Escena 11
Un mocoso y cuatro damiselas
El muchacho se arquea y vomita sangre.
Su rostro, lívido, se contrae preso de dolorosos espasmos estomacales.
Gime y arde en fiebre, los accesos de dolor son tan agudos que empiezan a temer lo peor.
Tras toda una noche de sufrimiento, Rose repasa en voz alta los libros de medicina que solía leer y que su padre traía de sus viajes.
—No es una simple indisposición ni una indigestión —opina Florence.
Contempla compasiva a Freddy, que se retuerce sobre una manta en el suelo de la oquedad.
Junto a él, Molly, arrodillada a su lado, le acaricia la frente e intenta aliviarlo con palabras mimosas.
—Es disentería —escupe Angus examinando el vómito. Su rostro de facciones hoscas y gesto agrio no muestra el más mínimo desasosiego por su compañero. En cambio, Daniel se muestra compungido y angustiado por su amigo—. Si me hubiera hecho caso, ahora mismo estaríamos en algún bajel de vuelta a casa.
Daniel palidece, sus claros ojos zarcos se empañan con un velo funesto.
—He visto a muchos marinos sucumbir a ella —continúa—. Sin los cuidados necesarios, el enfermo acaba dentro de un saco cosido en el fondo del mar.
Margot cierra los puños, presiona la mandíbula y se dirige a él.
—Si vuelve a hacer un comentario tan desafortunado, es posible que usted acabe en el fondo de ese valle, con la boca cosida —amenaza furiosa.
—Tranquilícese, encanto, aquí no hay ningún caballero que defienda su descaro.
Rose y Florence se acercan a Margot con el mismo gesto belicoso que ella. Molly se refriega las lágrimas con la manga y lo fulmina con la mirada.
—Pero hay cuatro mujeres que sacarán sus garras si osa volver a amenazarla —avisa Rose entre dientes. Su mirada es tan feroz como su gesto.
Daniel se pone en pie y se encara con el timonel.
—Y un hombre.
—¿Un mocoso y cuatro damiselas desarmadas? Nunca había pasado tanto miedo —se mofa.
Margot extrae de su obi el pequeño puñal que Takeshi le dio antes de partir. Lo enarbola frente al viejo marino y compone su expresión más implacable.
—Si tanto le desagrada nuestra compañía, a nosotros mucho más la suya, así que coja lo que precise para el viaje de vuelta y lárguese —ordena iracunda.
Angus parece sopesar la invitación.
—Lo haré, la disentería es muy contagiosa, y no quiero morir como un perro perdido en el confín del mundo.
Desliza la mirada hacia Daniel.
—Todavía estás a tiempo de salir de esta, muchacho.
—No voy a abandonar a mi amigo, señor Murphy, será mejor que se vaya —aconseja con firmeza.
El hombre asiente y regurgita un escupitajo a los pies de Daniel.
—Es la primera vez en mi vida que tengo la oportunidad de despedirme de seis cadáveres.
Ejecuta una florida reverencia a modo de despedida, les dedica una sonrisa cínica y se encamina hacia los sacos donde guardan los víveres.
Margot se interpone en su camino esgrimiendo el cuchillo.
—Será Daniel quien prepare las raciones para su excursión. Seguro que será más generoso de lo que realmente merece usted.
El joven marino corre hacia las provisiones y se apresura con el cometido. En un saco de arpillera introduce alimentos, arroz cocido, algas secas y un odre con sake, lo cierra y se lo entrega.
—Con esto solo tendré para unos días —se queja.
—El bosque está lleno de comida —alega Rose—, puede cazar y pescar, coger frutos. Seguro que un hombre tan curtido como usted cuenta con muchos recursos.
Angus da un paso hacia ella, Rose retrocede y enarbola otro puñal.
—Otro paso más y el primer cadáver que despediremos será el suyo, señor Murphy.
Calibra a las dos fieras mujeres que tiene delante y finalmente sacude la cabeza desechando la idea original.
Se echa el hatillo sobre el hombro izquierdo y escupe de nuevo. Las mira de hito en hito y se encamina hacia la lona que cierra la cueva. Aparta la tela, les dedica una última mirada despectiva y se marcha.
Oyen alejarse sus pasos sobre el pedregoso sendero y las mujeres exhalan el aire contenido.
—Hasta que los hombres regresen, tenemos que montar guardia nosotras, no me fío de ese miserable —aduce Margot, aflojando los hombros.
—Por un momento, creí que nos atacaría —replica Rose. Su rostro continúa tenso y su pecho, agitado.
—Yo también, y casi se me sale el corazón del cuerpo.
Florence les muestra la piedra que sujeta en la mano derecha. La mujer tiembla, pero les dedica una sonrisa cómplice.
Rose y Margot se acercan a ella y la abrazan.
Las tres suspiran aliviadas y relajan la tensión sufrida.
—¿Y qué vamos a hacer con él?
Molly las mira llorosa. Se frota las manos y de nuevo regresa junto al muchacho, que parece inmerso en un estado de febril semiinconsciencia.
—Los paños calientes aliviarán el dolor abdominal —sugiere el ama.
—Y hay que mantenerlo hidratado —añade Rose cavilosa—, está perdiendo muchos líquidos y eso puede desencadenar problemas más graves.
—Vomita todo lo que le damos —recuerda Molly con pesar.
—Si el líquido entra de golpe en el estómago lo expulsará, porque sus tripas están inflamadas —reflexiona Rose, exprimiendo de su memoria la información útil de los tratados médicos que recuerda—. Quizá tolere mejor un goteo continuo.
Coge el odre de agua y lo vierte en un cuenco.
Se arranca los bajos del kimono y los arruga confeccionando una pelota textil.
La empapa en el líquido y se aproxima al muchacho sosteniendo el cuenco en la otra mano.
Se arrodilla y comienza a estrujar la bola de tela hasta que varias gotas se escurren entre sus resecos labios.
El acto reflejo de su garganta es tragar de manera voluntaria, y, así, con paciencia y mimo, logra que el muchacho absorba algo de líquido sin que su vientre se contraiga de dolor.
—¿Podría hacerlo yo? —se ofrece Molly.
—Claro, repite lo que acabo de hacer, espacia las gotas unos segundos, que le dé tiempo a tragarlas.
Florence, a su vez, se acerca al fuego ya moribundo tras una noche de infatigable festín de ramas y leños y coloca sobre las ascuas otro cuenco con agua. Mira con preocupación a la joven criada y tuerce el gesto.
—Rose, ¿recuerdas si la disentería es contagiosa, como dijo ese hombre?
—No sabemos si es disentería, pero, si lo es, me temo que sí.
Las mujeres se miran entre sí, en sus facciones reluce la inquietud.
Daniel se pone en pie y se acerca a la doncella.
—Deja que siga yo, Molly, no te expongas tanto.
La muchacha niega con la cabeza.
—Si es algo infeccioso, ya lo habré cogido, le he limpiado los restos de vómito y he estado junto a él toda la noche.
—Derrama la vista hacia las demás con sonrisa tranquilizadora—.
Pero no debéis preocuparos —añade con tono ufano—, soy tan fuerte como cabezota, y no sería la primera vez que venzo una enfermedad: de niña pude con muchas.
Además, llevo años sobreviviendo al mal genio de Florence.
Margot la observa con preocupada ternura.
—Yo me ocuparé de su cuidado —concluye la muchacha.
Daniel asiente e inspira largamente. Su rostro se vela con un paño desazonado.
—Me encargaré de la vigilancia, Angus ha demostrado en más de una ocasión su talante pendenciero.
Margot le ofrece el puñal. El muchacho se lo agradece y, tras una inclinación de barbilla, sale al exterior.
Tras él entra una bocanada de aire fresco que aviva las ascuas y refresca sus rostros congestionados. Margot contempla la lona con ceño caviloso.
—El ambiente aquí dentro está enrarecido, ¿qué te parece si ventilamos el espacio?
Rose asiente conforme.
—Además, será bueno para Freddy: tenemos que conseguir bajarle la temperatura como sea.
Descuelgan la lona lo suficiente para dejar la mitad de la abertura despejada.
El albor dora las copas de los árboles, como si un pintor caprichoso hubiera esparcido oro líquido sobre el valle de coníferas a golpe de pincel.
Las sombras se agazapan furtivas y se deslizan alargadas, huyendo de la voracidad de un día incipiente.
El aire, impregnado de un penetrante aroma a pino, dulce y fragante, diluye el hedor de la enfermedad que sofoca el ambiente.
Margot comprueba los víveres. No sabe cuándo regresarán Takeshi y Liam, y esa incertidumbre la empuja a coger el arco y la aljaba repleta de saetas y salir a cazar.
—Si vas a perseguir a ese canalla, clávale una flecha en el trasero de mi parte —rezonga Molly, abnegada cuidando al enfermo.
—La carne de bastardo no es de mi gusto —responde—, voy a intentar cazar algo más apetecible. Tanto a Freddy como a los demás nos vendría muy bien un buen caldo.
Rose la acompaña a la salida.
—Creo recordar que la trementina reduce la fiebre; además, el proceso para destilarla es muy sencillo.
Otra cosa que se me ocurre es conseguir corteza de sauce, pero para eso debes alejarte demasiado y buscar el río Koto, aunque no me ha parecido ver ningún sauce junto a él, así que no merece la pena el riesgo de bajar al valle.
—¿Dónde busco la trementina?
—Debes extraer salvia de algún pino, saja la corteza superficial y raspa la resina. Déjame buscar algún recipiente que pueda servirte para eso.
Se adentra de nuevo y Margot la ve rebuscar entre los sacos apilados. Al cabo, sale y le entrega un pote con tapa que huele a alcohol puro.
—¿Has tirado el sake? —Chasquea la lengua—. Empezaba a gustarme.
—Si te agrada que algo te noquee, puedo golpearte con un tronco —ironiza Rose.
Margot sonríe y ata el pote con un cordel a su obi .
Le ofrece el puñal y lo entremete también en el ancho cinto. Se cuelga la aljaba en un hombro y el arco en el otro.
—No te alejes mucho. Si no cazas nada, te querremos igual, no lo olvides.
Le guiña un ojo y se vuelve a adentrar en el refugio.
Margot suspira hondamente y enfila hacia el angosto sendero que circunda la montaña entre altos collados.
En aquel tramo se aglutinan racimos de abetos bordeando el camino; en las curvas, las mesetas rocosas son puertas abiertas a un viento más beligerante.
Debe descender hacia la falda de la montaña, donde los pinos pueblan aquellas latitudes más amables en clima y terreno.
Allí le será más fácil encontrar presas pequeñas.
Camina a buen paso, extremando la precaución en los giros abruptos, tan yermos como peligrosos.
No debe subestimar los golpes repentinos de viento, que, traicioneros, fustigan las aristas de la montaña con un silbido escalofriante.
Se mantiene alerta, esperando no toparse con Angus.
Supone que va delante de ella, seguir el sendero que asciende a la cima quizá conduzca hacia algún otro lugar, pero averiguarlo no resulta sensato, por lo que el timonel habrá optado por ese mismo recorrido.
Es la alternativa más juiciosa. Y, reflexionando sobre el buen juicio, decide detenerse en un tramo para evitar la posibilidad de tener que enfrentarlo.
En ningún momento se detiene a pensar en que el peligro está tras ella.