Consecuencias de retar a un conde Escena 18
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Escena 18

La dueña de la cinta

Tras una jornada de dura travesía, llegan a Akiyoshi. Apenas se han detenido para descansar, impelidos por el pellizco del miedo.

La boca de la gruta se le antoja las fauces dentudas de una criatura sobrenatural. A pesar de haberlas atravesado en muchas ocasiones, es la primera vez que a Takeshi lo recorre un escalofrío.

Dejan a los caballos pastando tranquilamente y confeccionan un par de antorchas que untan en resina. Las prenden y se introducen en las profundidades de la montaña a través del puente cubierto que cruza sobre el río.

Sigue las directrices trazadas en su mapa mental y avanza con paso firme y raudo.

Liam lo sigue en completo silencio, tan solo el gorgoteo que exuda la roca y el eco de sus pasos los acompañan.

En la siguiente encrucijada se abren varios túneles, cuenta el tercero desde la derecha y lo enfila con determinación.

Esta vez lo transita a la carrera. La sensación de urgencia se agudiza a medida que avanza. Hasta ellos comienza a llegar un rumor sofocado de voces.

Acelera el ritmo y desembocan al fondo de la caverna donde se perdió de niño, el lugar escogido como refugio.

Descubre a las mujeres alteradas maniobrando una cuerda y a los soldados de Hiroshi intentando calmarlas.

Cuando Rose los ve, gime llorosa y se lanza a los brazos de Liam.

—¿Qué está pasando?

—No encontramos a Margot —revela entre sollozos—. Estábamos dormidas y cuando despertamos no había ni rastro de ella.

Takeshi siente una opresión en el pecho. El temor se convierte en una serpiente resbaladiza y viscosa que se arrastra por su espina dorsal. Se estremece y mira consternado a su alrededor. Se abalanza sobre Raiden, que aguarda unos pasos más atrás, y lo aferra por la pechera del kimono.

—Nos quedamos dormidos —se defiende—. Y cuando despertamos ella ya no estaba. Puede que haya intentado salir a buscar más raíz de jengibre.

—¿Por qué diablos haría algo así?

—Molly enfermó de disentería —aclara Rose—. Pero Margot jamás se alejaría sin avisarnos y consultarlo.

—¿Falta alguien más? —pregunta Liam. Su mirada de acero adquiere un brillo letal.

—No —responde Raiden—, solo ella.

—¿Habéis buscado bien por esta sala?

Derraman la mirada por la caverna en busca de escondrijos donde Margot quizá se encuentre dormida o desvanecida.

—Sí, no hemos dejado una piedra sin inspeccionar —murmura Florence cogitabunda.

—Solo hay dos posibles salidas.

Fija la vista en la cuerda que estaba anudando Rose a su cintura y adivina qué iba a hacer.

—Es más plausible que haya salido por la brecha —murmura Liam.

—O que la hayan sacado —plantea Rose con voz quebrada.

—Creo que todos estamos de acuerdo en que ella no ha salido de manera voluntaria —concuerda Takeshi, que siente una bola de fuego concentrarse en el centro de su pecho—, y estoy convencido de que no han salido por donde hemos entrado, cuando resulta más rápido escapar por allí.

—Más rápido y más arriesgado —apunta Rose sorbiéndose las lágrimas—. Hemos inspeccionado esa salida, y llevar un rehén por ese pretil estrecho es una insensatez.

Liam besa la frente de su mujer y la cobija en un abrazo consolador.

—La encontraremos, mi amor —le susurra con ternura.

Takeshi se dirige hacia la grieta y se asoma con gesto analítico, calibrando la posibilidad de que, amenazada, la hubieran obligado a recorrer la cornisa.

No es descabellado, sin embargo, no falta nadie, y él sabe que entre los refugiados de Mine hay una mujer muy cercana a Murakama.

No ha entrado nadie para secuestrar a Margot, de eso está seguro.

Vuelve al interior y desliza la mirada por el grupo de mujeres, ancianos y niños y los estudia con atención.

—Uno de vosotros ha atacado a la gaijin que ha desaparecido —comienza con un rugido que los sobresalta—, y descubriré quién es. Pero aquí y ahora le ofrezco la oportunidad de redimirse si confiesa su acto y nos revela el paradero de Margot. De lo contrario, no tendré piedad.

Hace una pausa y derrama de nuevo la mirada por cada uno de los presentes. Su gesto es duro, su mirada feroz.

—Sé que es una mujer que tiene un niño pequeño. Sé que es una Genji, o que tiene vínculos con ese clan.

Su voz trona con furia en un eco que rebota con virulencia.

Observa con fijeza a las posibles candidatas, aguardando descubrir alguna reacción a sus amenazas. Todas parecen asustadas y se miran entre sí, cuenta siete mujeres con niños pequeños, aunque algunas tienen más prole de diferentes edades.

—Quizá se asomó a la brecha y accidentalmente se cayó al río.

Raiden formula esa otra teoría enfrentándose a Takeshi.

—No fue así —insiste él.

—Esta es mi gente, Takeshi, mi pueblo, los conozco desde que me salieron los dientes, no hay ningún espía Genji, te lo aseguro.

—Y yo afirmo que lo hay.

Ambos se sostienen retadores la mirada.

—¿Qué pruebas tienes para sostener tan atrevida afirmación?

—No puedo dártelas, debes confiar en mí, porque no solo está Margot en peligro, todos los habitantes de Mine lo están.

Raiden frunce el ceño y entorna los ojos en una mirada incrédula.

—¿Dónde está Hiroshi y el ejército que comanda?

—No tardarán en llegar.

—¿Quiere decir que lograron capturar a Murakama?

—Lo logramos, sí —matiza Liam con semblante desafiante.

—¿Y de dónde procede el peligro al que te refieres?

—De que Murakama ya sabía nuestros planes con antelación. Sabe dónde se ocultan las gentes de Mine y probablemente uno de sus destacamentos estará rondando la zona, o estará al caer.

La expresión de Raiden se estira en una mueca conmocionada.

—El plan era retenerlo aquí como prisionero.

—El suyo, anticiparse al vuestro —concluye Takeshi.

—Debemos trasladar a toda esta gente a un lugar seguro —añade Liam con apremio.

El hombre arruga la faz en una mueca tozuda y niega con la cabeza.

—No haré nada que no salga de la boca de mi maestro.

—El tiempo es vital —recuerda Takeshi con impotencia—, es tu pueblo, y serás tú el culpable de su desgracia. Pero yo pondré a los míos a salvo y, si quieres seguir cumpliendo las órdenes de Hiroshi, te aconsejo que te apartes de mi camino, o mi espada te cruzará a la otra orilla del río Sanzu.

Raiden entrecierra los ojos y calibra sus palabras. Un velo funesto cubre su rostro ante la mención del río que simbólicamente cruzan los muertos para llegar al más allá.

—No impediré que saques a los tuyos de aquí, pero yo no moveré un dedo si no es Hiroshi quien lo ordena.

—Espero que tu lealtad no suponga la muerte de todo un pueblo.

—Pobre muchacha, primero un oso y ahora esto —musita Florence compungida.

Takeshi la mira consternado, alza las cejas y exhala un gemido sorpresivo.

—¿Un oso?

—La atacó un oso —aclara Rose.

Los hombres clavan en ella una mirada desencajada.

—Por Dios, Rose, explícate —interpela Liam.

Les narra el altercado sufrido con Angus, la desesperación por bajarle la fiebre a Freddy, la corta e intensa excursión de Margot en busca de trementina, el ataque del oso, el rescate de Raiden.

A medida que habla, los semblantes de los hombres se desconfiguran en una máscara de absoluta perplejidad.

Conmocionados, mascullan una maldición y Takeshi, furioso consigo mismo, se frota el rostro en un gesto de absoluta impotencia.

—En nuestro afán de protegerlas, casi las enterramos —masculla ofuscado.

—Fue una locura dejarlas solas —coincide Liam.

—A excepción del oso, nos las hemos arreglado bastante bien —replica Rose—. La insólita desaparición de Margot era absolutamente imprevisible, aunque ella...

Permanece reflexiva un instante. Su faz se ensombrece ante el recuerdo de la conversación que habían mantenido horas antes.

—Ella, ¿qué?

Takeshi la apela ansioso.

—Me comentó que algo no iba bien, que su instinto intentaba avisarla de algo.

—Es culpa mía, todo esto lo es.

Su ceño se acentúa y su ánimo se abate. No obstante, de nada sirven las lamentaciones. Se jura por todos los kami sagrados del shintai que la encontrará y que la devolverá sana y salva a su segura Inglaterra.

De repente, un chiquillo corretea hacia él y le entrega algo.

—¡Esa es la cinta con que Margot se recoge el cabello! —murmura Rose afectada.

Takeshi se acuclilla y toma al niño por los brazos con suavidad.

—¿Sabes dónde está la dueña de esta cinta?

Con sus apenas cuatro años parece vacilar, aunque termina asintiendo.

Una mujer, demasiado mayor para ser la madre, se precipita hacia el pequeño y lo increpa con dureza.

—Fuiste tú —acusa él convencido.

La mujer niega con la cabeza, aunque en su mirada la delata un temblor nervioso. Intenta enmascarar el miedo que siente con un semblante imperturbable; sin embargo, Takeshi reconoce la mentira en sutiles pinceladas gestuales.

Se pone en pie y la amedrenta con su cercanía y su altura. La armadura de samurái y su ceño tormentoso comienzan a deslavazar su entereza. Le tiembla la barbilla, sus pupilas se dilatan y retrocede trémula.

—Tú le lanzaste esa piedra. Tú la hiciste desaparecer.

Su voz se alza y trona en la cueva como el rugido quebrado de un rayo.

La mujer se estremece y se encoge. Las lágrimas desbordan sus ojos, pero es el crío el que tira de su mano llamando su atención.

Corre hacia la grieta, imita el gesto de un empujón y señala al vacío.

Rose gime y se cubre el rostro con las manos. Florence libera un sollozo y Takeshi siente que desaparece el suelo bajo sus pies.

Se abalanza a la carrera hacia la brecha, aparta con rudeza el dosel vegetal que la cubre y comprueba que las aguas turbulentas bajan de la cima con la misma virulencia que recordaba.

Las rodillas le flaquean, el pulso en la frente le late enloquecido, y una opresión dolorosa constriñe su pecho.

—¿Dónde terminan esos rápidos? —pregunta Liam a su lado.

«Está herida», se dice. La corriente es convulsa y peligrosa, los peñascos puntiagudos, sus posibilidades de llegar viva a la orilla son nimias. Aprieta los puños y se aferra a esa exigua probabilidad con todas sus fuerzas.

Se encamina hacia los túneles de salida, pero antes se detiene frente a Rose.

—La encontraremos —promete.

La joven asiente, su rostro, anegado en amargas lágrimas, se ilumina con la misma esperanza que ha decidido abrazar él.

Antes de recorrer el camino a la salida, se planta frente a Raiden.

—Esta mujer es cómplice de los Genji, una traidora, hazte cargo de ella hasta que regrese, pagará muy cara su traición.

—Su tono es gélido, su mirada hierve de furia—.

En cuanto a vosotros —se dirige hacia el resto—, tenéis la prueba de que el enemigo ha vivido entre vosotros, haréis bien en buscar refugio en otro lugar, este ya no es seguro.

Utilizan la camilla para trasladar a Molly, Freddy y Daniel se encargan de su manejo.

Recorren los túneles en silencio, acompañados del eco y de los gemidos de Molly.

Rose camina de la mano de Liam, Florence avanza junto a Takeshi, que carga con pesados talegos sobre los hombros, pero lo que más le pesa en cada paso que da es el corazón.