Consecuencias de retar a un conde Escena 16
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Escena 16

Usurpador

Murakama rinde la ciudad de Hagi a sus enemigos y detiene a los refuerzos que habían acudido en su auxilio, alertados por el incendio.

Sobre un caballo, maniatado y erguido, ordena a sus hombres que no los sigan.

La actitud del líder Genji despierta las suspicacias del grupo que lo escolta.

Hiroshi y su milicia observan con agudo desconcierto al hombre que, impasible, asume con asombrosa pasividad su rol de prisionero.

A pesar de su sumisión, su porte es marcial y su gesto, altivo.

Nada en sus ademanes, rictus y mirada indica rendición.

La noche clarea y las sombras se alargan huidizas mientras atraviesan al galope un páramo flanqueado por arrozales. Un sol adormecido prende el líquido horizonte con un brocado de oro que se engarza en los brotes de arroz y destella en las ondas del agua.

La brisa matinal, fresca y perfumada, acaricia su rostro y ondea las crines de su montura. Discurren por parajes de lomas ondulantes y mesetas escalonadas. Al fondo se alzan imponentes cordilleras de cimas níveas desdibujadas por la bruma y la distancia.

Dejan atrás los valles y enfilan hacia la provincia de Sūo rumbo a las cuevas. Durante la cabalgada, Takeshi evoca la vez que de niño estuvo a punto de morir en ellas.

Los chiquillos de la aldea tenían prohibido jugar en las cuevas, y justo aquella proscripción era lo que las convertía en un tentador desafío para ellos.

Aquel día fue retado por Murakama a entrar a cazar un murciélago.

Armado con una rama huesuda, se introdujo insensatamente en uno de los túneles guiado por los chillidos del animal, del todo absorbido en su afanosa persecución; cuando se percató de que se encontraba sumido en una oscuridad opresiva, dudó si regresar o continuar con la única guía del sonido del animal.

Apenas contaba con ocho años de edad, pero supuso que el murciélago encontraría el modo de escapar de las cuevas, así que decidió hacer caso a su intuición y avanzó hasta derivar en un espacio más abierto, a tenor de la amplitud del eco que reverberaba en la piedra.

Cuando el aleteo se perdió en las alturas, un pánico visceral lo constriñó en un abrazo sofocante.

Se acuclilló abrazado a las rodillas temblando de frío y de miedo, sollozando su necedad, hasta que el cansancio lo enmudeció.

Cuando se refregó los ojos, le pareció discernir un resplandor agrisado al fondo.

Caminó tanteando en la negrura con su rudimentario bastón hasta que el resplandor se convirtió en una brecha de luz moteada.

Cuando la alcanzó descubrió que un tapiz de hojas ocultaba una abertura en la roca.

Comenzó a atravesar la cortina rasgando la enredadera y se asomó a una cornisa elevada sobre el río. Se encontró en un desfiladero angosto, de paredes verticales. Un delgado pretil mordisqueado por la erosión sobrevolaba el río y se perdía entre los recodos del barranco.

Abajo, el río discurría salvaje, espumando su furia contra peñascos y farallones.

La corriente formaba remolinos que burbujeaban en una danza líquida de flujo caprichoso.

El cauce oscilaba contra la roca salpicándola enérgico.

Era tal la agitación de sus aguas que era incapaz de discernir la profundidad, no obstante, su tinte oscuro presagiaba un fondo lejano.

En cualquier caso, el caudal y su brío ya suponían una amenaza letal en caso de caer en sus fauces.

Recuerda avanzar sobre la cornisa con extremo cuidado, bajo el rugido de la bestia líquida que extendía su blanca y ávida lengua hacia él.

Sosteniendo todavía la rama en su mano, se ciñó cuanto pudo a la pared.

Se detuvo en los tramos quebradizos y titubeó al sortearlos de un salto.

En un par de ocasiones temió perder el equilibrio y precipitarse al río.

Pero el momento que recuerda con más angustia fue cuando en uno de los recodos que bordeaba se topó con una cascada.

El agua saltaba con ímpetu formando un túnel por el que continuaba el pretil, pero tan húmedo y resbaladizo que salvarlo se convertía en toda una proeza.

Desliza el extremo de la rama sobre la superficie húmeda, rebaña un filete de musgo y raspa lo que puede.

Cuando se anima a cruzarlo, su pie derecho resbala, patina y lo desequilibra y, con la rapidez de un rayo, se precipita al vacío.

Logra sujetarse al friso con las manos mientras patalea en busca de un asidero.

El pavor le hiela la sangre, la cercanía de la muerte aguza sus sentidos lo suficiente para encogerse e impulsarse hacia arriba y encaramarse de nuevo como si fuera un gato huyendo del agua.

Tras varios escollos, alcanza otra abertura; esta vez es un pasaje cubierto horadado en la montaña que deriva en un bosque de abedules.

Y entonces, reza para que la gente que ahora ocupa esa sala en las cavernas no tenga que escapar por allí.

A medida que transcurre la mañana, comienzan a dejar atrás la alfombra glauca que mulle las suaves laderas para adentrarse en terrenos más escarpados.

Altos collados parecen acosarlos desde sus serradas cimas, encorsetando al grupo por sendas más toscas.

Desembocan al inicio de un desfiladero y en ese momento Hiroshi alza una mano, detiene la marcha y se pone a su altura.

—Si nos emboscan aquí, no tendremos ninguna posibilidad —susurra junto a él.

—Me adelantaré para rastrear la zona —propone.

—Iré con él —se ofrece Liam.

Hiroshi asiente, conduce a su montura hacia donde está el prisionero, escoltado por Kimura y Jiro, y desenvaina su acero.

Los hombres se adentran en la garganta, el eco de los cascos reverbera entre los altos muros que revelan la diversidad de estratos que conforman la montaña en escalones de colores diversos. El pavimento es arenoso, y no descubren huellas recientes en él.

—No dejo de pensar en la inaudita sumisión de Murakama, ¿barajabas algo así? —inquiere Liam en apenas un susurro.

Niega sucintamente con la cabeza y entrecierra los ojos, fijados en un punto frontal del camino que transitan.

Los Genji y los Mōri provenían de la misma rama familiar, se separaron por conflictos territoriales, revanchas y ambición.

No obstante, los niños de ambos clanes no entendían de rivalidades y solían jugar en una cañada cercana a las cuevas.

Entre ellos, líderes innatos de sus pandillas, existía un pulso constante por imponerse al contrario en una especie de competición de habilidades e ingenio, carente de toda la inquina y animadversión de la que hacían gala los adultos.

En una ocasión, Murakama llegó con el rostro congestionado por moratones y el cuerpo magullado.

Ese día todo cambió. La inocencia de su mirada se trocó en resentimiento.

Sin mediar palabra, y tras acusarlo de usurpador, se había lanzado sobre él iniciando una pelea que todos jalearon.

Takeshi recibió los golpes de Murakama, dos años mayor que él, con la estoicidad que pudo, sin entender los motivos de esa rabia que descargaba contra él.

Fue Hiroshi quien los separó. No volvió a verlo hasta unos años después, ya convertido en un joven samurái de su clan.

—Nunca sé qué esperar de Murakama —responde abstraído—. Solo sé que no puedo fiarme de él.

—Yo estoy seguro de que nos están siguiendo, pero no con el propósito de liberarlo; si fuera así, podrían habernos asaltado mucho antes, poseen un ejército bien adiestrado para ello, su motivo es otro —revela Liam preocupado.

Takeshi tira del bocado y frena a su montura, acometido por una inquietante sospecha. Agranda la mirada con asombro y analiza la suposición de Liam, descubriendo en ella una posibilidad que se le había pasado por alto.

—Creo que sabe adónde lo llevaré, por eso lo permite. Y...

Sus palabras agonizan con una fulminante revelación que le eriza la espina dorsal. Se envara alarmado, su rictus se estira preso de la angustia.

— Gōdatsusha —pronuncia, sintiendo cada letra como punzones en su pecho.

—¿Usurpador? —traduce Liam.

—¡Tenemos que llegar cuanto antes a Akiyoshi, las mujeres están en peligro!

Espolea a su montura, sacude las riendas con urgencia y atraviesan el desfiladero a galope tendido con una única plegaria acicateando su mente: la de llegar a tiempo.