Escena 25
Una grieta en el armazón
Kimura y Jiro lo apresan por los brazos y lo arrastran fuera de la cabaña.
Hiroshi va tras ellos. Se detienen bajo la lluvia.
Ríos de fango confluyen en las intersecciones de las callejuelas, descendiendo sinuosos hasta los remansos del arroyo que bordea el pueblo. El repiqueteo del agua contra los aleros de las casas resulta ensordecedor.
La fría lluvia empapa sus ropas, pero no apacigua sus exaltados ánimos.
—¡No voy a matarlo —grita Takeshi para hacerse oír—, al menos hasta que mi hermana esté a salvo!
—La ira ciega el entendimiento y no puedo confiar en que sepas controlarla.
Con un movimiento de barbilla, sus hombres interpretan la orden y asienten obedientes. Hiroshi lo observa con solemne severidad, su ceño excava un surco profundo entre los ojos y su boca se frunce con disgusto. Al cabo, se adentra en la cabaña, donde lo aguardan Raiden y tres soldados más.
Lo conducen por la calle principal hasta una choza con tejado de chamizo y se resguardan en ella. Takeshi no opone resistencia cuando lo lanzan al interior de una sala humilde y descuidada.
Jiro enciende el fuego del hogar y se calienta las manos. Kimura permanece alerta, con la mirada fija en Takeshi, con la mano sobre la empuñadura en un claro gesto disuasorio.
—No tengo intención alguna de escapar —confiesa tomando asiento frente a la hoguera.
Kimura se mesa la barba oscura y rala, y enarca una ceja suspicaz.
—No es a nosotros a quien debes convencer de eso.
Asiente y compone una pose contemplativa.
Hace mucho tiempo que no medita, se dice, su mente bulle caótica, y su espíritu aúlla atribulado. Debe apartar las emociones que ahora lo nublan para encontrar el camino de la sabiduría.
Comienza recitando en silencio unos sutras budistas para vincularse con la divinidad, alejándose del ego, del yo terrenal, del apego físico.
Solo a través del desprendimiento se puede alcanzar la iluminación.
Comienza con el sutra del loto, continúa con el de la guirnalda, el del diamante, y concluye con el del corazón.
Sumido en sus rezos, integra el sonido hipnótico y regular del repicar de la lluvia y se embriaga del perfume húmedo y almizclado que se eleva de la floresta para evadirse del mundo terrenal y enlazar con el espiritual.
Inicia la introspección de la búsqueda y se sumerge en lo más recóndito de su ser, allí donde moran todas las respuestas.
Se visualiza atravesando una hilera de puertas torii de un rojo brillante y asciende por la ladera de una montaña hasta el pórtico de entrada de un santuario que se yergue místico entre esponjosas nubes.
Dos grandes estatuas guardianas, las Niō, protegen la entrada de espíritus malignos con sus gestos iracundos y sus musculosos cuerpos.
Cruza el umbral hacia la penumbra del recinto y se embebe del aroma del incienso y del campaneo ceremonial que tañe el gran bonshō .
Sus sentidos se enaltecen y la elevación lo sume en un estado de entelequias que le confieren una etérea ingravidez.
El melódico tintineo de las fūrin , campanillas de viento, le anuncia la venida de la manifestación.
Ante él aparece un gran kiku blanco, se inclina en señal de respetuosa humildad y une las palmas de las manos.
Es entonces cuando la blanca flor de crisantemo se abre ante él, los pétalos níveos se apartan para mostrarle la intimidad que celan, el dorado pistilo de la sabiduría que custodian.
Inclina la cabeza en actitud reverencial y se postra ante el secreto que le es revelado.
Eleva una plegaria agradecida y se aleja del templo para volver a la realidad.
Inspira profundamente y exhala con lentitud, acompasando sus latidos a la respiración.
Cuando abre los ojos, siente una paz laxa y un bienestar intrínseco.
Conocedor de su misión, la acepta con profunda gratitud.
Está preparado para lo que el destino le depara.
Sabe cómo afrontarlo sin apropiárselo. Al contrario de lo que creía, confundido por las emociones, comprende que, aunque la luz ciegue y resulte dolorosa a la vista, es el único camino para salir de la oscuridad, por muy confortable que esta resulte.
Comienza a ser consciente de que tan solo es una mera pieza en un tablero de damas a mitad de una partida que iniciaron otros, pero que ha de intentar terminar para restablecer el equilibrio roto por rencillas, traiciones, secretos y venganzas.
A su mente acuden recuerdos, palabras dichas y situaciones que comienzan a adquirir un significado nuevo, ordenándose gradualmente hasta alcanzar la única conclusión plausible.
Observa a sus guardianes en ademanes indolentes, ninguno parece percibir que Hiroshi se acerca. Jiro, desmadejado en un rincón, repasa su dentadura con un mondadientes. Kimura juguetea con el cordel de su morral y canturrea una canción popular.
Fija la vista en los fusuma y anticipa la llegada del hombre.
—Será mejor que adoptéis una pose más adecuada, Hiroshi está a punto de entrar —advierte.
Los hombres lo observan confusos, pero al oír el murmullo de las puertas deslizándose, se yerguen raudos.
Jiro alza una ceja y lo mira inquisitivo.
—Dejadnos solos —ordena.
Obedecen con premura. Antes de cerrar tras de sí, aprecia que la tormenta ha cesado. Oye el gorgoteo de los canalones y el murmullo de las hojas intentando recuperar su forma.
—He hablado con Murakama y me ha contado el pacto que le has propuesto, y lo que te ha insinuado.
—Hace una pausa y escruta su rostro en busca de alguna reacción.
No la encuentra, y eso lo confunde—. Y puedo entender tu desesperación por recuperar a tu hermana, y el impacto que debe de haber supuesto descubrir que Murakama es tu hermano.
Takeshi estudia los gestos de su maestro, la inflexión de su voz, su mirada ladina, y la sombra de la sospecha se asienta con solidez.
Respira hondo y, con el control absoluto sobre sus emociones, desenvaina la catana, deleitándose en el temeroso desconcierto de su maestro.
Sabe que el gesto lo ha puesto en guardia, Hiroshi posa la mano en la vaina de su daishō y aguarda su próximo movimiento.
—No obstante —continúa obviando la aparente distracción de su antiguo discípulo—, has traicionado mi confianza ofreciendo un plan alternativo al que nosotros habíamos pactado.
Capturaste a Murakama para ofrecerme un rehén con el que negociar con el daimio; a cambio, yo te ofrecería a mi ejército para que asaltaras el castillo de Sunpu, donde tu hermana está presa. ¿Qué es lo que ha cambiado?
Takeshi permanece abstraído, con la mirada fija en la espiga de la espada, como si en el centelleo del filo se escondiera un enigma. Alza la vista con semblante imperturbable y le dedica una mirada penetrante.
—Han cambiado muchas cosas, demasiadas —pronuncia enigmático—. Entre ellas, tomar conciencia de la temeridad que supone asaltar un castillo bien guarnecido y las consecuencias que eso implica. Sunpu es inexpugnable, y lo sabes.
Hiroshi lo observa con gravedad.
—Será mejor que ambos tengamos claro lo que podemos esperar del otro. Como aliados, debemos seguir una misma directriz si aspiramos a cumplir los objetivos trazados.
—En ese punto estoy de acuerdo —comienza. Posa el sable sobre sus piernas cruzadas y alza la barbilla en una postura solemne—. Y, mientras aguardaba esta conversación, he barruntado algunas conjeturas sobre sucesos que se me pasaron por alto.
—¿Adónde demonios quieres llegar?
La impaciencia del hombre empieza a alterarlo, justo lo que Takeshi persigue.
—Quiero llegar al día en que aparecí aquí.
Hace una pausa intencionada y sondea la expresión del anciano.
—Aquel día Raiden había ido a la ciudad a comprar acero tamahagane , lo que evidencia que tu intención de forjar una espada samurái surgió antes de saber que yo aparecería.
También me resulta bastante curioso que tuvieras tan fresco el lema de mi familia.
.., lo que me lleva a suponer que esta espada no era para mí.
Envaina el sable con premeditada parsimonia e inspira hondamente. Cuando vuelve a posar los ojos sobre Hiroshi, comprueba complacido que está agitado.
—Eres un hombre muy perspicaz, Takeshi-sama, pero ¿eso qué demuestra?
—Demuestra que siempre has sabido la verdad.
Su ceño se acentúa y el puño que envuelve el mango de su sable se crispa.
—Llegados a este punto, mereces conocer la verdad —decide sin relajar su porte ni su rictus.
—Murakama es mi hermano mayor, primogénito de mi clan, y lo sabe desde que era un niño, por eso me considera un usurpador. No obstante, no tiene forma de probar que lleva sangre Mōri, con lo cual nunca podrá reclamar su derecho, pero tú le forjas una espada como si esa posibilidad existiera.
—Esa verdad te será revelada a su debido tiempo.
La sombra de una sonrisa descreída asoma a los labios de Takeshi.
—Otra cuestión que me embarga de curiosidad es por qué lo ayudas.
Bien parece que los kami os bendigan porque he aparecido en el momento más oportuno, ¿no es cierto?
Necesitabais un chivo expiatorio para llevar a cabo vuestros planes, o quizá mi llegada fue la que invocó el germen de la conjura.
Merezco saber la verdad, y merezco saberla ahora.
En sus últimas palabras ha impreso una imperante exigencia.
—Atachi Genji sedujo a tu madre. —Ese inicio presagia la primera grieta de su armazón.