Escena 30
Un diablo astuto
—¿Quién es el asesino de mis padres?
Hiroshi guarda silencio.
—Esa es la verdad que te será revelada a su debido tiempo. Solo puedo decirte dónde está Akira.
—¿Dónde? —Su tono es cortante y gélido como un puntiagudo carámbano.
—Está en Edo, en Yoshiwara, siendo instruida como maiko en la prestigiosa casa de la geisha más cotizada del barrio del placer, la hermosa Saori.
Takeshi se esfuerza por mantener sus emociones bajo control. Las piezas se deslizan nuevamente, ocupando lugares que reconfiguran la partida, ofreciéndole una visión más precisa del tablero.
—Me mentiste para conseguir tus objetivos —escupe despectivo—. Me necesitabas para asaltar el castillo, para liderar la revuelta y para culparme de ella. Sabías que solo conseguirías eso haciéndome creer que mi hermana estaba presa allí. ¿Cómo puedes pensar que creeré una sola de tus palabras?
—Mi hijo Haru es un monstruo. —Su rostro se empaña mortificado.
La pesadumbre lo invade abatiendo su ánimo. Sus hombros se hunden y su cuerpo se encoge bajo el peso de la aflicción. Sus arrugas se acentúan y su mirada se opaca con la cera espesa de la culpa.
—No quise verlo —continúa apesadumbrado—.
A pesar de que su comportamiento ya presagiaba una maldad innata, me negué a aceptarlo.
Una ambición malsana enquistaba su corazón día a día, yo creí que era su espíritu de liderazgo, me convencí de ello y cerré los ojos a la verdad permitiendo toda clase de atrocidades.
Yo lo traje a este mundo y yo lo arrancaré de él; es mi deber y mi castigo, solo así partiré en paz.
—Hace una pausa en la que se obliga a mirarlo de frente, sin ambages ni suspicacias—.
Es cierto que pensaba utilizarte, subestimé tu astucia y mancillé el código de honor al que juré lealtad al convertirme en samurái, pero no me queda mucho tiempo y la desesperación a veces nos empuja a los más viles desatinos.
—Hay algo que no termino de entender —alega Takeshi—. Si tu intención es matar a Haru infiltrándote en el castillo de Sunpu, ¿qué diferencia pueden marcar dos hombres más en tus filas?
—Que uno de esos hombres eres tú.
Takeshi lo observa intrigado, alza las cejas inquisitivo y aguarda una explicación.
—Haru te odia, siempre tuvo celos de ti y de nuestra relación.
También te vio siempre como un buen aspirante a daimio, eres la única persona que lo hace sentirse amenazado.
Él ahora está en la corte de Edo, confabulando para convertirse en el nuevo chambelán del shōgun .
Si un grupo de campesinos ataca el castillo, será informado, pero no acudirá expresamente con una guarnición, y es lo que yo busco para emboscarlo.
Si sabe que has regresado y que quieres tomar su castillo, no dudará en despacharte personalmente.
Y esa será nuestra ocasión para acabar con él.
—Entiendo —murmura reflexivo—. ¿Y cuál es el papel de Murakama en todo esto, aparte de ponerlo al frente del clan Mōri?
—Traicionar a Haru a cambio de que lo ayude a reclamar el liderazgo de tu clan como primogénito.
—Permíteme que dude del éxito de esa empresa, no hay manera alguna de demostrarlo.
—Yo encontré una —asegura con firmeza.
Sostiene con dureza su mirada. Las emociones que a duras penas logra contener amenazan con derribar la maltrecha barrera que ha logrado construir.
—Regresé para limpiar mi apellido y, a tenor de lo acontecido para cumplir mi venganza, ahora solo aspiro a liberar a mi hermana y a regresar a Inglaterra.
No ambiciono liderar nada, y si Murakama no ha derramado la sangre de mi familia, no tengo inconveniente en que ocupe el derecho que le corresponde por nacimiento.
No interferiré en vuestros asuntos si vosotros no interferís en los míos.
—Me parece justo —conviene Hiroshi.
Takeshi asiente con semblante grave.
—Preciso de una explicación, de un acto de fe y de una promesa para sellar este nuevo acuerdo entre nosotros.
—Adelante.
—Si Murakama es tu aliado en esto, ¿por qué me hiciste atacar Hagi para capturarlo?
Inspira hondo y sacude la cabeza en un gesto incómodo.
—Para exonerar a Murakama y para culparte a ti de la rebelión.
—Sigues siendo un diablo astuto.
Su tono no rezuma ni un ápice de admiración.
—Como acto de fe, exijo que mis amigos regresen a Mine sanos y salvos.
El anciano se limita a asentir.
—¿Y la promesa?
—Antes de mi marcha me dirás quién asesinó a mis padres.
El hombre se inclina con solemnidad aceptando las condiciones.
* * *
Un emisario parte de Mine con la primera luz del alba. Takeshi bosteza aburrido, sin más distracción que la de divagar, meditar o pensar en Margot.
Las cosas han cambiado diametralmente y, a pesar de la traición de su antiguo mentor, al que consideraba como un segundo padre, y del dolor rabioso por el asesinato de su familia, ahora se atreve a mirar al futuro sin la sombra de la muerte pendiendo sobre él.
Cabe la posibilidad de tener una vida lejos de aquellas tierras y quizá.
.., quizá incluso podría atreverse a amar.
No obstante, no puede confiar en Hiroshi, y mucho menos en Murakama, la prudencia debe convertirse en su más fiel compañera a partir de ahora.
Sabe que, a pesar de que ambos han puesto las cartas sobre la mesa, ambos se guardan un as, que tendrán que utilizar si la situación así lo requiere.
Tiene la certeza de que Hiroshi está omitiendo algo importante para guardarse las espaldas o tal vez para darle la vuelta a la partida.
Sin embargo, él también. No solo ha regresado para reclamar justicia al shōgun y restituir el honor, también para recuperar algo que ocultó cuando escapó.
El otoño comienza a asentarse en los bosques, pincelando de oros, cobres y rojos las copas de los árboles. El viento ha tornado su grácil amabilidad en un soplido tosco y frío. El sol ha perdido su vigor, ahora su caricia es tibia, inconclusa, su luz esquiva y tímida.
Takeshi sale de la cabaña, fuera están sus guardianes sentados en la escalera del porche con porte indolente.
No le impiden salir, pero se yerguen en el acto para seguirlo.
—¿Tengo niñeras?
Kimura frunce el ceño y gruñe ante el apelativo.
—Compañía..., nos gusta mucho estar contigo —matiza Jiro con sorna.
—Si os comportáis, quizá os saque a bailar —bromea bajando la escalera.
Otro gruñido a su espalda le arranca un amago de sonrisa.
Camina con paso aplomado por las desiertas calles de Mine. Solo los hombres en edad de luchar habitan la aldea, pero tampoco se topa con ninguno.
—¿Dónde están todos?
—Raiden e Hiroshi los instruyen junto a la empalizada meridional.
Enfila hacia el norte rumbo a las lomas que se elevan sobre los campos de arroz. Disfruta de la caminata aspirando la reconfortante brisa matinal.
—¿Podemos saber adónde demonios vas?
—Ya queda poco, señoritas.
—No puedo matarlo, ¿no, Jiro? —masculla Kimura.
—No, pero los accidentes ocurren —responde mordaz.
Ascienden a un altozano y Takeshi se detiene para contemplar las verdes laderas salpicadas de arrozales. Llena sus pulmones en una respiración profunda y mira a sus guardianes con una sonrisa oblicua y un gesto malicioso.
—Estaba buscando el lugar ideal para invitaros a bailar.
Desenvaina la catana y compone una posición de ataque. Con expresión alarmada, los guardianes lo imitan.
—No es justo que nosotros nos quedemos sin entrenar, ¿no os parece?
—Déjate de jueguecitos, Mōri, no seremos tus títeres.
Se encoge de hombros y comienza a practicar las cinco técnicas más habituales en la lucha con espada.
Comienza trazando el kamae medio, kamae superior e inferior, ejecutando los movimientos con destreza y contundencia, cortando el aire en envites precisos.
Tras repetirlos varias veces, continúa con las tácticas de costado con mandobles en diagonal hacia arriba y hacia abajo.
Efectúa varios giros acompañando los lances, en una coreografía metódica fruto de una ardua disciplina.
Los hombres comienzan a observar el entrenamiento con creciente interés, sin ocultar la admiración que les despierta.
—¿Nos enseñarías esos estoques? —pregunta Jiro.
Takeshi se detiene para recuperar el aliento y los observa con asombro.
—¿Hiroshi no os instruye?
—Sí, pero desconocemos algunos de los movimientos que acabas de trazar.
—De acuerdo, repetidlos conmigo y luego los probaremos en un enfrentamiento de dos a uno.
Los samuráis asienten entusiasmados.
Jiro es alto y espigado, de mirada aguda y porte ágil, de ánimo sosegado y locuaz. Kimura, en cambio, goza de una complexión robusta y menor estatura, de aspecto zafio y gesto pendenciero. Se adivina en él un carácter rudo y temperamental y es parco en palabras.
Analizar al adversario es vital en el combate.
Incluso antes de enfrentarse a ellos ya anticipa que Kimura es impetuoso y que descargará todo su potencial en los primeros mandobles; para vencerlo solo habrá de mantener una guardia media hasta que se agote y luego ejecutar un solo movimiento letal que lo pille desprevenido.
Con Jiro, la estrategia será la opuesta.
Su agilidad y su elasticidad presagian un combate más duradero, aunque sus ataques serán menos efectivos por carecer de la fuerza de su compañero.
La manera de vencerlo se limitará a confiarlo hasta sorprenderlo con un lance inesperado.
Con las estrategias claras, empuña su acero con las piernas separadas, adelantando la diestra ligeramente, ladeando el cuerpo de ese modo para protegerse mejor.
—Tienes claro que es un entrenamiento, ¿no? —recuerda Jiro ante la gravedad que vela el semblante de Takeshi.
—Solo marcaré los golpes, no quiero quedarme sin pareja de baile.
Les guiña un ojo para acicatearlos.
—Yo no sé si podré contenerme —barrunta Kimura ceñudo.
—No lo hagas —murmura con suficiencia.
Esgrime su petulancia para provocarlos.
Los guerreros se posicionan frente a él, cada uno apuntando a un flanco. Tiene la sospecha de que Jiro hará un gesto a Kimura para empezar el ataque en sincronía. No se equivoca, un simple movimiento de barbilla da comienzo a la ofensiva.
Le bastan tres movimientos para desarmarlos.
Unos aplausos vibran en el aire. Los tres se giran hacia el hombre que alcanza la cima de la loma.
—¿Te atreves conmigo?
Murakama lo observa con una sonrisa lobuna.