Escena 27
Confesiones
—Ocurrió en la noche de Obon.
Takeshi cierra los ojos un instante, necesita prepararse para ese viaje al pasado que comienza en la celebración de difuntos.
—Tu madre, Sayuri, cortaba el aliento esa noche —continúa Hiroshi abstraído en sus recuerdos—.
Subida en el yagura , nos deleitaba con los rítmicos movimientos del jubiloso baile de bon-odori .
El penetrante aroma de los incensarios humeantes de senko y la luminaria procedente de los farolillos que flotaban sobre la superficie del lago envolvían la tarima con un resplandor místico, convirtiendo a las bailarinas casi en divinidades de las que manaba un aura dorada.
Hace una pausa, a su rostro asoma una expresión embriagada.
—Atachi estaba a mi lado, y recuerdo que la miraba con absoluta veneración.
Aquella noche, tu padre estaba en la corte con su daimio, como si todo se hubiera conjurado para favorecer a los amantes.
Sayuri, a pesar de abrazar la discreción, era incapaz de no corresponder las miradas embelesadas que recibía.
Yo, por aquel entonces, era más afín a los Genji, lo que no me impedía ser imparcial en mi juicio.
Descubrir la complicidad de la pareja me llenó de inquietudes.
La tregua que ambas familias se esforzaban por consolidar estallaría en mil pedazos si se descubría aquella infamia.
Me sentí en la obligación de poner fin a esa locura.
Takeshi no era consciente de que sus puños se crispaban, ni de cómo pulsaba su mandíbula en un latido tenso.
—Los seguí hasta el bosquecillo de abedules, cuando el sake y la jarana obnubilaban el ánimo de los asistentes a la festividad.
Se habían escabullido cada uno por su lado para acudir al punto de encuentro acordado.
Los sorprendí prodigándose arrumacos, pero lo que más me paralizó fue ver cómo Atachi se arrodillaba para besar el vientre de Sayuri.
Aquella imagen me heló la sangre. No los interrumpí, necesitaba meditar sobre aquello antes de dar un paso en falso.
»Días después, me decidí a hablar con Atachi.
—Exhala de manera profunda, con abatimiento—.
Le expuse mi descubrimiento y mi sospecha, y me la confirmó.
Sayuri esperaba un hijo suyo. Estaban enamorados y pensaban fugarse.
—Su rostro se ensombrece ante el recuerdo—.
Le advertí que, si cometían esa locura, estarían firmando su sentencia de muerte y la del niño por nacer.
—Se detiene para hacer un inciso—: Tu padre, Ryō Mōri, era un hombre de genio vivo y carácter impetuoso, como ya sabes.
Takeshi asiente, era un hombre rígido, pero honorable y valeroso.
Siente una punzada ante la traición que su propia madre perpetró contra él.
No obstante, decide no juzgar a ninguno de ellos, ni siquiera a Atachi Genji.
Sabe que sería injusto, pues, por mucho que conociera los hechos, el sentir de cada uno es propio y no es tan egoísta y obtuso como para subestimar ese detalle.
—Me costó convencerlo —reconoce—. Ciertamente tuve que apelar a métodos más persuasivos que una mera súplica; a pesar de que mis argumentos para evitar guerra y muerte eran contundentes, el amor que cegaba a Atachi era poderoso.
—¿Cuáles fueron esos métodos?
Los delgados labios del anciano se fruncen. Su mirada se oscurece.
—Lo amenacé. Le dije que yo mismo los acusaría ante Ryō si no entraba en razón.
—Y accedió con una condición —presupone Takeshi.
Hiroshi asiente, baja la vista un instante hacia el fuego que ronronea perezoso en entre las ascuas.
—Así es. Estuvo de acuerdo en renunciar al amor de Sayuri, pero no a su hijo. Así que llegamos a un acuerdo. Tu madre llevaría a término la gestación haciendo creer a su esposo que el niño era suyo y en el parto lo entregaría a Atachi, haciendo creer a todos que su hijo había nacido muerto.
—Pero mi padre enterró a su hijo. Las cenizas siguen en una vasija en el santuario de la familia.
—Se le entregó el bebé muerto de una campesina.
Takeshi se frota las palmas de las manos contra el rostro y gime en ellas. Respira hondo y asiente para alentarse a continuar.
—¿Cómo justificó Atachi la llegada de su hijo ante su clan? ¿Y cómo es que nadie sospechó de tal coincidencia?
—La campesina que entregó a su hijo fallecido se encargó de amamantar al bebé un par de meses. Luego Atachi anunció que tenía una amante secreta, que había muerto dando a luz a su hijo, y se hizo cargo del niño.
—Todo salió como se esperaba —murmura intentando reconfigurar los retazos de un pasado que ahora cobra un sentido diferente.
A su mente acuden recuerdos de su madre.
Cuando creía que nadie la observaba solía acariciar con semblante nostálgico un colgante que nunca se quitaba.
A menudo la asolaban estados de profunda melancolía que la relegaban a su cuarto, del que asomaba con los ojos enrojecidos y el rictus compungido.
Rememora una noche en especial, en la que su padre y ella habían discutido y él le había arrancado violentamente el colgante que tanto veneraba.
Puede oír el sonido de las piezas deslizándose hasta encajar en el lugar adecuado.
—Así fue —repone Hiroshi—, se salvaron muchas vidas con esa decisión.
Los amantes no volvieron a verse. Sayuri entendió que debía renunciar al amor en favor de la vida de su hijo y de su pueblo.
Atachi tenía un heredero y en él se volcó, pero la amargura y los celos lo convirtieron en una persona resentida y llena de odio hacia los Mōri.
Cabe destacar que la gran influencia que obtuvo Ryō en la corte del shōgun le confirió más poder y dominios, sobrepasando con creces a sus rivales, que se convirtieron casi en vasallos.
—Esa suma de acontecimientos forjó la envidia y las ansias de venganza en los Genji —completa Takeshi—, y en esa simiente putrefacta creció Murakama.
Hasta que un día, probablemente de manera accidental, descubrió sus verdaderos orígenes, inflamando así esa ascua hasta convertirla en una llamarada imparable.
—En efecto, y esa llamarada se fusionó con la de la ambición y la soberbia que prendía en mi hijo y entre ambos trazaron la conspiración para traicionar al shōgun y responsabilizar a los Mōri y a Narimasa, el daimio que los protegía en aquel entonces y que fue ejecutado por esa causa.
—Y nosotros caímos en desgracia —interviene Takeshi con mirada afilada—. Lo que sigo sin comprender es por qué ahora te alías con él.
El hombre suspira largamente, su ceño se aligera, su expresión adquiere un velo circunspecto.
—Te creía muerto, y necesitaba un descendiente Mōri para encabezar la revuelta y restituir el honor que nos arrebataron.
Takeshi chasquea la lengua, le regala una mirada suspicaz y niega con la cabeza.
—Murakama se alió con tu hijo Haru, ¿qué te hace pensar que no volverá a hacerlo para traicionarte de nuevo?
Hiroshi permanece en silencio, eligiendo cuidadosamente las palabras.
—Esta revuelta le interesa más a él que a mí —se limita a responder, enigmático.
—Y, dime, además de aprovechar mi regreso para convertirme en vuestro chivo expiatorio, ¿cuál es vuestro plan con Akira? Porque, aunque ella no pueda asumir el liderazgo, es una Mōri, puede engendrar al futuro jefe del clan.
Una respuesta abominable se filtra en sus pensamientos, se estremece ante tan infame posibilidad.
—Le has ofrecido un trato a Murakama, tu vida por la de tu hermana. Solo que tu hermana no está en su poder, ni Murakama quiere tu vida.
—¿En manos de quién está Akira?
—En manos del asesino de tus padres.