Escena 19
El aguijón de la inocencia
La rabiosa corriente la vapulea, espumosa y enloquecida, arrastrándola río abajo.
Gracias al abundante caudal, los remolinos la envuelven y la tragan sin aplastarla contra el fondo pedregoso.
Apenas logra asomar el rostro para aspirar bocanadas de aire, y, cuando lo hace, el terror a impactar contra las rocas que vislumbra la paraliza.
Sabe que, si lo hace, la piedra quebrantará sus huesos como si fueran cáscaras de huevos.
En una de las volteretas siente una quemazón en el muslo; cuando se sumerge de nuevo descubre, en mitad de la vorágine de burbujas, una brecha sangrante.
El infierno azul que la azota parece perder ímpetu en un tramo más abierto, más adelante el río se adentra en una cueva, perdiéndose en la lóbrega oscuridad de sus confines.
Necesita aferrarse a lo que sea si quiere tener alguna oportunidad de sobrevivir.
Bracea hacia un remanso a pesar de que el dolor en el hombro herido resulta insoportable.
Patalea y lucha contra la voracidad de la corriente sumida en una angustiosa desesperación.
Filamentos resbaladizos se enredan entre sus piernas y la extenuación comienza a mellar sus fuerzas.
Logra alcanzar una piedra más cercana a la orilla y se abraza a ella, jadeante y exangüe.
Sabe que está al borde del desvanecimiento, acumula hasta la última brizna de energía y voluntad para impulsarse hacia la orilla.
Nada con denuedo y, a pesar de que el flujo la acerca peligrosamente a la boca de la cueva, logra aproximarse a la orilla, impelida por un hálito de esperanza.
Un entramado de raíces sedientas se convierte en su objetivo, aumenta el ritmo de sus brazadas, bordea un remolino y siente como si unas manos invisibles pero enérgicas se enlazaran a sus tobillos para anclarla al fondo.
Se revuelve contra esa garra líquida hasta conseguir dejarla atrás.
Logra aferrarse a una de las gruesas raíces pilosas y se impele hacia la orilla.
Se arrastra hacia un vado cenagoso y allí se estanca, completamente desfallecida.
La inconsciencia la arrastra a un mundo de pesadillas.
* * *
Entreabre los ojos, siente el rostro acartonado, la boca reseca y la visión borrosa.
El fango del lecho del río se apelmaza en su piel, impregnando de humedad cada fibra de su ser.
Siente un frío intenso, un irritante escozor latiendo en sus magulladuras y un dolor punzante clavando los colmillos en su hombro.
Las tres brechas provocadas por el oso, que ya habían formado una protectora costra, vuelven a sangrar.
Los profundos y oscuros surcos están rebozados en un pegajoso limo.
Su instinto le dice que debe salir de ahí y entrar en calor como sea. Le castañetean los dientes y su cuerpo se convulsiona con temblores violentos. Hace acopio de fuerzas y se arrastra boca abajo hasta los delgados filamentos de jóvenes juncos que pueblan la ribera.
Se abre paso entre la tupida vegetación y llega a un claro bordeado de espinos y zarzas.
Intenta ponerse en pie, pero las rodillas le flaquean.
El cabello le cuelga en mechones apelmazados sobre la cara, siente las pestañas terrosas y los labios cuarteados, la piel le tira y los músculos aúllan de dolor.
Tras varios intentos logra ponerse de rodillas, el esfuerzo la deja jadeante. Mira en derredor inspeccionando el entorno, busca utensilios para encender un fuego. Su prioridad es entrar en calor.
La tarde comienza a declinar y la temperatura baja considerablemente.
Atisba sobre los altos tallos de enea un páramo de tilos donde poder resguardarse.
Se afana por ignorar el dolor y el cansancio y se pone en pie, trastabillante arranca las puntas secas de los arbustos filosos y elige dos piedras de aristas afiladas.
Va recogiendo ramas delgadas, hierbajos secos y hojarasca y se encamina hacia la primera hilera de árboles.
Se sienta, apoya la espalda en el tronco y aguarda un instante para recuperar el resuello.
Deposita lo que ha recogido frente a ella y forma un bolo con la yesca.
Inspira hondo y sujeta una piedra en cada mano.
Lo ha visto hacer varias veces, y, aunque le pareció fácil, sabe que no lo es.
Guiada por el sentido común, apoya la piedra más grande sobre el bolo y con la pequeña comienza la fricción con golpes secos.
Tras varios impactos no consigue prender ni una chispa, supone que la inclinación y el ángulo son decisivos, así que prueba varias posiciones hasta que la frustración la hace gritar furiosa y lanza la piedra lejos.
Se arrebuja de costado en el lecho del bosque junto a ese gran tilo y se frota los brazos para imprimirse algo de calor.
Siente cómo el barro comienza a secarse en una capa agrietada sobre el algodón de su maltrecho kimono y su piel.
Quizá esa película reseca la aísle del relente de la noche, piensa entre tiritones.
Invoca al sueño y ruega por que la salve del tormento físico que está sufriendo.
Cierra los ojos y se deja llevar a un mundo onírico donde la acechan criaturas abominables.
* * *
El sonido de los cascos de los caballos se infiltra en la bruma de sus desvaríos, disipándola. Abre los ojos y se incorpora lo suficiente para descubrir a un grupo de jinetes que parecen elegir un lugar donde acampar.
Intenta recordar el blasón de los Genji, pero le es imposible.
Vacila entre pedir ayuda o permanecer invisible entre la hierba alta que rodea el tilo.
Ambas opciones implican un riesgo mortal.
Decide continuar oculta a tenor de la hostilidad que los lugareños sienten hacia los gaijin y de la situación delicada en la que estarán Takeshi y Liam.
La brisa matinal se perfuma con el aroma de la madera quemada y de la carne asada, sus tripas gruñen hambrientas y su ánimo se abate preso de la impotencia.
Oye el rumor de conversaciones distendidas y risotadas burdas.
Se siente tentada de revelar su presencia y lamenta no entender ni una palabra de lo que dicen.
Pero en sus conversaciones encuentra el consuelo de recordar a Takeshi hablando su idioma, y aquel nimio solaz la reconforta.
Cierra de nuevo los ojos y evoca el calor que transmite su cuerpo, la protección de su abrazo, la intensidad de su mirada.
Y, centrada en esos pensamientos, logra sofocar momentáneamente las penurias que la hostigan.
Ahora está sola, malherida y perdida en un bosque, y únicamente se tiene a sí misma.
Estira los labios en una sonrisa condescendiente, cargada de desprecio por lo que ella consideraba dificultades en su antigua vida.
Cuando vives cómodamente, cuando la seguridad y el bienestar se consideran dones de cuna, tus inquietudes y preocupaciones se limitan a una ofensa en el trato, el celo de tu reputación, una mirada indiscreta o un matrimonio sin amor.
Desde una perspectiva privilegiada, ignorante de los verdaderos sufrimientos, pierdes el contacto con la realidad y crees que tus problemas son importantes, incluso vitales, que tus objetivos son heroicos y que tu cruzada para ser feliz es loable.
Hasta que descubres el otro lado, la vida más amarga y dura con que el destino condena a otros seres.
Cuando la supervivencia se convierte en una rutina diaria y la muerte acecha en cada rincón, la superficialidad perece bajo el pisotón de una realidad cruenta que se mofa de cada uno de tus intentos por escapar del infortunio.
Siente vergüenza e incluso culpabilidad por cada una de sus quejas sobre un vestido, una imposición o hasta el tedio.
La frivolidad de su pasado, la trivialidad y las menudencias que tanto la angustiaban resuenan ahora como carcajadas burlonas en su mente.
Ella, que se creía reaccionaria por oponerse a un casamiento impuesto y se alzaba contra los convencionalismos sociales, se estremece ante el bofetón que su propia rebeldía le ha estampado en la cara.
Quería escapar de una vida encorsetada y ahora se encuentra luchando por seguir respirando.
El aguijón de la inocencia más soberbia, de la ingenuidad más exasperante y del egoísmo más acerbo se suman a los muchos dolores que, implacables, la azotan encogida en ese escondrijo húmedo y sombrío bajo la inmensidad de un árbol centenario.
Se visualiza desde fuera y se imagina como una apología ilustrada de la estupidez más supina.
Incluso hace unos días, en su disertación con Rose, se reafirmaba en su decisión, carente de arrepentimiento.
La frase pronunciada resuena en su cabeza como una burla a su situación: «Prefiero arriesgar la vida a perderla en una existencia impuesta y vacía».
Y ahí está la respuesta del destino: si es lo que prefieres, lo tendrás.
Qué vacuas y valientes son las palabras pronunciadas con alegatos sacados de panfletos revolucionarios al más puro estilo de Olympe de Gouges cuando ignoras realmente la proclama que tanto ansías.
Inmersa en sus tribulaciones, no oye las pisadas que se le acercan, ni es consciente de que ha estado tiritando y gimoteando, despertando así la atención del grupo sobre su ubicación.
Se sobresalta al descubrir una figura amedrentadora inclinada sobre ella. Un rostro masculino la escruta curioso, alerta a sus compañeros y, al punto, aparecen varios rostros con ceños asombrados.
Se encoge sobre sí misma y eleva internamente todas las plegarias que conoce.
Desconoce el significado de las palabras que intercambian, pero sí percibe en el tono y en las inflexiones un preocupante deje de regocijo.
Intenta revolverse cuando unos brazos la alzan, despertando en los hombres unas carcajadas toscas. La conducen hacia el campamento y la depositan en el suelo.
El que parece el líder la inspecciona con semblante concentrado, evaluando su deplorable estado físico y quizá analizando qué hacer con ella.
Muestra especial atención en la sucia herida del hombro y, tras reflexionar un instante, vocifera una orden.
Lo siguiente que nota es un balde de agua sobre ella que siente como cuchillas en la piel.