Escena 17
Algo no va bien
El crepitar de las hogueras arrulla el sueño de los refugiados.
Las llamas de las diversas hogueras que tachonan la caverna danzan sugerentes entre las sombras, proyectando sus sinuosos contornos en las paredes de roca; trémulas e insinuantes, intentan defender sus dominios contra la negrura opresiva que las acecha.
Los gaijin se apiñan en la hoguera más alejada, un estrato por debajo de la meseta central, cobijados por un saliente que les confiere algo de intimidad y los aleja de miradas suspicaces y desaprobadoras.
Margot apenas logra dormitar a intervalos, sumida en una duermevela inquietante.
El dolor en el hombro se ha acentuado por culpa de la humedad y de la falta de descanso.
Pero no es eso lo que la desvela: es una sensación extraña, insidiosa, una especie de pulsión interna que le susurra que algo no va bien.
Y, en realidad, nada va bien, al menos si compara su situación actual con su vida anterior.
Su vulnerabilidad la mantiene en un constante estado de alerta ante los riesgos que debe afrontar, no obstante, es algo más, algo escurridizo y viscoso que escapa a su discernimiento.
Algún tipo de intuición que resbala pringosa por su interior, impregnando su conciencia de desconfianza y malestar.
Los hombres de Hiroshi hacen turnos de guardia, todo parece en calma, y confía en que tanto Takeshi como Liam regresarán con ellas. La otra opción le resulta tan inconcebible de barajar que necesita descartarla. De repente, un sonido cercano, familiar y abrupto la sobresalta.
Se gira lo suficiente para descubrir a Molly incorporada, doblada sobre sí misma y fustigada por arcadas. La muchacha se convulsiona acometida por las náuseas.
Se acerca a ella y la contempla con desasosiego. Su rostro está lívido, su mirada enfebrecida, y su rictus se estira con un gesto dolorido. Se lleva las manos al abdomen y gime.
Margot le toca la frente y comprueba que su temperatura es alta.
—Molly, intenta tumbarte de costado con las rodillas flexionadas, quizá esa postura te alivie.
Busca con la mirada a Raiden, desde esa posición no lo encuentra. Freddy alza la cabeza y masculla entre dientes al descubrir a Molly indispuesta.
—Le he contagiado la disentería —se lamenta.
La muchacha, algo más aliviada, se tumba de nuevo en la posición aconsejada.
—Sabía a lo que me exponía, Freddy, no te sientas mal.
Rose y Florence se despiertan y se aproximan a ella.
—Será mejor que no os acerquéis.
Rose arruga el ceño y fija la vista en Freddy.
—Él es el único que ya no puede contagiarse, el resto será mejor que nos mantengamos alejados.
—Haré por ella lo mismo que ella por mí.
—Todavía estás débil —musita Molly.
—Cuidarte me dará fuerzas —responde el muchacho, arrancando de la doncella una sonrisa tímida.
Daniel se pone en pie con talante ansioso y mira en derredor.
—No veo a Raiden —murmura.
Y, como si pronunciar su nombre lo hubiera invocado, aparece tras ellas con semblante huraño.
—Molly se ha contagiado —explica Rose con impaciencia—, precisa el remedio que le diste a Freddy.
Raiden compone un semblante sombrío y niega con la cabeza.
—No me queda jengibre, y no mandaré a nadie al pueblo para que lo traiga. Es una joven fuerte, se curará —sentencia.
Regresa a su puesto de vigía junto a la abertura, indiferente a la turbación de las mujeres.
—Debemos mantenerla hidratada y rezar por que su organismo logre vencer la enfermedad —aduce Rose con gesto resignado.
Molly se contrae de nuevo presa de otro espasmo que la dobla en dos.
Florence se abalanza sobre ella y la toma en brazos, acunándola con mimo.
—Chis, muchacha, pronto pasará, ya verás.
Le acaricia el pelo y las mejillas y le tararea una canción para reconfortarla.
—Quizá algo de calor logre disminuir el dolor —barrunta Rose—. Esta condenada humedad hiela los huesos y tensa los músculos.
Margot se desata el obi y lo pliega hasta formar un cuadrado. Se pone en pie, rebusca una piedra plana, coge una y la dispone sobre las llamas. Sobre ella coloca la pieza de tela.
Rose se encarga de darle de beber con su procedimiento de goteo y Freddy intenta distraerla narrando su díscola vida como grumete.
A medida que la noche avanza, la situación empeora. Los vómitos muestran restos de sangre y bilis y la temperatura aumenta peligrosamente. La desesperación comienza a constreñir sus ánimos.
Margot mira a Rose con honda preocupación.
—Tenemos que hacer algo, Rose —susurra con urgencia.
—Hay que traer jengibre, es una raíz, pero desconozco dónde puede encontrarse.
Se pone en pie, se alisa las faldas del kimono con vehemencia, como si ese gesto le otorgara más determinación, y va en busca de Raiden, seguida por Margot.
—Molly empeora —anuncia. En la inflexión del tono reverbera una nota quebradiza que evidencia la angustia que adereza sus palabras—. Voy a ir en busca del jengibre, solo necesito saber dónde puedo encontrarlo.
Raiden alza una ceja y la evalúa un largo instante.
—Nadie va a salir de esta cueva. Esas son mis órdenes y las cumpliré.
Se sostienen la mirada con dureza en un pulso que ambos se niegan a abandonar.
Margot posa la mano en el antebrazo de su amiga y niega con la cabeza. Dirige la mirada hacia la cortina de hojas que cubren la salida y oye con claridad el rumor agitado de un río. Se pregunta si podrá distraer al hombre para escapar por ahí.
Las jóvenes se retiran de nuevo a su apartado círculo seguidas por la curiosidad de varias mujeres. Una anciana se acerca a ellas y escruta con atención a la enferma.
Sacude la cabeza, oprime los cuarteados labios y parece reflexionar.
Molly continúa con sus oleadas de arcadas violentas, que la sacuden como un muñeco de trapo. La anciana posa una mano en el vientre de la muchacha y otra en la frente y niega con la cabeza.
Florence cierra un instante los ojos, su rostro se empaña de angustia.
Rose compone un gesto de ruego y une las manos en actitud de plegaria, sin saber si ese gesto será entendido.
La anciana respira hondo y niega de nuevo.
Margot siente una piedra en su pecho. Desvía la mirada hacia el resto de los grupos y se pregunta si alguno de ellos llevará en sus hatillos jengibre; después de todo, es un alimento habitual por aquellos lares.
Un niño pequeño capta su atención, le resulta familiar, desvía la mirada hacia la mujer que está a su lado y más que su rostro es su expresión la que hace que la reconozca. Decide ignorarla y continúa forjando un plan en su mente. Se dirige de nuevo hacia Raiden, esta vez con gesto suplicante.
—Por favor, pregunta a esas mujeres si alguna tiene raíz de jengibre.
Una profunda hendidura excava el ceño del hombre, su mandíbula se tensa y sus ojos oscuros la evalúan, seguramente preguntándose el problema que deberá enfrentar si se niega.
Finalmente asiente y se aproxima a los habitantes de Mine. Tras dos palmadas en las que reclama atención, les habla en su idioma y señala a Molly, que sigue retorciéndose en el suelo como una lombriz agonizante.
Las mujeres se miran entre sí, sus expresiones son hieráticas y sus portes impasibles.
Pero en las miradas que intercambian descubre un amago de vacilación.
En una de ellas Margot ve un gesto compasivo, se planta frente a ella, se postra de rodillas e inclina la cabeza.
Finalmente, la mujer rebusca en un hatillo que lleva colgado del cinto y saca una raíz que alza en su dirección.
Margot deja escapar un gemido aliviado y estira el brazo para recogerla. Raiden la detiene.
—Yo me encargaré. —Alarga la mano y la mujer le tiende un saco que él cierra en su puño.
Acto seguido, fulmina a Margot con una mirada admonitoria—.
Será mejor que os mantengáis apartados, la gente del pueblo cree que la llegada de los demonios extranjeros los ha maldecido, dicen que vuestro espíritu débil ha sido poseído por algún yōkai perverso y que por eso corren peligro —explica circunspecto.
Ahora entiende la animadversión que despiertan, lo que pone más de manifiesto la bondad de la mujer que le ha ofrecido su ayuda.
Observa que sus vecinas la miran con aguda desaprobación.
Le dedica una mirada agradecida y se inclina respetuosa cuando ella posa la mirada sobre Margot; a cambio, recibe una sonrisa tímida.
Raiden prepara la infusión y se la ofrece a Rose en un cuenco humeante.
El vientre de Molly parece concederle una tregua y la sume en un sueño reparador.
—Cuando salgamos de aquí, pienso recoger todo el jengibre de la zona —murmura Rose con firmeza.
Las llamas atrapan su mirada, el resplandor anaranjado se iguala al tono de su cabello, como si su melena flameara fuego.
Sus ojos, dos pozas de aguas turquesas, le confieren un aspecto tan opuesto al de los foráneos que entiende que el folclore de aquel país considere como una amenaza todo lo que sea diferente.
Quizá se asemeje a esos yōkai que ha mencionado Raiden. Cabello de fuego, ojos de océano.
—Algo no va bien, Rose —revela Margot.
—¿Algo? Nada va bien, nuestra aventura nipona se está convirtiendo en una experiencia extrema. La muerte coquetea demasiado con todos nosotros.
—Aparte de lo evidente, siento una comezón que me inquieta. Es como si mi instinto me avisara de algo.
—Tu instinto lleva en alerta demasiado tiempo y seguramente no sabe desconectarse, y más tras el ataque que sufriste —arguye Rose—. Es normal que nos sintamos vulnerables todo el tiempo y veamos peligros en cada rincón.
Margot acepta esa teoría, no porque se acomode a lo que siente, sino porque carece de argumentos para contradecirla. Algo, desde lo más recóndito de su ser, resuena sin parar con el cascabeleo incómodo de una campanilla de reclamo, aunque su única alternativa es mantenerse alerta a su alrededor.
—Procura dormir un poco, Margot, el insomnio continuado puede provocar alucinaciones —aconseja mientras se acomoda en el suelo sobre una esterilla de juncos.
Asiente y la imita, necesita que su mente descanse y que su cuerpo abandone ese sempiterno estado de vigilia.
Cierra los ojos y se afana por desbrozar la mente de pensamientos desazonadores.
De pronto siente una presencia ante ella y abre los ojos.
Da un respingo al comprobar que un niño pequeño la observa con fijeza.
Gruesas lágrimas humedecen sus mejillas.
Parpadea confusa y se refriega los ojos, lo reconoce al punto y se incorpora con brusquedad.
Desliza la mirada hacia el grupo grande buscando a la mujer que estaba con ella, la que supuestamente le lanzó la piedra, y no la localiza.
Se desata la cinta que recoge su cabello en una coleta y hace ademán de secar las mejillas del pequeño, pero él le arrebata la cinta, se gira y señala hacia la abertura con gesto compungido.
Ni Raiden ni ninguno de sus hombres hacen guardia, duermen con placidez en un recoveco.
El crío señala de nuevo y corre hacia la grieta, aparta la cortina de hojas y se asoma al vacío.
Margot corre hacia él conteniendo el aliento. Aunque ya ha amanecido, la luz de la mañana apenas logra diluir las penumbras adheridas al fondo de la garganta.
El rugir del río la ensordece. Aferra el brazo del niño para apartarlo del borde y lo empuja hacia el interior.
En ese instante, una silueta se interpone cerrándole la entrada y unos brazos la empujan con vigor impulsándola al vacío.