Consecuencias de retar a un conde Escena 13
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Escena 13

La bestia

Oye los broncos gruñidos del animal casi cuando lo tiene encima.

Su corazón se detiene un instante frente a lo primero que se revela ante ella cuando se gira: una inmensa y veloz bola de pelo crespo, unas fauces repletas de dientes afilados y un aliento fétido que la golpea con virulencia.

Deja escapar un grito de absoluto pavor ante el alarido de la bestia que se yergue sobre el farallón donde ella se apoya. El animal exhala un rugido escalofriante que reverbera en la pared de piedra caliza de la montaña, reclamando su territorio de caza ante aquel extraño invasor.

Margot da un brinco hacia delante incapaz de darle la espalda. Teme girarse y correr, y aunque el pánico le hiela la sangre, retrocede lentamente con el pulso desbocado, aguardando el próximo movimiento del oso.

Se descuelga el arco despacio, con movimientos pausados, para evitar alterar más al animal, extrae una flecha de la aljaba e intenta encajarla a pesar de los temblores que la sacuden.

Todo su ser la impele a correr, pero, aunque su habilidad con el arco es todavía nula, no se le ocurre otro modo de defenderse de un ataque inminente.

La bestia ruge de nuevo, sus pequeños ojillos oscuros relucen feroces, su instinto le dice que cualquier movimiento brusco lo catapultará hacia ella.

Continúa su retroceso con pasos cautelosos.

Ha logrado encajar el culatín en la muesca del arco, comienza a tensarlo y apunta a su objetivo.

En ese instante, el oso salta al sendero pedregoso, agita vehemente la cabeza y emite una suerte de gruñidos encadenados destinados a expulsarla de sus dominios.

De repente, trastabilla al pisar un guijarro y se le escapa el proyectil emplumado de entre los dedos.

Agranda espantada los ojos y comprueba demudada que ese tiro accidental no ha errado para su desgracia.

El oso profiere un alarido y se sacude furioso.

Tiene la flecha clavada en la parte superior de su pata derecha.

Cuando clava la vista en ella, el pavor más primigenio la empuja a correr imprimiendo toda su energía en cada zancada.

Tras ella oye los agitados gruñidos de la bestia cada vez más cerca. No deja de sorprenderle que un animal tan pesado pueda ser tan rápido.

Se acerca a un recodo angosto y de soslayo atisba el precipicio que se abre a pocos metros de sus pies, patina peligrosamente sobre un tapiz de piedras sueltas y casi pierde el equilibrio.

Reduce el ritmo para acometer la pronunciada curva y, en ese instante, una zarpa descomunal le clava las garras en el hombro y estas penetran en su carne.

El ataque la derriba, se gira en el suelo y descubre con desesperación que el oso se ha alzado sobre sus dos patas traseras. Abre sus fauces como antesala del festín que piensa cobrarse y ruge victorioso.

Paralizada por el terror, ella grita desaforada, se cubre con los brazos, a pesar de saber fútil ese gesto, y aguarda a que la muerte la alcance a dentelladas.

Un sonido distinto le hace abrir los ojos, un silbido tañe el aire sobre su cabeza.

Un ronco quejido lastimoso le eriza la piel.

Tres saetas todavía vibrantes emergen del oso.

Una de ellas ha atravesado su ojo izquierdo, otra se hunde en su pecho y la tercera asoma de su garganta.

Apenas tiene tiempo de rodar sobre sí misma para evitar que el voluminoso cuerpo la sepulte.

El impacto de la caída sacude la tierra a su alrededor. Se incorpora jadeante, con la sangre latiendo en sus sienes, y mira horrorizada el colosal animal tendido inerte a su lado.

Se aparta atropelladamente de él y se arrastra lejos, entre gemidos entrecortados.

Unos pasos crujen tras ella, se gira a tiempo de ver a tres hombres que le resultan familiares. De inmediato reconoce al que lleva el arco en la mano, cree recordar que lo llaman Raiden.

El hombre la inspecciona y frunce el ceño.

Le dice algo en su idioma y ella niega con la cabeza.

Señala su hombro y Margot lo observa con marcada confusión.

Dirige la mirada hacia el lugar que resalta y gime consternada.

Tres brechas profundas y sanguinolentas lo surcan.

En el fragor del momento, el dolor ha permanecido en un lugar menos relevante, pero ahora mana en oleadas abrasadoras, como si la vista lo hubiera despertado.

Raiden oprime los labios y rebusca algo en el zurrón que pende de su cinto. Es una especie de hoja pardusca. La introduce en su boca y la mastica mecánicamente. Luego la escupe en su mano y hace una seña a los hombres que lo acompañan.

La sujetan por los brazos, inmovilizándola, ella se revuelve asustada, intenta zafarse, pero no lo consigue. Le aplica el mejunje masticado en la herida como un emplasto y con señas le pide que no se toque.

Margot comprende que es algún remedio natural para aquella herida y se deja hacer.

El escozor se agudiza y siente que se marea.

Todo su brazo y parte de su torso están anegados en sangre.

Parpadea para enfocar la mirada y aquellos ojos rasgados se le antojan los de Takeshi, el rostro comienza a diluirse en sombras y, entonces, la negrura la arrastra.

* * *

Cuando recupera la conciencia está de nuevo en el refugio, tumbada sobre una esterilla de juncos.

Sobre ella, el angustiado rostro de Rose la devuelve a la realidad.

—Ha vuelto en sí —avisa con jubiloso alivio.

Otros rostros se ciernen sobre ella expectantes.

—¿Cómo te encuentras?

Rose posa la palma de la mano en su frente y asiente satisfecha.

—Como si me hubiera atacado un oso —murmura con voz pastosa.

Su amiga sonríe y sus ojos se iluminan.

—Creo recordar que dijiste que salías a cazar, no a que te cazaran.

Margot emite un sonido que pretende ser un gemido divertido, pero que se desvirtúa en una mueca de dolor.

—Digo tantas tonterías que espero que no me las tengas en cuenta.

Florence aparece con un cuenco humeante repleto de caldo.

—Caldo de liebre —anuncia risueña—, no hay rasguño que no se cierre tras tomar uno.

Entre ella y Rose la ayudan a incorporarse ligeramente. Ese simple cambio de posición desata un dolor lacerante. Aprieta los dientes y gime dolorida. Acomodan otra esterilla enrollada bajo su cabeza y Florence sopla el líquido.

—¿Ha dicho rasguño? —le pregunta a Rose.

Frunce el ceño simulando sentirse ofendida.

—Eso ha dicho, sí.

Margot desliza la mirada hacia el hombro maltrecho. Alguien se lo ha vendado con diligente habilidad utilizando tiras de lino. A continuación, derrama una mirada resentida sobre el ama.

—Un rasguño es lo que le hizo Rose a Muriel Hamilton en la fiesta de su decimotercer cumpleaños, cuando le dio una bofetada en la cara. Recuerdo que gritaba como un cochino desollado porque le arañó la mejilla con el anillo. Lo mío es casi una mutilación.

—Ese joven de ahí, el que tiene cara de llevar tiempo sin ir al excusado, te ha curado mientras estabas inconsciente —susurra Molly—. Hemos visto las tres brechas que cruzan tu hombro, y son espeluznantes.

—Rose, deberías aprender de Molly a utilizar esas literales analogías en tus descripciones narrativas.

—No lo descarto, su lenguaje es muy... visual.

La voz de la muchacha suena algo más alejada; no logra verla, supone que sigue en un rincón al cuidado de Freddy.

—¿Cómo está Freddy?

—Tu salvador también le ha preparado un remedio. Está algo mejor. Al menos no expulsa los líquidos que entran en su cuerpo —responde Rose.

Margot observa a los tres hombres que se encuentran en la entrada de la oquedad. Han quitado la lona que cerraba el refugio y están construyendo algo con troncos delgados.

—Son gente muy maleducada —susurra de nuevo Molly.

—¿Por qué susurras, muchacha? —inquiere Florence con curiosidad.

—Para que no nos oigan —contesta ella con marcado hastío, mirándola como si la respuesta fuera obvia. Pone los ojos en blanco y resopla con suficiencia.

Florence se palmea la frente y masculla para sí.

—Molly, da igual si te oyen, no entienden una palabra de lo que dices —explica Rose.

La joven parece reflexionar un instante sobre ello y, al cabo, termina asintiendo con semblante aliviado.

—Aaaaaah, entonces ahora comprendo que si no responde a mis preguntas es por ese motivo, no porque sean maleducados.

—Yo doy gracias a Dios de que no nos entiendan— profiere Florence—, porque si creen que todos los ingleses somos como Molly, mandan una flota a Inglaterra para invadirnos.

Margot sofoca una risa, temiendo otro acceso de dolor. Aun así, sabe que le han dado algún narcótico, debería sentirse todavía mucho peor de lo que se siente a tenor de la herida sufrida.

—A decir verdad —comienza Florence—, no son hombres muy amables, aunque el idioma sea una traba, que, por cierto, os confieso que me resulta en extremo desagradable esa entonación tan acusada de las consonantes con ese deje tan cortante, parece que acuchillan las palabras en lugar de pronunciarlas.

Soy incapaz de imaginar cómo sería una declaración de amor en ese idioma tan hosco, o incluso un poema romántico, o el arrullo a un bebé, ¿no os parece?

—Parece que estén enfadados todo el tiempo —secunda Molly—; no quiero imaginar cuando lo estén realmente, debe de ser como si te atravesara un rayo o algo así.

—Lo que venía a comentar —reanuda Florence— es que, a pesar del escollo lingüístico, podrían usar maneras y gestos más afables, al fin y al cabo, somos damas inglesas, unas más que otras.

—Clava la vista en Molly—. Lo que quiero decir es que si fueran caballeros nos tratarían con la debida amabilidad, y no como si fuéramos fardos de heno.

—Francamente, Florence, si tengo que elegir entre amabilidad y supervivencia, elijo la segunda, y en ese aspecto su comportamiento convendrás conmigo en que ha sido del todo intachable —rezonga Margot sardónica—.

Cuando necesitemos que nos abran la puerta del carruaje, acudiremos a un caballero inglés.

Florence la mira ofuscada, contrae el gesto en una expresión concentrada como si intentara discernir si debe defender ese agravio o aplaudirlo.

—Nuestro conde es un hombre aguerrido, y muy apuesto, por cierto, y abre más cosas.

El comentario de Molly desata las carcajadas de las mujeres, excepto del ama, que la fulmina con la mirada. Los tres japoneses las miran como si hubieran perdido el juicio.

A Margot no le pasa desapercibido el rubor en las mejillas de su amiga. Varias escandalosas ilustraciones del libro de Fanny Hill acuden a su mente y le hacen entender el velado significado imbuido en el descarado comentario de la joven.

—Yo no soy un caballero inglés, pero abriría con gusto la boca si alguien tuviera la gentileza de alimentarme. Aun así, puedo esperar a que terminéis de desollar a nuestros anfitriones.

Florence gruñe, sopla de nuevo el caldo y le acerca el cuenco a los labios.

El primer trago le sabe a gloria, tras tanto arroz apelmazado y algas secas. Cuando lo termina, se reclina y cierra los ojos. Un latido de dolor se expande desde el hombro hasta su cuello y parte del costado. Es posible que el efecto del sedante natural se esté disolviendo.

—Creo que están construyendo unas camillas —barrunta Rose.

—Y yo creo que debo pensar la manera de pedirle que me alivie este dolor infernal que va en aumento con gestos.

En ese instante, Raiden se pone en pie, rebusca en la zamarra donde parece portar toda clase de utensilios y saca una corteza leñosa que entrega a Florence.

—Hiérvela en agua y dáselo de beber —indica en un perfecto inglés, desvía la mirada hacia el rincón donde se encuentra Molly y añade—: Por cierto, mi intestino es tan puntual como vuestro té.

Las mujeres lo miran completamente atónitas. El arquero les regala una sonrisa ladina y regresa a su tarea.