Escena 15
En el corazón de la montaña
El traslado a las cuevas de Akiyoshi por terrenos tan agrestes ha resultado agotador. Freddy, en angarillas, todavía débil, y Margot a pie, aunque necesitada de descansos continuos, han ralentizado la marcha del grupo.
Acceden a las grutas a través de un pontón sobre el río Koto que discurre por una garganta estrecha entre altas montañas y se introduce sinuoso en la pintoresca caverna, donde se pierde en la oscuridad.
Raiden y sus hombres portan unas linternas de hierro que cuelgan del extremo de sus cayados.
Se detienen en el pórtico de piedra, semejante a unas enormes fauces de puntiagudos dientes graníticos.
Raiden se acuclilla, rebusca en el morral y saca varios utensilios, amontona la yesca sobre una hoja y, con el pedernal y un pequeño cuchillo, de un par de fricciones consigue las chispas necesarias para engendrar la simiente de una tenue llama.
Acerca la yesca humeante a la boca y sopla con suavidad, como si entonara un dulce arrullo al oído de un bebé.
La llama crece y crepita alborozada, la comparte con sus compañeros y prenden las linternas.
Se aventuran al interior de aquel mundo subterráneo y laberíntico en las profundidades de la tierra con paso apresurado.
Al inicio, la senda es amplia y la luz de la mañana revela unas cúpulas pétreas de dimensiones grandiosas con arcadas caprichosas y columnas abultadas.
Ante ellos, la senda se bifurca en una encrucijada de túneles, algunos en niveles superiores a los que se accede por un talud empinado que rezuma humedad, lo que dificultaría escalarlos.
Margot reza por que ese no sea el camino que deban emprender.
Sus ruegos son escuchados, pasan de largo y continúan por la vereda principal.
Raiden imparte instrucciones a sus hombres imprimiendo apremio en su tono.
Su voz rebota con un eco espectral que se pierde en los confines de la cueva.
Enfilan hacia una galería que se abre a la izquierda y se introducen en ella.
Una negrura opresiva los devora. La trémula llama apenas logra apartar las sombras que los acechan, un resplandor iridiscente bruñe las paredes de la gruta.
La piedra exuda una pátina húmeda que les gotea desde el techo y se acumula en charcos bajo sus pies.
Conforme avanzan, un frío mordiente los envuelve en un abrazo que les provoca escalofríos. Margot siente en la herida, todavía tierna, como si la carne se le contrajera en un dolor pulsante. Se cubre el hombro con la mano para imprimirle algo de calor.
Tras varios recodos transitados llega hasta ellos un rumor de voces y un destello agrisado que se expande a medida que se aproximan al final de la galería.
Emergen a una vasta sala donde se ha instalado un nutrido grupo de mujeres, ancianos y niños en una especie de altozano cavernario, decorado con estalactitas que casi rozan el suelo y bóvedas profundas horadadas en la roca que albergan toda una comunidad de murciélagos reticentes a abandonar su hogar natural por culpa de unos ruidosos seres invasores.
—¿Y si nos atacan? —inquiere Molly preocupada—. ¿Cómo pretenden que durmamos con... esas cosas sobre nosotros?
—Yo creo que esos murciélagos se estarán preguntando lo mismo —responde Margot.
—Entiendo que después de ser víctima del ataque de un oso te parezca una nimiedad, pero esos... bichos chupan sangre, lo he leído en algún sitio.
—Lo habrás oído —corrige Florence—. La única vez que te he visto con un libro en la mano tenías un plumero en la otra.
Molly arruga el rostro ofuscada y la fulmina con una mirada disgustada.
—¡Haciendo lo que me ordenabas! —replica altanera—. Si me hubieras pedido que leyera, lo habría hecho.
—Te pedí que no salieras con ese deshollinador mugriento y bien que lo hiciste, así que no te escudes en eso, muchacha impertinente. Si hubieras tenido la más mínima inquietud por leer, lo habrías hecho.
—Eso es porque no descubrió el libro de Fanny —bromea Margot.
—Convendrás conmigo en que letras tiene pocas —murmura Rose divertida.
—¡Silencio! —clama el ama dando una palmada.
Su potente voz espanta a toda una bandada de quirópteros que revolotean desorientados sobre ellas.
Molly grita y se encoge sobre sí misma, eso aumenta el revuelo y la incómoda atención del resto de los ocupantes de la caverna, que ya las contemplan con evidente animadversión.
—Creo que no somos muy populares —apunta Rose.
—Si no nos cocinan en esa hoguera esta misma noche, podemos darnos por satisfechas —repone Margot, mirando de soslayo a las mujeres que cuchichean sobre ellas.
Rose se encoge de hombros y fija la vista en la herida vendada de Margot.
—Siento una mordiente curiosidad por los remedios que ha utilizado Raiden para curarte. Tu recuperación en apenas tres días me resulta asombrosa.
—Puedes preguntarle a él, parece criado en Dorset.
—Pone los ojos en blanco y Rose sonríe divertida—.
Por otra parte, me sigue doliendo —aclara—, pero me he acostumbrado en cierto modo a esas punzadas que, como agujas candentes, siguen mortificándome.
No obstante, la herida tiene buen aspecto, aunque tengo muy claro que me quedará de recuerdo una pintoresca cicatriz.
—En otras circunstancias podrías haber perdido el brazo —explica con rictus lacónico—.
La boca de los osos y, en general, la de muchos depredadores acumulan restos de carne entre sus dientes que acaban descomponiéndose; esos restos putrefactos, al entrar en contacto con una herida abierta, conllevan un alto riesgo de infección.
Un jadeo abrupto, seguido de una arcada contenida, desvía la atención de ambas hacia el lugar donde Molly se encuentra. La muchacha hace denodados esfuerzos por evitar vomitar. Se cubre la boca con la mano y finalmente arroja en el suelo el escaso contenido de su estómago.
Se refriega la boca con el antebrazo, compone un mohín aprensivo ante su propia inmundicia, se incorpora para alejarse y clava en Rose un gesto resentido.
—No es necesario dar tanto detalle, pardiez.
—Lo lamento, Molly, desconocía tu sensibilidad a ciertos temas.
—Esa muchacha tiene la sensibilidad de un sacamuelas: el último que visité casi me arranca la mejilla. No le hagas caso, Rose, le habrá sentado mal la comida —interfiere Florence.
Unas carcajadas sofocadas llegan hasta ellas. Freddy y Daniel se afanan por contenerlas desde un rincón de la caverna.
Raiden se acerca a ellas con gesto huraño y mirada afilada.
—A pesar de lo ameno que me estáis haciendo el encierro, os agradecería que no provoquéis más confusión entre mi gente. Muchos ya barajan exponerse a las represalias del daimio antes de compartir espacio con un puñado de gaijin desquiciadas.
Ya comienza a alejarse cuando Rose lo reclama.
—Disculpa, ¿podría saber qué remedio has utilizado con la disentería de Freddy y con la herida de Margot?
—Podrías si preguntas.
—Estoy preguntando.
—Estás preguntando si podrías saberlo y ya te he contestado —matiza.
—¿No serás hermano de Takeshi?
—Que yo sepa, no. ¿A qué viene eso?
—A nada.
Rose resopla frustrada.
—¿Alguna pregunta más?
—Muchas, pero me falta paciencia para formularlas.
—Mejor, tengo muchas cosas que hacer.
Y finalmente se aleja.
Margot la mira con la risa bailando en su rostro.
—Cuanto más conozco a esta gente, más pienso en la cantidad de palabras que derrochamos para decir lo mismo. Son pragmáticos, hoscos, desconsiderados, concisos y contundentes.
—Y literales —añade Rose, hundiendo los hombros con porte extenuado—, y tan fascinantemente diferentes de cuanto conocemos que son un soplo de aire fresco, aunque a veces la brisa es gélida.
—Y más secos que una uva pasa —añade a su vez Florence.
—Yo describiría su singular honestidad como un bofetón en pleno rostro —prosigue Margot—.
En efecto, el contraste con nuestro mundo es abismal.
Pero tanto tú como yo somos mujeres ávidas de experiencias nuevas, el hartazgo de una sociedad tan hipócrita como la nuestra nos ha traído hasta aquí.
Y, si te soy franca, huir de Inglaterra ha sido la mejor decisión que he tomado a pesar de los peligros que enfrentamos.
—Pues yo extraño zurcir junto a la chimenea, comprar en los mercadillos callejeros, caminar entre el ajetreo de la ciudad y mis partidas de whist con el servicio.
La nostalgia en la voz de Florence clava en las jóvenes la espina del egoísmo y las hace conscientes de que sus inquietudes y sus necesidades no han tenido en cuenta las de ellas. Rose dirige a su ama una mirada afligida.
—Regresaremos a ese mundo, Florence, no deberías haberme acompañado en este viaje. Yo no debería haberlo permitido —se lamenta—. Confieso que no pensé que te arrancaba de la comodidad y la seguridad de tu mundo.
El rostro del ama se vela con un paño comprensivo, sonríe con una mueca tierna y palmea el dorso de la mano de Rose.
—Creo que esta situación en la que nos hallamos era difícilmente imaginable, niña, y aunque extrañe mis comodidades, te habría extrañado mucho más a ti. Lo que no resta un ápice mis deseos de volver a la civilización. —Su tono adquiere una ligereza que reconforta parcialmente a Rose.
Margot se pregunta si su madre la estará echando de menos.
Y por un instante se plantea si su fuga la habrá sumido en la angustia que se presupone a la pérdida de un hijo.
A pesar de su desabrido carácter, la absoluta indolencia en cuanto a su responsabilidad maternal, las continuas fricciones por discusiones y la indiferencia en el trato, no deja de ser la mujer que la ha traído al mundo, y ese vínculo, aunque desgastado, sangra igual si lo cortan, o eso quiere pensar; aunque en ese momento lo que más estará convulsionando a sus padres será el escándalo que debe de haberse desatado en los distinguidos círculos sociales en los que se mueven.
Piensa también en las disculpas que su padre habrá tenido que ofrecer a lord Amber, el anciano al que la había prometido, y si al no poder satisfacer sus deudas de juego, el banco les habrá arrebatado la mansión familiar.
Ha tenido la deferencia de dejar una nota de despedida explicando el motivo de su fuga, solo su hermano Oliver sabe dónde y con quién está, y ruega para que cumpla la promesa de mantenerlo en secreto.
Y, para sincerarse completamente con ella, el hecho de que su padre la haya ofrecido como moneda de cambio para saldar una deuda solo ha precipitado una decisión que tarde o temprano habría tomado.
La partida de Rose, aunque con billete de vuelta, y de Takeshi ya habían imbuido en ella el amargor de la separación y el anhelo de seguirlos.
La infamia de su padre había sido solo el detonante, bastante oportuno, por cierto, de una decisión que había ido consolidándose con un goteo incesante de vivencias amargas, de desarraigo y de sus ansias de libertad.
A veces, lo que en un principio parece trágico no es más que el empujón necesario para reconducir tus pasos al lugar correcto. Y con ese pensamiento asentado, se reclina exhausta sobre un fardo enrollado con intención de dormitar.
Más allá de la meseta donde se congregan, la caverna se abre al exterior por una abertura estrecha, camuflada por una cortina de frondosa vegetación por donde poder huir.
Se pregunta por qué no han accedido por esa brecha.
Al menos pueden saber si es de día o de noche.
Lo que no pueden saber es que el verdadero peligro está entre ellos.