Escena 9
Tentaciones
Atraviesan varias cañadas hasta llegar a un recoveco en la montaña protegido por una hilera de abetos inclinados sobre el abismo, como si quisieran lanzarse al vacío y unos dedos leñosos se lo impidieran.
El entorno montaraz resulta amedrentador, la estrecha pasarela por la que han ascendido hacia aquella oquedad en la roca ha resultado tan extenuante como vertiginosa.
La pobre Florence jadea sin aliento, con la mano en el pecho y el rostro congestionado por el esfuerzo.
Rose le ofrece un odre con agua.
—De todas las pequeñas damiselas que nacen en Dorset, me ha tenido que tocar cuidar de la más aventurera —se queja sofocada.
—De todas las amas que cuidan pequeñas damiselas inglesas, he tenido la gran fortuna de tener a la mejor.
Le estampa un sonoro beso en la mejilla y le susurra:
—Cuando regresemos voy a cuidarte como a una reina.
—No merezco menos —gime mientras se sienta sobre un tronco caído y se abanica con la mano.
Los hombres descargan los sacos que han atado a sus espadas y observan la frondosa falda de la montaña.
Desde allí pueden ver la aldea junto al arroyo, apenas una mancha clara en la amplia ladera.
Más allá, a la derecha, siguiendo el río Koto, se yergue sobre el valle una pared vertical, la entrada a las cuevas de Akiyoshi.
Takeshi se acerca a Florence con mirada apreciativa.
—Nos tenías a todos engañados, ¿eh, Florence? Tú no eres un ama convencional, eres más dura que el culo de un escocés.
—Es que soy escocesa —confiesa ante el asombro del japonés.
La carcajada de Takeshi rebota en la piedra y cascabelea en el pecho de Margot.
—Ahora entiendo cómo has podido lidiar con mi Rose sin tirarte por una ventana —bromea Liam.
Recibe un codazo de la aludida y le guiña un ojo, cómplice.
—¿Tu familia pertenece a algún clan importante? —se interesa Takeshi.
—A los Cameron de Loch Abar, en las Highlands.
—Es un clan muy importante —apunta Liam—, un aliado valioso de los McDonald.
Takeshi reconoce ese apellido y asiente admirado.
—A tus pies, Florence Cameron.
Inclina la cabeza cortés y, cuando la alza, Florence sacude su pañuelo azorada.
—No se burle, señor Takeshi.
Se ríe con adorable timidez cuando él le coge la mano y deposita un beso en el dorso.
—No lo hago, he oído tantas hazañas de los escoceses que me moría por conocer a uno.
—Pues no blando ninguna claymore , pero tengo el codo tan afilado como un estilete.
—Bien lo sé —rezonga Molly frotándose el costado.
—Montemos el campamento antes de que nos sorprenda la noche. Haremos turnos de guardia —apremia Takeshi.
Su rostro se ha dulcificado con la conversación distendida y, por un momento, con la sonrisa todavía pendiendo de sus labios, mira a Margot.
Ella aparta rauda la cara y le da la espalda.
Es consciente de que se siente dolida por el rechazo y, aunque detesta ser el causante, sabe que es lo mejor que puede hacer por ella.
Inspira hondo y se afana por desplegar la lona que los protegerá de la intemperie en el mordisco en la roca donde pasarán la noche.
Ayudado por los hombres, la fija a dos salientes de piedra con cuerdas, en la parte superior, quedando como una cortina.
Es recia y confía en que los guarecerá del cortante viento de la montaña.
A esa altura, la temperatura desciende bastante cuando el sol desaparece.
Inmerso en el trabajo, no deja de pensar en el plan que han urdido para rescatar a Akira.
Teniendo en consideración la inferioridad numérica, solo cuentan con el factor sorpresa y su ingenio.
Lo que le preocupa es que Murakama, al conocer su regreso, haya doblado la guardia y apueste soldados en la aldea de Hiroshi.
De ser así, ni él ni Raiden podrán ayudarlos a introducirse como shinobi en territorio enemigo.
Es un plan temerario, pero no tiene otra alternativa.
Conociendo la crueldad y el sadismo del líder Genji, no puede imaginar las penurias que estará sufriendo su hermana.
La noche abre sus alas sombrías sobre el valle, aleteando perezosa para evaporar las últimas briznas de cobre que se desgajan en hebras quebradizas en un horizonte brumoso. Takeshi contempla el ocaso sentado en las raíces del abeto suicida con evidente desasosiego.
—Saldrá bien —murmura Liam apareciendo a su lado. Su tono es afable pero convencido—, hemos llevado a cabo empresas igual de arriesgadas.
—Murakama es inteligente, cauto y minucioso, nos estará esperando en Hagi.
—Creo que se nos está pasando algo importante por alto —menciona Liam meditabundo.
Takeshi gira el rostro hacia él con gesto intrigado.
—Estamos dando por hecho que Akira está presa en Hagi, el feudo de los Genji, pero ¿y si no fuera así?
Esa posibilidad ni se la ha planteado. Frunce el ceño y sacude la cabeza, sus almendrados ojos relucen con perspicacia.
—Cierto, debemos asegurarnos, y solo se me ocurre mandar a Raiden de avanzadilla para que intente averiguarlo.
—O emboscar a ese grupo de guerreros Genji y sacarles la información invitándolos a unas deliciosas tazas de té de waraitake.
Takeshi suelta una carcajada al recordar aquel episodio años atrás de cómo drogaron, con el hongo grande de la risa, a uno de los guardias de la prisión en la que estuvo cautivo.
—Nos contó hasta cómo se meó en los pies de su superior mientras pasaba revista.
Liam ríe con él mientras aquella idea tan peregrina comienza a coger forma en la mente de ambos.
—No sabemos si el dōshin y su escolta siguen en Mine; si han regresado, ya hemos perdido esa oportunidad —barrunta Takeshi.
Un silencio denso cargado de inquietudes se cierne sobre ellos pleno de preguntas sin respuesta y de planes alternativos.
—Solo hay una manera de saberlo —alienta Liam, enarcando una ceja con gesto pendenciero.
Le dedica una mirada lobuna, clara señal de que está preparado para la acción, reconoce esa mirada depredadora, la ha visto muchas veces y sabe que él mismo la comparte. Es hora de salir de caza.
Se miran cómplices y en ese silencioso acuerdo tácito casi se ponen de pie al mismo tiempo.
—Sé dónde encontrar waraitake , he visto algún rodal entre los pinos del valle.
Liam asiente y se dirige hacia la lona que trasluce el refulgir titilante de un fuego.
—Les pediré a los chicos que hagan turnos de guardia y cogeré las armas.
Takeshi inspira hondo y contempla de nuevo el valle mientras aguarda el regreso de Liam.
Siente el impulso de asomarse para encontrarse con la mirada de Margot, lo estrangula de inmediato.
Debe no solo tomar distancia física de ella, también mental.
Debe desprenderse de esos arrebatos, de pensamientos turbadores.
Debe blindarse y conseguir que ella también lo haga.
El ulular de un búho atraviesa la noche.
Un orbe de nácar asoma entre guedejas algodonosas, perlando su nebuloso interior.
La claridad lunar puede resultar tanto un inconveniente como una ventaja si escogen con cuidado el lugar donde acechar a la partida y tienden una trampa imperceptible a la vista, pero eficaz en su cometido, podrán conseguirlo.
Eran cinco jinetes. Si logran desmontarlos, podrán reducirlos sin problema.
Un murmullo de pasos a su espalda le anuncia el regreso de Liam.
—Sea lo que sea lo que vayáis a hacer, intentad regresar de una pieza.
La voz de Margot envara su espalda. Se gira hacia ella.
Su larga y castaña melena cae como una cascada a su alrededor en ondas que platea la luna. Los grandes ojos avellana lo escrutan con reprobación. Takeshi sostiene su mirada, esforzándose en simular impasibilidad.
El modesto kimono que lleva puesto es demasiado pequeño para una mujer tan exuberante y acentúa en exceso sus generosas formas femeninas.
El obi que ciñe su angosta cintura le recuerda que sus manos estuvieron en ese lugar.
A su mente acude la plenitud de unos senos turgentes de coronas rosadas y la suavidad de su tacto azota sus sentidos, su hombría es puesta a prueba fustigada por un anhelo desgarrador.
Un latido pulsante puja en su ingle, ávido y enhiesto.
Agradece que la hakama que lleva puesta sea ancha y no evidencie el irritante efecto físico que provoca en él su sola cercanía.
—Siempre lo procuro —se limita a responder.
Ella se acerca lo suficiente para que él sienta la dolorosa obligación de retroceder, a pesar de que lo único que desea es volver a estrecharla contra sí. Presiona los labios y cierra los puños, pero mantiene el gesto hierático.
—No quiero perder a mi instructor —susurra ella.
Su tono se le antoja un sensual ronroneo que pone al límite su contención.
—No temas, te convertiré en una arquera aceptable.
—Busco la excelencia.
Su mirada se entorna seductora, parece disfrutar de su tormento.
Takeshi la mira disgustado, tiene la boca seca y el pulso desbocado.
—Vuelve al interior y dile a Liam que no tenemos toda la noche.
Ella no se mueve. Ladea ligeramente la cabeza y le regala una sonrisa ladina.
—¿Sabes? Estoy harta de tus órdenes, de que creas saber qué es lo mejor para mí, de que sigas fingiendo que te resulto indiferente.
Posa las delicadas palmas sobre sus hombros y él siente nacer un ardiente hormigueo en la base de su espina dorsal que se expande por todo su cuerpo en oleadas progresivas, como los anillos que provoca una piedra lanzada al agua.
Retrocede un paso. Ella avanza otro.
—Margot..., no.
Retrocede de nuevo y choca con las nudosas y gruesas raíces del abeto caído, tan suspendido en el abismo como su contención. Pierde el equilibrio y acaba sentado de nuevo en el vasto tronco, ella no vacila, se sienta en sus rodillas, le envuelve el cuello con los brazos y acerca la boca a la suya.
—Sé lo que pretendes —murmura contra sus labios—, por eso es justo que sepas que no lo vas a conseguir.
Abre la boca para atraparlo en la suya y, traicionado por su propio anhelo, la recibe con gusto.
Su mente racional lo abronca con una arenga honorable y moralista, su cuerpo sucumbe a esa necesidad voraz que ya arrasa sus sentidos y su corazón; este último, amordazado, pugna por saltar de su pecho.
El beso lo catapulta a una espiral de emociones que lo elevan a un estado desconocido para él. Se siente ingrávido, flamígero y pleno.
Cuando ella se aparta, él entreabre los ojos, trémulo y vulnerable.
Margot tiene la boca inflamada y la mirada rutilante, su pecho se agita alterado, en ella anidan las mismas emociones que lo hostigan a él.
Ella exhala un suspiro con gesto afectado y se abraza a él. Luego se aparta, se pone en pie y corre hacia el refugio enlonado, cruzándose con Liam en el trayecto.
—Te acaban de robar el aliento, ¿eh, samurái?
—Si solo fuera el aliento.