Consecuencias de retar a un conde Escena 12
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Escena 12

El corazón de un guerrero

Takeshi siente una punzada nostálgica al contemplarse con el equipamiento samurái al completo. El herrero ha terminado de forjar su daishō . Antes de enfundarla, repasa con el dedo el grabado que luce en el reverso de la espiga, su corazón se inflama de orgullo y su mente se inunda de recuerdos.

Recita en voz alta el lema de su clan: «El corazón de un guerrero late con la sangre de sus enemigos».

La armadura dō , compuesta por láminas de cuero superpuesto en un intenso color rojo vino, que, como escamas, simulan la piel de un armadillo, protege pero permite el movimiento, no como las antiguas armaduras de hierro de difícil maniobrabilidad.

Enarbola la espada frente a él y la ladea ligeramente para capturar la luz que flamea sobre el filo con un destello hipnótico.

La balancea para calibrar su peso y la cruza en el aire con un silbido cortante.

La siente bien en la mano, es equilibrada y ligera, asiente complacido.

La enfunda en la vaina que pende en el lado izquierdo de su cadera, junto a la vaina de la wakizashi , y repasa metódico cada una de las protecciones que cubren su cuerpo.

Lleva el largo cabello recogido en la coronilla, y en su faz se adivina una mezcolanza de emociones cambiantes que van desde la desazón hasta la ansiedad. Pero un pensamiento prevalece por encima del resto: el bienestar de las mujeres y en especial de Margot.

Desde que lo despidió con aquel beso incendiario, cada vez que evoca ese instante todo su ser se reduce a la imperante necesidad de volver a verla, de volver a saborear las mieles de un sentimiento que exalta sus sentidos como ningún otro antes.

Aquel primer y divertido encontronazo con ella no presagió que su corazón volvería a sentir tras la traición que lo había apuñalado perpetrada por la bella Saori.

La aparta de su mente, aquellos días aciagos pertenecen al pasado. Él la perdonó en su momento, lo que no restó un ápice de dolor al desamor sufrido. Había sido un mero peón en sus planes, pero al parecer el destino le había pasado factura, cobrándose todos sus desatinos.

Liam desplaza los paneles shōji que separan la estancia principal de las privadas e irrumpe con una sonrisa altanera.

—Si llego a saber que me queda mejor la armadura samurái que el frac, me presento en las fiestas de sociedad con una —masculla con sorna.

—Apuesto a que la duquesa Fitzwilliam habría aplaudido alborozada.

Ambos sonríen al recordar el carácter excéntrico de la dama.

—Cualquier cosa susceptible de escandalizar la fascinaba —rememora Liam.

—Una gran mujer, en mi opinión. Me pregunto cómo sería el encuentro entre Hiroshi y ella —divaga.

—Hiroshi se convertiría en su perrito faldero, no albergo duda alguna.

Takeshi eleva las comisuras de los labios en una sonrisa distendida. No obstante, la gravedad sigue estirando su rictus.

—Es posible.

Liam fija la vista sobre su amigo y silba admirado.

—Estás imponente —aprecia—. Resultas amedrentador.

—Esa es la otra finalidad de la armadura.

Sacude el kabuto que lleva en la mano y alza las cejas.

—Espera a que me coloque el casco.

—Ya en tu mano resulta terrorífico.

El kabuto es un casco bastante extravagante, vistoso y atemorizante.

Además del bacinete que protege el cráneo, una serie de placas curvas remachadas protegen los laterales hasta los hombros.

Como elementos ornamentales, tan espectaculares como llamativos, cuenta con unos protuberantes cuernos cervales y una máscara demoníaca que protege el rostro.

—¿Te has preguntado de dónde ha sacado Hiroshi estas armaduras? —inquiere Liam intrigado—. Los hombres del destacamento apresados no las llevaban. Son vestimentas de alto rango.

—Si no quieres saber las respuestas, no formules las preguntas —responde resignado—, y, francamente, ya estamos lo bastante implicados en una sublevación con la que no contábamos como para necesitar detalles.

—Si cumple su parte del trato, nosotros haremos lo propio, en caso contrario...

Liam deja la frase en el aire, la completa con una mirada dura y una mueca preocupada.

En ese mismo momento, Raiden y dos aldeanos fieles a la causa viajan hasta la montaña donde han refugiado a las mujeres.

El cometido es llevarlas a las cuevas de Akiyoshi, donde también se ocultarán las mujeres y los niños de la aldea por temor a represalias, hasta que la rebelión se alce con la victoria y el daimio negocie con el pueblo unas rentas más justas.

Como les ha contado Hiroshi, el pueblo se muere de hambre, venden a sus vástagos por unas pocas monedas, las niñas son compradas por proxenetas para ser explotadas en prostíbulos y los niños aleccionados para robar en las calles de grandes ciudades o trabajar en el campo hasta desfallecer por un mísero plato de arroz con gorgojos.

Esa causa tan justa como honorable cuenta con el acicate del resarcimiento. Hiroshi no olvida la humillación ni la traición y piensa cobrarse cada infamia sufrida. Takeshi teme que el fragor de la venganza que brilla en sus ojos opaque el verdadero sentido de la revuelta.

—¿Crees que la rebelión funcionará? —inquiere Liam, acomodando las vainas en su cinto.

—No, será aplastada, como tantas otras tiempo atrás.

—Entonces, ¿por qué aceptaste el trato?

—Porque lo necesitamos. Una cosa es infiltrarnos en Hagi, sortear la guardia y rescatar a mi hermana; otra muy distinta, introducirnos en el castillo de Sunpu sin ayuda: es una fortaleza con triple foso, una torre del homenaje bien pertrechada y el palacio.

Puedes imaginar lo bien custodiado que está.

—Lo que veo más difícil —comienza Liam—, a tenor de tu fatídico vaticinio, es que podamos salir vivos de esta primera refriega para plantearnos asaltar un castillo, si como aseguras la victoria es una quimera.

—Los primeros ataques irán bien, porque, aunque temen una revuelta, no la esperan tan bien organizada, pero cuando el daimio mande al grueso de su ejército, no tendrán ninguna posibilidad.

—¿Ni siquiera de negociar? —baraja Liam.

—Si el daimio negocia porque es presionado por un grupo de campesinos belicosos, eso alentará al resto del pueblo a hacer lo mismo en el resto de las provincias, lo que provocará una pérdida de poder en los daimios, y, por consiguiente, desatará la furia del shōgun Ienari.

El shogunato Tokugawa lleva dos siglos en el poder, para ellos esta revuelta no es más que la insignificante picadura de un mosquito en la gruesa piel de un oso.

Liam exhala un largo suspiro y asiente pensativo.

—Hiroshi es un hombre inteligente, y presupongo que anticipa ese desenlace, entonces, ¿por qué lo hace?

Takeshi sacude la cabeza con un mohín desazonado.

—No lo sé, quizá por una mezcla de venganza y justicia, quizá porque sabe algo que nosotros desconocemos, quizá porque no hacer nada los conducirá de todos modos a la muerte, y una mucho menos honrosa que perecer en batalla.

—La desesperación en la mayoría de los casos suele convertirse en el aliado más poderoso —murmura Liam.

—Además de la desesperación confío en que Hiroshi haya tenido el buen juicio de adiestrar a esa leva de campesinos convenientemente. Con los rōnin y los shinobi no será suficiente.

—El plan es metódico y está urdido con sabiduría. Estratégicamente es brillante, si se ejecuta bien, por supuesto —considera Liam.

Takeshi guarda silencio, repasa mentalmente el esquema del asalto a Hagi que ha fraguado Hiroshi buscando posibles fisuras para anticiparse a ellas.

Los shinobi , envueltos en sombras, accederán a la ciudad amurallada escalando el muro sur.

Una vez dentro se encargarán de cuantos centinelas encuentren y abrirán los portones de entrada para darles acceso.

Una vez dentro, el objetivo será la barraca de los soldados que duermen hasta el cambio de turno.

Deben prender fuego al edificio, crear caos y romper en un ataque conjunto, tan sorpresivo como letal.

Han podido estudiar el plano de la ciudad y, paradójicamente, la minuciosa disposición de la urbe para proteger a sus habitantes favorece el ataque.

La guarnición de samuráis rodea las murallas, el barracón militar se encuentra en la entrada, frente a los portones, con lo que, si aniquilan el anillo exterior, se habrán hecho con la ciudad.

Las casas familiares se apiñan en el centro de la villa, como un núcleo homogéneo que pretenden dejar intacto, la ciudad está rodeada de montañas por tres de sus lados, el cuarto da al mar, con lo que está encajada en un enclave geográfico que a priori puede resultar inexpugnable o una trampa.

El único inconveniente es que la residencia de Murakama se alza en una colina justo en el centro de ese núcleo urbano.

No obstante, agradece a los dioses que no habite el castillo, reservado para altos mandatarios, ya que es una fortaleza custodiada por el mar que alberga un torreón de cinco pisos, dos ciudadelas exteriores y un baluarte final.

El plan es que, una vez dentro, un reducido grupo de veteranos atraviesen la urbe hasta la cima de la colina para capturar a Murakama, evitando derramar la menor sangre posible.

Necesitan un rehén para negociar. Liam y él encabezarán esa misión.

—¿Preparado?

Takeshi asiente y camina con paso aplomado hacia la salida.

Una treintena de hombres equipados para la batalla se disponen en tres hileras sobre sus monturas.

Al frente, Hiroshi y dos rōnin de semblante despiadado los aguardan con mal disimulada impaciencia.

Dos caballos nervudos, un alazán castaño y un semental, negro como la noche, agrandan sus ollares y resoplan ansiosos, aguardando a sus jinetes.

Liam se encarama sobre el alazán con parsimonia, rezumando en el gesto su elegante porte inglés.

Él se impulsa sobre el estribo con suave premura, grácil y con delicadeza.

Se inclina sobre la cerviz y hunde los dedos en ella acariciando al animal.

Se ladea ligeramente y le susurra al oído con tranquilizadora ternura.

El caballo gira la cabeza gustoso y Takeshi le acerca la mano para que la huela.

Si no traba complicidad con su montura, difícilmente podrán fusionarse como un arma de guerra letal.

Debe confiar en él y obedecer cada instrucción en el momento preciso.

Palmea su robusto cuello, se afirma en la silla y sujeta con firmeza las riendas.

Tras una seña de Hiroshi, espolea la montura y parten dejando atrás una vaharada de polvo y a un pueblo sumido en una esperanzada incertidumbre.

El ocaso acompaña la partida, silueteando de bronce un horizonte que pronto se teñirá de llamas, sangre y muerte.