Consecuencias de retar a un conde Escena 22
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Escena 22

La pipa de opio

Rose deja escapar un sollozo emocionado cuando la ve aparecer.

Se cubre el rostro con las manos con profunda afectación y corre hacia ella cuando desmonta ayudada por Takeshi.

La envuelve en sus brazos y llora abiertamente, liberando el miedo que la atenazaba.

Ambas se solazan en el reencuentro, prodigándose el cariño mutuo que se profesan.

—Como ves, resulta endiabladamente difícil librarte de mí.

Rose se enjuga las lágrimas y su semblante se ilumina con una sonrisa jovial.

—Ni yo lo permitiría. —Dibuja un fingido gesto reprobador y añade—: Le estás cogiendo demasiada afición a vivir aventuras por tu cuenta.

—Ten por seguro que pondré toda mi intención en reconducirme.

Florence aguarda su turno taconeando impaciente con los brazos en jarras.

—Rose, te ruego que no me arrebates la oportunidad de sermonearla como es debido.

Las jóvenes la miran y ella abre los brazos. Ambas acuden al abrazo y se funden con el ama, que, a pesar de su aparente entereza, no puede evitar entregarse al llanto.

El grupo se ha refugiado en un molino antiguo, medio derruido, junto a un arroyo de montaña, un lugar inhóspito y oculto entre la maleza, húmedo y sombrío, situado al amparo de un riscal, un escondrijo perfecto, mientras reponen fuerzas y ultiman planes.

En un rincón, descubre con honda preocupación a Molly sobre una esterilla y cubierta por una gruesa capa de cañas, demacrada y ojerosa.

—¿Cómo está?

Rose inspira profundamente y niega pesarosa con la cabeza.

—No mejora, se ha pasado toda la noche con náuseas, ya no sabemos qué darle —susurra discreta.

Su voz muere en un hilo abatido. Florence se refriega los ojos y oprime la mandíbula en un gesto obstinado que no aligera las arrugas que fruncen su ceño desazonado.

—Lo superará, es una muchacha fuerte —aduce procurando que la convicción que imprime a esas palabras alimente la esperanza a la que se aferra.

Margot se aproxima a su lecho y le posa la mano en la frente. Está ardiendo y perlada de gotas de sudor.

La muchacha abre los ojos. Tiene la mirada turbia y parece que le cuesta enfocar.

—Estás... viva, aunque no... lo parece —logra articular. Estira las comisuras de los labios en un gesto trémulo que muere antes de convertirse en sonrisa.

—Ahora sí que espantaría pretendientes, ¿eh, Molly?

Esta vez sí sonríe.

—Te... pondrás bien.

—Tú también, y tendrás que decidirte entre Freddy y el deshollinador.

—En realidad..., me gusta el conde —confiesa mirando a Rose, que le sonríe con ternura—. Hasta... robé una pipa para él... y... —Hace una pausa completamente extenuada, le pesan los párpados y su lividez se acrecienta—. Y quería dársela por si...

No termina la frase, su silencio sume a las mujeres en un punzante desasosiego.

—Se la darás cuando estés bien —replica Rose con cariño.

—Quiero... dársela ahora.

Señala su pequeño hatillo, donde guarda las ropas de marino y algunos utensilios que ha ido recogiendo.

Rose asiente y se encamina hacia él con el corazón encogido. Tiene un mal presentimiento respecto al estado de Molly. A pesar de la hidratación que recibe, la infusión de jengibre y el ungüento de trementina, la enfermedad la está consumiendo rápidamente.

Rebusca en el hatillo y se topa con una pipa más larga de lo habitual labrada en marfil con relieve de motivos vegetales. La cazoleta tiene un orificio más cerrado en la parte superior, como si le faltara una pieza.

Hace señas a Liam y a Takeshi, que conversan en una esquina algo más alejada. Y ambos se acercan prestos.

Les muestra la pipa y Takeshi deja escapar un silbido admirativo.

—Es una pipa de opio y, por su diseño y materiales, fue confeccionada para un gran señor.

La manipula para apreciar los exquisitos detalles y arruga la nariz al detectar un intenso aroma herbáceo.

—Al parecer, contiene una buena ración de opio.

—¿Para qué es este orificio en su parte superior?

—Para insertar una lámpara de aceite —explica—. Es necesario calentar el opio para que se vaporice.

—Pues la robó Molly del barco del holandés para regalársela a Liam.

El aludido enarca las cejas y la mira asombrado.

—Nunca deja de sorprenderme tu poder de seducción —ironiza Takeshi—. Voy a empezar a pasar menos tiempo contigo.

Rose le arrebata el artefacto a Takeshi y se encamina hacia Molly, seguida de los hombres.

Le ofrece la pipa a la muchacha, que, ayudada por Freddy, se ha incorporado ligeramente.

Sus rizos castaños se adhieren en guedejas húmedas contra sus mejillas, que han perdido la tersura y la redondez de antaño. Sus grandes ojos pardos de mirada febril adquieren un enternecedor brillo ilusionado cuando la toma entre sus manos. Prodiga a Liam una sonrisa timorata y se la entrega.

—Pensé que te... gustaría, y ellos tenían... muchas —musita.

Que precise descansar entre palabras porque le falte el resuello es un claro indicativo de una debilidad paulatina.

Liam toma el obsequio e inclina gentil la cabeza.

—Es preciosa, Molly, agradezco el detalle y valoro que te hayas expuesto a que te lanzaran por la borda para agasajarme.

La muchacha compone una mueca risueña y se reclina de nuevo. Freddy la acomoda lo mejor que puede.

Liam se arrodilla frente a ella, le toma la mano y le besa el dorso con sentida gentileza.

Se pone en pie tras una reverencia caballeresca y, cuando la muchacha cierra los ojos, la sonrisa que pende de sus labios se extingue. Un rictus afligido cubre su rostro, el mismo que al resto del grupo que la observa.

Liam admira la belleza de la pipa y la estudia interesado.

—Tengo entendido que el opio se ha prohibido en Oriente y por eso se ha convertido en una rentable mercancía de contrabando en Occidente —divaga.

—Así es, pero todavía quedan fumaderos de opio clandestinos en el mundo flotante de Edo.

—¿Mundo flotante? —inquiere Margot, reposando su magullado cuerpo en otra esterilla.

Los demás se sientan junto a ella en torno a la hoguera.

—Así se denomina a las actividades que se ofrecen en el barrio de Yoshiwara de la capital. Es un concepto hedonista de la vida más bohemia y libertina que se disfruta en ese distrito —aclara Takeshi—. La gente se entrega a la búsqueda de todo tipo de placeres, tanto terrenales como místicos.

—Entiendo —murmura Rose, imaginando las diversas actividades ilícitas que tendrán lugar allí.

—Y, siendo tan conocido, ¿las autoridades no los intervienen?

—No les interesa. Digamos que no solo se dejan seducir por sus encantos, también por el porcentaje de ganancias y favores que reciben a espaldas del shōgun .

—Supongo que el shōgun conoce los sobornos a sus funcionarios, pero decide ignorarlos —barrunta Margot.

—El shōgun está muy por encima de asuntos tan mundanos, aunque por supuesto los conoce y los permite. En Edo, y en especial en ese barrio, se ha creado un entramado de espías que obtienen información muy jugosa de señores poderosos que utiliza convenientemente en su beneficio.

—Y la información es poder —recalca Margot.

—Absolutamente —confirma Takeshi.

A Rose se le atraviesa un recuerdo, un fragmento leído en otro de los tratados médicos de su padre sobre un químico alemán llamado Friedrich Serturner, que consiguió aislar el principal elemento del opio en su forma pura y que llamó «morfina», un descubrimiento reciente que había despertado cierta controversia en la comunidad médica.

A tenor de ese artículo resuenan en ella lecturas relacionadas sobre las diversas propiedades del opio.

Una idea comienza a tomar forma en su mente.

—¿Hay algún modo de conseguir que Molly disfrute de esa pipa?

—¿Te has vuelto loca? —increpa Florence desconcertada.

—Necesitaríamos una lámpara o algo similar del tamaño adecuado para quemar el opio y conseguir los vapores —responde Takeshi.

—¿Podrías confeccionar una?

—Podría adaptar algo que encaje en la pipa, necesito pensar qué.

Florence los mira alternativamente, como si ambos hubieran perdido el juicio.

—Drogarla no la curará —alega discordante.

—No solo se trata de aliviar su dolor —expone reflexiva—, Molly adolece de una enfermedad que anida en sus tripas y las inflama, lo que provoca retortijones agudos muy dolorosos y vómitos implacables.

Ella apenas expulsa ya restos de bilis y sangre.

Si no conseguimos que la inflamación disminuya, sus intestinos terminarán reventando y eso.

.. os aseguro que tiene un desenlace fatal.

El opio desinflama y baja la fiebre, además de mitigar el dolor.

No sé si funcionará, pero no tenemos alternativa.

Sostiene la mirada de todos; a pesar de sus reservas, no encuentra más oposición.

—No perdamos más tiempo.

Takeshi y Liam buscan elementos que puedan servirles. Finalmente se deciden por un pequeño cuenco de madera. En el fondo, con la punta de un puñal, Takeshi excava una pequeña perforación circular que coincida con el orificio de la pipeta. Una vez satisfecho, lo encaja en la pipa y asiente conforme.

—¿Tenemos aceite de trementina?

Rose le acerca un pote donde lo almacena.

—Antes debo añadir agua al depósito donde está el opio.

Liam coge el odre de agua y se lo ofrece.

Desencaja el cuenco, vierte el agua, coloca el cuenco de nuevo y lo unta de aceite. Acto seguido introduce yesca en el interior. Coge una rama, la acerca al fuego y, cuando la llama besa el extremo y se acomoda en su nuevo hogar, la introduce en el cuenco.

Prende con júbilo y Takeshi sonríe complacido.

Cubre el cuenco con una hoja grande y se acerca la boquilla a los labios. Aguarda un instante e inhala profundamente. Se aparta y exhala un humo blanquecino.

—Funciona.