Consecuencias de retar a un conde Escena 29
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Escena 29

Atrapados

Rose siente un escalofrío y se detiene un instante.

Margot la mira inquisitiva.

—¿Estás bien?

Asiente y, aunque fuerza una sonrisa, un velo preocupado empaña su mirada.

—Nos encontrará —afirma Margot con convencimiento.

—Lo sé, pero ¿recuerdas cuando me dijiste que algo no iba bien?

—El instinto no me falló.

—Pues tengo una sensación parecida.

Margot se estremece.

—Es como si, al alejarnos del mundo que conocemos, de ese amparo que nos envolvía en esa nube de seguridad y comodidad, nuestros instintos se hubieran agudizado.

—En eso radica la supervivencia —replica Rose—, en afilar al máximo nuestras intuiciones más primarias. Y convendrás conmigo en que últimamente nuestras vidas están bastante amenazadas.

—Será mejor que nos apresuremos.

Freddy guía al caballo que montan Molly y Florence. Delante, Daniel hace de guía, eligiendo senderos transitables. Ellas van detrás, vigilando las espaldas. Margot carga al hombro el arco y el carcaj y Rose camina con la vara de kenjutsu .

Margot se adelanta y pide a los chicos algo más de premura.

Daniel compone un gesto agobiado.

—En alta mar es más fácil orientarse —se lamenta—. De todos modos, este terreno es muy escarpado en muchos puntos y me obliga a desviarme buscando un acceso viable. Por eso el avance es lento.

—¿Y si buscamos algún sitio donde poder ocultarnos?

—El conde dijo que avanzáramos siguiendo el este.

Margot vuelve a su puesto junto a Rose y mira hacia atrás, oteando entre la arboleda.

De repente, un grito aterrador viaja hasta ellas, engarzándose en el viento.

El caballo se altera, relincha y sacude las crines nervioso, a Freddy le cuesta controlarlo.

—Era un hombre —apunta Rose alarmada—, y era un grito de dolor.

—Angus sigue atado a un árbol —le recuerda—. Seguramente lo han encontrado.

En ese momento cae en la cuenta de que lo que acaba de decir plantea dos cuestiones perturbadoras.

—Tenemos que escondernos o darán con nosotros —apremia Rose.

Mira en derredor con rictus ansioso.

—Escúchame, Rose —aduce Margot—, esos hombres son rastreadores expertos, es imposible escondernos sin que nos sigan la pista. Continuemos adelante, no podemos hacer nada más.

* * *

Caminan medio día entre senderos boscosos, hasta que el sol comienza a declinar en favor de sombras incipientes, que, subrepticias, corretean entre los matorrales aguardando el momento de alzarse para reclamar su reino.

Un intenso aroma a enebro perfuma el sotobosque, más allá divisan un calvero punteado de altos pastos.

Daniel detiene la marcha e inspecciona el lugar.

—Creo que este es un buen sitio para pasar la noche. El caballo está agotado.

—Y nosotras también —repone Rose—. De noche es una locura continuar viaje.

Se instalan bajo la vigilancia del ojo nacarado de la luna, cobijados por la hierba alta y el silencio.

Están tan exhaustos que se han entregado a un sueño profundo, a pesar de los peligros que acechan.

Margot se ha ofrecido a hacer la primera guardia de la noche.

Está tan cansada como el resto, pero sus pensamientos bullen inquietos y sabe que el sueño tardará en salvarla de ellos.

No puede dejar de pensar en la peligrosa situación en la que se han visto envueltos y es incapaz de imaginar el sentimiento de culpabilidad que debe de sentir Takeshi, a pesar de que era imposible vaticinar que la tragedia lo estaba esperando a su regreso.

Para ser honesta consigo misma, se reconoce que ella habría tomado la misma decisión si hubiera estado en su lugar, y más si albergara sentimientos.

Cuando amas a alguien, la necesidad de evitarle sufrimientos se antepone a todo, y mucho más si tú eres el causante de ellos.

Se pregunta si Takeshi los alberga por ella o si simplemente intenta que ella no sufra por él.

En cualquier caso, el final es el mismo, se dice pesarosa.

Ahora, su prioridad es sobrevivir y, paradójicamente, percibir la muerte cerca la hace sentir más viva. Si su destino es terminar sus días en ese rincón ignoto del mundo, al menos habrá paladeado la existencia en su más pura esencia.

Se sorprende sintiendo un amago de aprensión al imaginar su regreso a Inglaterra.

No le preocupa lo más mínimo ser repudiada por la inquisitorial sociedad inglesa ni por su encopetada familia; lo que la angustia es el vacío que supone que sentiría.

Tener un arco en la mano y saber utilizarlo, encender un fuego, conseguir alimento, tomar decisiones, saberse capaz, apreciar el albor de un amanecer o el arrebol del crepúsculo, sentir en la piel la húmeda vitalidad de un río, el perfume de los campos, el aroma de la tormenta, percibir el peligro, o dormir al raso, no medir las palabras, no coartar los actos.

..; en definitiva, vivir en libertad, aunque eso atente constantemente contra la longevidad, da un sentido a sus latidos, la colma de aprendizaje, llena de plenitud su ser e hinche su espíritu.

Emerge de sus cavilaciones para atender a los ya familiares sonidos de la noche. No percibe ninguno discordante y, de nuevo, se sumerge en sus pensamientos.

A su mente emerge el encuentro apasionado con Takeshi; su primer devaneo con el placer carnal le ha mostrado un incitante mundo de sensaciones truncadas por el destino.

Él la deseaba en igual medida y, aunque no pudieran disfrutar de un futuro juntos, ¿por qué no robarle una noche al destino, un recuerdo imperecedero al que aferrarse en las noches más frías?

Por muy insensato que aquel anhelo sea, se ha adherido a su ser como una resina viscosa.

Una mano blanca y liviana se posa en su hombro, disipando sus reflexiones.

—Duerme un poco, Margot —aconseja Rose—, soy incapaz de conciliar el sueño.

—Ambos regresarán —murmura, imprimiendo en aquellas palabras toda la convicción que logra reunir.

Un ulular cruza la noche en un eco espectral. Suena lejano, pero desata en ambas un mismo desasosiego. Al cabo, se repite, esta vez la cadencia es diferente.

Las mujeres se miran alarmadas.

Margot empuña el arco.

Rose desenfunda el cuchillo que le dio Liam.

Ambas se encuentran sentadas sobre una esterilla en los márgenes del calvero. Margot se pone de rodillas y otea sobre las terminaciones de los verdes brotes que, como un mar ondeante, rodean el claro.

—Algo se mueve ahí delante —susurra.

—Puede ser Liam —advierte Rose con un brillo esperanzado en los ojos.

Margot asiente, pero encaja la pluma en el punto de enfleche y aguarda expectante. Ruega para sus adentros que sea Liam quien parece avanzar entre el pasto.

—Quizá debamos dejarnos ver —propone Rose.

Margot niega con la cabeza.

—¿Y si pasa de largo?

Han atado al caballo en el linde del sotobosque, más alejado del campamento para evitar que revele su posición.

—No lo hará, y ahora guarda silencio.

El rumor de la hierba al rozar contra un cuerpo no deja duda de que alguien se acerca sigilosamente.

Margot siente el pulso latiendo en su sien y el corazón desbocado. Todo su cuerpo le envía señales de alerta, huele el peligro antes de verlo.

Cuando se alza de nuevo para atisbar sobre la hierba, los ve. Son tres hombres, van armados e imagina que no están solos. Se agacha de nuevo y desmonta la flecha.

—Suelta el cuchillo, Rose —pide con amarga resignación.

La joven alza las cejas con inquisitiva ansiedad.

—No es Liam —informa Margot angustiada—. Nos han encontrado. Si oponemos resistencia, nos matarán.

Rose cierra los ojos; cuando los abre, el brillo de las lágrimas agolpadas en los párpados le parte el alma.

—Saldremos de esta.

La abraza con gesto afectado y eleva una plegaria por todos ellos.