Escena 24
Corazón cerrado
Liam bufa exasperado y pone los ojos en blanco.
—Me dan ganas de despeñarme por ese risco.
—Mientras no nos despeñe a nosotras —farfulla Rose divertida, guiñándole un ojo a Florence.
—No me tientes —gruñe Liam.
—¿Cómo dices que se llama esto? —pregunta Florence, con las mejillas sonrosadas por el ejercicio y un gesto disgustado.
—Suicidio —responde él.
La mujer sacude la mano y ríe entre dientes.
— Kenjutsu —barbota Rose, apoyándose en la larga vara que Liam ha limpiado de broza para el adiestramiento.
—Yo sigo pensando que sería más útil aprender a luchar con cuchillo —opina Margot, sentada sobre un tocón.
Todavía está convaleciente, su hombro requiere reposo y cicatrización. A su lado, envuelta en una capa de cañas, Molly contempla la instrucción con gesto ilusionado y ansioso.
—Entonces se llamaría «asesinato» —repone Liam con gesto crispado—. No estoy tan loco: con daros dos palos ya he cumplido con el cometido del día.
—No lo estamos haciendo tan mal —se queja Rose.
—Si lo quieres llamar «pelea», sí, pero lo que acabo de ver dista mucho de los movimientos que os he pedido que repitáis.
—El palo ese pesa mucho —rezonga Florence jadeante—. Además, estoy muy mayor para estos juegos absurdos.
—No son juegos —explica de nuevo Liam arrastrando las palabras en un alarde de paciencia—, son técnicas de defensa y ataque.
—Yo prefiero rendirme —aduce Florence—, cansa menos.
—Una última vez, ¿de acuerdo? —insiste Liam paciente—. Procurad repetir los katas con la mayor fidelidad posible, los ejecutaré lo más despacio que pueda.
Freddy y Daniel cortan leños para el fuego mientras contemplan la escena con semblantes divertidos.
Liam se posiciona con las piernas ligeramente abiertas y con una destreza experimentada traza movimientos oblicuos y circulares con el palo de bambú, adelantando uno de los extremos cuando plantea el ataque.
Margot no puede evitar rememorar la exhibición con que obsequiaron Liam y Takeshi a la duquesa Fitzwilliam en la mansión de Wentworth Woodhouse durante las celebraciones del inicio de la temporada.
Ya en aquel entonces se había sentido completamente subyugada por la virtuosidad de aquella disciplina.
Y en especial por la pericia y la técnica de la que Takeshi hizo gala venciendo a su oponente con una ejecución magistral.
El recuerdo ensombrece su rostro. El rechazo del hombre que ocupa sus pensamientos y su corazón pesa como una piedra en su pecho.
Ya no solo se trata del aguijón del despecho, del orgullo herido o de las expectativas derruidas, sino del gélido vacío que siente, como si un viento afilado le atravesara el alma.
Las mujeres se afanan por imitar las poses que Liam traza con tanta desenvoltura.
—No se trata de espantar moscas ni de atravesar una bandada de vencejos, Florence —alecciona él—.
Son golpes secos, precisos y firmes. —A continuación, observa a Rose y añade—: Tampoco es una danza.
.. Lo único que conseguirás con esos trazados suaves será que tu enemigo se siente a aplaudir, hasta puede que te ovacione, pero dudo que adivine que lo estás atacando.
—¿Tienes que ser tan desagradable?
—Me temo que sí. Continuemos.
Las mujeres se esfuerzan por seguir los consejos del instructor con más ahínco.
—Creo que Florence se va a desmayar —observa Molly.
La mujer suda copiosamente, tiene el rostro congestionado, pero en su mirada reluce la determinación.
—A mí me preocupa más que Rose la deje tuerta —opina Margot.
Está tan absorta en los movimientos de Liam que no presta atención a la peligrosa cercanía de Florence.
Concluye la clase con un último lance que proyecta enérgico hacia delante.
A Florence se le escapa la vara, rebota en un árbol y, de vuelta, la golpea en la frente.
Deja escapar un grito sorpresivo, da dos pasos atrás y se frota la frente. Mira con resentimiento a Liam y emite un gruñido dolorido.
—Ah, pues no, es capaz de dejarse tuerta a sí misma —murmura Margot.
Molly suelta una carcajada hasta que el ama le lanza una mirada amenazante.
—Será mejor que lo dejemos por hoy, no tengo fuerzas para cavar una tumba —rezonga Liam burlón.
—¿Estás bien, Florence?
—Ese condenado palo me odia.
—Tiene motivos —musita Liam entre dientes.
Rose le da un codazo, él la coge de la cintura y le besa la mejilla.
—Luchas igual que montas a caballo, pero te quiero de todos modos.
—¡Era una mula! —se defiende regalándole un ceño ofendido.
Esboza una sonrisa ante el recuerdo de su nefasta experiencia con la vieja Minnie en aquella cacería bajo la identidad de Sullivan.
Liam le guiña el ojo socarrón y recoge los palos de bambú.
Daniel se acerca a él con expresión comedida y cierto reparo.
—Nos gustaría aprender a luchar con espada.
El muchacho lo mira con timidez por debajo de su espeso flequillo cobrizo.
Liam asiente y los jóvenes se congratulan con gestos complacidos y miradas agradecidas.
—Espero sacar más partido de vosotros.
—Nos lo han puesto fácil —murmura Freddy.
Rose lo atraviesa con la mirada.
—Te he oído.
El muchacho enrojece y se encoge ligeramente.
Liam profiere una carcajada y sacude la cabeza.
—No sé si sobreviviré como maestro instructor, pero moriré con una sonrisa en los labios.
Vuelve al molino seguido de los muchachos mientras les imparte las primeras lecciones con una perorata que la brisa convierte en murmullo a medida que se alejan.
—Molly, acompáñame al río, necesito refrescarme —pide el ama.
La muchacha se pone en pie, la coge del brazo y le espeta:
—No le hagas caso al conde, lo has hecho muy bien; a decir verdad, podrías despejar toda la fronda de los alrededores con ese palo.
—También puedo hacerte callar con él.
La muchacha toma nota del aviso y se alejan hacia el arroyo que baja de las cumbres nevadas.
Rose aprovecha para sentarse en el tocón junto a Margot, abanicándose con la mano.
—¿Cómo estás?
Margot se encoge de hombros.
—Apenas me duele, si no fuerzo el hombro, claro —precisa con indolencia.
—No me refería a tu estado físico. Desde que se fue Takeshi, tienes cara de enterrador.
Coge una piedra y la hace girar entre los dedos con actitud ensimismada.
—Si mi cara es esa es porque estoy enterrando mi corazón.
Rose la rodea con un brazo y la acerca hacia sí. Margot apoya la cabeza en el hombro de su amiga.
—Intenta protegerte —musita—. Su situación es muy delicada, y, además, sé que se siente culpable por todos los infortunios que hemos vivido.
—Me ha dejado claro que nuestros destinos van por separado. Y he decidido apartarme para que cumpla con el suyo sin que yo resulte un lastre.
Rose se limita a asentir y a escuchar a su amiga.
Nadie mejor que ella sabe cómo se siente.
También se obligó a renunciar a sus sentimientos por Liam solo por conservar su libertad, luchó y, por fortuna, perdió.
En cualquier caso, el asunto que atiene a ellos dos es mucho más peliagudo y complejo.
La muerte acecha demasiado cerca y los lazos con el pasado esclavizan a Takeshi con argollas difíciles de romper.
Ahora debe pensar en el bienestar de Margot y, aunque le duela el corazón por un amor que ni siquiera pudo florecer como merecía, lo que más le conviene es poner distancia y regresar a Inglaterra a la menor ocasión.
—El destino es cruel y a menudo injusto —susurra reflexiva—, nos enfrenta a batallas para las que no nos da armas, pero de las que debemos extraer un aprendizaje.
—Lo único que he aprendido es a cerrar mi corazón y tirar la llave.
—Aquel que la merezca buceará para encontrarla.
Unos gritos horrorizados de mujeres las sobresaltan, proceden del río.