminan de acostumbrarse. Se topan con Molly y Florence, que están apoyadas en la baranda embebidas en el paisaje.
—Vuestro turno.