Escena 10
Destino caprichoso
La claridad de la noche desvela que en el camino de tierra no hay huellas de monturas en dirección contraria. La partida sigue en Mine, probablemente ebrios de sake y fanfarronadas.
—No regresarán hasta que despunte el alba —se lamenta Liam. Chasquea la lengua y se encoge de hombros—. Lo que nos deja una sola opción: volver a la aldea y raptar a uno de ellos.
—Prefiero caminar a enfrentar a cinco guerreros —asegura Takeshi—. Además, estarán borrachos como cubas, yo mismo capitaneé más de una partida similar, conozco de sobra sus rutinas.
—Pues no perdamos tiempo, la noche es nuestra mejor aliada.
Corren a buen ritmo hasta que el cansancio mordisquea sus pulmones.
Descansan, beben agua y continúan. Aumentan y aminoran el ritmo para evitar extenuarse.
Se turnan adelantándose como si fueran dos competidores en una carrera de velocidad.
Pero en realidad lo hacen para equiparar riesgos en caso de enfrentar un peligro.
Llegan jadeantes a la entrada de la aldea cuando la luna ya está baja.
Takeshi se apoya en las rodillas mientras boquea como un pez fuera del agua. Liam se tira directamente al suelo con la mano en el pecho.
—Creo que me estoy muriendo —gime entrecortado.
—Pues me pillas sin fuerza para enterrarte. Lo más que puedo hacer por ti es darte una patada y dejar que tu cuerpo ruede hasta el linde; con algo de suerte, podré ocultarte bajo algún matojo.
Entre los sonoros resuellos de Liam emerge una risotada que es interrumpida por un acceso de tos.
—Ponme al menos una cruz —bromea.
—Las alimañas que coman tu cuerpo la quitarán.
—Me has convencido, no me muero.
—Mejor, las únicas fuerzas que me quedan son para hacer un té.
Se pone en pie quejicoso e inspira largamente.
—De eso nada, haz ese condenado té, pero sacamos juntos al tipo que esté más cerca de la puerta.
Takeshi sonríe y asiente mientras su respiración se acompasa de nuevo.
—Me has convertido en un acomodado y blandito lord inglés.
—Distas mucho de los lores que conozco. De hecho, dudo que ninguno aguantara corriendo ni la distancia que hay del club a sus casas.
—Algunos, ni del sillón al mueble bar.
Liam asiente y sacude la cabeza con diversión.
—Tras este ameno interludio, creo que es la hora del té.
—Y la del secuestro, ¿hace los honores, conde de Norfolk?
—El anfitrión ahora eres tú.
—Maldita sea, siempre sabes cómo escabullirte —se queja divertido.
Avanzan hasta la parte trasera de la aldea, saben que hay guardias apostados en la entrada. Se camuflan entre los árboles que circundan el río, arropados por su murmullo.
Takeshi se esconde entre las sombras seguido por Liam, sabe que los huéspedes se alojan en casa de Hiroshi.
A hurtadillas, se ciñen contra las paredes de la cabaña.
Cuando llegan a la ventana, avanzan en cuclillas.
Takeshi se alza lo suficiente para otear el interior.
El fuego central crepita mortecino dibujando sombras caprichosas en el papel de arroz de los fusuma .
Distingue varios cuerpos acurrucados en futones.
Las armaduras descansan pesadas en un rincón de la sala, también las armas, pero Takeshi sabe que duermen con la wakizashi o el pequeño puñal tantō junto a ellos. Son los samuráis del clan Genji.
Hace una seña a Liam y se encaminan hacia la puerta principal.
Vigila a su alrededor antes de aventurarse a empujar con extremo cuidado las puertas deslizantes.
Liam se asoma por detrás de su hombro y señala uno de los cuerpos.
Takeshi asiente conforme, es el más próximo a la puerta y ronca como un jabalí moribundo.
Frente a él, un cuenco vacío yace de costado, la jarra del sake, que presume está vacía.
No es el único que ronca. De hecho, hay tal festival de sonidos, entre flatulencias, eructos y somniloquios ininteligibles que podrían ahorrarse tanta cautela.
—He visto teatros kabuki más silenciosos —susurra Takeshi.
Liam se cubre la boca con la mano y asiente con la risa bailando en sus ojos.
—Si los acompañamos con un tambor, podemos componer una canción.
El gesto de Liam se congestiona, sus ojos lagrimean, la mano sobre la boca se tensa más en un esfuerzo fútil por reprimir las carcajadas que le pican en la garganta.
Se acercan a su objetivo. Liam lo coge por los sobacos y Takeshi por los pies. Asienten a la vez y lo alzan como si fuera un fardo. A pasos rápidos y cortos, salen de la cabaña sin cerrar las puertas.
El hombre se sacude y rezonga algo en sueños, pero al cabo continúa con sus ronquidos.
—Creo que si lo tiráramos al río tampoco se despertaría —aprecia Liam no sin extrañeza.
—Y yo creo que ese sake llevaba algo más que simple licor de arroz fermentado.
Doblan el siguiente recodo rumbo al pequeño puente que conecta la aldea con las pozas de agua dulce. Allí se abre una travesía que conduce a una pradera boscosa.
De repente, una figura los intercepta cortándoles el paso. Takeshi suelta los pies de su presa y esgrime un sable contra el asaltante. Liam se gira con intención de abalanzarse sobre la figura cuando alza las manos.
Raiden los mira con el ceño fruncido.
—Por los dioses, ¿qué estáis haciendo?
—Cobrarnos una pieza para sacarle brillo —responde Liam.
—Esa pieza y todas las que se alojan bajo el techo de Hiroshi le pertenecen.
—Pues tendrá que prescindir de esta, necesitamos sacarle información valiosa —alega Takeshi—. ¿Y para qué demonios los habéis drogado?
—Eso deberás preguntárselo a él.
Raiden los guía hacia su casa mientras la noche se agrisa. Una neblina brumosa brota del río y se desliza sinuosamente entre los helechos, arremolinándose entre sus pies.
Raiden les abre las puertas y se introducen en la sala principal, dejando el cuerpo en una esquina.
Hiroshi los contempla con los brazos cruzados y semblante furioso.
Lleva el largo cabello cano en un chonmage , un recogido exclusivo de los samuráis, una especie de coleta retorcida que se dispone en la coronilla.
Viste su antigua indumentaria de batalla, el kimono, y en la parte inferior la hakama y en la superior un haori bordados con hilo de plata; sobre esas prendas, una armadura dō-maru de cuero repujada en color rojo vino.
Al cinto porta la catana enfundada en su vaina de junco en el flanco izquierdo; entremetida en el obi , la wakizashi .
Su porte ya no es encorvado y frágil. Rezuma poder y autoridad, su semblante es fiero y su mirada amedrentadora. Su aspecto general resulta imponente. Se ha desprendido de su envoltura de abuelo decrépito e inofensivo para vestirse de nuevo con la piel del temible general que fue.
—¿Podemos saber qué estás planeando, Hiroshi-senséi?
Takeshi inclina la barbilla en señal de respeto.
—Podría preguntarte lo mismo.
Su ceño se acentúa.
—Queríamos asegurarnos del paradero de Akira.
El viejo general desliza su torva mirada sobre el hombre derrengado en la esquina, silbando entre ronquidos regulares su inconsciencia.
—Ese hombre está drogado, al igual que el resto del destacamento. Esta noche no conseguiréis nada de él.
—¿Y qué esperas conseguir de ellos, maestro?
—Retenerlos aquí.
—Si esta patrulla no regresa, mandarán otra y más vasta.
Hiroshi inspira largamente y los observa pensativo. Su gesto se arruga preso de una nueva inquietud. Se mesa la larga barba, como si aquellos suaves tirones lo ayudaran a desgranar soluciones a aquella nueva situación.
—La patrulla regresará —revela circunspecto—, con lo que no contaba era con vosotros.
Takeshi alza las cejas al comprender el plan original de su antiguo general.
—Los has drogado para haceros pasar por ellos y poder infiltraros en Hagi.
—Así es, muchacho, y creo que nuestro dios Hachiman os ha traído para bendecir mi plan.
—¿Y qué hay de nuestro plan?
—Si lográis despertar a vuestro jabalí antes de que despunte el alba, estáis a tiempo de venir con nosotros.
Takeshi asiente, escruta a su maestro con gesto concentrado y empieza a sospechar que las intenciones del anciano no se centran en rescatar a Akira.
La llama de la venganza flamea en ellos con renovado vigor.
Su regreso ha sido el detonante que necesitaba para darle un sentido a la vida que le han arrebatado.
Se vuelve hacia Liam y a continuación fija la atención en el soldado Genji.
—Creo que vamos a necesitar varios baldes de agua fría y alguna que otra patada.
—¿Y a qué estamos esperando?
—Yo os ayudaré —se ofrece Raiden.
Tras varios baldes del agua gélida de los arroyuelos que descienden de la montaña y algún que otro bofetón, el hombre parece salir de esa narcótica somnolencia.
Raiden y varios aldeanos se han encargado de maniatar al resto, que continúan inconscientes en sus futones.
—¿Qué... qué sucede?
Logra enfocar la mirada, aunque le pesan los párpados. Sacude la cabeza esparciendo gotitas de agua a su alrededor y, al cabo, su gesto se torna alarmado. Descubre que está atado de pies y manos y comienza a zarandearse nervioso.
—No vamos a hacerte daño si contestas a nuestras preguntas —comienza Takeshi.
Se acuclilla frente a él y acerca su rostro con semblante amenazante.
—Yo no sé nada —masculla trémulo.
Takeshi enarca una ceja y estira una comisura en un marcado gesto incrédulo.
—Espero por tu bien que eso no sea así, porque si no tienes nada que ofrecer a cambio de tu vida, date por muerto.
El soldado palidece visiblemente. Agranda los ojos, sus pupilas se dilatan, traga saliva y lo mira angustiado.
—¿Cómo te llamas?
—Kuma Yoshida.
—Bien, Kuma, supongo que sabes quién es Akira Mōri.
El hombre lo mira confuso, compone un ceño pensativo y finalmente asiente.
—Ya no es Akira Mōri.
Takeshi se mantiene en silencio, aguardando a que continúe.
—Ahora es Akira Genji.
De todas las escalofriantes elucubraciones que habían pasado por su cabeza, la de desposarla ni la había barajado.
Le resultaba inconcebible que Murakama tomara por esposa a alguien del clan que tanto odiaba, condición que no la eximiría de su crueldad.
Quizá la quería cerca solo para atormentarla aún más. Ese pensamiento le pinza las tripas.
—¿Dónde está?
—En el castillo de Sunpu, en la provincia de Suruga.
—¡Maldición! —impreca contrariado, cierra los puños y se pone en pie.
Liam ocupa su lugar.
—¿Dónde está Murakama?
—En Hagi, con su guarnición, escoltando al jitō en la recaudación de impuestos y sofocando las revueltas de los campesinos por las subidas que ha implantado este año el shōgun .
—¿El daimio está en Sunpu? —interviene Hiroshi con gesto adusto.
—No... no lo sé —responde trémulo. Lo mira con semblante suplicante—. Es la verdad, os lo juro.
El veterano samurái lo coge por el kimono y lo sacude con vehemencia.
—¿De cuántos soldados dispone Murakama? —Su voz adquiere un tono duro, imperativo.
—La guarnición la componen unos cincuenta soldados, pero sé que el daimio les ha mandado un ejército. Sospechan que los campesinos se están organizando, saben que han contratado una leva de rōnin y shinobi para que ataquen los destacamentos tributarios.
Takeshi fija la vista en Hiroshi, su ceño se frunce con recelo e irritación.
—¿Se sabe cuándo llegarán a la provincia?
—Un emisario avisó hace un par de jornadas de la llegada de los ashigaru .
Hiroshi asiente con rictus grave. Su rostro se contrae visiblemente.
Sus delgados labios se convierten en una línea dura y blanquecina.
Cuadra los hombros y hace una seña a Raiden.
El ayudante se aproxima al prisionero, desenfunda su wakizashi , la alza sobre su cabeza y, ante el gesto de terror del soldado, descarga la parte roma de la empuñadura en un golpe seco y certero que lo deja inconsciente.
Su cuerpo inerte se desploma sobre el tatami.
—No hay tiempo que perder —asevera Hiroshi.
Takeshi lo observa con rencorosa severidad, avanza hacia él para enfrentarlo.
—Ni mi hermana ni yo tenemos nada que ver en esto, ¿no es así? Toda esa perorata sobre tu sentido del deber hacia mi familia eran puras patrañas.
Hiroshi alarga un silencio cargado de respuestas, todas inquietantes.
—Esto lleva en marcha mucho tiempo —prosigue desgajando la situación—. Eres tú el que está orquestando esa rebelión, y esto nos va a estallar a nosotros, que estamos en medio, con un objetivo diferente.
—El que emprende un camino debe aceptar que los demás transiten el suyo.
—Yo te desvelé mi senda, la tuya la has ocultado entre la maleza y ahora nos hallamos en una encrucijada —acusa Takeshi endureciendo el ceño.
—El destino es caprichoso, mi buen Takeshi, y te ha puesto en mi camino en el momento más inoportuno. No podía permitir que alteraras mis planes, mucha gente depende de ellos.
—Tampoco hay ningún espía, todo fue un ardid para sacarnos de Mine —concluye su conjetura sin ocultar una profunda decepción hacia el hombre que durante toda su vida fue su mentor.
—No —reconoce—, y eso implica que todavía nadie sabe que has regresado, ni que sigues vivo. Aún puedes replantearte tu situación.
—No pienso desistir de mis intenciones si lo que pretendes es disuadirme —anuncia desafiante, alza la barbilla retador y cuadra los hombros.
—Ni yo te lo pediría. Sin embargo, podemos beneficiarnos mutuamente, ya que nuestro enemigo es el mismo.
—¿Qué me ofreces?