Consecuencias de retar a un conde Escena 20
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Escena 20

Una luciérnaga hipnótica

Takeshi recorre a caballo la ribera del río, que se muestra esquivo, ocultando su cauce tras barrancos montañosos de piedra caliza. En realidad, es un afluente ramificado que atraviesa las cuevas y emerge al exterior en parajes de difícil acceso.

No ha permitido que Liam lo acompañe, la presencia de los jóvenes grumetes es meramente disuasoria y, a tenor de los peligros que enfrentan la figura de un guerrero curtido en combates y conocedor del idioma y las costumbres como Liam, resulta esencial.

Bordea las altas cañadas inspeccionando accesos poco visibles que oculten un valle o una ladera donde remanse el río.

En su rastreo descubre hierba pisoteada que conduce a un sendero de tierra batida repleta de huellas de cascos.

Lo sigue hasta adentrarse en una explanada que cobija un bosquecillo de tilos.

Oye el rumor del río antes de verlo. Conduce la montura hacia el litoral y desmonta.

Junto a las raíces flotantes de un árbol añoso, un lodazal revela el rastro de un cuerpo tendido y las huellas marcadas de cómo se ha arrastrado.

Continúa su inspección siguiendo los juncos quebrados hasta la sombra de un gran tilo.

Rastros secos de lodo se diseminan cuarteados sobre el lecho boscoso, evidenciando que la persona que emergió del río se derrumbó ahí.

Su pecho se constriñe esperanzado ante la certeza de que Margot ha sobrevivido a los rápidos, y al tiempo se estremece angustiado ante el rastro de sangre que tiñe los brotes hendidos.

Pero lo que más le preocupa son las huellas de pisadas de botas de alrededor.

Las sigue hasta una hoguera humeante y comprueba que acaba de ser apagada. Posa la vista en un charco de agua embarrada y en su mente se empieza a configurar lo acontecido.

Impulsado por la urgencia, corre hacia su montura y la espolea con vehemencia.

Persigue las huellas con todo el sigilo que puede hasta que oye relinchos de caballo y rumor de voces. Se oculta entre altos matorrales y atisba al grupo de jinetes. Son cuatro y, por sus vestiduras y sus armas, averigua que son rōnin .

Por lo general, cuando el señor feudal caía en desgracia y perdía su título y sus propiedades, el código bushidō dictaba que, antes de rendirse y entregarse al enemigo, tanto él como los samuráis a su cargo debían sacrificarse practicándose el seppuku , que no era otra cosa que un suicidio ritual en el cual se abrían el vientre con un tantō .

Si no se acogían a esa norma, se convertían en guerreros deshonrados sin señor, ni residencia, ni estipendio asignado.

Un vil mercenario que vendía su espada al mejor postor para sobrevivir.

Sin códigos éticos ni lealtades, se convertían en herramientas al servicio de la guerra de los señores feudales, en sicarios o en refuerzo de los dōshin , los agentes locales de justicia de cada provincia, naturalmente a cambio de un jornal.

Su caída en desgracia solía forjar en ellos un talante pendenciero con que atemorizaban a los aldeanos.

Desde la distancia que los separa, vislumbra al que parece ser el líder, en la silla de montar; delante de él, un cuerpo se derrenga contra el cuello del animal.

Los brazos del guerrero, en torno a él, evitan que se desplome.

El corazón le da un vuelco al ver el largo y apelmazado cabello de Margot desparramado sobre las crines del rocín.

Debe planificar minuciosamente el ataque si quiere tener alguna oportunidad de vencer a cuatro contendientes.

Distingue dos vainas pendiendo del cinto del líder, pero los otros tres, a simple vista, solo van pertrechados con arcos.

La formación del destacamento puede suponerle una ventaja, pues cabalgan en fila de uno.

El sendero es angosto y la espesura los hostiga desde sus lindes, a menudo obstruyendo el avance.

Debe acercarse lo suficiente para no errar el lance.

Desenvaina el tantō y lo sujeta por el filo a la altura de los ojos.

Entrecierra un párpado y calcula la distancia.

El objetivo lleva un moño alto y su nuca pálida parece resplandecer entre el verdor que lo rodea.

Sabe que al caer del caballo el penúltimo de la hilera se girará.

Retira la funda del otro puñal e inspira hondo, sabe que la rapidez y la puntería serán cruciales.

A los otros dos puede enfrentarlos en combate abierto.

Aguarda hasta alcanzar un tramo más despejado, apunta concentrado y arroja el puñal con el ímpetu calculado.

Hasta él llega el gemido del hombre. La hoja le ha atravesado la garganta.

Se desploma inerte y el caballo relincha asustado.

Tal como había supuesto, el guerrero que va delante se gira alarmado, aquello le ofrece una diana inmejorable.

Lanza la segunda daga hacia el pecho, el filo se hunde en el centro de este, levemente a la izquierda, donde se encuentra el corazón.

Cae fulminado. Para entonces, el segundo hombre y el líder ya están en posición de guardia, intentando controlar la agitación de sus monturas.

Takeshi no vacila.

Sacude enérgico las riendas, libera un grito de guerra y se impele contra ellos. La senda, flanqueada por robustos álamos, no permite que el líder acuda en auxilio de su compañero y decide abandonarlo. Takeshi no contaba con eso.

Con la wakizashi en alto, se enfrenta al rōnin que lo encara. Los caballos de los abatidos logran infiltrarse en la espesura huyendo de la contienda.

Lo embiste con un lance en diagonal que el contrincante esquiva diestro, inclinando el cuerpo, maniobra esperada por Takeshi, que se apresta a cortar las cinchas que fijan la silla al lomo del animal.

El guerrero cae a plomo al suelo, el animal se espanta y galopa alocado.

Takeshi se inclina para enarbolar el golpe letal en un ágil movimiento descendente.

Un tajo se abre en el pecho del hombre al intentar ponerse en pie.

Su mirada desorbitada y su gesto incrédulo acompañan los estertores de su muerte.

Sin pérdida de tiempo, azuza a su montura e inicia la persecución del líder.

Avista la grupa blanca del corcel y espolea con más vigor para acortar la distancia.

Desembocan en un altiplano despejado y Takeshi aumenta el ritmo inclinándose sobre su montura.

Atraviesa la llanura como una centella y se pone a la altura del rōnin.

Desenvaina para enarbolar un ataque, y en ese instante el hombre empuja a Margot hacia él.

Tira de las riendas para apartarse y que ella no acabe coceada por el animal.

Detiene al caballo y descabalga de un salto.

Corre hacia ella mientras el rōnin se pierde en el horizonte, cae de rodillas junto a ella y le da la vuelta.

Está inconsciente. No sabe si ya lo estaba o lo ha provocado la caída, pero está viva.

Se deja arrastrar por la necesidad de abrazarla, de ceñirla contra su pecho, de acariciar su rostro y besar su frente.

Siente tal alivio que el nudo que atenazaba su garganta desde que supo de su desaparición comienza a desatarse.

El maltrecho aspecto que luce lo conmociona.

La escruta con ojo avezado y descubre que la herida reabierta en su hombro y un tajo profundo en el muslo son las que requieren una atención inmediata.

Precisa sutura, pero él no dispone de los utensilios necesarios para ello.

Rasga los faldones de su haori y divide la tela en dos porciones.

Venda el hombro ejerciendo la presión necesaria para detener la hemorragia y repite la operación en la pierna.

Revisa de nuevo su cuerpo en busca de más heridas; tiene magulladuras, arañazos y moratones casi por todas partes.

Se le parte el alma al verla en tan lamentable estado.

Cierra los ojos y se permite fustigarse con una culpabilidad sin fundamento.

No tiene con quién descargar la rabia que siente, así que la vuelca sobre él.

Evoca a esa Margot elegante, altiva e incisiva, atravesando los fastuosos salones de baile de la mansión de los Fitzwilliam con ese porte distinguido, esa mirada retadora y ese carácter espinoso, y lamenta el día en que interfirió en su mundo.

Lo que ahora acuna entre sus brazos dista mucho de esa Margot y, sin embargo, la admiración que despertaba en cada uno de sus encuentros palidece en comparación con la que ahora le desborda el pecho.

Ya intuía que era una mujer con arrojo, indómita y pertinaz, pero jamás imaginó que tuviera esa fortaleza de espíritu y esa entereza ante la adversidad, mucho menos procediendo de un mundo tan privilegiado y civilizado.

Era diferente, y aquella singularidad la había convertido en una luciérnaga hipnótica para él.

Su ingenio y su mordacidad lo acicateaban y lo divertían a un tiempo; cuando quiso darse cuenta de que su interés comenzaba a trocarse en sentimientos inquietantes se convenció de que la distancia sería el mejor remedio para ese mal que ya lo aquejaba.

La cubre de besos y la estrecha de nuevo contra sí.

No desfallecerá hasta ponerla a salvo y, por mucho que la pasión que ha nacido entre ellos ponga a prueba su voluntad, se jura en ese instante que la meterá en el primer barco que encuentre rumbo a Inglaterra.