Escena 28
Acechando a la muerte
Liam se pertrecha con la armadura, se cuelga al hombro el arco y la aljaba repleta de saetas, se encinta la daishō y el tantō y corre ladera abajo hasta alcanzar la ribera.
Tras la espantada de las cornejas sobrevolando las altas copas de los árboles, el bosque se sume en un silencio pulsante, denso, ominoso, como si su latido se hubiera detenido momentáneamente. Intuye que la batida de rastreo está muy cerca.
Vadea el río por el tramo más pedregoso y arduo pero más angosto, dando un rodeo para evitar un enfrentamiento abierto.
Alcanza la otra orilla y corre veloz, medio agachado, avanzando en diagonal para sorprenderlos por el flanco.
Recupera el aliento contra el tronco de un vigoroso roble.
Aguza el oído y detecta el crujido suave de las hojas pisadas y el murmullo sofocado de unas voces.
Monta una flecha y tensa la cuerda lentamente, sintiendo la resistencia ante la torsión del arco mordisqueando su antebrazo. Apunta hacia la procedencia de los sonidos y aguza los sentidos.
Vislumbra entre la floresta una silueta. Se oculta entre los gruesos troncos buscando un mejor ángulo de tiro. Aguarda a que su objetivo se acerque un poco más y libera el proyectil.
La vibración del astil tañe el aire hasta que se clava en el centro del pecho. Un gorgoteo mana de la boca del rastreador mientras se desploma sobre la hojarasca con un ruido sordo.
Avanza con paso furtivo y cauteloso. Se oculta tras los troncos y se asoma subrepticiamente antes de buscar su próximo resguardo.
Localiza huellas y las sigue con extremo sigilo.
Se detiene bruscamente al descubrir una silueta delante de él.
Se pregunta si en su rodeo se ha puesto detrás de los batidores.
Desconoce su número y la ubicación de los que encabezan la partida, solo sabe que debe eliminar a cuantos pueda antes de dejarse ver y alentarlos a que lo sigan.
La distancia con su enemigo es corta, opta por desenfundar el tantō , lo coge por la punta, se lo pone a la altura de los ojos y afina la puntería calculando el lanzamiento y fijando la vista en el objetivo.
Lanza el puñal con el impulso adecuado y la trayectoria necesaria para hundirse en la nuca de su objetivo.
El hombre alza un brazo e intenta alcanzar la empuñadura mientras cae de rodillas.
Liam se aproxima raudo hacia él, le extrae el puñal de la nuca y continúa su avance.
Oye un silbido familiar que lo alerta, mira en derredor para esquivar el peligro a tiempo, pero no lo consigue.
La cola emplumada de una flecha cimbrea junto a su hombro.
El disparo ha sido tan rápido y efectivo que, si hubiera estado inmóvil, la punta acerada estaría ahora mismo anidando en su pecho, probablemente atravesando su corazón.
Se tambalea ligeramente y se oculta jadeante tras un roble.
Aprieta los dientes con fuerza, aferra el astil con una mano para evitar que se desplace cuando la quiebre y con la otra rompe el extremo emplumado con un movimiento seco.
Exhala un gruñido dolorido y tira al suelo con rabia la parte que ha seccionado.
Mira hacia atrás y se palpa con cuidado, la punta de acero no asoma al exterior. «Eso dificultará la extracción», piensa evaluando su estado.
Tras la veloz inspección, aguza el oído y sabe que el cazador está esperando volver a tenerlo a tiro. Precisa distraerlo para que desvele su posición.
Al rumor del río y al de la brisa cascabeleando entre la hojarasca se suma un extraño ulular cercano. Interpreta que su atacante está reclamando refuerzos.
No tiene tiempo que perder, a pesar de que el dolor se acrecienta en su hombro izquierdo con latidos punzantes.
Monta una flecha, tensa la cuerda y se agacha.
Se gira con rapidez y dispara un lanzamiento ciego.
Monta otra de manera apresurada y, cuando oye un crujido de hojas a su derecha, se asoma y descubre al rastreador avanzando en diagonal entre el aligustre.
No duda, aunque la floresta dificulta la puntería, dispara veloz.
Un gemido sofocado le anticipa el éxito del lanzamiento.
Atisba con cautela y descubre cómo su presa se aleja a trompicones. Luce una saeta en su costado.
Liam lo sigue mientras ignora su propio dolor y encaja otro astil. Esta vez, el disparo es más certero y letal. El hombre se desploma y se retuerce unos instantes mientras su rostro refleja el asombro por una muerte inesperada.
Recupera la flecha y se detiene a escuchar el latido del bosque. No sabe cuántos enemigos tiene cerca ni a la distancia que están, pero si se adelantan mucho, corre el riesgo de que se topen con el molino y sigan la pista a las mujeres. Así que opta por una medida desesperada.
Comienza a gritar a pleno pulmón. Su voz trona entre las ramas y se eleva, el eco se extiende espantando a los animalillos que merodean cerca.
—¡Estáis muertos! —vocifera en japonés. Aunque conoce el idioma, su acento inglés evidencia que es extranjero.
No tarda en oír pasos acelerados. Corren hacia él.
Enfila a la carrera hacia el este, donde los altos collados forman desfiladeros y cañadas en los que poder ocultarse. Percibe el silbido de las flechas y comienza a trazar eses para aumentar la probabilidad de esquivarlas.
La patrulla de rastreo comienza a acercarse peligrosamente. Teme que lo estén cercando. Por lo general, esas partidas en las batidas avanzan como un anillo abierto, los rastreadores más rápidos se adelantan por los flancos para cerrar el anillo y dejar a la presa en el centro.
Aumenta el ritmo de las zancadas. Los faldones de planchas de cuero golpetean sus muslos y el aire quema sus pulmones.
Sortea árboles, salta obstáculos hasta que se topa con un muro de piedra caliza.
Se plantea la posibilidad de escalarlo, pero lo descarta de inmediato, pues se convertiría en un blanco fácil.
Recorre el perímetro sin dejar de mirar atrás.
Desenvaina la wakizashi y se prepara para entrar en combate.
Busca un asidero, un hueco, una abertura, un escondrijo, algo que le permita ocultarse o atravesar la pared vertical.
El primer rastreador lo alcanza justo cuando la pared se abre a un puerto de montaña transitable.
Cambia el peso de una pierna a otra, oscilando mientras tantea a su oponente.
Es joven, de mirada ladina y movimientos ágiles.
Monta una guardia media, cruzando el sable en diagonal frente al pecho, y aguarda el primer envite conocedor de la impetuosidad de los luchadores más jóvenes.
Balancea su pose hacia delante en un amago ofensivo para animarlo a atacar. Funciona.
El batidor descarga su acero en un arriesgado lance alto.
Liam ve su oportunidad. Se agacha y traza un mandoble certero hacia la zona desprotegida de su contrincante.
El filo abre una larga brecha en el vientre de la que rezuma sangre brillante.
El muchacho agranda los ojos y contempla estupefacto el corte por el que se le escapa la vida.
Intenta frenar la abundante hemorragia presionando con las manos y cae de rodillas.
Liam se escabulle tras el muro y corre por el desfiladero.
A su izquierda se abre un precipicio y, a la derecha, la montaña caliza.
Se detiene para recuperar el aliento. Cuando mira hacia atrás descubre con horror a dos arqueros con sus flechas apuntando hacia él.
El recodo está a unos metros, no le daría tiempo a llegar.
Las flechas se disparan casi a la par, su única opción es tumbarse en el sendero.
El movimiento abrupto y brusco desata una oleada de dolor en el hombro herido.
Mira de nuevo hacia atrás y se incorpora raudo, no ve que un puñal vuela hacia su espalda.
Corre hacia el recodo como alma que lleva el diablo, hasta que siente un punzón penetrando en su carne.
Se tambalea y trastabilla, pero no deja de avanzar.
Mira hacia el precipicio, la pendiente es inclinada; aunque hay aleros, dejarse caer implica un riesgo demasiado alto.
El dolor se expande. Las rodillas le fallan y cae en el camino, con la espalda encorvada y la derrota vapuleando su ánimo.
Piensa en Rose mientras los pasos se acercan.
En su risa, en su ingenio, en sus gestos, en la forma en la que ladea el rostro cuando no está de acuerdo en algo.
En cómo arruga la nariz acompañando un gesto travieso, en cómo se mordisquea el labio inferior, y lo mira con deseo.
En el bronce bruñido de su cabello y en el océano de su mirada, a menudo insondable y tan subyugadora que solo desea ahogarse en ella.
Las sombras se ciernen sobre él, alargadas y atemorizantes, como si la oscuridad enviara a sus secuaces para atraparlo. Alza el rostro y lo vuelve hacia sus captores, un destello solar incide en sus ojos cegando la visión.
—Sé dónde está Murakama —musita agarrándose al último eslabón que lo ancle a la vida.
Un golpe contundente en la cabeza lo noquea.