Consecuencias de retar a un conde Escena 23
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Escena 23

El trato

Prepara de nuevo su partida en solitario, con la tranquilidad de comprobar la notable mejoría de Molly y la recuperación de Margot.

Mientras pertrecha a su caballo, piensa en las gentes de Mine y se pregunta si Murakama sigue en poder de Hiroshi.

Pero lo que más ocupa su mente es en el motivo de su enconado odio hacia él.

Siempre creyó que su rivalidad se había conjurado desde la cuna, inculcada por sus antepasados y familiares vivos en forma de relatos a la luz de una fogata, donde se ensalzaba la heroicidad del pueblo ante la vileza del enemigo, para perpetuar de algún modo el enfrentamiento hasta conseguir la aniquilación del contrario como único resarcimiento posible por la sangre derramada.

Pero, a tenor de lo acontecido, el resentimiento de Murakama contra él manifiesta claramente un origen personal.

Bien es cierto que en alguna ocasión acudió la palabra «usurpador» a sus tribulaciones, pero, al no hallar un sentido justificado, el tiempo y crudeza de su vida la diluyeron en su memoria, relegándola a un rincón sombrío de su mente donde no incomodara.

Ahora, rescatada de esos confines nebulosos y utilizada contra Margot, tiene la certeza de que esa acusación encierra en sí misma la clave del origen de esa animadversión obsesiva.

Murakama cree que él le ha arrebatado de forma violenta una condición o propiedad que le pertenece por derecho.

Pero eso no es cierto, o al menos él no es conocedor de esa situación.

Absorto en sus cavilaciones, no se apercibe de la cercanía de Margot, que lo observa con mirada anhelante.

—No te atrevas a no regresar —murmura acercándose a él.

—Suena a amenaza.

—Lo es.

Ajusta las cinchas de la silla y coloca el bocado y las bridas con ademanes firmes pero delicados a un tiempo.

Le dedica una mirada oblicua y enarca una ceja, estirando solo una comisura de sus labios en un mohín travieso que a ella le resulta irresistiblemente seductor.

Lleva el lacio cabello suelto, tan solo recogido en la parte superior en una especie de moñete enhiesto constreñido en una cinta.

Se ha puesto de nuevo la impactante armadura de samurái y su aspecto, además de imponente, resulta atemorizador.

Todo un guerrero diestro y feroz que despierta en ella sus pasiones más desenfrenadas.

Lo desea, pero no como un reto ni para colmar un mero anhelo sexual; lo desea con una fuerza arrolladora, como si necesitara fundirse con él, en él, impregnándose de su más pura esencia, hasta formar parte de cada fibra de su ser.

Fija la vista en su hombro vendado y, cuando busca sus ojos, halla una mirada indescifrable en ellos.

—No te atrevas a dejarte cazar.

Margot asiente y le dedica una sonrisa luminosa.

—Suena a amenaza —repite sardónica.

—Yo no amenazo, yo actúo, y la próxima vez que te encuentre en problemas te llevarás una buena azotaina.

Margot ríe y se pierde en sus ojos un largo instante. Finalmente, presa de sus emociones, alza la barbilla, entreabre la boca y se humedece los labios.

La mirada sugerente y el gesto invitador ponen a prueba la férrea determinación del hombre.

Takeshi endurece la mandíbula y aparta la mirada para centrarse en equipar su montura.

Percibe la desilusión de la joven y se repite que hace lo correcto, enmudeciendo lo que su corazón clama.

—Veo que vuelves a decidir por mí, por lo que consideras que me conviene. No distas tanto de la tiranía de mi padre —acusa herida.

Ya se marcha cuando él la aferra por la muñeca y la obliga a mirarlo.

—Escúchame bien —su voz adquiere una inflexión acerada, su gesto se agrava—, no se trata de conveniencias, ni siquiera de protegerte; se trata de sentido común, de ser razonable, de sensatez.

Mi vida pende de un hilo, voy a enfrentarme a mi destino y a intentar cambiar el de mi hermana, no puedo permitirme distracciones.

Y no voy a tolerar que te vincules a un hombre que no tiene nada que ofrecerte.

Tú decide tu destino, ya eres libre para hacerlo, solo pretendo dejarte claro que no estoy en él.

Cuando acaba su descarnada exposición comprueba que Margot lucha por contener las lágrimas.

Su semblante se estira en un gesto de contención que amenaza con desmoronarse.

Takeshi tiene que aferrarse con denuedo a su autocontrol, manteniendo al margen las emociones.

Sabe que, si flaquea, el muro que ha construido enmascarando la verdadera intención de su empujón se derrumbará dejando entrever que su duro alegato no es más que la prueba irrefutable del profundo sentimiento que ya ha florecido en su pecho.

El dolor en los ojos de la mujer se le clava en el alma. Cuando la primera lágrima escapa de su prisión, el muro se resquebraja.

—Respetaré tu decisión —asume con voz quebrada—, todavía me queda algo de dignidad.

Se da la vuelta y se aleja sin mirar atrás. Si lo hubiera hecho, habría descubierto la amarga aflicción de un hombre que acaba de apuñalar dos corazones.

* * *

Comprueba que en las inmediaciones de las cuevas no hay caballos pastando en la ribera. No sabe si los refugiados continuarán morando en las profundidades de la montaña o si, como bien aconsejó, se encuentran ocultos en un lugar más seguro; lo que sí intuye es que Hiroshi y su leva están en Mine.

Se encamina hacia allí a galope tendido atravesando verdes páramos y valles ondulantes.

En su rauda cabalgada descarga la rabia que lo inunda, la frustración y el resentimiento hacia la condición con que el destino lo ha marcado.

Se plantea si siempre ha estado estigmatizado, quizá su desdicha haya estado predestinada desde el mismo momento de su nacimiento, como si tuviera que pagar con su vida las afrentas hechas por sus ancestros.

Se siente maldito, víctima de actos que no ha cometido, heredados injustamente, al igual que Akira, sus padres y sus tíos. Y solo hay un modo de romper tan infame legado: enfrentarse a él con todas las consecuencias.

Acaba de sacrificar la dicha del amor correspondido por estar dispuesto a entregar la vida, sin más anhelo que el de salvar a su hermana, desenterrar los secretos del pasado y devolver el honor mancillado de su clan. No puede permitirse fallar.

Una lluvia fina apacigua su ánimo y puntea los arrozales que salpican el valle.

Varios labriegos dejan su tarea para escrutar al jinete. Sabe que son los mismos que acompañaron a las huestes de Hiroshi en su ataque a Hagi, jóvenes aldeanos inexpertos con el único objetivo de engrosar un ejército. Eso le confirma que Hiroshi y sus hombres han regresado a Mine.

Alcanza el pueblo cuando la lluvia arrecia.

Se dirige al establo principal, las calles están desiertas.

Una pátina de lodo comienza a ablandar la tierra batida por la que transita.

Desmonta y abre los portones, acomoda a su caballo y descubre al resto de los corceles cómodamente guarecidos en sus cubículos.

Sale al exterior tras asegurar la cancela y camina hacia la cabaña de Hiroshi. En la entrada han apostado vigías, que se apartan al reconocerlo.

Desliza los fusuma y accede al salón, el fuego caldea el ambiente y la presencia de Murakama aviva las ascuas de su furia.

Hiroshi fija la vista en sus botas embarradas, haciéndolo sentir de nuevo el discípulo díscolo de años atrás. Se quita el calzado, lo deja en el porche y permanece de pie frente a ellos, que, sentados sobre cómodos cojines, degustan humeantes tazas de sake caliente y pastelillos de arroz.

—Compruebo a disgusto la amabilidad hacia un prisionero de tal envergadura y me pregunto dónde ha quedado tu resentimiento, Hiroshi-senséi.

Su maestro frunce los labios ante semejante impertinencia.

—Cuidar a nuestra mejor baza nos asegura una negociación más fructífera —responde sin ocultar su irritación.

En la mirada del anciano destella un brillo admonitorio.

Desliza la vista de Hiroshi a Murakama, este último lo contempla inmutable.

—Necesito hablar a solas con el prisionero. —Más que una petición, su entonación la convierte en una orden.

Parece evaluar sus palabras escudriñando su semblante, Takeshi sostiene su mirada y adquiere un rictus desafiante.

Se pone en pie y se enfrenta a él.

—Veo que tu pretensión se reduce a informarme.

—Mi conversación con él no modificará ningún punto de nuestro acuerdo, si es lo que te preocupa.

Hiroshi asiente sin ocultar un ápice su desconfianza.

Hace un gesto a Raiden, desliza la mirada sobre Jiro y Kimura, y se encamina a la puerta seguido por sus secuaces. Salen cerrando tras de sí.

Takeshi no se sienta, permanece inmóvil, eligiendo cuidadosamente sus próximas palabras sin apartar la vista del líder Genji, que lo observa expectante.

—Vengo a ofrecerte un trato —comienza.

El samurái lo escudriña con interés. Una mueca suspicaz se asienta en su rostro.

—Ya he cerrado uno con Hiroshi, a pesar de saber que no le permitirás cumplirlo.

Takeshi arruga el gesto ante la perspicacia del hombre.

—En tal caso, ¿por qué lo has aceptado?

—Porque sé que eres un hombre de honor y que no me sacrificarás como a un animal, sin darme la oportunidad de enfrentarme a ti en un combate justo.

Takeshi cierra los puños y aprieta la mandíbula.

—Tú lo hiciste con mi familia —sisea entre dientes—, los ejecutaste sin darles la oportunidad de luchar por sus vidas. Mi honor palidece ante las ansias de venganza.

Murakama guarda silencio. Su pose, a pesar de estar sentado en el suelo con las piernas cruzadas, es altiva y su mirada opaca. Esa capacidad de ocultar las emociones le confiere una oportuna ventaja.

—¿Qué me ofreces? —pregunta con cierto hastío.

—Mi vida a cambio de la de mi hermana.

El samurái lo inspecciona curioso.

—¿Qué te hace pensar que quiero tu muerte?

Aquello lo desconcierta, pero logra permanecer impasible.

—Si alguien usurpa algo que te pertenece, has de acabar con él para recuperarlo.

Esta vez sí ha logrado arrancarle una reacción. Murakama se envara, sus labios se convierten en una delgada línea que comienza a blanquearse.

—Ya encontré la manera de restituir lo que me pertenece por derecho.

—¿Y qué te pertenece por derecho?

Esgrime una sonrisa cínica y sacude la cabeza.

—El liderazgo del clan Mōri —responde atento a su reacción.

La revelación lo impacta, el asombro asoma a su rostro teñido de incredulidad.

—Solo un Mōri puede aspirar a él.

La expresión maliciosa de Murakama hiela sus venas. En la mirada del samurái reluce un brillo triunfal, su gesto relamido y su sonrisa burlona se le clavan en el pecho.

—Te has vuelto completamente loco —escupe con desprecio.

—Tanto como nuestra madre.

Eso lo golpea y lo desestabiliza. Niega con la cabeza y retrocede un paso. Desenvaina la wakizashi y lo apunta con ella.

Murakama extiende los brazos y expone su pecho.

—Atrévete —le espeta.

—¡Detente! —ordena Hiroshi desde la puerta.