Escena 26
Un rastro de hormigas
Corren entre los peñascos y la espesa fronda hacia la ribera del río.
Tras ellas se precipitan ladera abajo Liam y los muchachos, alertados por los gritos de Molly.
El otoño comienza a mudar el bosque, un lecho de hojas secas alfombra la orilla. El flujo del río es pausado y en ese tramo del cauce el escaso caudal permite entrever su pedregoso fondo.
Descubren a Molly y a Florence con la mirada clavada en una figura que vadea el río hacia ellas. Florence ha cogido una rama y la esgrime contra el hombre.
—No te atrevas a dar un paso más —amenaza Rose.
Angus las evalúa receloso, su aspecto es deplorable, pero lleva en la mano un cuchillo y un gesto malicioso en el rostro.
—¿O qué? —masculla desafiante.
—O te las verás conmigo.
La voz estentórea de Liam sobresalta al timonel. Su rostro se desfigura en una mueca temerosa.
Mira en derredor y vacila sobre sus pasos. El agua se arremolina en torno a sus pantorrillas. Su única opción es regresar por donde ha venido. Sin embargo, titubea y finalmente troca su gesto por un rictus compungido, bastante más acorde a su situación.
—¿Cómo diablos nos han encontrado? —pregunta Liam desconfiado.
—Estoy desesperado —confiesa. Su tono se ha suavizado y su expresión rebosa súplica—.
Llevo días sin probar bocado, he estado siguiendo a unos jinetes pensando que me conducirían a algún pueblo, pero hace tiempo que están acampados en el mismo claro.
Estuve merodeando por estos bosques buscando comida y me alejé demasiado.
Intenté regresar al punto de partida, pero me perdí.
Oí el eco de unas voces y me guie por ellas creyendo que había encontrado a los jinetes, pero, para mi asombro, fue a ellas a las que vi desde la otra orilla.
—Y te has alegrado tanto de verlas que has sacado el cuchillo para saludarlas.
El hombre agranda los ojos y mira nervioso hacia atrás.
Liam avanza en su dirección. Se introduce en el río sin más arma que su furia. Las mujeres contienen el aliento. Mientras Angus está centrado en la intimidante proximidad de Liam, no se percata de que los muchachos lo cercan desde los flancos.
Rose se tensa, Margot aferra su antebrazo para tranquilizarla.
—No te acerques más —pronuncia con voz trémula.
Adelanta el brazo para apuntar el arma hacia Liam, pero este no se detiene.
El hombre recula trastabillando, cuando está a punto echarse a correr, descubre a los muchachos a su espalda cortándole la retirada.
Indeciso y nervioso, blande el puñal trazando un arco, el conde hace el amago de abalanzarse sobre él, Angus lanza un ataque directo al vientre cayendo en la argucia de su contrincante.
Liam esquiva el lance, atrapa el brazo que sostiene el cuchillo y lo retuerce contra la espalda del timonel, le arrebata el arma y la presiona contra su garganta, todo en un mismo movimiento, diestro y veloz.
—Ahora quiero la verdad.
Lo conduce a la orilla sin despegar el filo del cuello; en esa incómoda posición, lo guía hasta el molino seguido por los demás.
—Traedme una cuerda —ordena.
Rose se apresura hacia el interior, coge una soga y se la entrega.
Liam elige un árbol y, ayudado por Daniel, ata a Angus concienzudamente.
—¿Sabías que la resina del cornezuelo atrae a las hormigas rojas?
El hombre lo mira con agudo desconcierto.
—¿Y sabías que esas hormigas son carnívoras?
Angus agranda los ojos en una mirada alarmada.
Liam aprovecha su altura para escarbar con el cuchillo el tronco justo por encima de la cabeza del timonel. Cercena una delgada lámina de corteza y le muestra la resina pringosa.
A continuación, apoya el filo en la frente y traza un corte preciso del que mana un hilillo de sangre. Angus se revuelve asustado.
—Adivina cómo se llama el árbol al que estás atado.
La sonrisa maléfica de Liam sume al hombre en el pánico.
—Eres un jodido sádico, ¡suéltame!
—Nada me gustaría más, he visto cadáveres devorados por esos bichos, y te aseguro que es un espectáculo dantesco.
Se agita contra el tronco y la sangre que rezuma del corte se le acumula en las espesas cejas.
—Por la noche se congregan en extensas colonias, los atrae la sangre. Mañana no quedará de ti más que un puñado de huesos roídos. No soy capaz de imaginar una muerte más agonizante.
La agitación de Angus aumenta. El horror tensa sus facciones y la desesperación prende su alocada mirada.
—Te diré la verdad —gimotea—, pero suéltame ya, te lo ruego.
—No, la verdad es lo único que cortará las cuerdas que te retienen.
—Os he seguido todo este tiempo —declara.
—Ajá, ¿qué más?
—Solo pretendía robar comida y que me condujerais a alguna ciudad portuaria.
Liam chasquea la lengua, se sienta en un tocón frente a él. Limpia la sangre del filo con una hoja y, con acusada flema, comienza a limpiarse las uñas con la punta del cuchillo.
—Vamos, Angus, no me subestimes, no te conviene enfurecerme.
El timonel frunce los labios y mira ansioso el tronco al que está aferrado.
—Creí que te habías marchado con Takeshi, como la primera vez...
—Por eso te animaste a salir de tu madriguera como la lagartija que eres para vengarte de las mujeres que te enfrentaron y, sí, luego aprovechar para robar cuanto pudieras... ¿Pensabas matarlas o solo darles un escarmiento?
La barbilla del hombre retiembla asustada. Guarda silencio, sin atreverse a confirmar con palabras lo que acepta sin abrir la boca.
—No sé, Angus, no te veo muy colaborador, y no me estás revelando nada que yo no haya supuesto.
—Puedo revelarte la posición de la partida de búsqueda que os está rastreando.
Eso sí despierta el interés de Liam. Se pone en pie con el cuchillo en la mano y se acerca a él con expresión artera.
—Por fin oigo algo que podría decidirme a dejar a las hormigas sin su repugnante cena.
—Están a media jornada de aquí. En un calvero entre arces rojos.
Liam recuerda el enclave de cuando lo atravesaron hace dos días.
—¿Cómo sé que dices la verdad?
—Puedes comprobarlo tú mismo.
—¿Cuántos días llevan apostados en ese lugar?
—Tres, van haciendo batidas ampliando el perímetro, es bastante probable que estén al caer.
—¿Cómo has conseguido evitarlos? Son rastreadores experimentados.
—Adelantándome a ellos.
Liam se gira hacia las mujeres con gesto urgente.
—Rápido, recoged el campamento, tenemos que irnos de inmediato —apremia.
Se aproxima a Daniel y a Freddy.
—Ese malnacido ha dejado su rastro hasta nosotros intencionadamente para guiarlos, nos caerán encima de un momento a otro. Subid al caballo a Molly y a Florence y cargad las alforjas y las armas. Enfilad hacia la cara este de la cañada, me reuniré con vosotros allí —dispone preocupado.
—¿Por qué no viene con nosotros?
—Debo despistarlos con un rastro nuevo que los aleje de vosotros.
Liam sabe que no puede enfrentarse a un destacamento con tres muchachos imberbes y cuatro mujeres a su cargo. Su única opción es conseguir que lo sigan a él.
Se encamina hacia el molino seguido por los gritos de Angus suplicando que lo libere.
Rose enrolla con premura las esterillas de junco. Liam se le acerca y la abraza por detrás.
Ella se vuelve entre sus brazos y se enlaza a la nuca de su esposo.
—Saldremos de esta.
Le besa la frente y ahueca sus grandes manos en torno a su rostro. Clava sus grises ojos en ella y se embebe de ese mar turquesa que tanto lo subyuga. Le cuenta su plan y ella niega con la cabeza en desacuerdo.
—Rose, escúchame, detesto separarme de ti, siento que me arrancan el corazón del pecho cada vez que lo hago, pero no tengo alternativa.
Ella asiente, su mirada se humedece.
—Vuelve a mí.
Acaricia su mejilla, se pone de puntillas y besa sus labios.
—Nada sobre la faz de la Tierra podrá impedírmelo.
—¿Vas a dejar que lo devoren las hormigas?
—Ese bastardo no merece otra cosa, lástima que el cornezuelo sea una planta y no un árbol.
Rose alza las cejas admirada ante la perversa inventiva de Liam.
—Es usted un hombre retorcido, conde de Norfolk.
—Ese es otro de mis muchos encantos, milady.
Una bandada de cornejas alza el vuelo entre graznidos irritados.
—Ya están aquí —musita Liam sobrecogido.