Consecuencias de retar a un conde Escena 14
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Escena 14

Murakama

Bajo el cobijo de un bosque de castaños, la hueste aguarda mientras los shinobi preparan el asalto.

Cinco hombres completamente vestidos de un negro profundo, con el rostro cubierto por la cogulla, se están colocando en los pies los tabi que llevan de calzado los ashiko y, en las manos, los shuko para facilitar la escalada del muro.

—¿Qué demonios es eso? —inquiere Liam.

—Son unas plataformas con pinchos para afianzarse al muro y poder trepar.

—Fascinante —murmura.

Uno de ellos carga sobre el hombro unos ganchos con cuerdas para la escalada.

—Eso son kaginawa —le susurra.

—Ya me parecía asombroso que pudieran escalar sin cuerda.

—Pueden hacer cosas asombrosas, te lo aseguro.

—Lo que más prodigioso me resulta es que se introduzcan furtivamente en una ciudad amurallada y sean tan sigilosos que puedan acercarse a sus víctimas para matarlos con las manos.

—No harán tal cosa —revela Takeshi ante el desconcierto de Liam.

—Creí que tenían que eliminar a los centinelas.

—Y lo harán, pero no con sus manos.

Liam alza una ceja y lo mira suspicaz.

—No me digas que matan con la mente, porque no veo que porten armas —ironiza.

—No, con los shuriken .

Lo contempla inquisitivo.

—Es un arma arrojadiza, una estrella de acero con puntas afiladas. No las ves porque las ocultan en su obi ; en ocasiones impregnan los filos con veneno. También supongo que deben de esconder en el cinturón unos puñales cortos denominados kunai .

—Sois un pueblo muy creativo.

Takeshi estira las comisuras de los labios y asiente.

—Llevamos siglos curtiéndonos en el arte de la guerra —le recuerda.

Los shinobi se camuflan en las sombras para avanzar, adaptando la forma tras la cual se esconden con una maestría admirable.

La elasticidad de sus cuerpos les permite arquearse y encogerse con pasmosa agilidad.

Alcanzan el muro sur y lanzan los kaginawa hasta que los enganchan a la amura que se alza sobre el techo voladizo de tejas.

Cuando las oscuras siluetas se aferran a la cuerda y ascienden por el muro, lo hacen como si caminaran por el suelo.

Ellos tienen que aguardar en el sotobosque mientras eliminan a la guardia antes de desplazarse hacia el portón de entrada.

No oyen más silencio que el de la noche y sus criaturas. Mientras Takeshi conversa en susurros con Liam, se siente observado por Hiroshi y eso lo desazona. A pesar de que cada vez que habla con el conde lo hace en inglés, algo le dice que sea cauto.

Tras una espera razonable, uno de los shinobi se asoma sobre el pretil y les alza la mano.

La mesnada cabalga hacia la entrada principal lo más sigilosamente que les permite el tintineo de los arneses y de sus propias armaduras.

Se posicionan frente al portón sin dejar de vigilar el parapeto superior que protege la entrada.

Al cabo, un leve gruñido de bisagras los alerta. El quicio se agranda y el grupo de jinetes se infiltra en el interior de la ciudadela.

Los reciben los shinobi , el cabecilla asiente y señala hacia el barracón de la guardia.

Hiroshi y dos de sus soldados avanzan hacia una de las antorchas que flamea junto al muro, encastrada en un soporte metálico, y la desanclan.

Takeshi desenvaina, Liam y el resto del destacamento lo imitan. Los shinobi han trabado la única puerta del barracón y han acumulado heno seco en el suelo.

Hiroshi aproxima su montura y acerca la tea al montículo. En el acto, una llama prende en una pira que lame los maderos de la puerta. El humo se infiltra bajo ella. No tardan en oír toses y voces de alarma. Unos golpes comienzan a aporrear la puerta trabada.

Una guarnición asoma desde el lado este de la ciudad alertados por las llamas.

Una avanzadilla enfila grupas hacia ellos, los aniquilan a golpe de catana.

La puerta comienza a debilitarse devorada por el fuego. Desde dentro la están golpeando con algún objeto, no tardarán en escapar.

Los caballos se agitan nerviosos ante la presencia del fuego, uno de ellos se encabrita y derriba a su jinete.

—No tardarán en llegar más guarniciones, debemos vigilar todos los flancos —masculla empuñando la catana.

Un crujido violento se alza sobre la batahola de sonidos que inundan la noche.

La puerta cede, del interior emerge un tropel de soldados envueltos en una densa nube de humo negro.

Aprovechan la confusión para cargar sobre ellos.

Takeshi se inclina sobre la grupa y descarga un mandoble certero sobre el pecho de un soldado Genji.

Aprovecha su posición para lanzar envites a los enemigos con los que se topa.

A golpe de rodilla, va dirigiendo a su montura entre los combatientes que le salen al paso.

La sangre cubre su acero y salpica su mano, tibia y pegajosa. La mayoría de los guardias del barracón perecen en la escaramuza, alguno ha conseguido escapar en el fragor de las contiendas.

Hiroshi aparece a su lado.

—Llévate a dos de mis hombres y captura a Murakama antes de que esto se complique más.

Takeshi asiente y hace una seña a Liam, que tira de las riendas y se coloca a su lado.

Dos jinetes más se unen a ellos y se encaminan por el sendero principal hacia el pueblo, atraviesan un arco de entrada con el emblema de los Genji y ascienden hacia el corazón de la villa.

Los cascos de los caballos repican sobre los adoquines en un eco regular que reverbera entre las callejuelas que recorren.

Se topan con aldeanos desorientados que, sosteniendo un candil, intentan averiguar qué está sucediendo.

El camino culmina en otro arco de entrada, esta vez lo cierra un portón. Maldice entre dientes.

Frenan las monturas y desmontan. Rodean el muro buscando una forma de acceso a la propiedad. No la encuentran.

—¿Y ahora qué vamos a hacer?

—A menudo la explicación más sencilla es la más probable, aplicado a cualquier problema que se nos pueda plantear —recita Liam caviloso—. Leer filosofía medieval a veces resulta muy útil, y el principio de la navaja de Ockham es lo único que se me ocurre.

—Y nuestra opción más sencilla es...

—Llamar a la puerta.

Señala la campanilla que hay bajo un alero.

Takeshi baraja esa propuesta y se muestra conforme.

—De acuerdo, nos haremos pasar por centinelas de la guarnición que avisan del ataque.

Sacude con brío la campanilla y aguarda. El tintineo despierta un rumor de pasos.

El resplandor basculante de una linterna ilumina las copas de los árboles del jardín que precede a la casa. Takeshi cierra la mano en torno a la empuñadura y se cuadra.

A través de una minúscula rejilla brota una voz adormilada:

—¿Qué ocurre?

—Están atacando la villa. —Imprime a su voz un deje apremiante—. Tenemos que escoltar al tono a un lugar seguro. Avisa a tu señor de inmediato.

Un silencio titubeante se alarga demasiado.

—¿Quién lo ordena? —pregunta el sirviente—. Preciso comunicar nombre y rango de todos los mensajes que el tono reciba.

Takeshi aprieta los dientes e impreca para sí. Debe pensar con rapidez o la única posibilidad de llevar a cabo esa misión se escapará como agua entre sus dedos.

—Traigo una misiva para él de mi superior, es de vital importancia que se la lleve. Y te ruego premura, la incursión ya ha penetrado en la ciudad y la están incendiando, contamos con muy poco tiempo.

Contiene el aliento ante un silencio más denso e incrédulo.

Liam frunce el ceño y sacude preocupado la cabeza. Se miran bajo el azulado resplandor de la noche, presos de una incertidumbre frustrante.

Un pronunciado olor a madera quemada asciende hacia la colina para rubricar sus palabras. La luna menguante incide en el aldabón del portón en un fulgor que parece sacudirse ligeramente. «Ha funcionado», se dice aliviado al oír el gruñido de las bisagras.

Se ciñe al lomo de la puerta y, en cuanto se entreabre, empuja con todas sus fuerzas.

Derriba al criado y la partida se introduce en la vivienda, cerrando tras de sí. Uno de los hombres de Hiroshi, un rōnin descastado llamado Jiro, permanece en el exterior como vigilante. El otro, un mercenario de aspecto zafio, de nombre Kimura, los acompaña tras encargarse del leal Toshio.

Caminan hacia la lujosa morada de Murakama.

En la segunda planta, la luz del hogar permea los paneles de arroz derramándose por el patio. Con apenas un par de gestos raudos, organizan la incursión. Kimura se desliza sigiloso hacia la parte de atrás para impedir la huida. Liam y Takeshi entran en la vivienda.

—Se trata del incendio, ¿no es así, Toshio? Desde mi cuarto se ven las llamas.

La voz de Murakama envara la espalda de Takeshi. Un odio visceral se concentra en su pecho en una gran bola de fuego que centrifuga vertiginosamente a riesgo de desbordarse.

Cuando aparece al pie de la escalera, Takeshi lo apunta con el filo de su espada.

El rostro de su enemigo se contrae preso de la consternación y el desconcierto. Luce un ligero nemaki de dormir y el cabello alborotado sobre los hombros.

Liam aprovecha para apresar sus brazos y le ata con rudeza las muñecas a la espalda. No opone resistencia, se limita a sostener la dura mirada de Takeshi.

—Sabía que algún día regresarías —musita Murakama.

—Entonces también sabrás que eres hombre muerto.

Parte del acuerdo con Hiroshi es que, tras utilizar al rehén para las negociaciones, le entregará a su enemigo para que se cobre venganza.

—Si ese es mi destino, que así sea —profiere mientras lo empujan hacia la salida.

Takeshi se gira hacia él, lo agarra por las solapas de su nemaki y lo sacude con violencia.

—Tu destino lo ha forjado tu crueldad, miserable, y vas a pagar por ello —sisea entre dientes.

Siente cómo la rabia cercena su juicio ante la proximidad del hombre que ha matado a sus padres.

En ese instante, cuatro soldados los cercan empuñando sus sables. Oyen el ruido del acero entrechocando en el jardín. Kimura se está enfrentando solo al resto de la escolta.

Takeshi y Liam cruzan la hoja de la espada frente al pecho configurando una guardia media, en una sincronía perfecta fruto de muchos combates juntos. Siente cómo la sangre corre más deprisa y más ardorosa por sus venas y cómo todos sus sentidos se afilan.

—Envainad vuestros aceros y dejad que me lleven —ordena Murakama con gesto imperativo.

Liam mira a Takeshi y arruga el entrecejo con aguda desconfianza.

Los hombres obedecen con semblante contrariado y miradas recelosas.

Murakama clava un vistazo penetrante e indescifrable en Takeshi.

—Satisface tu venganza, Takeshi, no me opondré a ella.

Lo contempla con suspicacia y asombro y, sin bajar la guardia, lo guía hasta el jardín.