Escena 21
Dormiré a tu lado
El olor de la hoguera penetra en sus fosas nasales acompañado del suculento aroma de la carne asada.
Se sobresalta ante el recuerdo de su secuestro y su primer impulso es alejarse.
Las sombras de la noche acechan el resplandor del fuego.
Se encuentran en un claro junto a un arroyo, al amparo de un bambusal.
—Estás a salvo, Margot.
Parpadea confusa y enfoca la vista con el pulso latiendo en su sien. La profunda voz del hombre despeja las tinieblas de su mente incluso antes de reconocer sus facciones.
Mira a su alrededor aturdida, todavía presa del miedo. Descubre que está envuelta en una gruesa manta y han limpiado su piel y curado sus heridas. Una mano se apoya con ternura en su hombro con ademán tranquilizador.
—¿Y esos... hombres? —pregunta amilanada.
—Maté a tres, el que te llevaba a lomos de su caballo escapó —musita impertérrito.
Margot cierra los ojos, furtivas lágrimas escapan de sus comisuras.
Takeshi atiza el fuego con una rama enhiesta. Tras avivar las llamas y girar la presa que está cocinando, se acerca a ella y la abraza en silencio. Sabe que necesita liberar el miedo y la desesperación sufridas y la acuna con mimo.
—Todo está bien, no permitiré que nadie más te haga daño.
Ella se arrebuja contra él y se deja consolar. Anhelaba tanto su calor, su olor y su presencia que el tormento sufrido comienza a desgajarse en porciones digeribles.
—Te vendría bien intentar comer algo —musita él—. Japón te está ganando la partida.
Ella sonríe ante el curioso eufemismo de su situación.
—Lo que me sorprende es que haya gente viva en Japón —bromea.
—Y a mí, que una damisela inglesa sea tan dura y valiente.
—Nunca he sido muy damisela.
—Eres demasiado alta para serlo.
Margot sonríe y, ante esa bendita distensión, su estómago le recuerda que precisa de alimento.
—Creo que me animaré a cenar.
Takeshi asiente y se aparta de ella. De nuevo, esa sensación de desamparo y frío la embarga ante la distancia del hombre. Mientras separa un muslo de liebre de la presa que sigue ensartada, ella hace balance de su estado palpando los vendajes.
—¿Cómo te sientes?
—Como si todos los carruajes de Oxford Street me hubieran pasado por encima.
—Bueno, te ha pasado por encima un oso, un río bravo y unos bandoleros... Yo creo que en Oxford Street no hay tantos carruajes para igualarlo.
Margot ríe y ese simple gesto despierta estallidos de dolor en lugares diversos de manera simultánea. Gime y se encoge.
—¿Podrías, si eres tan amable, reservar el sarcasmo para cuando no crea morirme?
—Podría, pero, al ser algo innato, me costará.
Margot lucha contra otra carcajada y lo observa ceñuda.
La mira de soslayo y sonríe. Le ofrece la porción de carne y le acerca un odre con sake a los labios y ella bebe con cuidado.
—Tengo otro con agua, pero el alcohol te ayudará a dormir mejor y embotará al menos temporalmente el dolor. No tengo otra cosa para aliviarte.
Mordisquea el muslo y le sabe a gloria.
—Estaba harta de arroz, pescado seco y algas —confiesa.
—Ese menú es de viaje, espero poder ofrecerte uno más completo y elaborado.
—Ya lo hiciste —le recuerda—, y seguro que el tabernero seguirá contando esa anécdota a sus clientes.
—Lo llamaste comida para peces, pero, aunque encubriste tu disfrute para fastidiarme, sé que lo hiciste.
—Esos bollitos rellenos de carne y la sopa de miso no estaban mal —reconoce.
—Los nikuman requieren de una vaporera de bambú, como otros muchos platos. Si hay ocasión, te agasajaré con otro festín.
—Ahora mismo me comería una ballena.
—En el puerto de Osaka las cocinan en las cantinas.
Margot alza las cejas sorprendida y lo mira boquiabierta.
—¿Para qué creías que las cazaban?
—¿Para hacer aceite?
—También, pero esas toneladas de carne alimentan a todo un pueblo.
—Es un animal tan magnífico que...
—Tan magnífico como el tiburón, y hacemos un delicioso guiso con él.
—¿Hay algo que no comáis?
—Inglesas curiosas, de momento.
Enarca una ceja y le guiña un ojo.
—Termina la cena y procura dormir, mañana nos aguarda un largo día de viaje —concluye dando buena cuenta del resto de la pieza.
—Dormiría mejor si te tendieras a mi lado.
Aquella petición la sonroja, pero sostiene su mirada con decisión.
—Dormiré a tu lado —accede—, no quiero que te conviertas en la cena de nadie más.
Se tumba tras ella y extiende la manta para cubrirlos a ambos. La envuelve con los brazos y mira con fijeza las llamas ondeando en la noche. La fumarola que desprenden se enrosca en un rizo ascendente esparciendo pavesas incandescentes en la noche.
—Gracias —pronuncia Margot en un susurro somnoliento.
—No las merece, el favor me lo he hecho a mí.
Con aquella frase enigmática, entra en un sopor reparador.
* * *
Takeshi cabalga despacio con Margot sentada delante de él. Evita el galope para no acentuar el dolor de sus heridas. Le ha dispuesto la manta con cordeles atados a la cintura, porque su kimono está rasgado en varios puntos y apenas cubre su desnudez.
—¿Cómo sabías dónde podrías encontrarme?
—Averiguando qué te pasó.
—¿Y has averiguado por qué lo hizo?
—Puedo suponerlo: esa mujer no es más que un esbirro de Murakama, una espía infiltrada en Mine.
Margot vuelve el rostro hacia él.
—¿Y qué gana Murakama acabando conmigo?
—Es lo que no entiendo y lo que pienso aclarar. Solo estoy seguro de que él está implicado en la ofensa que te gritó la mujer en el bosque antes de lanzarte la piedra.
—¿Y qué significa esa palabra?
—«Usurpadora.» Eso mismo me gritó a mí en una pelea cuando éramos muchachos.
Le he dado muchas vueltas desde entonces sin encontrarle sentido.
Cuando intentaste reproducirla, no supe encajarla debidamente y no le presté la suficiente atención.
Me vino a la mente cuando escoltaba a Murakama hacia las cuevas.
El resto son conjeturas a falta de constataciones.
—Es como si tú le hubieras arrebatado algo y él se haya vengado en consonancia, con esa conspiración contra ti.
—Se convirtió en samurái, al igual que yo. Ocupó en su clan un puesto de relevancia, su padre murió en una reyerta en los arrozales de Kampai y él heredó el liderazgo. No le he arrebatado nada, él me lo ha arrebatado todo. —Hace una pausa, clava la mirada en ella y matiza—: Bueno, casi todo.
Margot se pierde en sus ojos almendrados y siente el impulso de acariciar su mentón, pero se contiene.
—Sin duda hay algo que desconoces y de lo que te cree responsable —sentencia convencida.
—Lo descubriré, pero sea lo que sea, no lo librará de la muerte.
—Antes tendrás que capturarlo.
—Ya lo hice, sin saber que era lo que él esperaba que hiciera.
Le clava una mirada consternada que agranda más sus expresivos ojos occidentales.
Takeshi le narra todo lo acontecido desde que se fueron y el pacto al que han llegado con Hiroshi.
—¿Y te fías de Hiroshi?
Aquellas palabras, que se disuelven en el fresco aire de la mañana, aguijonean la desconfianza que ha empezado a germinar en su interior.
—Para ser honesto, no. Él ha emprendido una cruzada que acabará en desastre, y creo que lo sabe, pero al menos tendrá la excusa que necesita para cobrarse su venganza.
—¿A costa de la vida de todo un pueblo?
—A ellos ya los mata el hambre, los abusos y la impotencia. Saber que luchan por una causa justa, por una vida mejor para sus hijos, les da un motivo para vivir, aunque ese motivo los conduzca a la muerte.
Margot compone un gesto apenado y asiente. Vuelve a mirar al frente y se recuesta sobre su pecho con una placidez que lo contagia. Se siente tan cómodo junto a ella, tan pleno, tan dichoso, que sabe que precisará de mucha voluntad para dejarla marchar.